miércoles, 8 de mayo de 2019

Pedro

Tras la muerte de mi abuela mi hermano Pedrito se empeñó en que teníamos que ir a vivir a la casa que había comprado para mi madre. Era un caserón muy parecido al que nos había cedido el ayuntamiento, porque sabía de sobra que ni Angelita ni mi abuela, se hubiesen mudado a una casa como la que él se estaba construyendo en las afueras, el “chalete” como comenzaron a llamarlo los del pueblo. Era la franja junto al río donde muchos años antes de que nosotros naciésemos se levantaban corrales y gallineros y donde mi abuelo se construyó la casa que vio crecer a mi madre y que la abuela vendió para pagar a un abogado. “Las casitas de los maestros” las llamaban entonces. Esa zona ahora estaba muy valorada, porque era el único rincón con un poco de encanto, y con la moda del turismo rural se levantaron edificaciones muy parecidas a las que habían inventado mi abuelo y sus compañeros, construcciones de una planta, de piedra y un gran ventanal frontal, vigas de madera y jardincitos muy cuidados cercanos al río. “Arquitectura ecológica” lo llamaban ahora, y yo no podía dejar de sonreírme. 


Mingo, que era un mago para las ocurrencias, convenció a un torero famoso y a un futbolista del Real Madrid, para que se casaran –cada uno con su novia, que lo de las bodas gays todavía no se estilaba– en la iglesia de mi pueblo, que no era nada del otro mundo, pero tenía muchos años y alguna reminiscencia románica y mudéjar, y les organizó una celebración en la casa del río más grande y ostentosa. La había comprado él y la puso a nombre de una novia que dejó su puesto en un gran hotel para dedicarse a las celebraciones de bodas para pijos, porque ahora lo que se llevaba eran los bodorrios en casas de pueblo rehabilitadas con jardines de ensueño, mucha vela, mucha flor, mucha tela colgando y el inevitable cortador de jamón a puerta gayola. Y Vega se puso de moda. 
La casa de mi hermano era un hotelito de ladrillo visto y contraventanas de madera, con un gran jardín y piscina, muy al estilo de la casa de los López-Bravo. Mi abuela nunca entendió su empeño en construirse esa casa, teniendo su propio cuarto en la nuestra, porque siempre andaba de viaje o trabajando en Madrid, además, cuando compró la nueva en la calle Real, hizo una reforma para habilitar habitaciones para todos los hermanos. “Este lo que quiere es aparentar, como si no supiesen en el pueblo quienes somos y lo que somos. El hijo de un guardia y una costurera.” Murmuraba mi abuela, que no conseguía entender a su nieto. 
Pero él se había emperrado en “el chalete”, se tiró años construyéndolo, porque cada vez que se echaba novia, ella opinaba sobre la distribución y los materiales. Y como las novias iban y venían la obra tardó años en acabarse. Y cuando por fin la casa podía ser habitada la tuvo que malvender porque se había arruinado. 

Antes de comenzar la crisis en mi pueblo ya se barruntaba. El esplendor del ladrillo había convertido a la mano de obra del campo en albañiles. Muchos chavales dejaban los estudios porque echando horas de peón ganaban lo que nunca hubieron soñado sus padres en el campo. Se crearon negocios paralelos a la sombra de la construcción. Abrieron dos fábricas de puertas de madera maciza que distribuía a toda la península. Algunos jóvenes tiraron para la FP para convertirse en electricistas, fontaneros y oficiales de primera, los oficios más solicitados. Y ganaban mucho dinero. Parecía que caía del cielo porque se construía a mansalva. Parecía que aquello no tenía fin. 

Pedro había prosperado. Desde muy jovencito se había embarcado en negocios de toda índole, muy pequeños y con poco riesgo, porque apenas tenía dinero para invertir. 
Como yo, no estaba muy dotado para los estudios, y, como yo, comenzó a trabajar muy pronto y a buscarse la vida con el hijo pequeño de Domingo Esquinas. Manolita siempre andaba a la gresca con el niño, porque era de la piel de barrabás y andaba metido en todos los líos y travesuras. Si alguien iba a su casa preguntando por Mingo hijo, ella siempre preguntaba que qué había hecho. 
Mingo y Pedro fueron uña y carne de niños y socios de adultos. Montaron una cooperativa de viviendas que con el tiempo se convirtió en una constructora, cuando el negocio del ladrillo transformó a paletos sin dos dedos de frente y con los estudios justitos para saber firmar contratos y poco más, en petimetres con cochazos que paseaban a las guapitas del pueblo, invitaban a copas y –la mayoría de las veces– se las llevaban a la cama. Con el dinero vinieron las amistades peligrosas. Mi hermano era muy simpático y cuando comenzó a “manejar” los jóvenes del pueblo que siempre le habían despreciado por nuestros orígenes, no se despegaban de él. 

