lunes, 1 de abril de 2019

Rakel Springfield

También vinieron a verme Maribel y su madre. Desde que dejé de estudiar apenas coincidíamos. Habían estado en mi casa un par de veces, porque ellas no me dejaron de lado, pero a su padre le habían nombrado inspector en la dirección general y ahora vivían en Madrid. 

Con el dinero que me había dado la abuela del niño me alquilé un pequeño apartamento y me quedé a vivir en el barrio de mi hermana. Mi madre y mi abuela pusieron el grito en el cielo, pero lo tenía muy claro. No iba a volver al pueblo, donde no tenía ningún futuro laboral, a pasear al bastardo de los caciques y ser la comidilla de las vecinas amargadas. 
Doña Cristina vino a casa en semana santa a ver al niño y mi madre le dijo que yo vivía en Madrid, le dio mi teléfono y me llamó al día siguiente para vernos. Visitaba al niño de vez en cuando y cada vez tenía peor aspecto, parecía enferma pero no me atrevía a preguntar. Siempre le traía algún juguete o ropa y tomábamos café mientras ella le tenía en brazos, decía que lo iba a malcriar pero que no podía evitarlo. 

En el despacho de mi hermana me contrataron de recepcionista. Lo único que tenía que hacer era atender la centralita y las visitas. Le cogí el tranquillo en un par de horas para alegría y alborozo de los dos socios principales, que estaban hartos de la anterior, que se hacía un lío al pasar las llamadas. En menos de un mes estaba haciendo más cosas, porque se dieron cuenta de que escribía a máquina con una rapidez increíble y me ascendieron a secretaria de don César, el socio más joven. 
Me gustaba trabajar. Me sentía útil. Con lo que ganaba podía pagar a una señora que cuidaba a mi hijo y mi pequeño apartamento, con lo que el dinero que me había dado doña Cristina estaba casi sin tocar. Lo dejé para tener un colchón por si venían tiempos difíciles, que vinieron. Me sentía completamente feliz, no necesitaba nada más, pasaba los fines de semana con el niño y siempre tenía alguien con quién quedar a comer o tomar algo. Comencé a ir los jueves por la noche al Strawberry Fields con Maribel. Estudiaba Bellas Artes y vivía con su familia en Ventas, muy cerca de mi casa. 
La señora que cuidaba a Nachete, como acabamos llamando al niño, se podía quedar a dormir los jueves y comencé a salir al principio uno al mes, y luego todos. 
La dueña del Strawberry era una borde. Yo era consciente de que le caía mal, en general le caíamos mal todas las tías, y a Maribel, no entiendo muy bien porqué, le cogió un asco que no podía evitar disimular, me imagino que como mi amiga era guapa y ella no, eso le producía taquicardia, como a muchas mujeres acomplejadas que se creen que tenemos que competir en vez de apoyarnos. Jimena acabó madurando y con el transcurso de los años se le cambió el carácter, a pesar de que la vida no es que se portara muy bien con ella. 
Había leído reportajes en periódicos y revistas sobre el bar de moda, hablaban de Jimena como una jovencísima empresaria de éxito, nos vendían que era un genio de las finanzas; pero había montado el pub con el dinero de su familia, su madre –que había muerto cuando ellas eran niñas– era una sueca riquísima y su papá el presidente del Tribunal Supremo, así que menos milongas, que con tantas facilidades seguro que cualquiera era una joven promesa. En realidad la Movida Madrileña, de la que tanto se hablaba y se sigue hablando, no fue más que eso, cuatro niñatos con dinero que nada más que hacían beber y drogarse. La fauna del Strawberry era de lo más variopinta, pero en general se juntaban todos los niños pijos del barrio de Argüelles, compañeros de colegio de Jimena, universitarios disfrazados de “modernos”. Los músicos eran todos más malos que la tos. Hacían furor un trío con una cantante, íntima de Jimena, con voz gangosa de coro de colegio, que fueron el no va más de los ochenta. Yo les daba mil vueltas, pero ni era rica, ni tenía padrinos ni tiempo para perder en los antros de moda “promocionándome”. 
Muchas noches me encontraba con Frankie, que estaba preparando –con Elena Ayllón–el guión de la peli sobre mi madre. Cuando supo que yo era la nieta de Críspula me puso en un altar y no dejaba de presentarme gente interesante, eso decía él, porque todos eran unos auténticos soplapollas. 
Hasta que un día se enteró de que yo cantaba y me propuso que me subiese al escenario al jueves siguiente. Y yo creí que iba a dar el campanazo, por mi voz maravillosa y potente y porque estaba muy guapa. La maternidad me había sentado muy bien, estaba delgada –la verdad es que me cuidaba muchísimo– y tenía esa capacidad para que los tíos babeasen a mi paso mientras yo me hacía la distraída, como si no me enterase. Me gustaba sentirme admirada, me dejaba halagar, llevaba a los tíos al límite, les calentaba como si fuese una pervertida y alguna vez que fui sola acabé follando en el baño o en el coche de algún desconocido. 
La noche de mi actuación “triunfal” coincidí con una maruja de cuarenta años de aspecto penoso. Jimena la presentó como Rakel Springfield y se arrancó con el “Think” de Aretha Franklin. Era una señora vestida de lentejuelas con el pelo reteñido de caoba. Supe, mucho después, que Jimena la había oído cantar por el patio de luces de su casa y le había convencido para que lo hiciese alguna noche en su local. Y no pudo ser otro día, justo tuvo que hacerlo el mismo que el que yo había elegido. Tuve la mala suerte de que ella subiese al escenario antes que yo. Comenzó a mover torpemente su cuerpo menopáusico, balanceando la tripa apretada con una faja, embutida en un vestido de mercadillo. Aullaba como una condenada, no cantaba bien, pero pegaba unos alaridos que –no entiendo ni de lejos el motivo– dejaron a todo el mundo prendado de ella. Tanto, que hasta el cretino del Frankie le propuso para un papel en su película. ¡Tenía huevos la cosa! 

