martes, 4 de junio de 2019

Ace in the Hole

Fue un lunes de septiembre. Nachete y Laura habían estado el fin de semana conmigo, tras su vuelta de vacaciones. Mi nuera me abrazó, me besó, no dejó de tocar a mi hijo, a mi y al ficus de la entrada. Se lo perdonaba porque la quería como si la hubiese parido. 
Me dijo, en un momento que nos quedamos solas en el salón, que Nachete estaba mucho más tranquilo y que, por lo menos había olvidado la idea obsesiva de que él también era un psicópata y no quería tener niños. 

–¿Me vais a hacer abuela? 
–Bueno… a mi me encantaría, pero debemos dejar pasar un poco más de tiempo. Yo necesito apaciguar mis chakras– no lo pude evitar y puse los ojos en blanco–, y retomar la rutina del colegio, los horarios, los críos… Adoro a mis niños, Ana, lo que más deseo es tener hijos propios para no descargar toda mi emotividad en los ajenos. Pero hay que esperar un poco. Nachete es lo más importante. 

Me arrepentí al instante de haber puesto cara de suegra cuando nombró los chakras, al fin y al cabo ella era así, compadecía a sus alumnos porque, a veces, tenía cosas de trastornada, pero ninguna mujer sobre el planeta tierra podría entender mejor a mi hijo. 
Se fueron a Guadarrama el domingo después de comer y el lunes, cuando salí de casa y aún no había amanecido, me pareció que alguien me observaba. Pero estaba un poco paranoica desde que Chelo Vidal me había dicho que la policía andaba por mi calle y me concentré en todo lo que tenía que hacer aquel día. 

Miguel Velázquez no daba más de si. Había contratado a dos pasantes y tenía una becaria que le llevaba por el camino de la amargura. Todos estaban muy verdes y muchas veces yo tenía que enseñarles cosas que sabía por pura experiencia. Mi jefe me decía que no podía vivir sin mi y esa mañana me llamó a su despacho para hacerme una proposición, según sus propias palabras y con una sonrisa enternecedora, indecente. 
 –Ana, eres la mujer de mi vida, lo sabes ¿no? 
–Pues si– reí–, pero me gusta que me lo recuerdes. 
–Esto funciona porque yo soy un hacha del derecho y porque tú sabes más que todos estos niñatos recién licenciados. 
–Vale… ¿Y? 
–¿Lo ves? Me entiendes hasta cuando no hablo– y se echó a reír–. ¿Te has planteado alguna vez estudiar una carrera? Derecho, por ejemplo. 
–No. Aprobé el acceso a la universidad para mayores de veinticinco años de chiripa, porque a mi hijo se le metió en la cabeza y me costó lo mío, soy un poco cenutrio para los estudios. Me temo que no acabaría la carrera ni en diez años. Además, con lo que me explotas no tengo tiempo ni para pintarme las uñas, negrero. 
–Con toda tu experiencia estoy seguro de que harías un curso por año y encima con notazas, trabajando y todo. En serio Ana, plantéatelo. Quiero que seas mi socia y necesito que tengas el título. 
–¿Socia tuya? 
–Socia mía. Ya que te lo llamo, por lo menos que sea cierto. ¿Te imaginas la placa de la puerta, Velázquez y Gómez Asociados? 

Sonreí y le pedí que me diese tiempo, pero me contestó que no lo tenía porque ya me había matriculado él en el CEU. 
Estuve todo el día rumiando la noticia, me apetecía mucho ser licenciada, ser la socia de un bufete de abogados con mucho, muchísimo futuro, y lo sabía porque llamé a Ángela y me dijo que ni me lo pensara, que Miguel era una joyita y que en la vida me había visto en una igual. Pero no me apetecía –a mi edad– ponerme a estudiar. 

Cuando llegaba a casa estaba distraída, no dejaba de darle vueltas al asunto y no me di cuenta de que tras de mí, alguien se colaba en el portal. 
Abrí el buzón y sentí una presencia a mi espalda, cuando me giré Jorge, con el pelo corto, afeitado y vestido con traje y corbata, estaba a menos de veinte centímetros de mi. 
Esperaba ese momento y por alguna razón que no llego a entender no me asusté, no intenté escapar, cerré el buzón y me encaré a él. 

–¿Qué coño haces en mi casa? 
–He venido a matarte. 
–Estás loco. 
–Lo sé. 

