miércoles, 17 de abril de 2019

Separación

Un jueves por la noche que vino conmigo al Strawberry nos encontramos con Maribel. 

Casi no nos veíamos ya. Ella había estudiado Bellas Artes, había aprobado una oposición y vivía en Barcelona, la ciudad que adoraba. Acababa de conocer a un chico de Girona muy guapo que ese día le acompañaba. Nos alegramos tanto de vernos que no dejamos de hablar, beber y reír, hasta que –a las tantas– me di cuenta de que Jorge se había ido sin despedirse. Y entré en pánico. 
Llegué a casa y mientras abría la puerta intentando no hacer ruido, reparé en que en los últimos tiempos, cada vez que metía el llavín en la cerradura me palpitaba el corazón porque no sabía si Jorge iba estar de buen humor o enfadado porque yo había hecho algo mal y su manera de castigarme era el silencio. Se tiraba días sin dirigirme la palabra y me desesperaba tanto, que al final le acababa pidiendo perdón por algo que no era consciente de haber dicho, hecho, o por lo que él creía que yo había pensado o sugerido. El caso es que desde que vivíamos juntos yo estaba cambiando, vivía con miedo a molestarle y comencé a pedir permiso para todo, en mi propia casa. 
Me metí en la cama de puntillas, sin hacer ruido, sin haberme lavado los dientes ni desmaquillarme, temblando por si se despertaba y la posible bronca. Pero él estaba dormido y respiraba tranquilo. 
El viernes me levanté con dolor de cabeza y el cuerpo abotargado. Jorge había hecho café y me preparó unas tostadas. Parecía que no pasaba nada, pero yo sabía que antes o después me iba a echar en cara que no le hiciese caso la noche anterior y me tirase horas hablando con mi amiga, una tía que –estaba segura– le caía fatal porque Maribel era el tipo de mujer que Jorge odiaba, guapa, lista, desenvuelta y feliz. 
Me recordó que el sábado era el cumpleaños de su sobrino, el niño pequeño de Maricris y que había fiesta en la casa del pueblo, que iban todos los hermanos y que contaban con Nachete. No me acordaba y tuve que ir a comprar un regalo al niño en mi hora de comida, y salimos a pasar el fin de semana a “la mansión”. 
Mi abuela me preguntaba todos los viernes, cuando llegaba, si todo iba bien. Yo siempre le respondía que por qué lo preguntaba, a lo que ella murmuraba, a modo de contestación, “tu sabrás”… En el fondo sabía que me había metido en un callejón sin salida y la única que parecía que se había dado cuenta era ella y esa tarde me cogió por banda y me habló clarito. Con la excusa de que le llevase a comprar unos botones me hizo acompañarla hasta la mercería de Anita. Cogí las llaves del coche y me dijo que mejor íbamos dando un paseo que hacía muy buena tarde y le dolían las piernas de estar todo el día sentada. Estábamos a principios de junio y el crepúsculo era espectacular en Vega de Tajo. 

–No te pregunto todas las semanas lo mismo porque sí– me dijo mientras buscaba algo en el bolso enorme que le conocía de toda la vida–, lo pregunto porque no me gusta lo que intuyo y menos aún verte como alma en pena, ojerosa y con la mirada perdida. 

–Abuela no digas tonterías– le contesté con una risa forzada– estoy cansada porque ahora tenemos mucho trabajo en el despacho y los jueves me suelen contratar en algún bar para actuar, y me pagan, abuela, me pagan por cantar… 

Sacó una hoja que fue desdoblando cuidadosamente mientras caminaba despacio. 

–Este dibujo lo hizo tu hijo– me pasó el folio con una escena playera, con nubes, muchas nubes que tapaban el sol, un monigote en el agua que parecía que se estaba ahogando y pedía auxilio con los brazos en alto y en la orilla una pareja. Ella lloraba y él, un hombre alto, que había tachado con lápiz tan fuerte que los trazos rasgaban el papel, reía–. Yo no he estudiado, no tengo ni idea de nada, pero me preocupa el dibujito en cuestión y tengo muy claro que tu hijo no es feliz. Y debería serlo. Es tu obligación que lo sea. Le trajiste al mundo con todas las consecuencias, dijiste que te ponías el mundo por montera. ¡Pues póntelo! No estás sola, te apoyamos en lo que decidas, lo hicimos cuando seguiste adelante con el embarazo y lo haremos siempre, pero por el amor de Dios, no dejes que tu hijo sea un desgraciado por la culpa del niñato de su padre. 