Tras la ovación que le dedicó el público yo subí al escenario con escasas opciones, sabía que hiciese lo que hiciese no me iban a prestar mucha atención. Canté con mi guitarrita “Blackbird” de los Beatles, porque pensé que a Jimena, por lo menos a ella, sí le gustaría mi canción. Pero todos estaban pendientes de Rakel y canté con un murmullo de fondo y nadie me prestó atención. 
Sabía que yo era mucho mejor que ella, era más guapa, más joven, tenía mejor voz, pero –como en todos los momentos cruciales de mi vida– la suerte me dio la espalda. 
Cuando bajé del escenario, tras cuatro tímidos aplausos, me apoyé en la barra a tomarme la copa que me sirvió el camarero –era el único pago a nuestro arte, se llenaba el bar gracias a los músicos, pero no nos daban un puto duro– cuando escuché una voz familiar. 

–Vaya, vaya. Cómo hemos progresado. Si estás hecha toda una artista y aún más guapa que la última vez que te vi. 

Era Álvaro. Siempre tuve la corazonada de que antes o después me toparía con algún miembro de la familia. No me apetecía en absoluto entablar conversación con nadie en ese momento, estaba muy cabreada, cabreada y desilusionada y lo que menos deseaba era tener a un baboso comiéndome la oreja. 

–¿Perdón? ¿Nos conocemos de algo? 
–Venga tía– balbuceaba borracho– no te hagas ahora la estrecha conmigo, que tú y yo hemos sido muy amiguitos… 
–Me tengo que ir– dije mientras apuraba lo que me quedaba de copa–, no sé que haces hablando con una zorra, intégrate entre los de tu clase y a mí déjame en paz, que no quiero ni verte. 
–La eterna lucha de clases– y estalló en una carcajada de beodo– ya lo dijo Marx, no Groucho– y volvió a reír, encantado con su gracia–, sino el otro. 

Cogí el bolso y me fui. Álvaro salió detrás, tambaleándose y llamándome a voces. El segurata me preguntó si me estaba molestando y le dije, muy irritada, que si no era evidente. Le pasó un brazo por los hombros y le invitó a que se marchara sin montar escándalo. Yo me estaba subiendo a un taxi cuando vi que llegaban a las manos. 

