miércoles, 10 de abril de 2019

Moon River

Con la muerte de don Ataúlfo hubo un intento de acercamiento de la familia de mi hijo. 

El abogado de los López-Bravo le envió una carta a mi hermana en la que ponía en conocimiento de la letrada que estaban dispuestos a retomar las conversaciones sobre la herencia de mi hijo, paralizadas debido a la obcecación de la parte contraria. 


–Vamos, que te están llamando burra, más que burra–. Comentó mi hermana entre risas. 


Yo no estaba dispuesta a dar mi brazo a torcer. No quería que Jorge reconociese al niño y le diese sus apellidos. Eso daría pie a que mi hijo tuviese que pasar fines de semana alternos y parte de las vacaciones con él y con su mujer. Si no eran capaces de tener hijos propios no iban a apoderarse del mío. 
Mi hermana me decía que era más tozuda que la abuela –que era la única que, en eso, solamente en eso, me daba la razón– y que no debería privar al niño de tener contacto con su familia, porque al fin y al cabo él era un López-Bravo, por mucho que me pesase, y si no, que hubiese tomado precauciones y no haberme dejado preñar, que parecía tonta. 

Nunca le conté el motivo por el que una noche, solo una, Jorge y yo follamos sin condón. Nuestras relaciones sexuales eran muy complicadas. Yo no tenía experiencia y creía que la cosa no funcionaba por mi culpa, porque tenía el culo gordo o porque acababa, después de varias horas metida en el coche con las ventanillas subidas, oliendo a sudor y a Jorge le daba asco y por eso era incapaz de hacer nada. Me atribuía lo que no me correspondía, era él, que tenía problemas de erección, de autoestima o yo qué coño sé. El caso es que solamente fue capaz de realizar el acto sexual por completo cuando lo hicimos a pelo. Me dijo que él controlaba, que se retiraría a tiempo, pero no fue así y eyaculó dentro. Y como yo debía ser una coneja, me quedé embarazada. 
Luego, con el tiempo, cuando su hermano le gritó que también me había acostado con él, se creyó –a pies juntillas– que era imposible dejar a una mujer embarazada a la primera, a la vista estaba, que con la suya era incapaz de hacerlo, que llevaban intentándolo ni se sabe y no había manera. Yo también le había gritado que no era el padre de Nachete y pasaron los años convencido de que mi hijo no era suyo. 
Tras la misiva de los abogados, sin madre que le mortificase ni abuelo que le parase los pies, Jorge acudió a mi y yo, como una tonta, creí su sarta de mentiras y vivimos juntos una temporada, lo justo para darme cuenta de que era un ser despreciable. 

