lunes, 27 de mayo de 2019

El Gurú

El día que Jorge apareció por el despacho me quedé de piedra, era la última persona que esperaba ver por allí. No sabía muy bien si venía por Miguel o por mi. No tenía apuntada su visita en la agenda. Me preguntó si mi jefe estaba libre y me asomé a su despacho. Cuando le dije que Jorge López estaba en la puerta me preguntó extrañado que quién era, contesté que un tal Jorge López-Bravo y salió y se abrazaron como si se conociesen mucho. 

Mi jefe era hijo de un amigo de Suiza y una de las pocas amistades que Jorge hizo en la adolescencia, la única que conservaba. 
Me retiré a mi mesa mientras ellos hablaban. Miguel me indicó que no le pasase llamadas y estuvieron conversando una hora y pico. 
Cuando salieron era la hora de comer y Jorge me pidió que lo hiciésemos juntos. Mi jefe me dijo que si quería que me tomase la tarde libre, que no tuviese prisa por volver al despacho. 
Nos dirigimos a una especie de tasca que había tres calles más abajo. Nunca había entrado porque era uno de esos sitios que se habían puesto de moda, donde te clavaban por un montadito de jabugo. Ponía “casa de comidas” en la puerta y tenía las paredes de pizarra, donde estaban apuntados los menús y las raciones a tiza. Conocían a Jorge, porque todo el mundo le saludó y pidió una mesa que había reservado por teléfono. Pensé que me había preparado una encerrona, pero ya no le tenía miedo y estaba dispuesta a pedir lo más caro de la carta. 
Mientras preparaban su ensalada de algas y mi rape con langostinos, Jorge comenzó a abullonarse en la silla, sabía que quería algo de mí y hasta que no comenzó a hablar él, yo no dije ni mu. No pensaba ponérselo fácil. 
Trajeron el vino y comenzó a divagar. Como dos años antes, comenzó a dar vueltas dialécticas, pero yo no tenía ninguna prisa, asentía con la cabeza cada vez que me preguntaba si estaba de acuerdo. 
Y llegó al meollo del asunto cuando ya no me quedaba ni un langostino en mi plato. Había entrado en política y quería acercarse a su hijo. Me encogí de hombros y le dije que qué tenía yo que ver con eso. 

–Ana, pero cómo me dices algo así. Está en tu mano que Ignacio me acepte, tú eres su madre, tú le has criado, tú sabes cómo ablandarle el corazón. Le entiendo, no sabes de qué forma, a mí tampoco me quiso mi padre, siempre he sido rechazado por mi familia, pero yo no les guardo rencor. Hay que perdonar para poder ser feliz, sé que tú le has conducido hacia ese rechazo a su padre, pero ahora puedes reconducirlo y… 
–¡No me jodas! No sé qué pretendes pero no me jodas. Tu hijo, el que no ha tenido noticias tuyas desde que tenía seis años, ya es un hombre hecho y derecho, con su propia vida y su familia. Nunca le hablé de ti, ni bien ni mal. Dejó de preguntar un buen día y hemos vivido sin necesidad de tu presencia, que por otro lado a mi se me indigesta. No compares tu vida con la de Nachete, él si ha luchado por ser lo que es, se ha matado para estudiar y tiene su plaza de profesor en un colegio, seguramente poco para lo que se acostumbra en tu familia, pero para mi es triunfar en la vida, porque es feliz, tiene todo lo que quiere y no te necesita. Pero una cosa te digo, que es él quien tiene que decidir si quiere verte, conocerte, pasar lo que le queda de vida contigo. Es su opción no la mía. Llámale y habla con él. 

Y saqué un pósit del bolso y le apunté el teléfono de Nachete con un “Tu hijo” al lado del número. 
Lo metió en la cartera y me dijo que tenía razón, que no quería discutir, que era lo último que deseaba, que había cambiado, era otro y necesitaba retomar esa parte de su vida para alcanzar una especie de crecimiento y paz espiritual. Que por favor, que reflexionase y que preparase a mi hijo para su llamada, que era lo más importante para él en ese momento. 
Me estaba comenzando a tocar los cojones tanta espiritualidad. Me tomé el postre y volví al despacho. 
Mi jefe se sorprendió al verme de vuelta tan pronto y le pregunté a qué había venido Jorge, que si a quien quería ver era a mí. 
Me dijo que si, y yo le pedí que me contase qué relación tenía con el padre de mi hijo. 
Sus padres eran muy amigos. Miguel Velázquez, el padre de mi jefe había nacido en Suiza. Su abuelo, del que habían heredado el nombre y el primer apellido –ahora entendía porqué muchas personas recalcaban el de su madre cuando preguntaban por él– había sido un luchador antifranquista en el exilio. Era un reconocido escritor y filósofo republicano, que huyó a Francia, que estuvo confinado en Argelès-sur-Mer y que tras luchar contra el nazismo se estableció en Suiza, donde nacieron sus hijos y desde donde luchó activamente contra Franco. Murió antes que el dictador. Su hijo mayor, el padre de mi jefe, conoció a Jorge en uno de los cafés que frecuentaba los días que podía salir del internado, donde fue tan infeliz. Realmente el padre de Miguel era su único amigo. 
Le había llamado porque sabía que yo era su secretaria y con quien realmente quería hablar era conmigo. Andaba preparando su salto a la política y necesitaba poner orden en su vida. Miguel desconocía casi todo de Jorge, incluso cuando le vio no le reconoció, porque le recordaba como Jorge López-Bravo, igual que yo. 