Me quedé callada y seguimos caminando en silencio. Estuve rumiando las palabras de mi abuela cargadas de razón y esa noche no fuimos a dormir a la casa de Jorge, le dije que el niño tenía unas décimas de fiebre y que me quedaba con él a cuidarle, lo que provocó su ira. Me gritó por teléfono que porqué no le atendía mi madre, que para qué coño habíamos ido al pueblo si ahora le tocaba tener que dormir solo y le colgué. 
No pegué ojo y el sábado me presenté en la casa de la familia por la tarde, a la hora en la que comenzaba el dichoso cumpleaños. 
Los niños corrían por el jardín enloquecidos. Maricris me dio dos besos sin rozarme y sus hijos corrieron a abrazarnos. 
Pregunté que dónde estaba Jorge y Álvaro salió de la cocina, con una sonrisa de oreja a oreja, diciendo que dónde estaba su cuñada favorita. Me dio dos efusivos besos en las mejillas y olía a alcohol, posiblemente estaba borracho a las seis de la tarde y me alegré de no ser su pareja. 

–Está arriba en su habitación, con un mosqueo de no te menees– dijo el lechuguino– ha llegado una citación de hacienda y me temo que la ex le tiene pillado por los huevos–. Y rieron los tres al unísono. 

Subí para que mi hijo saludase a su padre. El cuarto estaba casi a oscuras, había corrido las cortinas y fumaba tumbado en la cama. 
Nachete corrió a darle un beso y él le dijo que se tumbase a su lado y le contase qué había hecho toda la semana en el cole. Mientras en niño hablaba, no dejaba de mirarme y supe que me tenía guardado un escarmiento por haberle dejado solo a merced de sus hermanos, por los que no sentía el más mínimo afecto y que se mofaban de él desde que eran unos mocosos. 

–¿Ya estás mejor, Ignacio? ¿No has vuelto a tener fiebre? 
–…No… 
–¿No? ¿Qué? 
–No sé… ¿Estaba malito, mamá?– mi hijo me miraba suplicando ayuda. 
–Fue una falsa alarma– respondí intentando mostrarme lo más aséptica posible– ,hubo un cumple en el cole y se puso morado a chucherías, con lo mal que le sientan… 
–Ya– Jorge se incorporó de la cama y se dirigió hacia mí, que sacaba ropa limpia y planchada, suya, de una bolsa de viaje y la colocaba en el armario. 

Me cogió de la cara con una mano y me empujó hacia la pared. Me dijo, aproximándose tanto que nos rozábamos la nariz, que no le tocase los cojones, que estaba harto de todo, de tener que esperarme siempre, en casa, en la puerta del trabajo, que me demoraba a propósito cuando sabía que me había ido a buscar, que le dejase apartado en los bares, que me importaban más los amiguetes y que si me alegraba de que Álvaro hubiese venido, que si me lo iba a follar… y Nachete corrió hacia él gritando que dejase en paz a su mamá e intentó darle un puñetazo en la espalda, pero Jorge le agarró y le tiró con fuerza encima de la cama, el niño rebotó y cayó al suelo, dándose un golpe en la barbilla con el quicio de la mesilla y comenzó a sangrar. Se había meado de miedo. 
Cogí al niño en brazos, temblaba como una hoja, abracé su cuerpecito menudo y, mientras le llevaba al baño, le susurré que nunca más su padre le iba a hacer daño, que nos íbamos. Pero mi hijo, con esa ingenuidad infantil enternecedora, dijo apesadumbrado que si se iba a perder el cumple de su primo, que había payasos y todo. 
Y nos quedamos. 
Tres horas después, cuando los niños cantaban “cumpleaños feliz”, Jorge apareció como un fantasma. Su hermano ya estaba absolutamente borracho y se sentó a su lado, le dio un golpecito cariñoso en la rodilla y –alzando la voz para que todos pudiesen escuchar, a pesar del jolgorio infantil, pero sin perder la sonrisa– dijo que como volviese a ponerle la mano encima a su hijo le machacaba la cabeza. 
Se hizo un silencio sepulcral, incluso los niños callaron y Maricris puso el tocadiscos a toda pastilla. No pasó nada más. 
Me quedé hasta el final por mi hijo. Me hubiese gustado desaparecer y no volver a dar señales de vida, pero debía explicarle a Jorge que se tenía que ir de mi casa, que no quería compartir nada con él, y me daba pánico hacerlo en privado, por lo que opté por hacerlo allí, en caliente. 
Cuando ya no quedaban niños ajenos, los nuestros entraron a ver una peli en el salón. Me armé de valor y le dije a Jorge que no quería volver a verle más. Álvaro estaba delante, le había contado, mientras bajaba las escaleras con mi hijo, sangrando, lo que había pasado en la habitación y no me dejó sola ni un instante. Estaba borracho, pero controlaba. Jorge nos miró a los dos, estalló en una carcajada brutal y me preguntó si ya le había cambiado por el “hermanito guapo”. Me di la vuelta y me fui. 