Aunque me había hecho la promesa de no regresar jamás a ese tugurio inmundo, no pude evitar, la semana siguiente, volver al bar. Maribel no podía y lo hice sola, procuraba no hacerlo, porque siempre acababa enrollada con alguno, pero tenía mucha intriga por saber cómo había acabado Álvaro. 
Llegué pronto y ese jueves no había Jam Session porque actuaba un chavalito de diecisiete años, era Roddy Frame, de Aztec Camera, los había visto en el programa “La Edad de Oro” y me encantaron. 

Llegué cuando apenas habían acabado la prueba de sonido y me acodé en la barra para intentar sonsacar a Óscar, el camarero habitual. Decían las malas lenguas que era un ex presidiario, que había asesinado a su mujer y a su hermano. La verdad es que era un hombre –debía rondar los sesenta años– que imponía, era muy alto, fibroso, decían que una vez le vieron calzar una hostia a un borracho que se había puesto muy agresivo y que el de seguridad no era capaz de reducir, y que le había dejado en coma tres días. Casi no hablaba con nadie, tenía fama de antipático pero conmigo era muy amable. Nunca daba pie a cotilleos y era muy difícil sonsacarle, pero esa noche me contó lo que había pasado con Álvaro, que –por lo visto– era cliente habitual los fines de semana y se pillaba unas melopeas impresionantes. Lo bueno, decía Óscar, es que nunca se había metido con nadie y no se solía acordar de lo cargante que se ponía con unas amigas de Jimena, “es el típico borrachín pesado que insiste en pagar consumiciones a las chicas guapas, pero nada más. Sin embargo el jueves anterior se pasó siete pueblos y el segurata le tuvo que calzar dos hostias”. 

Le vi entre la gente. Iba acompañado de una rubia y después del concierto se iban. Yo me adelanté para coincidir en la puerta, Álvaro no se debía acordar de la conversación que tuvimos la semana anterior porque se sorprendió mucho al verme. Me presentó a su novia, nos dimos los dos besos de rigor y, como unos años antes, me susurró al oído que no me marchase, que volvía en media hora, solo. Volví a entrar y pedí mi segunda copa, pensé que como me diese plantón no me quedaba dinero para coger un taxi, porque ya que me iba a echar un polvo, como mínimo que me invitase. Apareció a los quince minutos con cara de no haber roto un plato. La verdad es que era más guapo que su hermano, más simpático, más dicharachero, seguramente si él hubiese sido el padre de mi hijo se habría quedado a mi lado, pero había elegido mal, porque aunque quería a Jorge con toda mi alma ahora sabía que era un cariño fraternal, de hermana mayor, es más, creo que él me sentía como a una madre, porque tenía un amor enfermizo con su mamá y nunca superó su muerte. 

Como estaba la música muy alta salimos a la puerta a hablar. Yo no quería preguntar por su puta familia porque, quitando a la madre, el resto me la pelaba, pero él me contó que estaba desahuciada y que Jorge penaba por las esquinas porque no podía soportar ver a su madre enferma. Me impresionó la noticia, aunque me imaginaba que algo ni iba bien. Sin embargo, con muy mala leche le pregunté si también sufría tanto por no saber qué era de su hijo, si yo le atendía o le maltrataba, le dejaba llorar y no le daba de comer, si no le preocupaba que yo estuviese de fiesta en bares hasta las tantas teniendo un niño pequeño del que cuidar. Y Jorge se quedó callado. “Tú no haces eso, ¿no? No, no lo haces, lo dices por resentimiento, no puedes soportar que mi hermano no haya sido capaz ni siquiera de dar señales de vida.” Le dije que me había decepcionado tanto, que en estos momentos le odiaba hasta el punto de desear que muriese él y no su madre. 

–¿Sabes que viene todas las semanas a ver al niño? 
–No, no tenía ni idea, pero conociéndola como la conozco no me extraña. Ni te imaginas el mal rollo que hay en casa. Mi madre, tan buena, tan maja, tan fina y elegante, es capaz de dejarnos morir de hambre con tal de fastidiar a mi padre y a mi abuelo. Pero eso si, sin despeinarse. 

