viernes, 3 de mayo de 2019

Jesús Monzón Gutiérrez

Fui a esperarla a la estación de cercanías, tan distinta a la que fue en nuestra adolescencia, cuando cogíamos el tren a escondidas para pasear por Aranjuez y escapar un poco, solamente un poco, de la rutina de Vega. 

Nos abrazamos en el andén y le pedí perdón por no haberme enterado de la muerte de su madre. Me llamó idiota y con los ojos brillantes, a punto de derramarse en lágrimas, me dijo que ella tampoco había hecho mucho que dijésemos para saber de mí. 
Maribel pasó dos días en mi casa y hablamos y hablamos sin parar y nos pusimos al día en confesiones nocturnas. La primera noche mi amiga me confesó que nunca había conseguido tener un orgasmo con ningún hombre, ni siquiera con Pol. 
Tras la mala experiencia en Ferias, cuando no éramos más que dos niñas inexpertas y asustadas, no volvió a tener ningún tipo de contacto sexual. Era guapa. Era lista. Era lo que a cualquier hombre con dos dedos de frente le hubiese gustado tener en la cama, en su casa y en su vida. Sin embargo los tíos ni se le acercaban. Y ella sabía el motivo. No le gustaba el sexo y, eso, los hombres lo olían a distancia. 
No me podía creer lo que me contaba porque para mí el sexo era necesario como el agua, con o sin pareja. Pero la primera experiencia sexual había sido tan traumática para mi amiga que dejó de sentir curiosidad por todo lo relativo a los hombres. 
Me dijo que yo, en cambio, atraía a los tíos precisamente porque llevaba escrito en la cara que era una calentorra. A ver, no lo dijo así, tan explícitamente, pero lo dejó entrever. Y era algo que ya me había dicho, muchos años antes Álvaro, a quien no podía evitar evocar, porque nunca me entendí sexualmente con nadie tan bien como con él. 
Maribel se casó con Pol porque, después de tantos años, era el primer hombre que le gustaba. Fisicamente era muy guapo, muy alto y con una pinta estupenda, parecía un marqués. Estalló en carcajadas cuando se lo dije, porque fue lo primero que pensó cuando le conoció en una exposición de su madre. 
Isabel López de Gracia había llegado a ser una pintora muy considerada en el mundo cultureta, del que yo apenas sabía nada. Exponía en galerías exclusivas, alejadas de cualquier persona o cosa que tuviese tufo a vulgar. En una de esas exposiciones, en El Eixample de Barcelona, Pol acudió con sus padres y conoció a Maribel que paseaba un gin-tonic más aburrida que una mona. Fue amor a primera vista, pero mi amiga tenía miedo a los hombres y decidió que el enamoramiento no era para ella. Pero Pol insistió, se hacía el encontradizo, la llamaba cada dos por tres y con cada negativa se empeñaba más en conquistarla, porque era tan antiguo como romántico. Se enamoró como un becerro y no paró hasta que no consiguió una primera cita. 

La familia de Pol no se tomó muy bien que uno de los suyos se relacionase con una “charnega”, porque cualquiera que no fuese catalán con pedigrí por los siglos de los siglos, lo era. Su familia pertenecía a la élite intelectual y política catalana. Descendientes de judíos conversos, los Aguiló i Valls habían mantenido su poder y su estatus social durante siglos, porque –en el fondo– los gobiernos se mantienen gracias a las cuatro familias que los quitan y los ponen. 
Pol se empeñó en llevarla al altar porque ella no parecía estar muy por la labor, ni siquiera parecía que le gustase mucho él. Y por ese motivo, por el empecinamiento, porque era la primera vez que una chica se le resistía, se enamoró como un adolescente. 
Se casaron “como dios manda” en una pequeña ermita cercana a la masía del siglo XVI propiedad de los Aguiló i Valls, donde se celebró un bodorrio por todo lo alto al que no fui invitada porque cada familia pagaba su parte y la de Maribel no podía hacer frente al pastizal que costaba la puta boda, empeño de la bruja de su suegra, así que acudieron solamente los más allegados. 

