viernes, 31 de mayo de 2019

Anne-Marie de Brienne

Al principio nadie le creyó. Se decía que era bastante habitual que mujeres solitarias inventasen ese tipo de montajes para darse importancia o vete a saber porqué. Además, había pasado mucho tiempo y todo el mundo se preguntó porqué no había hablado antes. 

Anne-Marie de Brienne tenía catorce años cuando sufrió la agresión y jamás habló de ello. Era muy popular entre los chicos del colegio. Hacía poco que el internado era mixto y, aunque los dormitorios estaban en pabellones alejados separados por un bosquecillo, había una férrea vigilancia para impedir contacto entre ambos sexos. Pero, a veces, algunas chicas la burlaban, atravesaban la arboleda corriendo y se escapaban a las habitaciones de sus compañeros para fumar, beber y darse el lote a escondidas. 

En una de esas incursiones Anne-Marie fue asaltada por un chico al que no ponía cara. Era de otro curso superior y nunca le había llamado la atención, porque ella se codeaba con los líderes. Aunque era más joven, aparentaba más edad y para ser popular se dejaba hacer lo que las mayores no. Lo habitual era que las chicas masturbasen a los chicos, eso las más atrevidas, porque la mayoría solo se dejaba sobar las tetas. Pero Anne-Marie, con un afán desorbitado por ser aceptada, se dejaba tocar por debajo de las bragas y aceptaba realizar alguna que otra felación, por lo que se convirtió en “la favorita” de los mayores. 

Anne-Marie nunca olvidó la noche de su violación. Aunque era la zorrilla oficial del colegio, seguía siendo virgen. Pero esa noche un desconocido le puso la zancadilla mientras corría a toda prisa por el sendero hacia las habitaciones de los chicos. Cayó de bruces y se hizo daño en una muñeca, pero no le dio tiempo a levantarse. Alguien le abordó por detrás y comenzó a subirle la falda y bajarle las bragas, mientras le decía –en español– que era una zorra y que le iba a dar lo que buscaba. Ella intentó zafarse, pero su atacante la había inmovilizado de tal forma que solo pudo girarse para verle la cara. Al hacerlo, se percató de quien era, pero él le levantó la ropa y le tapó la cabeza, dejándola con los brazos en alto, las tetas al aire y las bragas bajadas. Mientras la penetraba no paró de insultarla y cuando llegó al orgasmo le apretó el cuello hasta que casi pierde el conocimiento. 
Anne-Marie volvió a su habitación con la ropa manchada y el cuerpo dolorido. Se metió en la cama sin hacer ruido e intentó dormir, pero no pudo pegar ojo. Sabía quién la había atacado, pero no iba a decir nada, porque tendría que dar explicaciones sobre lo que hacía a medianoche en el bosquecillo y no tardarían en descubrir que se escapaba casi todas las noches para reunirse con los chicos mayores. 
Al día siguiente, en la clase de gimnasia sus compañeras repararon en que estaba llena de moratones y un labio hinchado. Dijo que se había caído la noche anterior y sonrió, poniéndose un dedo en los labios para indicar silencio. Sus compañeras rieron, cómplices, porque sabían donde iba cuando se escapaba. 
Uno de los chicos con los que tonteaba era el capitán del equipo de hockey y comenzó a malmeter para que “el español rarito” fuese el nuevo blanco de sus iras y ese curso Jorge no dejó de sufrir empujones, insultos y algún que otro puñetazo. 

Nunca confesó lo que le había pasado. Pero aquél episodio terrible moldeó su carácter y le convirtió en una mujer fría y dura. 

