miércoles, 15 de mayo de 2019

Laura Pazyamor

En el año 2010 me despidieron del bufete de abogados. Me sorprendí lo justo y necesario, porque era un despido anunciado. Yo no había hecho nada, al contrario, siempre había trabajado como una mala bestia, incluso algún sábado tuve que ir a echar unas horas porque mi jefe me lo pedía como un favor personal y yo racaneaba tiempo a mi hijo, entonces un niño pequeño que apenas veía a su madre, para trabajar unas horas que no me pagaban, ni siquiera me agradecían, porque lo que comenzó siendo un favor, acabó convirtiéndose en una obligación. 

Todo comenzó con mi viaje a Blanes, cuando mi madre tuvo la depresión. Mi jefe no se tomó muy bien que me cogiese las vacaciones en un momento en el que el bufete había mucho trabajo. Pero yo no era más que una simple secretaria, no era indispensable, mi cometido se limitaba a teclear en el ordenador, llevarle la agenda y ponerle un café cuando llegaba. Pero con ese afán de convertirme en “imprescindible” para que valorasen mi labor, comencé a realizar tareas que no me correspondían. Para empezar lo de llevarle un café al despacho en cuanto entraba por la puerta. Las otras secretarias me decían que porqué no se lo ponía él, que la cafetera no daba calambre, que mi trabajo era otro, que no me pagaban para hacer de camarera y que yo era gilipollas. Y tenían razón. Porque además de servir cafés, a él o a sus visitas, también le reservaba habitaciones en hoteles por horas, en lugares discretos, donde se llevaba a sus conquistas. Compraba ramos de flores que enviaba a su mujer y a sus amantes. Le recordaba los cumpleaños de sus suegros, sus hijos, incluso el de su esposa, a la que yo creía conocedora de las salidas de tiesto de su maridito. 
Paula Ginés era una pija con todas las letras. Como su marido, había estudiado derecho en el CEU, pero ella trabajó en el bufete de papá, en Torrelodones, hasta que se quedó embarazada de su primer hijo. Se plantaron con el tercero y entonces ella sugirió que debería volver al trabajo. Pero su padre sabía que la niña era una rémora en su despacho, porque no tenía ni idea de nada, la lió en un par de ocasiones porque se le pasaron fechas para presentar recursos y –lo tenía que reconocer– era medio tonta. Así que le dijo que cómo iba a dejar a los niños solos tanto tiempo, que aunque tuviese una interna, otra externa y una estudiante que hacía de canguro los fines de semana, una mujer como dios manda tenía que estar en su casita, con lo mona que la había puesto, con sus niños, aunque ella solo supervisase el trabajo de las empleadas, y con su maridito, que Carlos valía un potosí y no debía despistarse que con la maternidad las mujeres se echaban a perder y los hombres, en la madurez iban ganando puntos y las lagartas estaban al acecho.  
Paula era el tipo de mujer que yo odiaba, por más que mi abuela me advirtiese de esos sentimientos anti feministas que yo procuraba no hacer públicos. Era la típica niña de papá, la pequeña de tres hermanos varones, delgadita, rubita, con mechas y peinada de peluquería “natural”, porque no quería que pareciese que iba a la pelu todas las semanas, la manicura impecable, porque no hacía nada en todo el puto día. No madrugaba, no llevaba a los niños al colegio, no hacía la compra, no cocinaba, no limpiaba, solamente supervisaba el trabajo que otras mujeres hacían para ella. Eso sí, el gimnasio a “primera hora de la mañana” –que no era nunca antes de las once– el café de después, la pelu y las reuniones con antiguas amigas del cole eran incuestionables. 
Y por la noche, si había que acudir a alguna cena con su marido, llegaba impecable, porque las siestas eran sagradas para conservar un cutis que el láser había conseguido mejorar notablemente, tras un acné adolescente, y que ella había hecho desaparecer del recuerdo, rompiendo todas y cada una de las fotografías en las que aparecía. Hizo una limpia a fondo y no quedaba documento gráfico que acreditase su terrible pubertad de granos, gafas de miope, aparato dental y puntos negros. 

Carlos Tercero, mi jefe, no era guapo, no era alto, no era distinguido, pero tenía algo, yo no sabia qué, pero lo tenía. 