Mi hijo tenía siete años y yo seguía trabajando en el bufete de abogados, mi hermana se había asociado con Alejandra y ya no estaba conmigo. Ahora yo era la secretaria de uno de los socios y ganaba un buen sueldo, estaba contenta en mi trabajo, Nachete no daba ningún problema, al contrario, era un niño bueno y obediente y yo no necesitaba a nadie a mi lado. No había vuelto a tener contacto alguno con Álvaro y al principio me costó hacerme a la idea. Me dolía confesarlo, pero le echaba de menos. 
Pasaron algunos años en los que estuve volcada absolutamente en mi hijo y cuando comenzó a ir al colegio, y los horarios se me hacían imposibles, mi madre me dijo que porqué no se lo dejaba en el pueblo y ellas se hacían cargo del niño. 
Isabel y Manuela acababan de ser madres. Mariano había sido padre unos años antes y la casa estaba llena de críos. Los de mi hermano mayor, dos chicos, pasaban mucho tiempo con las abuelas, especialmente los fines de semana. 
Las gemelas se habían casado con los hijos de Manolillo, el tabernero. La boda fue de traca. Dos gemelas casadas con dos mellizos. Pero lo más fue cuando parieron el mismo día, con horas de diferencia. Se habían quedado embarazadas casi a la vez, una un mes antes que la otra, pero Manuela salió de cuentas y parió con dos semanas de retraso y a Isabel se le adelantó el parto. 
Tuvieron dos niños y dos niñas, exactos, igualitos. Las niñas clavadas a ellas y los niños a sus padres. 
Vivían en una casita baja, pared con pared, fría y oscura y mi madre les preparó las alcobas de arriba cuando dieron a luz. Eran como dos apartamentos independientes y una mañana les preguntó que porqué no se quedaban a vivir allí. La casa era enorme para dos viejas y un niño, además ellas iban a seguir cosiendo en el taller, así que era lo ideal. Mis hermanas sonrieron encantadas y sus maridos no pusieron ninguna pega. 
La casa se transformó en poco tiempo. Mis cuñados eran muy trabajadores –en eso habían salido a la madre– y repararon desconchones, bisagras que aullaban por las noches, pintaron paredes y puertas, cambiaron azulejos y dejaron la casa que era un primor; lo que provocó que se comenzase a hablar de porqué el ayuntamiento les tenía cedido ese caserón por la jeta, que parecía mentira que un pueblo honrado y trabajador como Vega de Tajo le diese prioridad a una asesina –porque o mi madre o mi abuela, en el fondo daba igual, una de las dos se había cargado a mi padre– sobre el resto de gentes del pueblo, que eran personas de bien, honestas y sin mancha alguna, pero, claro, ni habían salido en la tele ni en los periódicos… y –como era de esperar– quienes estaban detrás de los cuchicheos y murmuraciones no eran otras que Generosa y Sita, las dos tiparracas más envidiosas y chismosas del pueblo. La primera escocida porque el cura la había echado de la casa parroquial y la segunda, rabiosa porque aunque había conseguido que Manolillo se separase de su mujer, nuca tuvo un hijo, lo que le provocaba una ira que solamente podía canalizar sembrando la discordia en el pueblo. 
Mi hermano Pedrito intentó comprar la casa, pero no se podía por nosequé historia del testamento de la mujer de don Ataúlfo. Y comenzó a buscar otra parecida para comprársela a mi madre y mandar a tomar por culo a las cotillas del pueblo. Pero Críspula dijo que de allí salía con los pies por delante. 
Y así fue. 

Mi hijo era el primo mayor y se tomó su papel muy en serio. Estaba feliz en el pueblo rodeado de su familia, con muchos amigos y calle, toda la calle para correr, eso en Madrid era impensable. Así que, a mi pesar, se fue a vivir a Vega. A mí no me gustaba que acabase siendo un paleto, como mi hermano, que decía “tajás”, “cachos”, “irrisión” y se limpiaba con la manga de la camisa después de comer, algo que a Críspula le producía urticaria, pero a Mariano se le habían pegado los modales de la familia de su mujer que eran más animales que los del campo. 

Todas las tardes, cuando salía de trabajar, estudiaba música en una academia. Aprendí muchísimo y algunos jueves me contrataban en los bares del centro para cantar con algún grupo. Nos conocíamos todos, músicos y cantantes, e íbamos pasando por diversos grupos, por locales varios y yo llegué a estar bastante considerada dentro de los círculos de músicos de local. Siempre supe que tenía muy buena voz. Aprendí a tocar la guitarra, sola, de oído y ahora, aprendía piano. 
En mi casa, mi abuela torcía el morro cada vez que comentaba algo de mis andanzas nocturnas en baretos y tugurios. Y en las fiestas del año 90 me contrataron, para que actuase con mi banda. 
Y fue ese verano cuando me reencontré con Jorge. 

