miércoles, 22 de mayo de 2019

15M

El suicidio de mi hermano fue la gota que colmó el vaso de mi vida. 

Borramos de nuestra memoria todos los malos momentos que vivimos junto a él en los últimos meses y evocamos los recuerdos de la infancia, cuando éramos niños alegres junto a mi madre y mi abuela. 
La muerte blanqueó los terribles últimos tiempos y para invocar la alegría, decidimos sacar las fotografías en las que posábamos riendo y jugando. 
Mi madre se marchitaba día tras día, sentada en la butaquita de su habitación, mirando tras la ventana el caminito de tierra que había tomado su hijo dirigiéndose hacia su muerte. 
Todos andábamos de puntillas intentando no importunar el silencio que se había apoderado de la casa. Mi madre ni siquiera encendía la radio, su compañera fiel durante años. Ahora no podía soportar la alegría que transmitían las ondas, el entusiasmo de los presentadores, la algazara de los anuncios de medias de compresión, de yogures desnatados o viajes a Disneyland Paris. 
El día del entierro de Pedro permaneció en un silencio indiferente que, los pocos vecinos que nos acompañaron, achacaron al shock por la muerte repentina de mi hermano y los dos días terribles de su detención. 
Angelita la Rápida no derramo una lágrima en el entierro de su hijo querido. Su niño chiquito amamantado por las vecinas de la casa cuartel, de noche y a escondidas, porque el padre no consentía que ni siquiera se acercase a su cuna a calmarle. Mi madre sintió la culpabilidad de no haberse encarado a su marido jamás, el día que leyó la nota de su niño pidiéndola perdón por no haber sido el hijo que ella se merecía. Ella que no se merecía nada. Ella que fue la mujer más cobarde del mundo, la que no se atrevió jamás a defender a los suyos, ni siquiera a defenderse ella misma del hombre que violentó su cuerpo de niña y su futuro de mujer. 
Cada día que pasaba, mi madre se iba haciendo más pequeña, más gris, menos humana. Apenas salía de su cuarto, la obligábamos a que hiciese las comidas en la cocina, con el resto de la familia, pero se sentaba a la mesa con la mirada perdida, removía el café, la sopa o la verdura y apenas probaba nada. A veces nos cogía a alguno de la mano y nos pedía perdón. Le preguntábamos que porqué lo hacía y mirándonos a los ojos nos contestaba que no había hecho lo que debía. 
Se me partía el alma. No sabía qué hacer, le propuse viajar de nuevo a la playa, pero estábamos en noviembre y el tiempo era infame. Con la sonrisa más triste del mundo me dijo que cuando muriese echásemos sus cenizas en el lugar al que la llevé cuando murió su madre. 
Y una semana antes de la Nochebuena más triste que nunca nadie podrá recordar, dijo que se estaba comenzando a marear. Fue tras la cena, había tomado un huevo pasado por agua y comentó, antes de levantarse de la mesa, lo bien que le había sentado. Y no llegó a su habitación. En medio del pasillo dijo con un hilo de voz que creía que se iba a caer, que se estaba mareando y murió allí mismo, de un derrame cerebral. 
Al funeral de Angelita la Rápida acudió todo el pueblo. 
Como muchos años antes, tras el linchamiento de los feriantes, la culpabilidad movilizó a la gente. 
En la puerta de la parroquia me dieron el pésame vecinos que había visto tirar piedras contra mi casa, llamarnos asesinos y escupir al suelo cuando se cruzaban con alguien de mi familia. 
Los hijos de Pascual me pidieron perdón y allí mismo me juraron por la memoria de su hermana que ellos no tuvieron nada que ver con las algaradas. “Si, pero ninguno vinisteis al entierro de Pedro”, les contesté, y agacharon la cabeza avergonzados y se dieron la vuelta. 
Odiaba a la gente de Vega. Mi abuela me había contado que cuando volvieron, tras la condena de mi madre, con una mano delante y otra detrás, todo el pueblo se había volcado con ellos y de forma anónima dejaban ropa y comida en la puerta por las noches. 
Pero por algún motivo que se me escapaba toda esa bondad y generosidad había quedado en el recuerdo. Nunca olvidaría la masa de gente gritando. Y nunca les podría perdonar. 

