jueves, 6 de junio de 2019

Strawberry Fields Forever

En el mes de octubre, cuando todavía no nos habíamos repuesto del terrible suceso y en mi barrio aún se cuchicheaba a mi paso, le dieron un premio muy importante a José Luis Suárez, el amigo de Elena Ayllón y Jimena. Pero no fue a recogerlo. Estaba en Cádiz, con Elena y Juan, el ex marido, pasando los últimos y terribles días de la enfermedad de su amiga. Cuando volvieron, en noviembre, le hicieron una fugaz entrevista en la calle y dijo que la amistad era más importante que los premios. Siempre me había encantado ese hombre tan alto, tan guapo, tan distinguido y tan triste. Y ese día me cautivó aún más. 
Era cardiólogo pediátrico y combinaba su trabajo en un hospital público con estancias temporales en los países más pobres y deprimidos, haciendo una labor encomiable. Pero él no se daba importancia. 
Había sido novio de Elena Ayllón, en la adolescencia, y yo estaba convencida de que no había dejado de quererla, aunque alguna vez le vi tonteando con Jimena. Pero la verdad es que no tenía ojos para ninguna otra mujer, ni siquiera para mí, que cuando era joven hacía palpitar los corazones, pero eso ya era algo del pasado. 

El dieciocho de noviembre Elena falleció y fui al tanatorio con mi hermana. En un banco de la entrada estaban Juanito y Michelle, que –aunque ya eran dos adolescentes y había pasado mucho tiempo desde el sepelio de Críspula– me reconocieron al instante y corrieron a darme un beso. El niño comenzó a hacer pucheros y se me partió el alma. Le abracé y me dijo bajito que le cantara algo a su mamá, que estaba en su corazón y me podía escuchar. Le susurré al oido, “Penny Lane”, porque era una canción alegre y el nombre de la librería de su madre. Se alejó de mi un poco, sonrío y me dio las gracias sin soltarme del todo. Intenté no llorar, pero no pude evitarlo y Michelle me dio un pañuelo de papel. 
Durante los años siguientes el Strawberry Fields inició su declive. Había tenido un momento de parón, cuando Jimena se quedó viuda, pero sus amigos no dejaron que se viniera abajo y volvió con más fuerza, con más música en directo, monologuistas y magos. Parecía que siempre iba a estar allí, pasaran los años que pasaran era nuestro refugio, el único bar que estaba siempre abierto, donde no necesitabas quedar con nadie porque siempre te encontrabas con alguien. 


Desde la muerte de su amiga, Jimena parecía más triste que nunca. Todos los días, cuando abría, se escuchaba “Across the Universe”. Era la canción que Elena había elegido para despedirse el día de su incineración. Y cuando llegaba la hora del cierre, a las tantas, Jimena le hacía un gesto a su camarero que ponía “Highway to Hell”, la música que sonó mientras transportaban la caja de su amiga al crematorio, Juanito hacía el playback muerto de risa y los amigos íntimos no sabían si reír o llorar.

Y cuando sonaba esta última canción todo el mundo sabía que era la hora de marchar.

Y se iban muy tristes porque el Strawberry no levantó cabeza. Entre la prohibición de fumar en los locales, la nueva legislación sobre las tasas de alcohol en la conducción y la crisis, el bar de nuestra vida moría de inanición. 

Y en navidades mi hermana me dijo que el 13 de enero de 2017 el Strawberry cerraba sus puertas para siempre. Jimena había vendido el local a una multinacional y quería irse sin hacer ruido por lo que solamente se lo dijo a sus allegados, pero la noticia corrió como la pólvora por todo Madrid. Era el fin, pero decidimos organizarnos para hacer una fiesta de despedida que se recordase durante décadas. 
Nos pusimos en contacto músicos y artistas, algunos habían iniciado su carrera en el local emblemático. Una vieja gloria del rock le escribió una canción, “Antro de mala muerte”, conseguí contactar con él y, aunque vivía en Florida, me prometió que ese viernes estaría allí, aunque fuese lo último que hiciese en su vida. 
Fueron los niños los que se encargaron hasta del último detalle. Michelle y Alex, el niño mayor de Elena, nos pusieron en contacto a través de WhatsApp y las dos noches de fiestas, reyes y nochevieja, hicimos una especie de “ensayo final”. 
Jimena estaba en un balneario con su hermana, había sido el regalo de sus hijos para quitarlas de en medio y organizarlo todo a conciencia. 
Y el siguiente fin de semana, el fatídico viernes 13 por la mañana, dieron la noticia en la SER. El Strawberry Fields cerraba sus puertas. 

Jimena se pilló un cabreo monumental y dijo que ya no abría ese finde. Pero Michelle consiguió convencerla a última hora, cuando los “allegados” ya estábamos en el local colgando guirnaldas y preparando mesitas con comida que habíamos llevado entre todos. 