Comenzó a sacar muy malas notas y sus padres le dieron un ultimátum, si no era capaz de acabar los estudios se la llevaban a casa y le ponían un preceptor, por lo que no vería la calle ni por el forro. 
Decidió que debería ir buscando marido, porque su familia era muy triste y le apetecía vivir la vida y olvidar el pasado. 
Conoció al que fue su único marido, un joyero quince años mayor que ella, con el que se casó nada más cumplir dieciocho. Nunca tuvieron hijos, pero la niña que el joyero aportó al matrimonio, hija de su primera esposa, decidió que su madrastra la entendía mejor que su propia madre y se fue a vivir con ellos. 
Anne-Marie montó su propio negocio en Madrid. Una joyería de lujo en la calle Velázquez y su sucursal en Marbella, donde pasaba largas temporadas. Su marido acabó pidiendo el divorcio porque su nueva amante insistía en casarse, alegando que quería tener hijos. Y firmaron un divorcio por mutuo consentimiento, en el que la hija del joyero se quedaba con su madrastra, con una aportación económica muy generosa. 
Beatrice adoraba a su madrastra, entre otras cosas porque era la única que la entendía. Confesó su sexualidad siendo apenas una adolescente y toda la familia puso el grito en el cielo, menos Anne-Marie, que pensaba que eran tontunas de quinceañera. 
En Marbella conoció a la hija de un conde arruinado. Se hicieron amantes y marcharon a vivir a un apartamento discreto del Barrio de Salamanca con la bendición de su madrastra, que fue la única que las apoyó. 
A pesar de codearse con personajes de la jet, vacuos y sin ningún tipo de encanto intelectual, Anne-Marie –en el fondo de su corazón– era una mujer sensible y con un sentido de la realidad social impensable en su círculo. 

Y una noche que puso la televisión y escuchó hablar a Jorge López identificó su voz con un escalofrío que le recorrió la espalda. 
Abrió el portátil y buscó información sobre el personaje que parecía iba a ser el salvador de la sociedad y el azote de los corruptos. Y cuando leyó que su nombre completo era Jorge López-Bravo y pertenecía a una de las familias que se había hecho inmensamente rica durante el franquismo, no dudó en que ese era su violador. 
Y lo gritó a los cuatro vientos. Ya no tenía nada que perder, él sí. 

Durante el 15M algunos aprovecharon para fundar partidos políticos nuevos, que nada tenían que ver con lo que se conocía anteriormente, muy democráticos y muy asamblearios. Pero casi todos se quedaron en agua de borrajas, como el de Jorge López. Él se defendió como gato panza arriba, acusaba a sus adversarios de ponerle palos en las ruedas porque le temían como contrincante político. Pero no era así. Su puesta en escena hacía aguas, estaba basada en una mentira y, tras la salida al escenario de Anne-Marie, se le comenzaba a investigar, pero no por miembros de otros partidos ni por periodistas. La comisaria Chelo Vidal tenía un pálpito y no dejó de seguir la pista que su padre no pudo hallar. 

La primera vez que Anne-Marie salió en televisión tuvo un share escandalosamente alto. Nadie que yo conociese se perdió la entrevista, donde una señora estrambótica con, con el pelo blanco y acento francés, relataba su violación y la decisión de no hacerla pública hasta ese momento. 
Yo la creí desde el minuto cero, el relato me resultaba angustiosamente familiar. Mi hijo estaba horrorizado y creía firmemente que la gorda del pelo blanco nos estaba engañando. 
Si lo analizabas, la única explicación posible era que, una de dos, o mentía –y si lo hacía era por pura chaladura, porque qué necesidad tenía una mujer rica y sin problemas de meterse en ese charco–, o que estuviese relatando una verdad que había callado durante toda su vida, porque era algo que le había trastornado hasta el punto de no poder hablar de ello y que, tras reconocer la voz de su agresor, confesaba para que alguien hiciese algo al respecto. 
Jorge no se lo tomó en serio. Se reía y apelaba al daño que hacían algunas mujeres al feminismo. Y como no había manera de probar el delito y, además, había prescrito, Anne-Marie no pudo hacer mucho al respecto. 

Pero tras la primera denuncia en los medios, salieron otras dos mujeres diciendo que a ellas también les había agredido Jorge. A una la intentó meter en un coche en las fiestas de Ocaña en el año 81, pero logró huir y no dijo nada porque sus padres no sabían que estaba por la calle a esas horas sin su permiso. 
Sabía quién era el chico que intentó raptarla, lo sabía de sobra porque estaba harta de verle por el pueblo con sus hermanos. Y cuando se enteró de los asesinatos calló, porque estaba muerta de miedo, miedo a que el asesino le hiciese algo y miedo de su padre, que era un animal y si se enteraba que le desobedecía le iba a meter dos guantazos como hacía con su madre. 

Consiguió verbalizarlo después de tantos años y esa pista ya comenzó a dar mucho que pensar a la policía. 

A la segunda si que la violó. Y el delito no había prescrito, como los demás. Y fue entonces cuando a Jorge López-Bravo se le comenzaron a torcer las cosas.

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