De vuelta a casa mi hermana Isabel dijo que teníamos que reunirnos para ver qué hacíamos con la casa. Yo contesté que no había nada que hacer, que era de ellas dos, que no quería nada y Manuela murmuró que había que ver qué decía Mariano. Pero Mariano no dijo nada porque yo le había visitado tras la incineración de mamá y le propuse que la casa se la teníamos que dejar a las niñas. Ángela también estaba de acuerdo. El taller de costura iba de mal en peor. Ya casi nadie les encargaba vestidos de comunión ni trajes de novia, la gente no se arreglaba la ropa, porque era más barato comprarla nueva. Y el bar tampoco es que fuese muy bien. Durante los buenos tiempos y el boom del ladrillo se habían abierto muchos locales de copas y restaurantes con comida miniatura, que habían tenido que cerrar por la crisis. Mis cuñados sobrevivían a duras penas. Todo era horrible, triste y deprimente. Y decidí que me tenía que ir de Vega. 
Cada rincón de mi pueblo me traía recuerdos amargos. Intentaba rememorar los buenos tiempos, pero doblaba una esquina y se me aparecía el coche de Jorge en la puerta de atrás de nuestra antigua casa, dejándome a escondidas. Y tras ese recuerdo venían los siguientes, la reunión con su padre y su abuelo, Álvaro preguntando si era el padre de mi hijo, yo, embarazada, paseando el bombo por el pueblo y aguantando las murmuraciones de las viejas… 
No podía seguir allí ni un momento más y me busqué un piso pequeñito en Madrid para intentar encontrar un nuevo trabajo. Había pasado un año y tenía que retomar mi vida. 

En el 2012 se me acabó el paro. Malvivía haciendo suplencias y cantando de vez en cuando en algún tugurio, casi siempre a cambio de un par de copas. Eran malos tiempos y la gente ya no salía tanto como antes. O tal vez nos estábamos haciendo viejos. 
Una tarde de junio me llamó Ángela porque un colega buscaba una secretaria con experiencia en bufetes de abogados. Se llamaba Miguel Velázquez, acababa de abrir el suyo y quería alguien que le solucionase el día a día, trabajaba solo, pero el tema de papeleos y teléfono se le hacía un mundo. 
Era un muchacho joven, muy activo y bien preparado. Había hecho las prácticas en el bufete de Ángela y se había independizado hacía poco, con muy buenas perspectivas de futuro porque el chico valía un potosí, pero estaba empezando y me pagaba muy poco. Accedí porque no tenía nada más a la vista y por lo menos este trabajo tenía aspecto de no ser temporal. 
Mi jefe era un poco más mayor que mi hijo. Al principio me costaba no tratarle como a una criatura, porque era muy cercano y normal, no como mis antiguos jefes que se la cogían con papel de fumar. Cuando le pedí un libro de firmas me contestó riendo que no estábamos en Versalles, que le diese la hoja en cuestión y que le echaba un garabato y punto. Nos entendimos a la primera y enseguida formamos un equipo. 
Volver a trabajar me subió el ánimo y volví a arreglarme y a pintarme el ojo. Hasta entonces había descuidado mi aspecto físico y parecía más vieja de lo que era en realidad. 

Rejuvenecí, me sentía bien y un buen día apareció por el despacho el padre de mi hijo. 
Aunque su aspecto era muy distinto le reconocí al instante. Había coincidido con él hacía dos años, en la acampada del 15M en la Puerta del Sol. 
Laura y Nachete estaban allí también. Se habían unido a las protestas y cuando su trabajo se lo permitía se acercaban a Madrid y participaban activamente en el movimiento. Yo tenía mucha simpatía por todos estos jóvenes que parecía que querían cambiar la sociedad horrible que les habíamos dejado en herencia. Laura era muy combativa, a pesar de parecer que levitaba y que su reino no era de este mundo. Y mi hijo la acompañaba siempre. A veces acudía a Sol para verles y me presentaban a sus colegas. Me sentía como en casa y muchas tardes acudía con mi guitarra y cantábamos juntos. Me alucinaba que chicos tan jóvenes se supiesen la letra de “The times they are a-changing” o “La mauvaise réputation”. 
Una tarde mi nuera me dijo que me tenía que presentar a un tal Jorge López, que era uno de los oradores que más seguidores tenía hasta el momento. Era un personaje magnífico, que arrastraba multitudes y que tenía encandilados a mi hijo y su mujer. 
En ese momento hablaba para un pequeño grupo, a través de un megáfono que distorsionaba su voz. Era un hombre alto y delgado, de mi edad aproximadamente, con el pelo largo, canoso, y barba. Vestía pantalones de lino, anchos, anudados en la cintura con un cordón y una camisa cuello Mao, muy ancha, también de lino o algodón. Llevaba unas sandalias que llamábamos de nazareno, muy típicas de los perroflautas, anillos en los dedos y las muñecas con pulseras tibetanas. 
Cuando acabó su discurso se le acercaron muchos jóvenes para estrecharle la mano y felicitarle. Era como el gurú del 15M. Aunque entre ellos nadie se proclamase líder, abogasen por la igualdad, hubo varias personas que destacaron de inmediato y el resto les colocó en el puesto de dirigentes del movimiento. 
Laura le hizo un gesto con la mano y despidiéndose de sus fans, Jorge López se acercó a nosotros. Mi nuera hizo las presentaciones y cuando le escuché hablar, ya sin megáfono que distorsionase su voz, me quedé de piedra. Laura le estrujaba con esa pasión que ponía en abrazar a todo bicho viviente, árbol o farola y que a mi me desesperaba. Cuando se dirigió hacia mí, sonreímos los dos, y yo, incrédula le pregunté: “¿Jorge?¿Eres Jorge?”. 
Laura, sorprendida, me preguntó si nos conocíamos y Jorge López –que había renunciado al Bravo de su apellido compuesto– juntando ambas manos, como hacía cuando mi amiga Maribel le llamaba Mosén Jordi, dijo que porqué no nos tomábamos un té en algún lugar cercano. 

