"A Través del Universo"


Me llamo Elena Ayllón y acabo de morir.

Todo el mundo piensa que mi vida ha sido un camino de rosas, que he sido una niña mimada. Pero quien realmente conoce mi historia, sabe que no es así.

Sé que estoy muerta porque llevo tres días en coma y desde hace un par de minutos no sólo escucho lloros, ahora me veo tumbada en la cama de la habitación, las enfermeras quitándome cables y a un médico escribiendo. Los que me quieren esperan en el pasillo. Y yo los veo, no lo entiendo, pero los veo desde arriba. 
En estos tres días he oído cómo mi familia me hablaba entre susurros. 
Cómo Juanito berreaba y me quería quitar los tubos para irnos a casa. 
Cómo Alejandro se desesperaba y me pedía perdón al oído por haberme dado tantos problemas, jurándome que se haría cargo de su hermano y que no volvería a meterse nada en su puta vida. 
Cómo Marcela y Pepa me cogían la mano, durante horas, sin decir nada. 
Cómo Jimena me acariciaba la cabeza y susurraba: “amiga, amiguita, qué voy a hacer yo ahora sin ti…”
Y cómo mi abuela —que aún vive, la muy cabrona— lloriqueaba pidiendo a Dios que se la llevase a ella y no a mí.

Es curioso lo de entrar en coma. Yo oía perfectamente todas las conversaciones. Incluso las que ellos creían que no era así. 
A los médicos decirle a mi hijo mayor que no podían hacer  más porque yo ya no quería luchar. 
A Alejandro revolverse y gritar que si pretendían hacerle creer que yo me estaba muriendo por mi culpa y no por el puto cáncer, la puta quimioterapia y toda la puta mierda que me habían metido contra mi voluntad, haciendo que su madre pareciese una judía de un puto campo de concentración. (Mi hijo, por desgracia, tiene un vocabulario muy limitado. Con la riqueza y variedad de tacos que tiene el castellano… Pues él no se apea del puto/puta… No  ha salido a mí). Los médicos le daban palmaditas y le decían que se calmase y Alejandro se desesperaba aún más.
Yo, si hubiese podido, me habría levantado de la cama para abrazar a mi niño, que ya tiene veinte años y decirle que sí, que me gusta su actitud, que deje de ser el yonki en el que se estaba convirtiendo, viendo pasar la vida de  largo sin que le afecte nada en absoluto. Tal vez, con mi muerte, mi hijo despierte del letargo en el que ha convertido su vida, entre fiestas, pastillas y alcohol. 
Pero no me podía mover, no tenía fuerza ni para parpadear. Quería hacerlo. Que supiesen que les escuchaba, que sabía que me estaba muriendo pero que no me importaba, porque no podía más. No era capaz de hacer nada, ni siquiera acunar a Juanito, que pesaba ya más que yo, con sus quince años, sus sesenta kilos y su mente estancada en la niñez para siempre.

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