domingo, 19 de mayo de 2019

La red oscura

Cuando Laura y Nachete venían a verme eran como un soplo de aire fresco en casa. Mi hermano parecía que se comportaba ante su sobrino, al que quería con todo su corazón, pero aún así, muchas veces metía la pata y mi hijo discutía con él a voces, porque no podía entender que su tío, que había sido como un padre para él, hubiese cambiado de esa forma tan radical. Pedro siempre se había ocupado de saber cómo estaba, cómo iba con los estudios, cuando tenía un rato libre venía a buscarle para llevarle al cine o al parque de atracciones, porque Nachete era su favorito y no lo disimulaba. Mi hijo no tenía un padre como referente y él se convirtió en esa figura que debería haberse tomado la molestia de saber que había un niño por el mundo con sus genes. 

Y Pedro, ahora, era un desconocido para nosotros. No volvió a trabajar nunca más y malvivía con una paga que le daba mi madre para sus gastos, porque no tenía ni para un paquete de tabaco. Y cada vez que mi pobre madre le daba dinero a escondidas, él se mofaba de ella y le decía que cuándo le iba a subir la propinilla de los domingos. 
Uno de esos domingos Ángela escuchó el comentario y esperó el momento para hablar con él. Le dijo que no debía seguir así, que necesitaba hacer algo en la vida, que no podía tirarse los días mano sobre mano, esperando a que mamá le diese dinero para gastárselo en el bar. Porque eso era otra, Marishka se negaba a invitarle. El negocio también era de ella, llevaba la contabilidad a rajatabla y los domingos le hacía las cuentas y tenía que pagar, por lo que el resto de la semana Pedro andaba al acecho, a ver quién le invitaba, como un desgraciado. 

miércoles, 15 de mayo de 2019

Laura Pazyamor

En el año 2010 me despidieron del bufete de abogados. Me sorprendí lo justo y necesario, porque era un despido anunciado. Yo no había hecho nada, al contrario, siempre había trabajado como una mala bestia, incluso algún sábado tuve que ir a echar unas horas porque mi jefe me lo pedía como un favor personal y yo racaneaba tiempo a mi hijo, entonces un niño pequeño que apenas veía a su madre, para trabajar unas horas que no me pagaban, ni siquiera me agradecían, porque lo que comenzó siendo un favor, acabó convirtiéndose en una obligación. 

Todo comenzó con mi viaje a Blanes, cuando mi madre tuvo la depresión. Mi jefe no se tomó muy bien que me cogiese las vacaciones en un momento en el que el bufete había mucho trabajo. Pero yo no era más que una simple secretaria, no era indispensable, mi cometido se limitaba a teclear en el ordenador, llevarle la agenda y ponerle un café cuando llegaba. Pero con ese afán de convertirme en “imprescindible” para que valorasen mi labor, comencé a realizar tareas que no me correspondían. Para empezar lo de llevarle un café al despacho en cuanto entraba por la puerta. Las otras secretarias me decían que porqué no se lo ponía él, que la cafetera no daba calambre, que mi trabajo era otro, que no me pagaban para hacer de camarera y que yo era gilipollas. Y tenían razón. Porque además de servir cafés, a él o a sus visitas, también le reservaba habitaciones en hoteles por horas, en lugares discretos, donde se llevaba a sus conquistas. Compraba ramos de flores que enviaba a su mujer y a sus amantes. Le recordaba los cumpleaños de sus suegros, sus hijos, incluso el de su esposa, a la que yo creía conocedora de las salidas de tiesto de su maridito. 

miércoles, 8 de mayo de 2019

Pedro

Tras la muerte de mi abuela mi hermano Pedrito se empeñó en que teníamos que ir a vivir a la casa que había comprado para mi madre. Era un caserón muy parecido al que nos había cedido el ayuntamiento, porque sabía de sobra que ni Angelita ni mi abuela, se hubiesen mudado a una casa como la que él se estaba construyendo en las afueras, el “chalete” como comenzaron a llamarlo los del pueblo. Era la franja junto al río donde muchos años antes de que nosotros naciésemos se levantaban corrales y gallineros y donde mi abuelo se construyó la casa que vio crecer a mi madre y que la abuela vendió para pagar a un abogado. “Las casitas de los maestros” las llamaban entonces. Esa zona ahora estaba muy valorada, porque era el único rincón con un poco de encanto, y con la moda del turismo rural se levantaron edificaciones muy parecidas a las que habían inventado mi abuelo y sus compañeros, construcciones de una planta, de piedra y un gran ventanal frontal, vigas de madera y jardincitos muy cuidados cercanos al río. “Arquitectura ecológica” lo llamaban ahora, y yo no podía dejar de sonreírme. 

viernes, 3 de mayo de 2019

Jesús Monzón Gutiérrez

Fui a esperarla a la estación de cercanías, tan distinta a la que fue en nuestra adolescencia, cuando cogíamos el tren a escondidas para pasear por Aranjuez y escapar un poco, solamente un poco, de la rutina de Vega. 

Nos abrazamos en el andén y le pedí perdón por no haberme enterado de la muerte de su madre. Me llamó idiota y con los ojos brillantes, a punto de derramarse en lágrimas, me dijo que ella tampoco había hecho mucho que dijésemos para saber de mí. 
Maribel pasó dos días en mi casa y hablamos y hablamos sin parar y nos pusimos al día en confesiones nocturnas. La primera noche mi amiga me confesó que nunca había conseguido tener un orgasmo con ningún hombre, ni siquiera con Pol. 
Tras la mala experiencia en Ferias, cuando no éramos más que dos niñas inexpertas y asustadas, no volvió a tener ningún tipo de contacto sexual. Era guapa. Era lista. Era lo que a cualquier hombre con dos dedos de frente le hubiese gustado tener en la cama, en su casa y en su vida. Sin embargo los tíos ni se le acercaban. Y ella sabía el motivo. No le gustaba el sexo y, eso, los hombres lo olían a distancia. 
No me podía creer lo que me contaba porque para mí el sexo era necesario como el agua, con o sin pareja. Pero la primera experiencia sexual había sido tan traumática para mi amiga que dejó de sentir curiosidad por todo lo relativo a los hombres. 
Me dijo que yo, en cambio, atraía a los tíos precisamente porque llevaba escrito en la cara que era una calentorra. A ver, no lo dijo así, tan explícitamente, pero lo dejó entrever. Y era algo que ya me había dicho, muchos años antes Álvaro, a quien no podía evitar evocar, porque nunca me entendí sexualmente con nadie tan bien como con él.