domingo, 19 de mayo de 2019

La red oscura

Cuando Laura y Nachete venían a verme eran como un soplo de aire fresco en casa. Mi hermano parecía que se comportaba ante su sobrino, al que quería con todo su corazón, pero aún así, muchas veces metía la pata y mi hijo discutía con él a voces, porque no podía entender que su tío, que había sido como un padre para él, hubiese cambiado de esa forma tan radical. Pedro siempre se había ocupado de saber cómo estaba, cómo iba con los estudios, cuando tenía un rato libre venía a buscarle para llevarle al cine o al parque de atracciones, porque Nachete era su favorito y no lo disimulaba. Mi hijo no tenía un padre como referente y él se convirtió en esa figura que debería haberse tomado la molestia de saber que había un niño por el mundo con sus genes. 

Y Pedro, ahora, era un desconocido para nosotros. No volvió a trabajar nunca más y malvivía con una paga que le daba mi madre para sus gastos, porque no tenía ni para un paquete de tabaco. Y cada vez que mi pobre madre le daba dinero a escondidas, él se mofaba de ella y le decía que cuándo le iba a subir la propinilla de los domingos. 
Uno de esos domingos Ángela escuchó el comentario y esperó el momento para hablar con él. Le dijo que no debía seguir así, que necesitaba hacer algo en la vida, que no podía tirarse los días mano sobre mano, esperando a que mamá le diese dinero para gastárselo en el bar. Porque eso era otra, Marishka se negaba a invitarle. El negocio también era de ella, llevaba la contabilidad a rajatabla y los domingos le hacía las cuentas y tenía que pagar, por lo que el resto de la semana Pedro andaba al acecho, a ver quién le invitaba, como un desgraciado. 
Ángela le habló con cariño, adoraba a su hermano y sabía que sufría como un condenado por su situación. Le dijo que no era más que un momento de mala suerte, que lo superaría, porque él valía mucho y era una racha que algún día llegaría a su fin, pero que tenía que ponerse las pilas y hacer algo, poner de su parte, porque nadie iba a ir a casa a ofrecerle un trabajo. Y Pedro agachó la cabeza y le dijo que se estaba volviendo loco, porque no veía luz al final del túnel, que se sentía viejo e inútil y a Ángela se le ablandó el corazón. 
Movió contactos y le consiguió un trabajito de comercial, en la empresa de unos clientes. Era un trabajo de mierda, pero por lo menos mi hermano tenía que levantarse pronto, asearse y salir a la calle. 
Y duró dos meses. 
Mi madre estaba desesperada porque no soportaba las discusiones y le dijo que si volvía a casa era con la condición de que se comportase y ya que no trabajaba, ni aportaba, por lo menos que se dedicase a ayudar en el taller. 
Error garrafal. 
A los quince días mi hermana Isabel se dio cuenta de que no le cuadraba la caja y supieron que Pedro sisaba. 
Y esa vez la discusión fue apoteósica porque todos participamos en los gritos y los insultos, que se oyeron en todo el pueblo. 

El padre Urrutia, que ya estaba muy viejo, intentaba llevarse a mi hermano a pasear por las tardes, él ya no podía correr, como lo había hecho durante muchos años, pero ahora se daba unos garbeos de horas y pensó que si se llevaba a mi hermano le alejaba un rato de los conflictos y nos daba un respiro al resto de la familia, pero la mayoría de las veces, Pedro se quedaba en casa con alguna excusa peregrina. 

Y una noche, nos enteramos de la doble vida que llevaba. 
Vinieron a detenerle cuando recogíamos el trajín de la cena y nos preparábamos para ver un rato la tele y acostarnos. Pedro nunca se sentaba con nosotros, porque prefería trastear con el ordenador. Yo sabía que veía porno, pero no le di importancia porque era algo habitual en los hombres que yo conocía y nunca me planteé si era algo normal. 
El motivo de la detención era la distribución de pornografía infantil. Era en un página en la que se compartían vídeos sexuales, y por lo visto él ponía enlaces a vídeos y fotografías con menores. Nos echamos las manos a la cabeza porque se estaban equivocando. Mi hermano era idiota y estaba agilipollado, pero no hacía esas cosas, estábamos completamente seguros. 
Ángela vino de Madrid esa misma noche y pidió hablar con él, en condición de abogada. Le miró a los ojos y le pidió que le confesase si había cometido los hechos por los que se le acusaba, que si era así –ella estaba convencida de que se trataba de un malentendido– se lo dijese, porque si descubría que mentía no iba a defenderle y, por supuesto, no iban a verse en la vida, nunca jamás. 
Pedro le confesó que se metía en chats subiditos de tono, que se hablaba de sexo y que, muchas veces, se abría privados con tías que tenían webcam y tenían relaciones virtuales. 