–Me acabo de enterar que fuisteis pareja y que tenéis un hijo. He flipado. 
–Soy madre soltera. Nunca se tomó muy en serio lo de ser padre. La verdad es que éramos muy jóvenes, pero que vamos, hasta hace dos años mi hijo no sabía que Jorge López es su padre. Bueno tú tampoco sabías quién era. 
–Ya, ahora se ha acortado el apellido por “exigencias del guión”, dice que no quiere saber nada de su pasado… Pero tu hijo recibió la herencia de su abuela ¿No? 
–Si, la madre de Jorge le dejó el tercio de mejora. Nos quería mucho. 
–¿Y por qué no pidió un régimen de visitas? 
–Porque mi hijo no lleva sus apellidos, me negué a que lo reconociese y cuando nos separamos le dije que no era suyo. Pero si es el padre de Nachete. ¡Uf! Es una historia que no me apetece contar. 
–No, no te preocupes. Es que no he podido dejar de sorprenderme, siempre pensé que Jorge se había divorciado porque no podían tener niños, su ex también es amiga de mis padres. La verdad es que es un poco extraño todo. 

Le conté la forma en la que se habían reencontrado padre e hijo y alucinó aún más. 
Desde aquél día Nachete y Laura dejaron de asistir a Sol. Se alejaron del movimiento que quiso cambiar el mundo, pero que quedó en apenas nada. Y recordé lo de la política. 

–Una cosa, Miguel, perdóname si me meto en lo que no me llaman. Jorge se va a presentar en las europeas en ese partido nuevo ¿no? Por eso quiere retomar el contacto con su hijo, por si le sacan algún conejo de la chistera. 
–Ya se lo han sacado. Alguien dijo por Twitter que la entrevista que le hicieron en “El País” era una sarta de mentiras, que él era un pijo que nunca había trabajado, que estaba divorciado y tenía un niño de otra mujer, que andaba por el mundo sin sus apellidos. Me imagino que quiere demostrar que tienen relación, que no se ha desentendido del crío, bueno ya sabes, preparar el perfil de hombre modélico. 
–Claro, si no de qué. 
–A ver, que también querrá volver a tener contacto con el chaval. 
–Que chaval ni que pollas, si mi hijo tiene 32 años. 
–… Tres años menos que yo… 
–Yo era una cría. 
–Ya, ya…Pareceréis hermanos–y se echó a reír y puso las manos de pantalla– ya, ya, retiro lo dicho. 

Me dijo que Nachete debería retomar el contacto con su padre, aunque solo fuese porque él era su único hijo y estaba forrado. Jorge no trabajaba, vivía de las rentas de varios de los pisos que había heredado en los barrios del centro que ahora estaban de moda y que ningún hermano quiso, porque entonces eran las zonas más degradadas de Madrid. 

–O sea, que sigue como toda su puta vida, viviendo del cuento. 
–Bueno, yo le llevo todo el tema fiscal, una empresa le soluciona todo lo relativo a los alquileres vacacionales y tiene una asesora de imagen, que debe estar liada con él, que le viste y calza… En realidad se prepara para dar el campanazo en la política, pero no sé yo si a los de su partido les va a gustar tener un tipo así entre sus filas, ya sabes cómo funcionan, lo votan todo en asambleas y se comienza a rumorear que Jorge no es trigo limpio, las redes sociales son muy cabronas y cualquiera puede sacar historias, unas son ciertas, otras son bulos… A ver no te lo pensaba decir, pero él cree que estás detrás de los chismes en Twitter, que le quieres perjudicar porque le odias… 
–¿Yo? Anda que… Si solamente utilizo las redes sociales para anunciar algún concierto de mierda. Si tengo ciento y pico seguidores. Madre mía, sigue siendo un paranoico. 
–No me pegaba nada, pero en fin, no sé. Si realmente llegase a algo en política yo me borraría para siempre, te lo juro. Parecía que estos iban a hacer algo decente y al final van a resultar ser como los de antes, solo buscan poder y colocarse. 
–Pues si… Odio la política y a los políticos, y mira que mi abuela era peleona, pero en mi familia solo nos ha traído quebraderos de cabeza. Yo paso. 

