sábado, 15 de junio de 2019

FIN



Este blog estará disponible hasta el 30 de junio, luego pasará al lado oscuro a esperar tiempos mejores.

Gracias a los que habéis pasado por aquí. 

Besos y abrazos apretaos.

jueves, 6 de junio de 2019

Strawberry Fields Forever

En el mes de octubre, cuando todavía no nos habíamos repuesto del terrible suceso y en mi barrio aún se cuchicheaba a mi paso, le dieron un premio muy importante a José Luis Suárez, el amigo de Elena Ayllón y Jimena. Pero no fue a recogerlo. Estaba en Cádiz, con Elena y Juan, el ex marido, pasando los últimos y terribles días de la enfermedad de su amiga. Cuando volvieron, en noviembre, le hicieron una fugaz entrevista en la calle y dijo que la amistad era más importante que los premios. Siempre me había encantado ese hombre tan alto, tan guapo, tan distinguido y tan triste. Y ese día me cautivó aún más. 
Era cardiólogo pediátrico y combinaba su trabajo en un hospital público con estancias temporales en los países más pobres y deprimidos, haciendo una labor encomiable. Pero él no se daba importancia. 
Había sido novio de Elena Ayllón, en la adolescencia, y yo estaba convencida de que no había dejado de quererla, aunque alguna vez le vi tonteando con Jimena. Pero la verdad es que no tenía ojos para ninguna otra mujer, ni siquiera para mí, que cuando era joven hacía palpitar los corazones, pero eso ya era algo del pasado. 

El dieciocho de noviembre Elena falleció y fui al tanatorio con mi hermana. En un banco de la entrada estaban Juanito y Michelle, que –aunque ya eran dos adolescentes y había pasado mucho tiempo desde el sepelio de Críspula– me reconocieron al instante y corrieron a darme un beso. El niño comenzó a hacer pucheros y se me partió el alma. Le abracé y me dijo bajito que le cantara algo a su mamá, que estaba en su corazón y me podía escuchar. Le susurré al oido, “Penny Lane”, porque era una canción alegre y el nombre de la librería de su madre. Se alejó de mi un poco, sonrío y me dio las gracias sin soltarme del todo. Intenté no llorar, pero no pude evitarlo y Michelle me dio un pañuelo de papel. 

martes, 4 de junio de 2019

Ace in the Hole

Fue un lunes de septiembre. Nachete y Laura habían estado el fin de semana conmigo, tras su vuelta de vacaciones. Mi nuera me abrazó, me besó, no dejó de tocar a mi hijo, a mi y al ficus de la entrada. Se lo perdonaba porque la quería como si la hubiese parido. 
Me dijo, en un momento que nos quedamos solas en el salón, que Nachete estaba mucho más tranquilo y que, por lo menos había olvidado la idea obsesiva de que él también era un psicópata y no quería tener niños. 

–¿Me vais a hacer abuela? 
–Bueno… a mi me encantaría, pero debemos dejar pasar un poco más de tiempo. Yo necesito apaciguar mis chakras– no lo pude evitar y puse los ojos en blanco–, y retomar la rutina del colegio, los horarios, los críos… Adoro a mis niños, Ana, lo que más deseo es tener hijos propios para no descargar toda mi emotividad en los ajenos. Pero hay que esperar un poco. Nachete es lo más importante. 

Me arrepentí al instante de haber puesto cara de suegra cuando nombró los chakras, al fin y al cabo ella era así, compadecía a sus alumnos porque, a veces, tenía cosas de trastornada, pero ninguna mujer sobre el planeta tierra podría entender mejor a mi hijo. 
Se fueron a Guadarrama el domingo después de comer y el lunes, cuando salí de casa y aún no había amanecido, me pareció que alguien me observaba. Pero estaba un poco paranoica desde que Chelo Vidal me había dicho que la policía andaba por mi calle y me concentré en todo lo que tenía que hacer aquel día. 

Miguel Velázquez no daba más de si. Había contratado a dos pasantes y tenía una becaria que le llevaba por el camino de la amargura. Todos estaban muy verdes y muchas veces yo tenía que enseñarles cosas que sabía por pura experiencia. Mi jefe me decía que no podía vivir sin mi y esa mañana me llamó a su despacho para hacerme una proposición, según sus propias palabras y con una sonrisa enternecedora, indecente. 

lunes, 3 de junio de 2019

Las pistas

En el año 1991 Jorge y yo vivíamos juntos. La relación no es que comenzase a hacer aguas, es que en realidad nunca fue una convivencia agradable, pero yo no quería darme cuenta. 
Madrugaba para ir a trabajar y cuando llegaba, solía encontrarme la casa hecha una pocilga y a él sentado en el sofá viendo la tele. Me llevaban los demonios y una noche de finales de verano, cuando una ola de calor tardía no dejaba dormir, discutimos muy fuerte. Él me dijo que yo era una enferma de la limpieza y el orden, que le dejase vivir, que estaba harto, que un día de estos pegaba un portazo y se iba. Y fue cuando estallé de verdad. Aullé que a ver si lo hacía de una puta vez, que mi hijo le tenía miedo, que me costaba dinero que vegetara en mi sofá, en mi casa y que no necesitaba un hurón a mi lado. Recalqué esos “mi”, como si me fuera la vida en ello. 
Se largó y durante tres días no supe nada de él. Me imaginé que se había ido al pueblo y el fin de semana, cuando fui a visitar a mi familia, coincidimos en la panadería. 
Iba hecho un Adán y tenía marcas en la cara. Le pregunté si se había peleado con un gato y forzó una risa que –entonces– no me dio qué pensar. Dijo que se había caído de la bicicleta, que había reflexionado durante esos días y que le perdonase, porque sin mí no podía vivir. Y –de nuevo– nos reconciliamos. El que Nachete me hubiese preguntado por su papá en cuanto llegué a casa de mi madre, tuvo mucho que ver.