–Tía, no sabes lo que sentí no invitarte, pero para mis padres fue un sacrificio enorme la boda. No veas cómo me arrepiento, porque tenía que haberme impuesto, haber decidido algo, porque al fin y al cabo la que se casaba era yo, pero, no me preguntes, dejé que otros decidiesen, incluso llevé el vestido de mi suegra, que no me favorecía nada. Pero por no hacerle un desplante me tuve que vestir de princesa indígena, no veas qué horror. Qué tonta he sido, Ana. Cómo me he dejado mangonear toda la vida… 
–No me seas gilipollas, anda… te entiendo perfectamente. Muchas veces tenemos que tragarnos sapos que no desearíamos, pero la vida es así. No te martirices por lo que no tiene importancia. Ahora estamos juntas otra vez, eso es lo que importa. 
–En el fondo te envidio. 
–¿A mi? ¿Envidias mi asquerosa vida, ser madre soltera, matarme a trabajar y llegar a casa y no tener a quién contar mi día de mierda, ir sola a los sitios, llevar a mi hijo al médico y que me pregunten si el padre está de acuerdo con tal tratamiento? No sabes lo que dices… 
–Bueno, eso no– Y se echó a reír–. Envidio tu independencia, el no tener que dar explicaciones, ir a tu bola… A veces pienso en separarme, pero los niños adoran a su padre y me odiarían para siempre, preferirían quedarse con él y yo sería la mala. Muchas veces pienso que ojalá se echara una amante y me abandonase, pero no caerá esa breva, hija mía, que Pol es monógamo de manual. 
Y estallamos en carcajadas, como cuando éramos niñas y pensábamos que nos íbamos a comer el mundo, pero era el mundo el que nos estaba comiendo a las dos. 

Maribel estaba en un punto de su vida que, o daba el campanazo, se ponía el mundo por montera y lo dejaba todo para pensar un poco en ella, o asumía su vida y seguía tirando del carro, poniendo orden y paz en una casa con adolescentes y cuidando a un padre senil que ni siquiera sabía quién era la que le cambiaba el pañal. 

Su padre, el señor elegante y culto, el que tenía el teléfono pinchado en tiempos de Franco y al principio de la Transición porque era “poco obediente” y parecía “algo rojo”, pasó a ser, bien entrada la democracia, cuando los socialistas llegaron al poder, un “franquista torturador” miembro del cuerpo de funcionarios de prisiones de la época de represión que el padre de Maribel jamás había apoyado. Es más, le repelía ese tipo de comportamientos y demostró, tras ascender en el escalafón –muy a pesar de los funcionarios franquistas– por méritos propios, que se podía, y se debía, tratar a los reclusos con respeto y dignidad. Siempre mantuvo esa actitud, aunque fue muy exigente en lo concerniente a la disciplina, tanto con los presos como con los funcionarios, lo que le acarreó muchos odios de sus propios colegas, especialmente cuando fue nombrado administrador de la cárcel de Gerona y comenzó rechazando sistemáticamente los regalitos de proveedores, devolviéndolos con gran elegancia. Don Jesús se jubiló sin haberse hecho rico, como tantos otros colegas que compraron varios pisos en Madrid o Barcelona, para mejorar la pensión de jubilación. 

