lunes, 3 de junio de 2019

Las pistas

En el año 1991 Jorge y yo vivíamos juntos. La relación no es que comenzase a hacer aguas, es que en realidad nunca fue una convivencia agradable, pero yo no quería darme cuenta. 
Madrugaba para ir a trabajar y cuando llegaba, solía encontrarme la casa hecha una pocilga y a él sentado en el sofá viendo la tele. Me llevaban los demonios y una noche de finales de verano, cuando una ola de calor tardía no dejaba dormir, discutimos muy fuerte. Él me dijo que yo era una enferma de la limpieza y el orden, que le dejase vivir, que estaba harto, que un día de estos pegaba un portazo y se iba. Y fue cuando estallé de verdad. Aullé que a ver si lo hacía de una puta vez, que mi hijo le tenía miedo, que me costaba dinero que vegetara en mi sofá, en mi casa y que no necesitaba un hurón a mi lado. Recalqué esos “mi”, como si me fuera la vida en ello. 
Se largó y durante tres días no supe nada de él. Me imaginé que se había ido al pueblo y el fin de semana, cuando fui a visitar a mi familia, coincidimos en la panadería. 
Iba hecho un Adán y tenía marcas en la cara. Le pregunté si se había peleado con un gato y forzó una risa que –entonces– no me dio qué pensar. Dijo que se había caído de la bicicleta, que había reflexionado durante esos días y que le perdonase, porque sin mí no podía vivir. Y –de nuevo– nos reconciliamos. El que Nachete me hubiese preguntado por su papá en cuanto llegué a casa de mi madre, tuvo mucho que ver. 
La mujer que denunció a Jorge López por agresión sexual tenía catorce años la noche que saltó por la ventana de su dormitorio –durante las fiestas de su pueblo– y corrió a reunirse con los chicos mayores que la esperaban, a ella y a su amiga, en los coches de choque. 
Como Anne-Marie de Brienne, a Lucía Menéndez alguien le observaba desde las sombras. 
Nunca llegó a reunirse con sus amigos, porque una silueta le arrastró, tapándole la boca, a un coche, de donde pudo escapar tras haber sufrido una violación y un intento de estrangulamiento, que casi la deja inconsciente. No vio la cara de su agresor, pero el relato se repetía de nuevo, era casi idéntico. 
Como Anne-Marie, se escondió en su casa, se tapó las huellas del ataque y no dijo nada a nadie. Estaba harta de oír, durante los telediarios que su padre comentaba a voces, que si una chica sale de noche sola y alguien la viola es por su culpa, que qué haría la pava esa a esas horas, que si se hubiese quedado en su casa, que es donde debería estar, no le hubiese pasado nada… Una vez se atrevió a decir en voz alta que a Angelita “La Rápida” la había forzado su padrastro bajo el techo de su casa, que ni se ponía minifalda, ni trasnochaba y recibió un bofetón por respuesta y un gesto de su madre para que se callase. 
Pero en el año 2013 tenía 36 años, dos niñas preciosas, trabajaba en la secretaría del Ayuntamiento de Ocaña y –ya– no se tenía que callar. Se había divorciado de un marido casi tan animal como su padre, pero que jamás le había puesto la mano encima, porque al primer amago llamó a la Guardia Civil y pidió el divorcio. 

En 1991 tenía catorce años, como era menor de edad el delito no comenzaba a contabilizar hasta el año 1995, el de su mayoría de edad, por lo que habían pasado dieciocho años y se podría considerar no prescrito, siempre y cuando el fiscal solicitase una pena de quince años como mínimo, que vistos los delitos, agresión sexual con prevalimiento, detención ilegal, y homicidio en grado de intentativa, lo normal es que se pidiese la pena máxima, de veinte años. 
La comisaria Chelo Vidal se puso manos a la obra. Y cuando aún no había acabado de revisar de nuevo las notas de su padre y el papeleo que habían generado todos los casos sin resolver, apareció un nuevo cadáver. Esta vez se cotejaron los restos y coincidían con los que había de las otras niñas. Chelo sabía que el asesino era Jorge López, pero tenía que poder demostrárselo al juez. 