Nunca estaba por el pueblo más de un par de días, pero en fiestas no faltaba ni un solo año. Salía con chicas muy jovencitas pero nunca nos presentó a ninguna de ellas como su novia. Mi abuela le amenazaba con que al final se iba a casar cuarentón y que iba a tener hijos a la edad de tener nietos y Pedro se desternillaba de risa y contestaba que él no servía para ser padre, que le temblaban las carnes solamente con pensar en un bebé llorando por la noche y que ya había bastantes niños en la familia, que habíamos contribuido perfectamente al equilibrio mundial, que cumplíamos la media de 1’2 hijos por persona y mi abuela se ponía de los nervios y le decía que de dónde se sacaba esas chorradas, que a ver si sentaba la cabeza de una vez y siempre, cuando llegaban a ese punto Pedro le cogía por la cintura, le agarraba una mano y bailaba con ella, girando en la cocina y cantando el himno de Riego, mientras Críspula hacía que se enfadaba, pero no podía disimular la risa. 
A mi hermano le gustaban mucho las mujeres. Siempre tuvo gancho para ligar, incluso cuando no tenía dinero para invitar. Era poca cosa, un poco canijo, pero con una sonrisa encantadora y mucho sentido del humor, y eso le hacía triunfar entre las chicas. Pero cuando se hizo rico se las tenía que apartar con las dos manos porque no le dejaban en paz. Tenía novias guapísimas, esculturales, que le sacaban dos palmos. Marishka me comentaba en voz baja que eran putas, que no nos engañásemos, que ella las olía a la legua. Y cuando trajo a casa a una miss Venezuela, la rusa vaticinó que le iba a sacar hasta los higadillos. Efectivamente el tiempo que convivieron ella se compró un coche deportivo y reorganizó la obra del “chalete” porque quería formar una familia con mi hermano. Mi madre se echaba las manos a la cabeza, porque no quería ni pensar en lo que iba a ser ese matrimonio. La miss nos anunció en una comida familiar que iban a ser padres y mi hermano no se lo tomó muy bien, pero siguió con la relación hasta que nació la niña, mulata, y Pedro se hizo una prueba de ADN que constató que no era el padre, por lo que no volvimos a saber de la miss, que se quedó con el coche y las joyas que ella misma se había comprado porque mi hermano no tenía gusto ni tiempo para los regalos y ella misma sacaba brillo a la visa que era un primor. 

La abuela siempre decía que ella nunca se iría a vivir a la casa que Pedrito le había comprado a mi madre, entre otras cosas por no dar su brazo a torcer y que las cotillas siguiesen dale que te pego con las habladurías. “Si que vivamos aquí les quita el sueño, por mí no van a pegar ojo hasta que me muera”. Y cuando murió decidimos que lo mejor que podíamos hacer era dejar ese caserón y mudarnos al que mi hermano había acondicionado con todas las comodidades posibles. 
Aunque tenía su propia habitación en casa nunca la ocupó hasta que se arruinó. Y fue entonces cuando pasó a convertirse en un desconocido. 
Hasta el 2000 no había dejado de ser un mindundi a la sombra del hijo del alcalde, pero ese año fue cuando se hicieron ricos. 
Mingo se embarcaba en todo lo que le proponían y no siempre salía airoso de los negocios en los que se metía. Fue alcalde algunos años, principalmente porque la sombra del padre le protegió al principio, cuando la gente esperaba que fuese tan buen regidor, justo y honesto como él. Pero Mingo hijo tenía otras ideas. Pensaba que la política estaba al alcance de unos pocos privilegiados, como él, para hacer de su capa un sayo y aprovecharse de todas y cada una de las oportunidades que surgieran. Y el que no lo hacía era porque era tonto. Como su padre, que nunca había aprovechado su puesto para enriquecerse, teniéndolo todo de su parte, porque en tiempos de Franco era más fácil que ahora en democracia, aunque si se tenían a un par de periodistas afines, la cosa estaba más que chupada. Él sabía cómo hacerse querer, la gente era tonta y más en su pueblo, que se contentaban con tener las fiestas aseguradas y poco más. No iba a cometer los mismos errores que su antecesor, Rodrigo el sobrino de Generosa, que ganó las elecciones y no cumplió nada de lo prometido, es más, subió algunos impuestos y racaneó en ferias, incluso eliminó los abonos para los toros, lo que le granjeó antipatías incluso de su propia familia, por lo que en la siguiente legislatura ni siquiera pudo sacar una concejalía en el grupo mixto. 