Jorge tardó más de dos meses en sacar las cuatro mierdas que tenía en mi casa. Venía muchas tardes y se demoraba a propósito para pedirme perdón una y otra vez. Se disculpó el primer día, el segundo… lloró, me hizo promesas que yo sabía que nunca cumpliría, me contó el infierno que vivió en el internado de Suiza, las palizas que le daba su abuelo cuando era niño y no quería montar a caballo, lo que añoraba a su madre y cuánto me amaba. Pero yo ya sabía que todo lo que relataba no eran más que una sarta de mentiras para ablandarme. Porque si yo le echaba de casa no tenía dónde ir. Nadie le quería porque nunca se había molestado en dejarse querer, en participar en la vida de los demás, en empatizar. Toda su vida había vivido mirándose el ombligo y se estaba quedando solo, completamente solo. Ni siquiera su hijo sentía el mínimo atisbo de simpatía por él. 

Había acabado el curso en la academia y, todas las tardes acudía a algún local a ensayar o tocar, por lo que Jorge esperaba en el portal a que yo llegase. Había cambiado la cerradura porque no me fiaba de él y me estaba hartando de tenerle todas las noches preparando bolsitas que se llevaría al día siguiente, porque como no tenía coche ni dinero para un taxi, tenía que hacer la mudanza en transporte público. Hacienda le había embargado la herencia por una denuncia de su ex, él lo vendía como una cabronada de ella, pero en realidad no era así, Jorge se había desentendido de los pagos y su mujer, cuando supo que iba a recibir dinero de la herencia de su abuelo lo notificó a Hacienda, que rauda y veloz, se encargó de que Jorge no viese un duro. 
Me harté y le di un ultimátum. No lo cumplió y un jueves de julio aparecí con mi primer ligue tras los dos años de emparejamiento. 
Jorge esperaba en el escalón del portal. Cuando nos vio aparecer se puso pálido. Le dije que no podía subir porque tenía visita, que ya había tenido tiempo de sobra para llevarse sus mierdas, que se olvidase de volver a entrar en mi casa. 
Y me denunció. 

Durante ese proceso absurdo; absurdo porque yo trabajaba en uno de los bufetes más prestigiosos de Madrid, además era la hermana pequeña de Ángela Gómez, una de las “ges” de G&G Asociadas, las letradas más importantes de España, de Europa y casi del mundo, y Jorge era un abogaducho del turno de oficio. Así que ponerme una denuncia por algo tan peregrino como que yo no facilitaba una separación de una relación indemostrable, fue algo que no pasó de tres viajes al juzgado. Una pérdida de tiempo y, a la vez, el mazazo definitivo de la relación con el padre de mi hijo, porque si hubiese habido un mínimo resquicio para una posible reconciliación –muy improbable, porque yo había acabado muy harta de todo– con la interposición de la denuncia, que no se admitió a trámite, se cerró la puerta para siempre.

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