Jesús Monzón Gutiérrez aterrizó en el cuerpo de prisiones en los años cincuenta, tras estudiar magisterio y preparar todo tipo de oposiciones del estado, con el único fin de poderse casar con su novia de toda la vida y formar la familia que la guerra le había escamoteado. 
Hijo póstumo, se había criado con sus tíos, en el Madrid del “no pasarán”, abandonado a su suerte por el gobierno de Largo Caballero. Su madre, que no pudo soportar la viudez prematura, vegetó toda su triste vida a la vera de familiares que iban falleciendo, mientras ella, con una mala salud de hierro, los sobrevivía para espanto de su hijo, que no dejó de escuchar sus lamentos hasta que aprobó la oposición y tomó posesión en la cárcel del Puerto de Santa María, el penal donde se hacinaban los presos más peligrosos del país y donde enviaban a los recién llegados y a los funcionarios expedientados, que tenían tanto o más peligro que los propios cacos. 
Jesús creció con sus tíos Carlos, hermano de su madre, y Sonsoles, su mujer, que era maestra de escuela de claras convicciones liberales. Atea y culta, por obra y gracia de su padre, don Hermenegildo Solís de Zárate quien hizo que su única hija se instruyera bajo los preceptos de la Institución Libre de Enseñanza. Su tío Carlos, militar de alta graduación, trabajaba en el ministerio de marina. Monárquico y católico convencido, fue denunciado por su chófer y pasó los tres años de asedio escondido en un armario de la casa donde tuvieron que huir, tras la toma de la suya, en la calle Génova, por los milicianos voluntarios, venidos de toda España. Su madre y su tío no salieron a la calle ni un solo día, durante el asedio de Madrid. Sonsoles se levantaba de buena mañana y –junto a su sobrino– recorría vaquerías y establecimientos para poder alimentar al resto de la familia, que vegetaba sobresalto tras sobresalto, entre las cuatro paredes del piso de Altamirano 34. 
Jesús apenas se relacionaba con la gente de su portal. Su madre le ponía al tanto de que todos eran enemigos, que tenían que andarse con cien ojos porque cualquiera de ellos les podría denunciar y sacar a su tío de casa para torturarle en una checa y fusilarle al amanecer contra la tapia del cementerio del este. Y le advertía severamente contra las mujeres que vivían en el bajo interior, madre soltera e hija, milicianas ambas, porque eran lo peor de lo peor, rojas militantes, mujeres libertarias y muy, muy putas, las dos. 
Pero Jesús no podía evitar sentirse atraído por esas dos “hembras”, como las llamaba el señor Secundino, el portero, que era con el único con el que hablaban lo justo y necesario. 
Rosa y su madre, que también se llamaba así, llevaban con orgullo el uniforme de milicianas. Caminaban por la calle pisando fuerte y a Jesús, que apenas contaba diez años, le gustaba la hija como nunca nadie le había gustado, más incluso que jugar a las canicas, ahora que no podía hacerlo con los muchachos de su portal por prohibición expresa de su madre. 
El día que Franco “liberó” Madrid, el niño Jesús tuvo sentimientos encontrados. Por la mañana estaba feliz, porque por fin su tío podría salir del encierro que se había autoinfligido. Ahora ya no eran unos apestados y podrían pasear por la calle sin temor a ser arrestados y torturados. 
Pero esa misma tarde su buena suerte cambió. Su alegría se convirtió en amargura cuando contempló una escena que nunca tendría que haber visto y que quedó impresa en su retina de niño y tatuada en su cerebro todos los años de su vida. 
Rosa y su madre eran paseadas por la calle, entre insultos, risotadas y algún que otro sobeteo de hombres con los ojos inyectados en sangre, en odio, en un sentimiento salvaje y primitivo que Jesús solamente olvidó cuando dejó de reconocer a su familia. 
Las habían rapado la cabeza y con el traje de miliciana hecho jirones las hacían desfilar, junto con otras tres mujeres del barrio, por el arrasado Paseo de Areneros. Las obligaron a beber aceite de ricino, suministrado a través de un embudo, y mientras caminaban no podían controlar los esfínteres, provocando risotadas de los hombres que observaban con deleite el suplicio al que eran sometidas. 
A Jesús le horrorizó la escena, que era de por sí indignante. La infamia a la que fueron sometidas esas mujeres le persiguió toda su vida y se juró, mientras observaba encogido en la acera la escena indecente y obscena, que jamás consentiría que a una mujer de su familia nadie le hiciese algo parecido, pero para eso tendría que crecer y hacerse un hombre, porque ahora no era más que un niño hambriento y asustado. 

Cuando Maribel acabó de contarme esa historia terrible que había leído en una memorias que su padre no había acabado de escribir porque llegó un día que ni recordaba cómo se llamaba, lloramos las dos como magdalenas. 

–Y ¿cómo voy a dejar a mi pobre padre solo? Ana, se me parte el alma cuando le veo así. No puedo pensar en mi, sería tan, tan sumamente egoísta. 

Y mi amiga lloró los dos días que estuvo en mi casa lo que no había llorado desde que aquel verano desdichado tres hermanos le destrozasen la vida. 

Volvió a su casa, a su marido, a sus hijos y al padre que se dejaba abrazar por la joven amable que le visitaba todas las tardes y que, cuando hacía buen tiempo, le invitaba a un café con churros en un bar de las ramblas. 



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