Mingo se presentó con el PP. No tenía ideas propias, pero era guapo y elegante y los socialistas de su pueblo aún no habían perdido el regusto por la pana y las alpargatas. Y lo primero que hizo fue organizar las fiestas del pueblo por todo lo alto y regalar abonos para los toros a los jubilados y parados de larga duración. En algún sitio había leído lo de “pan y circo” y lo que quería la gente era fiesta y jarana, que ya estaba bien de recordar penurias y calamidades. Eran otra generación, la mejor preparada en siglos, y habían llegado los buenos tiempos. Y él estaba ahí para demostrarlo. 
Afortunadamente su padre no vivió lo suficiente para ver en lo que se había convertido, pero Manolita no podía dejar de hacerse cruces con las ocurrencias de su hijo. No le gustaba un pelo lo que veía, pero la gente la paraba por la calle para decirle lo que valía el niño, que vaya lo que estaba ganando el pueblo desde que él era alcalde. Y ella no decía nada, callaba y esperaba pacientemente a que todo eso acabase, porque sabía que antes o después el globo se desinflaría y todo volvería a su ser. 

En el año 2009 Pedro cumplió cincuenta años y vio como la fortuna y buena suerte le daba la espalda. 
Acostumbrado a vivir sin parar durante el día en reuniones y comidas de trabajo, de noche en cenas, copas y fiestas, a viajar y dormir en hoteles de lujo… De repente se vio sin nada. Ni trabajo ni dinero, pobre y solo como un perro, porque los amigotes desaparecieron al mismo ritmo que desaparecían los coches, las casas, las comilonas, las copas y la farlopa. 
Porque mi hermano era cocainómano. Y nadie en mi familia se dio cuenta, solamente yo, que estaba harta de ver por las noches, en los locales de copas donde cada vez actuaba menos a menudo, a tipos como él con la mandíbula desencajada, sudando y los ojos como platos. 
Mi madre decía que siempre había sido muy nervioso, que estaba flaco porque nunca paraba, pero qué sabría ella, la pobre, que nunca salía de casa… 

Y de repente Pedro se vio vegetando entre cuatro paredes y no pudo con su mala suerte. Se le agrió el carácter de tal forma que mis hermanos, con tal de no discutir, porque se liaba por cualquier tontería, le dejaron por imposible y casi ni hablaban. 
Los Manolos, con la mejor de las intenciones, le dijeron que si quería echar una mano en el bar sería bienvenido. Y para qué queremos más. Pedro se puso como una fiera les echó en cara que vivían en su casa y mi madre tuvo que levantar la voz para poner fin a la bronca y gritar que esa casa era suya y que todos los miembros de la familia eran bienvenidos allí. 
Pero las broncas eran cada vez más frecuentes y la convivencia se estaba convirtiendo en un infierno y la que más sufría era mi madre que no podía soportar que sus hijos se peleasen. 
Los fines de semana yo veía que mi familia comenzaba a parecerse a lo que siempre había odiado. Las conversaciones y risas eran cosa del recuerdo, se comía en silencio y cuando Pedro aparecía por la puerta todos se dispersaban para no tener ni que darle los buenos días. Isabel y Manuela se encaraban con él, porque no podían consentir que tratase a sus maridos como si fuesen mierda, porque eran unos buenazos y no entraban jamás al trapo ni contestaban a las provocaciones de su cuñado. Mariano había dejado de ir a comer los domingos porque no estaba dispuesto a que su hermano se burlase de su mujer, que tendría muchos defectos, pero era buena madre, buena esposa y la mejor hija y nuera del mundo. Me contó que si seguía viniendo los domingos a casa iba a llegar a las manos con su hermano y no quería eso. Y no por él, que no se merecía el más mínimo respeto, sino por no dar mal ejemplo a sus hijos y sobre todo para no disgustar a su pobre madre.. 

Incluso ella, que nunca se enfadaba, tuvo que levantarle la voz en más de una ocasión, porque no soportaba en lo que se estaba convirtiendo, un vago que se levantaba para comer, andaba toda la tarde en el bar y se tiraba las noches delante del ordenador en chats porno. 








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