Y en ese instante se abrió el ascensor y apareció Irina, como un milagro. Pegó un respingo, pero en seguida acomodó la postura. Dijo un “buenas tardes” aséptico y yo le pregunté que si no habían dejado un paquete para mí en su casa. Se echó una mano a la frente y dijo que qué tonta era, que si, que habían dejado un sobre grande y que creía que era de una tal “Gestoría Vidal”, pero que no estaba segura. Le dije que justo “eso” es lo que estaba esperando, que cuando volviese me pasaba a recogerlo. Y se fue. 
Cuando salía del portal vi cómo llamaba desde su móvil, imaginé que a la comisaría. 
Jorge se había mantenido al margen, pero no era tonto y cuando Irina salió por la puerta me dijo que si no se la estaba jugando y le miré a los ojos y le contesté que además de loco era un puto paranoico. 

Me cogió del cuello y me arrastró dentro del ascensor, pulsó mi piso, sabía cuál era, y me ordenó que sacara las llaves de la casa. 
Me demoré todo lo posible registrando el bolso, sacando las gafas, el tabaco, el mechero, hasta que dio un manotazo y tiró el contenido. Las llaves cayeron y las cogió, pisó el móvil y dando una patada al resto de mis cosas, salimos del ascensor. 
Cuando cerró la puerta sin dar ningún portazo, mientras me mantenía agarrada por el cuello, comencé a temblar de miedo. 

–Te voy a matar y nadie te va a echar de menos, puta zorra. 
–Mis cojones morenos. En cuanto me retrase esta noche en hablar con mi hijo vendrá aquí. Si mañana no estoy a las ocho en punto en el despacho, mi jefe intentará contactar conmigo y si-em-pre, tengo el móvil operativo. 

Comenzó a reír como lo que era, un puto loco, y me estampó contra la pared. Cayeron los cuadros y yo me desgañité pidiendo socorro. 
Alguien llamó a la puerta y gritó que la policía estaba en camino. Irina había saltado de su terraza a la mía y, rompiendo el cristal, entraba por el salón con un bate de béisbol. 
Jorge recibió un primer golpe en la cabeza y comenzó a sangrar, pero había agarrado el bate y consiguió quitárselo e intentó golpearla, pero yo le lancé una ensaladera de cristal, de esas de Ikea que pesaba como una condenada y le di en la espalda. 
Sonaban, a lo lejos, sirenas de la policía. 
Jorge perseguía a Irina con el bate por el salón. Yo le tiraba todo lo que encontraba a mi alcance y alguien seguía aporreando la puerta, hasta que la tiraron abajo. 
Entonces entraron tres policías armados, gritando “¡alto, policía!” y Jorge me miró a los ojos y levantando los brazos, en señal de rendición, comenzó a murmurar que yo era la culpable de todo, que yo era la más zorra de todas y me había perdonado la vida porque era la madre de Ignacio, que le había arrebatado todo, el cariño de su madre, de su familia y de su único hijo. 
Comenzó a correr mientras la policía seguía dándole el alto y se tiró por el balcón. 

No murió al instante. Lo hizo camino al hospital con un politraumatismo incompatible con la vida. 
Mientras, los sanitarios de la ambulancia nos hacían una cura de urgencia a Irina y a mi. No teníamos nada grave, hematomas por los golpes y ella cortes en los brazos de los cristales de la ventana de la terraza. Medio barrio había salido a la calle y comentaban que el que se había tirado por el balcón era el perroflauta-pijo del 15M. 

De camino a la comisaría, en el coche patrulla, acompañada de Chelo comencé a cantar, bajito, sin saber porqué, la canción de Paul Simon. 

“Once I was crazy and my Ace in the Hole 
Was that I knew that I was crazy 
So I never lost my self-control 
I just walk in the middle of the road and 
I sleep in the middle of the bed 
I stop in the middle of a sentence 
And the voice in the middle of my head said 
Hey, Junior, where you been so long 
Don't you know me 
I'm your Ace in the Hole” 


(Una vez estuve loco y mi as en la manga 
Era que sabía que estaba loco 
Así que nunca perdí mi autocontrol. 
Camino justo en medio de la carretera y 
Duermo en medio de la cama 
Me detengo en medio de una frase 
Y la voz en medio de mi cabeza dijo 
Hey, Junior, donde has estado tanto tiempo 
No me conoces 
Soy tu as en la manga) 





No hay comentarios:

Publicar un comentario