Se había enterado de mi actuación y vino a verme, solo, y me contó que se había separado, que estaba en trámites de divorcio, que su ex era una cabrona y que el padre le había despedido del bufete de abogados sin consideración alguna. Estaba en el paro, solo y aburrido y fue a buscarme porque sabía que yo era tan tonta que le iba a dar cobijo, casa y comida, como así fue. 
Siempre me he preguntado qué habría pasado si no le hubiese abierto las puertas de mi casa, si hubiese puesto la distancia que se merecía, si hubiese dicho no, no con mayúsculas. Pero no lo hice. Nunca lo entenderé. Le tenía cariño, amor fraternal, era el padre de mi hijo pero yo ya no era la niña tonta que creía estar enamorada. 
Accedí a vivir juntos y aún hoy sigo horrorizada, después de tantos años, de lo que viví a su lado. 

En las fiestas de Vega canté con un grupo con el que había salido en televisión, en un programa local, a la hora de la siesta. Siempre he sido cantante de tercera regional. Tengo mucho talento, pero me he comido los mocos toda la vida. Nunca llegué a nada a pesar de estar mucho más capacitada que los que grababan en discográficas o eran contratados en programas de gran audiencia. Pero, como decía mi abuela, quien no tiene padrinos no se bautiza. 
Cantaba porque era lo que realmente me gustaba. Adoraba subirme a un escenario, aunque los nervios previos me produjesen taquicardia y me secaran la boca. Los aplausos del público eran, son, para mí la mejor droga, la más efectiva, la que no tiene efectos secundarios, pero sí que crea mono, un mono difícil de aplacar si no es volviendo a subir a otro escenario, con otro público y otros aplausos. 

Esa noche tuve que hacer dos bises más de los programados. Era mi pueblo, era mi gente y se volcaron conmigo. La cría larguirucha de trenzas que comenzó cantando los domingos en misa de doce, era “su niña” y por primera vez me sentí admitida, que era una más y me aceptaban. Y ese día de dejé de odiar a Vega de Tajo. 
Estaba feliz, radiante. Me sentía como nunca y cuando ayudaba a mis colegas a subir el equipo a la furgo apareció Jorge y tímidamente me preguntó si me tomaba la última con él. 
No supe negarme, estaba en una nube, pero le pregunté si había venido solo, casi no había acabado de decirlo cuando ya me estaba arrepintiendo y no le debió sentar nada bien porque me contestó que no sabía nada de su “hermanito” desde hacía meses. 
Siempre tuvo una rivalidad sorda con Álvaro. Algo que su hermano pequeño se tomaba a pitorreo, no le daba importancia y hacía chistes con los otros a costa de Jorge. En la infancia era algo que no se debía tomar en cuenta, eran cosas de niños, pero según iban creciendo esa rivalidad se convirtió en odio. Los hermanos eran como Caín y Abel y, me temo, yo era la razón de esa ojeriza. 

Nos tomamos la última copa, la primera para mí, en el único pub del pueblo “El Moon”, que ahora era regentado por mis cuñados y Marishka. 
La socia de mis cuñados nos puso las copas sin dejar de mira a Jorge y cuando nos íbamos me susurró al oído: “Hombre no gusta mujeres”. Entendí mal su advertencia, creí que había supuesto que Jorge era gay, pero me equivoqué. Ella no. 

El Moon era el no-va-más de mi pueblo. 
Habían dividido el local, grande y destartalado, en dos espacios bien diferenciados. Un bar, de toda la vida, con sus tapas, su tele para ver los partidos de fútbol y su menú económico. Y el segundo, un pub de copas, nocturno, con música moderna y poca luz. Una brillante idea que dio vida y color a mi pueblo, anclado, antes de la reforma de la tasca de Manolillo, de toda la vida de Dios, en el Pleistoceno. 