Le dije que me parecía del todo imposible y me contestó que no me hiciese ilusiones, que a su madre yo no le interesaba lo más mínimo. Mi hijo tal vez, porque era su nieto, el hijo de su “niñito”… Y yo no pude evitar sonreírme. 

–¿A estas alturas tenéis celos los hermanitos? –Dije con toda la maldad de la que fui capaz. 
–¡Ay chiquilla! Si tu supieras o supieses – Y volvió a estallar en una carcajada de borrachuzo–. Pero vamos, que me parece de lo más normal que ella si quiera saber de su nieto. Y me imagino que le gusta lo que ve, que tú le cuidas bien, que eres buena madre, cariñosa y tal –y volvió a reír a carcajadas– y que le das la teta, porque otra cosa no, hija de mi vida, vaya par de melones que tienes. 

No pude evitar reírme yo también. Álvaro era muy simpático y nunca se producían entre nosotros los incómodos silencios que surgían cuando estaba con su hermano. 

–Si hubiese sido tuyo no me habrías dejado en la estacada. ¿O si? 

Y se puso muy serio. Apoyó el peso de su cuerpo en una pierna y luego en la otra antes de contestar y me dijo que Jorge no estaba de viaje, rumbo a Suiza, el día que el abuelo me propuso abortar. 
Se escondió en su cuarto a instancias de su padre. Álvaro subió a decirle que bajara y diese la cara, pero Jorge se tumbó en la cama y con la cabeza hundida en la almohada sollozó que el niño no era suyo, que solamente lo había hecho una vez y que era del todo imposible, comenzó a llorar y entre hipos dijo que yo era una puta. Entonces él se asomó a la ventana y vio cómo salíamos mi madre, mi abuela y yo y corrió a por el coche. Estaba convencido de que él era el padre, hasta que yo le saqué de su error. Aún así, de vuelta a su casa pensó que iba a hacerse cargo del niño. Pero cuando llegó había un cirio descomunal montado. Su madre acababa de llegar. Madrugaba mucho y salía a pasear a caballo, nos vio a lo lejos y preguntó qué hacíamos en casa. Entonces Jorge se lo explicó entre sollozos y doña Cristina se enfrentó a su suegro y a su marido llamándoles cínicos, hipócritas, farsantes y todos los sinónimos habidos y por haber. Don Mateo le pidió que parase y don Ataúlfo se quitó de en medio farfullando que si no fuera por él esa familia se iba al garete. Doña Cristina no le dijo nada a su hijo, no le echó nada en cara, no le instó que corriese a buscarme, que fuese un hombre y cumpliese con su deber, como me había dicho a mí. Solamente le miró con pena y suspiró. 

–Le dije que era un maldito gusano y mi madre me mandó callar. Mis hermanos me dijeron que lo dejase estar, que no me metiese donde nadie me llamaba y grité que me iba a hacer cargo yo de tu hijo. Jorge volvió a llorar como un crío y chilló como una histérica que seguramente fuese lo mejor, que igual es que yo era el padre, o a saber, que tú no le hacías ascos a ninguno que no fuese un paleto del pueblo. 
Y entonces me acordé de lo que te había dicho en la puerta de tu casa cuando os acompañé con el coche y me dio miedo tu reacción. 
–Ni que me comiese a los niños crudos. 
–Tienes muy mala hostia, reconócelo… 

Volvimos a reír y Álvaro me puso una mano en el hombro y me dijo que estaba seguro de que lo estaba haciendo bien, por un momento pensé que se iba a poner tierno, pero lo solucionó soltando otro chascarrillo. 

Nos veíamos de vez en cuando. Nos acostábamos como si fuese la cosa más normal del mundo acabar en la cama. No había culpabilidad ni escrúpulos de ningún tipo. Nos entendíamos sexualmente. Era una relación cómoda que se alargó durante toda la enfermedad de la abuela de mi hijo. Una relación que se rompió el día que asistí al hospital, a la llamada de doña Cristina, con mi hijo en brazos y con la hostilidad de toda la familia López Bravo, incluido Álvaro, que se comportó como si no me conociese de nada.

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