A las diez de la noche no cabía ni un alfiler y comenzamos a subir al escenario y a cantar. Yo llevaba preparado “Penny Lane” y “Strawberry Fields Forever”, que iba a ser la última canción, en honor al local. Cuando canté esta última Jimena subió al escenario e intentó hablar, pero estaba tan emocionada que solo acertó a balbucear frases sueltas, entre lagrimones y mocos. Y cuando yo iba a bajar del escenario me pidió, por el micrófono, que si le podía hacer un favor, que sabía que era una putada lo que mi iba a pedir, pero que le gustaría, le encantaría, no habría nada mejor para ella, que volver a escuchar “Across the Universe” y recordar a la querida Elena, la mejor amiga, esposa, madre y compañera. 
Y se me hizo un nudo en la garganta. 
Comencé solo con la guitarra y el resto de los músicos se fueron agregando a la canción, fueron subiendo al escenario y acabamos, apretados, cantando el estribillo, “Jai guru deva, om” mientras llorábamos y se abría la puerta de la entrada despacio y llegaba una mujer muy, muy mayor, con el pelo largo, completamente blanco, recogido en un moño bajo y vestida con un quimono rojo, con un dragón bordado en la espalda. 
Según acabamos la canción, la vieja gloria rockera cogió la guitarra eléctrica y rasgó los primeros acordes de “Highway to Hell” y le hice un gesto a Juanito, que ya daba saltitos en primera fila, para que subiese a cantar. 
No cabíamos y bajé a tomarme una cerveza. Apoyadas, detrás de la barra, Jimena y su hija se pasaban pañuelos de papel mientras se besaban, reían y lloraban al mismo tiempo. 
Michelle me puso un tercio de Mahou helado y me guiñó un ojo señalando con disimulo a la mujer estrambótica que movía la cabeza al ritmo de la canción. Nos miró y relucieron unos ojos verdes, que mi madre me había descrito muchos años antes, cuando apenas yo era una cría y le preguntaba por su estancia en Yeserías. 
Me acerqué a Jimena y le pregunté si la conocía, me dijo que no. “¿Estás segura de que no has visto antes a esa mujer?” Y se quedó pensativa moviendo la cabeza y negando. 
En ese momento alguien me puso una mano en la espalda y me gritó algo que no pude escuchar por el barullo de la sala. Me giré y vi a Jose Luis Suárez, sonriendo y preguntando noséqué. El corazón me dio un vuelco. Se acercó, mucho, y me dijo al oido que se alegraba de que hubiese retomado la música, que se me echaba de menos. Sonreí y le dije por señas que si salía a fumar. 
Hacía un frío que pelaba y mientras apurábamos las cervezas y los pitillos le expliqué que ya no cantaba, que me había licenciado en derecho –¡a mi edad!– y que me había asociado con mi jefe. Estuvimos hablando un buen rato, al principio me sentía imbécil por estar tan nerviosa, como si fuese una quinceañera. Me repetía una y otra vez que ya había cumplido los cincuenta e intentaba no coquetear y parecer una vieja ridícula. Pero cuanto más hablaba con José Luis, más me gustaba, y era un sentimiento que creía aparcado en la noche de los tiempos. 
Íbamos a entrar de nuevo cuando escuché las voces de mis hijos. Habían decidido acudir a última hora y llegaban sonrientes y radiantes. Nachete me dio dos besos y un abrazo, como siempre que nos veíamos y cuando Laura se me enroscó noté algo especial. Cerré los ojos y vi estrellas. El cielo estrellado de los veranos de mi infancia, cuando mi madre y mi abuela nos contaban cuentos en la puerta de casa, cuando salíamos a tomar el fresco antes de ir a la cama. Y sentí que una vida palpitaba dentro de ella. Le tomé la cara con las dos manos y ella, sonriendo me dijo que yo era alguien muy especial y que tenía una energía portentosa. 
Como cuando mi abuelo me habló bajo la higuera no pude reprimir las lágrimas y Laura me dijo que si era niña quería que se llamase como yo. 
Entramos abrazados y nos acercamos a la barra. Sobre el escenario mi grupo le hacía las voces a Juanito que no soltaba el micro ni con agua caliente. 

Seguimos la fiesta muy animados, hablando, riendo y yo dando la noticia de que iba a ser abuela y recibiendo enhorabuenas y vivas. Había perdido de vista a José Luis y pensé que se había ido sin despedirse. Era un tío rarito y me acordé de Maribel, me la imaginaba echándome la bronca por fijarme siempre en los lunáticos y no pude evitar una sonrisa. Entonces reparé en que venía hacia mí con dos cervezas y me hacía un gesto para salir a fumar de nuevo. 
Estuvimos hablando, supongo que mucho tiempo porque me quedé helada, pero no quería dejar de hacerlo y se me pasó la noche volando. 
La gente comenzaba a irse y entramos cuando no quedaba casi nadie en el local. 
Jimena nos prohibió recoger ni un solo vaso y abrió las últimas botellas de cava que quedaban. Pidió que se acercaran todos a la barra, no debíamos ser más de una docena de personas y reparé en que la vieja seguía allí. Nos miramos y sonreí. 

–No puedes acordarte de mi. 
–Me acuerdo de lo que me contó mi madre. 
–Ella no me creía, naciste una noche de luna nueva y eso hace que las personas sean muy especiales, con un poder sobrenatural para atraer lo bueno y lo malo. Espero que lo malo ya se haya alejado de tu vida. 
–Si–dije con una sonrisa– ya se fue, ahora toca todo lo bueno. 

Se dirigió a Jimena, que estaba tras la barra con Michelle y con Alejandra. Abrió un bolsito de tela con letras chinas bordadas y sacó una cajita pequeña. 

–Hace mucho, mucho tiempo, yo estuve aquí. Celebrabas el primer aniversario de este bar. Vine con vuestro padre. 
–¿Quién eres?– Alejandra me miraba extrañada– En serio, que no me acuerdo. 
–Me llamo María y tu padre se quería casar conmigo, pero no hubiese sido lo más adecuado, él era un hombre importante y yo una prostituta con identidad falsa. Por eso decidí que lo mejor era desaparecer. Pero lo hice con algo que no me pertenece. 

Y puso la cajita en la mano de Jimena. 

–Mejor que sea para ti. 

Mientras lo abría, María alzó su copa y antes de bebérsela de un trago nos dijo a todos. 

–Achanta la mui. 

Se dio la vuelta y salió por la puerta, caminando erguida, como si no tuviese ochenta años y se acabase de escapar de la cárcel con un disfraz de china que le había cosido mi madre.

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