Mis cuñados y mis hermanas eran uña y carne. Isabel y Manuela podían pasar por personas simples, sin ambiciones, que habían preferido quedarse en el pueblo, cosiendo, a conocer mundo, cultivarse y aspirar a algo más que a casarse con dos paletos que la primera vez que salieron de Vega fue para hacer la mili. Yo no comprendí porqué dejaron de estudiar y se recluyeron en el gabinete de mi madre. De cría pensaba que era miedo a enfrentarse al mundo, pavor a salir de la zona de confort, cálida y amable y no plantearse retos, aprendizajes, algo distinto a lo que habían vivido dentro de las cuatro paredes de casa. Pero con los años me di cuenta de que no eran como yo. Mis hermanas eran felices con muy poco. Se habían criado con mis hermanos mayores y mi abuela. Casi no conocieron a mi madre y vivieron los peores tiempos de la familia, cuando apenas había para comer y las vecinas dejaban, de noche y a escondidas, ropa y comida en la puerta de la antigua casa, el cuchitril húmedo y lóbrego que Críspula consiguió alquilar con muchísimo esfuerzo. 
Sus maridos eran dos muchachos encantadores. Se llamaban Manuel Jesús y Antonio Manuel, pero en el pueblo eran “los Manolos”. Habían heredado la simpatía de su padre, sus pecas y los ojos pequeñitos que parecía que sonreían eternamente. Y de su madre la honradez, la bondad y la generosidad que ella les procuró para que no odiasen al padre traidor que se trajinaba a la panadera en los ratos que la tasca andaba menos concurrida. 
Mis hermanas tenían todo lo que habían ansiado en la vida, amor, trabajo y una familia feliz. Y, en el fondo, yo las envidiaba. 

Cuando Manolillo murió, nada más acabar mis cuñados la mili, los Manolos se arremangaron y decidieron que la tasca mugrienta de su padre, su abuelo y su bisabuelo necesitaba un “arreglito”. Tiraron tabiques, casi demolieron el edificio, y por primera vez en décadas, mi pueblo tuvo un lugar decente para tomarse una caña de día o una copa de noche. 
Estuvieron casi un año con las dichosas obras y permisos. Mingo ya no era alcalde y el nuevo no daba muchas facilidades. Era un nieto de Generosa que se había ido a estudiar a Madrid y volvió después de varios años, tras ser despedido de una multinacional, con un finiquito en condiciones de poder montar un pequeño taller de reparaciones de electrodomésticos y, años más tarde, la tienda de informática. Era militante del PSOE y ganó las elecciones con bastante ventaja. Pero tras dos años de alcalde se granjeó muchísimas antipatías, tanto que en las siguientes no sacó votos suficientes ni para representar a su partido como concejal del grupo mixto y se retiró de la política para dedicarse a lo único que, según todos, sabía hacer, que era apretar tornillitos. 

Cuando consiguieron inaugurar el “Moon River”, como decidieron llamar al local nocturno en honor a su adorada Audrey Hepburn, a la que mis hermanas se parecían mucho, yo canté en un pequeño escenario que había al fondo de la sala. Vinieron muchos amigos míos de Madrid y casi todos los fines de semana acudía algún grupo o músico a actuar. Si querías escuchar música en vivo te tenías que desplazar a Aranjuez o a Toledo y si querías algo en condiciones y de calidad, lo tenías que hacer a Madrid. Así que en pocas semanas el “Moon River” superó –con creces– todas las expectativas. Los grupos y cantantes de la capital iban a mi pueblo, algo que nunca habíamos imaginado ni en el mejor de nuestros sueños. 
Al otro local lo llamaron “Sun River” y también fue un acierto, lo malo eran los horarios, así que decidieron que harían turnos, un mes un hermano atendía de noche y al siguiente de día, para no hacerse mala sangre, porque la noche era terrible, pero el día tampoco es que fuese fácil. 

Pero la buena fortuna no fue solamente obra de mis cuñados, que eran muy trabajadores pero, como su padre y su abuelo, tenían poca vista para los negocios. Marishka tuvo la idea de dividir el bar y montar los dos establecimientos. No era más que una empleada que llegó una noche, huyendo no se sabía muy de qué, pidiendo trabajo de lo que fuera y que, con los años, se convirtió en la mano derecha de mis cuñados y que acabó asociándose con ellos.

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