Siempre hubo tensión sexual entre nosotros. Y no se resolvió porque no quise. Tal vez yo fuese una calentorra que se me caían las bragas en cuanto un tío me ponía ojitos, pero había madurado lo suficiente para tener claro que el trabajo era sagrado, que había mucho menda por los bares, deseando desabrocharme el sujetador y me propuse, a pesar de que mi jefe no me lo puso fácil, no sucumbir a sus halagos. 
Porque me gustaba, me gustaba mucho, pero me hice el firme propósito de mantener mi trabajo y no ponerlo en peligro por un par de polvos, de los que podía prescindir perfectamente. 
Carlos era hijo de uno de los socios del bufete y tomó el puesto de su padre cuando éste se jubiló. Todo lo que tenía el padre de juicioso y prudente había quedado en su generación, porque el hijo era frívolo y superficial. Pero no tenía rival en cuanto a simpatía y encanto. Sabía cómo hechizar a hombres y mujeres. Sabía cómo llevar a sus rivales a su campo, cómo dejar sin argumentos a los adversarios, cómo engatusar a jueces y fiscales con una verborrea digna de Cicerón. Y se convirtió en uno de los abogados más prestigiosos de Madrid. Justo lo que él siempre quiso cuando su padre le tuvo que sacar del colegio de los jesuitas, porque el niño “no valía” y le matriculó en otro carísimo, especializado en “niños bien” problemáticos y sin aparente perspectiva de futuro. 

Cuando volví de mis tres semanas en la playa con mi madre, mi jefe me dijo que mi sustituta había hecho un “buen trabajo” y que yo volvía a la recepción. Entonces reparé en que mi suplente era una chica joven y guapa, más joven y más guapa que yo y, seguramente, con las tragaderas que yo no tuve. 
Y supe, desde ya, que una recepcionista con sueldo de secretaria de dirección tenía los días contados. 

Afortunadamente Nachete había aprobado las oposiciones para maestro de primaria y vivía en Guadarrama con su chica, otra profesora de allí. 

Mi antiguo piso de la calle Londres ya no existía. Me habían echado hacía unos años porque iban a derribar el edificio para construir apartamentos de alto standing y me tuve que alquilar otro, en otro barrio más barato, porque los alquileres eran escasos y carísimos. 
Y para colmo de todos mis males, la mujer de mi antiguo jefe comenzó a ir a buscarle al trabajo porque se olía que estaba liado con alguna secretaria. Pero no era conmigo y ella, que no se enteraba de nada, pensaba que yo era la interfecta y no paró hasta que consiguió mi despido. 
Así que me volví a Vega. Tenía dos años de paro y una indemnización que permitía que me tomase un año sabático para estar con mi madre, que sufría por los rincones por culpa de mi hermano Pedro. 

Ya había vivido un infierno. O por lo menos eso pensaba, que no podía haber nada peor que el tiempo que había convivido con Jorge. Sin embargo el año que pasé en la casa de mi madre fue el peor de mi existencia. 

Mi idea era centrarme en qué quería hacer con mi vida. Mi curriculum era bastante limitadito, siempre había trabajado en el mismo sitio, no hablaba apenas inglés y, lo peor de todo, tenía cuarenta y cinco años, una edad nefasta para quedarse en el paro. 
Así que decidí no entrar en pánico porque tenía el dinero de la indemnización, los dos años de paro y mis ahorros. Nachete se preocupó más que yo. Me ofreció su dinero y su casa. Pero yo no necesitaba ninguna de las dos cosas. Además su chica me ponía bastante nerviosa, era muy maja, quería muchísimo a mi hijo, se adoraban, se llevaban de maravilla, viajaban todo lo que podían y eran felices. Pero yo no podía con ella. Me imagino que es lo que le pasa a cualquier madre, pero mi nuera era una chica “singular”. Yo siempre he sido muy moderna, o por lo menos lo he intentado. Además por mi profesión de cantante he conocido a muchas personas muy estrafalarias y excéntricas, pero Laura podía conmigo. 

Mis hermanos la llamaban Laura Pazyamor y cuando se referían a ella ponían las manos en forma de corazón, cantaban “Amo a Laura” y se descojonaban. 

Laura y Nachete se conocieron en la academia donde preparaban las oposiciones. Ella llevaba un año estudiando y estaba convencida de que era imposible aprobar. Pero comenzaron a quedar para repasar temas y entre cafés y cervezas acabaron enamorándose. 
Mi hijo es muy guapo. Sin pasión. Tiene la elegancia de su familia paterna, mi simpatía y sentido del humor, la bondad de mi madre y los ojos de su bisabuelo Ángel. Gustaba mucho a las chicas pero era demasiado tímido y sufrió como un condenado con su primer amor, una chica de su clase que era un zorrón y le llevaba por el camino de la amargura. 