–Explícame lo de las relaciones esas porque, tío, me pierdo, no puedo entenderlo. 
–Es muy simple, hablamos, nos vamos calentando diciéndonos qué haríamos si estuviésemos juntos y acabamos haciéndonos una paja. 
–¡Madre del amor hermoso!… 

–Es lo que hay. No puedo relacionarme con nadie del pueblo y no tengo dinero para quedar con ninguna tía. Es eso y mirar porno. No hay otra. 
–Pero… ¿qué tiene eso que ver con los archivos de menores? 
–Ángela, te juro que no tengo ni idea. A veces alguno pone enlaces para mirar cómo follan otros, pero yo nunca he visto nada relacionado con niñas, te lo juro, te lo juro por mamá. ¿Tú crees que si hubiese visto algo por el estilo seguiría en esa página? ¿Sabiendo lo que pasó nuestra madre de niña con el mulero? Te lo juro, hermana, te lo juro por dios, yo no soy un pederasta… 

Y Pedro comenzó a llorar. Ángela sabía que su hermano no era un delincuente. Tenía la cabeza llena de pájaros, pero eso era un error y necesitaba enmendarlo como fuese, ya no por él, si no por la honra de su familia, porque no podría vivir sabiendo que su hermano había sido acusado de algo así. 
Durante las 72 horas en las que su hermano estuvo detenido, antes de pasar a disposición judicial, Ángela investigó todo lo relacionado con la página y con la ayuda del informático y la investigadora privada del bufete dieron con el quid de la cuestión. 

Pero durante esos tres días un rumor fue extendiéndose por el pueblo. Se comenzó a murmurar que Pedro estaba detenido por el asesinato de las niñas. Y como muchos años antes, cuando el secreto del osito de peluche se extendió casa por casa, el cuchicheo se convirtió en un clamor que se extendió por mi pueblo, por los alrededores y llegó a periódicos y televisiones. Antes de que mi hermano fuese puesto a disposición judicial la puerta de mi casa estaba tomada por periodistas y cámaras que conectaban en directo cada vez que alguien entraba o salía. 
Amanecimos con una pintada que decía “Asesinos” y mi madre se encerró en su cuarto, mis hermanas echaron las persianas del gabinete y los Manolos tuvieron que aguantar comentarios malintencionados que Marishka no consentía y cagándose en todo lo cagable, desalojaba el bar cada dos por tres. 

La comisaria Chelo Vidal acudió en los primeros momentos de la detención de Pedro, porque no descartaban que fuese el asesino de las niñas. Pero tras una primera prueba pericial lo desestimaron. Los restos encontrados en las niñas dirigían hacia un hombre con grupo sanguíneo 0+ y toda mi familia éramos 0 negativo, (recuerdo que me tuvieron que inyectar inmunoglobulina en el embarazo de mi hijo). Por lo que se desechó de inmediato esa vía de investigación. 
Ni siquiera hicieron una prueba de ADN, porque ahora ya sí se cotejaban los restos, no como en los 80. Pero la prueba del Rh era suficiente. Lo era para el forense y para la policía, pero no para mi pueblo, que necesitaba que alguien pagase por los terribles crímenes. No era posible que en más de viente años no hubiese ni rastro del asesino. Y como en su día pasó con los feriantes, la ira del pueblo se desató contra mi familia. 
Ángela consiguió demostrar que los archivos que había difundido mi hermano, que eran dos vídeos repugnantes en los que –supuestamente– se violaba a una niña, eran de la misma persona, un pederasta que había colgado los enlaces. Algunos usuarios los abrieron y denunciaron inmediatamente. Mi hermano en ese momento estaba chateando con una tal “Brujita cachonda” y no se enteró de nada, pero pinchó el enlace, minimizó la pantalla y se centró en la conversación con la brujita que le decía que le iba a comer todo lo gordo, mientras el vídeo se reproducía en su ordenador sin que él se percatase. El pederasta le abrió un privado y le dijo “pasa esto” con otro enlace y Pedro lo hizo, sin haberlo ni siquiera mirado antes. Y el Grupo de Delitos Telemáticos de la Guardia Civil rastreó las IPs de los implicados en la distribución de la pornografía infantil tras la denuncia de varios usuarios del chat y solamente pillaron a Pedro. El pederasta se conectaba a través de la red oscura, lo hacía a través de un enrutamiento que se llama “de cebolla”, cada petición de un ordenador a una web, en vez de ir de manera directa -con lo que el receptor podría saber quién es el solicitante-, da tres saltos sucesivos, aleatorios y encriptados dentro de la propia red y, en cada uno, se le pone una nueva capa de piel de cebolla virtual hasta llegar al destino, que luego es retirada en el camino de vuelta. Así que era imposible saber quién era el pederasta y dieron con el más tonto, que era mi hermano, que no controlaba apenas internet y cayó como un mirlo. 
La niña del vídeo no era una niña, lo parecía, pero se descubrió que era un montaje. 
Ángela logró convencer al juez y al fiscal que su hermano era tonto del culo. El fiscal pedía dos años de condena, porque al final el vídeo había visto la luz por la culpa de Pedro y quedó en libertad provisional a espera de juicio. 

Y cuando llegó a casa el pueblo entero se manifestó delante de nuestra puerta. Mi madre no dejaba de llorar y mis hermanas no se atrevían a salir a la calle. Nachete me llamó para que nos fuésemos a Guadarrama, todos, que ya nos apañaríamos como pudiésemos, pero me pidió que saliésemos del pueblo. 

Pero no fue necesario. Esa misma noche, cuando la muchedumbre, cansada de berrear, insultar y tirar piedras, se volvió a sus casas, mi hermano Pedro salió por el portón de atrás y comenzó a caminar hacia el río con una soga en una mano y una botella de whisky en la otra. Se bebió la botella entera, se fumó un canuto y se colgó de un árbol. Cuando descolgaron el cadáver encontraron una carta en el bolsillo interior de su chaqueta en la que juraba por la memoria de su madre que él no era un pederasta, que todo había sido un terrible error y pedía perdón a todos por el daño que había causado y, en especial a su madre, que no se merecía un hijo como él. 























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