Nachete se negaba a creer lo que ya era más que evidente y un secreto a voces. 

Jorge había desaparecido, nadie sabía nada de él. Gloria Monsant con el tono de voz más agudo del habitual y la expresión de su cara más ratonil que nunca, no paraba de dar ruedas de prensa intentando convencer a propios y extraños que no tenía ningún tipo de relación personal con el que ahora denominaba “su contratador”, que ni eran pareja ni le conocía de antes, que no sabía nada de su vida privada y que, jamás, había tenido ningún tipo de relación personal con ninguna persona que hubiese acudido a ella para contratar sus servicios, que se centraban –solo y exclusivamente– en asesoramiento personal, gestión de redes sociales y estrategias de marketing, que había dimitido como asesora personal de Jorge López y, en resumidas cuentas, que a ella le registrasen. 

Cuando Lucía Menéndez interpuso la denuncia y se hizo pública, mi hijo y su chica iniciaban sus vacaciones con una caravana, para –durante dos meses– ausentarse de la vida pública, no tener que dar explicaciones a los periodista ni a los policías, desaparecer, esfumarse, olvidarse de aquella pesadilla que a mi hijo no le dejaba dormir. 
Se dictó una orden de busca y captura internacional contra Jorge y yo me tuve que medicar. 
No podía quitarme de la cabeza que el padre de mi hijo era un asesino en serie. Sabía que desde niño había dado síntomas de tener un problema psicológico, pero Álvaro, que en aquellos días no se separaba de mi, me decía que dejara de darle vueltas, que nadie tiene una bola de cristal para predecir el futuro y –sobre todo– que intentase convencer a Nachete de que él no había heredado los genes paternos. 
Mi hijo había decidido no tener descendencia porque su genética era horrible y no quería tener un niño psicópata, incluso muchas noches se despertaba empapado en sudor, porque soñaba que él era un asesino como su padre. Laura le consolaba como nadie más sabía hacerlo y fue quien tomó la decisión de poner tierra de por medio y hacer un largo viaje sin rumbo preestablecido. 

El padre Urrutia falleció el 24 de julio en el accidente del Alvia, camino a Santiago de Compostela. Era muy mayor, ya no estaba ágil, como cuando de joven le daba sopas con ondas a cualquier joven de mi pueblo, pero tenía la cabeza perfectamente y nadie pensó en su jubilación, aunque había otro cura más joven que le ayudaba en la parroquia. 
Dejó escritas sus últimas voluntades, en realidad dos. La primera, que le enterrasen en Vega, junto a su madre. Y la segunda que yo heredase un cajón lleno de libretas donde había ido escribiendo sus memorias. 
Me emocioné mucho cuando me lo comunicaron, pero cuando comencé a leer, la misma tarde que me trajeron los cuadernos, no pude parar de llorar y reír recordando mi infancia, la vida de las gentes de mi pueblo, de los cotilleos, de los tiempos felices y de los infelices. 
Todas las noches me sentaba delante del ordenador y le escribía un email a Nachete. Le contaba historias de cuando era pequeño, recuerdos felices, chascarrillos y chistes con él como protagonista. 
Cuando mi hijo conseguía wifi me contestaba con caritas sonrientes. 
Era mi manera de decirle cuánto le quería, que le echaba de menos y que era lo más importante en mi vida. Él lo sabía. Pero quería recordárselo todos los días. 