Mi hijo apenas recordaba a su padre. Aunque se había portado muy mal y nunca había intentado un mínimo acercamiento, yo nunca le hablé mal de él. Mis recuerdos eran horribles, pero intenté no hacer partícipe de ellos al niño que crié yo sola. 
Nachete dejó de preguntar por su papá de repente. Y supe, cuando ya vivía con Laura, que lo hizo porque su tío Pedro le contó lo cabronazo que era. Le hizo ver que era mejor un padre ausente, que uno que machacase a su madre, que no debía añorar algo que era inviable, porque Jorge nunca había sentido el más mínimo atisbo de cariño hacia él, y que era un hijo de puta como toda la familia, que no se salvaba ni el perro. 
Así que cuando mi hijo se reencontró con su padre se sintió muy incómodo. Estábamos sentados en una especie de jaima, que servía té ecológico dentro del recinto de la Puerta del Sol, en la que los acampados habían levantado un poblado alternativo, que comenzaba a ser un reclamo para turistas y paletos. 
Jorge sirvió el té con parsimonia y yo esperaba que fuese él quién iniciase una conversación que iba a ser muy embarazosa. 
Comenzó a irse por los Cerros de Úbeda porque no sabía muy bien cómo confesar al que ya era un hombre hecho y derecho, con el que había conversado en días anteriores sin saber qué relación tenían, que él era su padre. 
Como yo veía que aquello no iba a ninguna parte, tomé la iniciativa. 

–Jorge, estamos aquí porque tienes algo que confesar, no esperes a que lo haga yo por ti. 
–¿Sois amigos de la infancia, o algo?– preguntó Laura con una sonrisa ingenua. 
–Algo…¿Verdad, Jorge? 
–A ver…–el padre de mi hijo se acomodó en su cojín y cruzó las piernas–Ignacio, ¿de verdad no te acuerdas de mí? 

Nachete me miró incrédulo, nadie le había llamado Ignacio desde que nos fuimos de la casa de sus abuelos, miró a su padre y dirigiéndose a Laura, dijo: 

–Cariño, me parece que estás delante de mi padre. Bueno, en realidad del hombre que me engendró, porque nunca lo ha sido. Mi madre ha tenido que hacer los dos papeles, ha sido mi padre y mi madre. Y estoy muy orgulloso de ella– y dirigiéndose a Jorge le espetó–. La última vez que te vi yo tenía seis años y la imagen que acabo de recordar es la de un niño muy pequeño, muy delgado, muy frágil, estampado contra una mesilla de noche. A mi madre acorralada contra una pared y a ti llamándola zorra y preguntándole si se iba a tirar a tu hermano. Me vas a perdonar, pero no quiero seguir con esta conversación. 

Y se levantó y se fue. 
Laura miró a Jorge con cara de incredulidad y salió corriendo detrás de su chico. 
Jorge y yo nos quedamos solos. Le miré a los ojos y le dije que qué esperaba. Bajó la cabeza y contemplando sus manos llenas de anillos me dijo que había cambiado, que ya no era el Jorge que yo había conocido. 
Mientras me ponía en pie le miré de arriba abajo y, efectivamente, no quedaba vestigio del niño pijo del que me enamoré cuando era una cría. Con displicencia le dije, antes de marchar en busca de mi hijo, “el hábito no hace al monje, Jorgito, para mí sigues siendo el mismo que jamás se ocupó de su hijo, el que me hundió en la miseria, llegué a creer que –como tú me decías todos los días– no valía nada. No te equivoques, sigues siendo el niñito de mamá mimado y caprichoso. Aunque te disfraces, sigues siendo el mismo hijo de puta que yo conocí.”. 

Y me fui. Llamé a Laura, que me dijo que estaban en una cafetería y le pedí que me esperasen. Cuando me senté en la mesa, de repente recordé la peli de “La Guerra de las Galaxias” y me entró risa. Empecé a reír sin poder parar, cuando ya se me comenzaban a saltar las lágrimas Nachete fue cambiando su semblante, serio al principio, sin entender nada, de repente sonrió y dijo, “no me lo puedo creer, estás pensando en Darth Vader…” y estallamos en carcajadas los tres.

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