Laura y mi hijo aprobaron, eligieron destino en la sierra y comenzaron a vivir juntos. Se compraron una antigua casa de piedra que iban rehabilitando poco a poco, muy despacio y sin prisa, porque en cuanto tenían vacaciones o se juntaban tres festivos pillaban las mochilas y se iba de viaje. Y eso era algo que envidiaba porque yo tenía muy poco mundo. Apenas cuatro viajes en avión, cuando Nachete era pequeño y ahorraba para tomarnos unas vacaciones de ricos, y los cortos trayectos de las giras con el grupo con el que estuviese actuando en aquel momento. 
Laura me decía que cómo no habíamos viajado más y más lejos, si estábamos forrados. Pero el dinero de la herencia de mi hijo era suyo y yo no toqué ni un duro, hasta que, cuando cumplió dieciocho años se lo puse en una cuenta a su nombre. 

Era muy alta, casi tanto como mi hijo. Llevaba el pelo asalvajado, rubio y largo hasta media espalda, pero se tiraba dos horas por la mañana poniéndose aceites y mierdas ecológicas para mantenerlo limpio y brillante, porque la verdad es que tenía una melena muy bonita. La ropa parecía de perroflauta pero se la compraba en una tienda –carísima–de Malasaña donde un gay más listo que el hambre, se forraba vendiendo vestidos y blusones que no se podían meter en la lavadora porque eran de tejidos y tintes naturales y había que lavarlos a mano con jabón lagarto y tenderlos chorreando para que no se deformasen. 

La verdad es que –en el fondo– mi nuera era adorable. Siempre me traía algún detallito, le recordaba a mi hijo que me llamase cuando llegaban a su destino para que yo no estuviese preocupada. Y era muy cariñosa. Demasiado para mí. Tocaba a todo el mundo. Decía que necesitaba piel. Pero en mi casa eso nos ponía muy nerviosos. 

Recuerdo un domingo que estábamos tomando el vermú y comenzó a sobar el brazo a Marishka, comentando la piel tan suave, blanca y fina que tenía. Y veía que la rusa se estaba pillando un mosqueo de no te menees. Laura seguía charla que te charla, contando no se qué de las mujeres de una tribu de Namibia que para protegerse del sol se frotaban la piel con una pasta hecha de manteca, tierra, y barro, sin dejar de acariciar su brazo. Marishka me miraba y yo no podía contener la risa, porque sabía que de un momento a otro iba saltar. Y saltó. 

–¿Tú piensas yo rascaygana? 
–…¡¿Eh?! 
–¡Si sobas rusa, rusa mete hostia! 

Laura retiró la mano con cara de no entender qué pasaba, porque para ella acariciar a desconocidos era algo natural y habitual. A pesar de haberle causado muchos problemas. 
Con un gesto apesadumbrado le pidió mil veces disculpas, le rogó que la perdonase tantas veces que Marishka acabó dándose la vuelta y se puso a limpiar vasos diciendo que la estaba volviendo loca. Y Laura no podía entender qué había hecho para que se pusiera así.  

Unas navidades que vino a comer, Pedro estaba de un humor de perros. Siempre andaba de mala hostia, pero ese día, no sé porqué, estaba a la que salta. Y cuando saqué el turrón, mi hermano, con una sonrisa asquerosa le preguntó si sabía cómo la llamábamos. Laura miró a su alrededor y con un hilo de voz dijo que no. Nachete le hizo una señal con los ojos para que se callase, pero él, haciendo caso omiso, le espetó que era Laura Pazyamor y puso las manos en forma de corazón. Y a ella se le iluminó la cara, nos volvió a mirar a todos con una sonrisa deslumbrante preguntando si era cierto, se levantó de su silla y nos abrazó uno a uno dándonos las gracias porque no podía imaginar un nombre mejor, más adecuado, más generoso, porque su fin en esta vida era diseminar su amor por el mundo para que hubiese paz. 

Esa era Laura Pazyamor. Un ser de luz. No era de este mundo. Yo no entendía cómo había sobrevivido antes de conocer a Nachete porque su ingenuidad, que era real, no impostada, la debería haber pasado factura, porque la vida estaba plagada de personas malvadas y peligrosas, pero a ella, por alguna razón que no acertaba a comprender le pasaban de lado y nunca nadie le hizo daño. 

Y mi hijo bebía lo vientos por esa chica tan distinta a nosotros. Y era muy feliz. Y solamente por ese motivo yo decidí apartar mis reticencias y tratar a mi nuera como si la hubiese parido y fuese la hija que siempre quise tener.

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