Una noche reparé en el mensaje subliminal de una de las historias que contaba el padre Urrutia. Hablaba de una confesión a deshoras con doña Cristina y dejaba entrever que la abuela de mi hijo desconfiaba del suyo y le revelaba al sacerdote que tal vez Jorge tuviese algo que ver con las niñas desaparecidas, porque una noche llegó a casa con arañazos en la cara y la ropa manchada de sangre y ella, aterrada, quemó la camisa y los pantalones en la chimenea de la cocina. Y nunca habló de ello con nadie, ni siquiera con su hijo. 
A la mañana siguiente llamé por teléfono a la policía para que me pusieran en contacto con Chelo Vidal. Quedamos en la comisaría del Barrio del Pilar, donde ejercía. 
Me recibió en un despacho repleto de papeles y carpetas amontonadas contra las estanterías. Era una mujer muy atractiva, llevaba el pelo liso con flequillo, muy moreno, recogido en un moño bajo. Bajo el traje de pantalón gris, se intuía un cuerpo perfecto, machacado en el gimnasio y cuando se levantó para estrecharme la mano, con fuerza como a mí me gustaba, los hoyuelos de su sonrisa despejaron la imagen de mujer dura y antipática que resultaba a primera vista. 
Cuando le mostré el cuaderno del padre Urrutia me dijo que lo tenía claro como el agua, que ahora mismo su gente estaba centrada, junto con policía científica, en demostrar al juez que había indicios suficientes para juzgar a Jorge. 
Me tomó declaración y me pidió un pequeño favor, iba a solicitar al juez la toma de una muestra de ADN de mi hijo para compararla con las que habían hallado en los cadáveres. Le dije que Nachete estaba desaparecido en combate y que hasta la primera semana de septiembre no volvía de sus vacaciones y ella sonrió de nuevo y me dijo que con suerte, si todo iba bien, hasta octubre o noviembre no tendrían la conformidad, eso suponiendo que el juez lo aceptara, que era algo inusual hasta el momento. 
Me dio su número personal para contactar con ella de día o de noche, por si recordaba algo más o si Jorge se ponía en contacto conmigo, porque era algo que estaban esperando que se produjera. 

–Por mi experiencia, no descartamos que vuelva a tu casa. Debes estar preparada y no asustarte. Hay una pareja que vigila tu barrio, estamos preparados. 

Y me acojoné del todo. 
Miguel, mi hijo-jefe, se asustó más que yo. Me ofreció su casa, la de sus padres, la de un amigo ex campeón de boxeo, estaba realmente acojonado. 
Le expliqué que había una pareja de policía de paisano paseando por mi calle, que no se preocupase, además mi vecina Irina estaba al tanto de todo y si veía cualquier cosa sospechosa, tenía el teléfono de Chelo Vidal. 
Irina y yo vivíamos pared con pared. Se había divorciado de un cafre, ex militar del ejército bosnio, y una noche coincidí con los dos en el ascensor. Por su cara, lívida, intuí que la visita era imprevista y le cogí la mano, con disimulo, y ella la apretó. Nada más entrar en mi casa puse un vaso contra la pared para poder escuchar y me pareció que ella hablaba en susurros, pedía perdón y un golpe contra la pared me puso en guardia. Llamé a la policía que me tuvo quince minutos en línea porque no le parecía nada seria mi llamada, por lo que opté por decir que mi vecina estaba pidiendo socorro. 
Cuando aparecieron, Irina gritaba desde el otro lado que la iba a matar, que alguien hiciese algo y el vecino del piso de arriba pateaba la puerta para intentar echarla abajo. Lo hizo la policía y detuvieron al animal. Irina estaba en shock, tenía el cuerpo molido a golpes y estuvo tres semanas viviendo en mi casa. Durante esos días ideamos un código para comunicarnos en secreto. Si escuchábamos que en la casa de la otra sonaba “Highway to Hell” significaba que había que llamar a la policía porque el agresor había entrado. Si nos cruzábamos en el portal y una le decía a la otra que habían dejado un paquete en su casa, porque ella no estaba en ese momento, había que estar atenta porque el presunto andaba cerca. Si habían dejado un paquete y el remitente era tal o cual, debíamos llamar a la policía. 

Nunca pensamos que lo íbamos a tener que poner en práctica.

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