Esa noche no pude dormir. Daba vueltas en la cama recordando la conversación con Jorge y me iba calentando por momentos. Sugirió que yo había manipulado a mi hijo para que le odiase. Como siempre me pasaba, se me ocurrían mil cosas que contestarle, pero ya no le tenía delante y cuando le volviese a ver, que lo dudaba, se me olvidaría lo que estaba pensando en la soledad de mi cama. 

A la mañana siguiente llamé a Álvaro. Seguíamos teniendo contacto muy esporádicamente. Él si se había interesado por Nachete y habían salido alguna que otra vez. Conocía a Laura y cuando se casó nos invitó a su boda, pero yo no fui. 
Desde la muerte del padre los hermanos apenas tenían contacto. Y de Jorge ni sabían nada ni les interesaba lo que hiciese con su vida. Casi llegan a las manos cuando repartieron la herencia, y cuando resolvieron el papeleo se dijeron adiós muy buenas y no se volvieron a ver. 
Cuando le dije que el famoso Jorge López era su hermano aulló por teléfono y me dijo que nos teníamos que ver, que por favor le contase to-do, remarcando ese todo con mucha risa. 

Mi hijo puso el grito en el cielo cuando le conté la visita de su padre. Sentía mucho rencor y yo no lo había propiciado. Le dije que se lo pensara bien, que las personas cambian, evolucionan, que le diese una pequeña oportunidad, al fin y al cabo eran padre e hijo. No muy convencido me contestó que se lo pensaría, pero que a la mínima le mandaba de nuevo a la mierda, que ya no le necesitaba como cuando era un niño y se deprimía en los cumpleaños de sus compañeros porque él no tenía un padre, como los demás. 
Aunque actuaba como si fuese buena persona, sabía, desde el fondo de mi corazón que Jorge iba a volver a defraudar a Nachete. Pero no podía decírselo, no podía adelantar acontecimientos porque, tal vez, yo estuviese equivocada. Pero me mortificaba que a mi niño, porque para mí, Nachete siempre sería el niño de mis ojos, alguien le hiciese sufrir. Y me juré que si lo hacía Jorge tendría que vérselas conmigo. Esta vez no iba a irse de rositas. 

Retomaron la relación. Jorge se comportaba como un gurú, hablaba de paz y amor y esa atracción que sintieron mi hijo y mi nuera por aquel personaje de ficción se redobló. 
Nachete mantenía un poco las distancias, porque había visto cosas de niño, que Laura intentaba mitigar con el discurso de que la niñez, muchas veces, distorsiona la realidad. En el fondo ella también pensaba que yo había dirigido esa perspectiva de mi hijo hacia su padre. Y decidí no entrometerme. Pero estaba al quite, para en cualquier momento entrar a saco y defender a mi niño de su padre. 

Durante un año y pico Jorge se dedicó a exhibirse, a conceder entrevistas y, poco más o menos, dejar claro que él era “el elegido” porque las asambleas y sus fans lo habían decidido así. Gloria Monsant, su manager, relaciones públicas, amiga y amante sabía lo que hacía y le dirigía desde la sombra. 

Pero tanta publicidad le hizo visible. Y comenzaron a sucederse noticias, algunas falsas, otras no, sobre su pasado. 

Era muy obvio de donde venía. Pero él supo darle la vuelta a todas las informaciones malintencionadas y convertirse en el adalid de la indignación, la lucha contra la corrupción y el azote de políticos que hacían de ello un medio de vida. Presumía de haberse “hecho a sí mismo” y muchas veces posaba con su hijo y su nuera. Laura era la personificación del perroflautismo, quedaba muy bien en las fotos y hablaba de maravilla. Era culta, guapa y preparada, Gloria estaba encantada con la parejita, que había aparecido inesperadamente para gozo de los que apostaban por Jorge. 

Pero junto a los bulos, también salieron verdades, que aunque sus seguidores no daban importancia, estaban allí. 

Jorge estaba en el punto de mira. Aunque su aspecto físico era absolutamente distinto, hubo gente que le reconoció. Una de esas personas fue una mujer que dijo que la había violado durante la estancia de ambos en el internado suizo, en el año 1979. 






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