viernes, 12 de abril de 2019

Marishka

Apareció una noche, cuando el bar estaba a punto de cerrar. Pidió “algo fuerte” para beber y trabajo para vivir. 

El padre de los Manolos acababa de fallecer y entre los dos hermanos se apañaban bien y no necesitaban a nadie, pero Marishka –con un manejo admirable de palabrotas que transformaba en música angelical con su acento ruso– les dijo que el local tenía mierda para aburrir y que se ofrecía a dejarlo como los chorros del oro en tres días, que si cumplía su palabra le dejasen trabajar en el bar a cambio de comida, un lugar para poder dormir y las propinas. 

Mis cuñados no podían salir de su asombro cuando vieron la cochambre que había acumulada de décadas de dejadez. Marishka desmontó la cocina y se deshizo de los aparatos que no funcionaban y del menaje agrietado y mugriento. 

En tres días le dio la vuelta al bar y consiguió que la mitad de los parroquianos que tenían cuentas pendientes se pusieran al día. 

Era muy borde. Medía casi dos metros y aunque estaba delgada tenía una fuerza descomunal capaz de coger en volandas al borracho pendenciero de la noche y ponerle de patitas en la calle. Y mientras lo hacía, preguntaba con su sonrisa encantadora de dientes perfectos, si quería que lo acompañase a casa para explicarle a su mujer que se había mareado un poco, con el consiguiente pitorreo del resto de clientes, que –ahora– pasaban más tiempo en el bar, solo para admirar a la “potra de los Urales” que era una tía borde, pero con su carita de niña, su melena rubio platino, el acento exótico y lo rebuena que estaba se lo perdonaba todo. 




Marishka llegó a España con un contrato de trabajo y los papeles en regla para trabajar en el departamento financiero de una empresa de Euskadi. 
Había estudiado en la Universidad Técnica Estatal de los Urales en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales y no era una pobrecita indocumentada de una aldea perdida de Siberia como relataba lo poco que hablaba. 
Le sedujo la idea porque su familia materna era de Getxo, aunque nunca la conoció. 

Su madre, que falleció cuando ella apenas tenía dos años, era una “niña de la guerra”. A Begoña Abarrategui le subieron al trasatlántico “Habana” con cinco años años recién cumplidos, un 13 de junio del año 37 en el puerto de Santurce. Le prendieron su documentación en la ropa con un imperdible y zarparon a las cinco de la mañana. Cuando llegaron a Burdeos le volvieron a subir a otro barco, el “Sontay” que le dejó en el puerto de Leningrado y desde allí la enviaron a un sanatorio porque llegó enferma de tuberculosis. Y ya nunca volvió a saber nada de su pequeña familia, de su padre el arrantzale* ni de su hermano mayor, el txo* del barco de pescadores de Algorta. No tenían madre y pensaron que lo mejor para la niña era alejarla de los bombardeos sistemáticos que el General Mola enviaba día si, día no, sobre Bizkaia.


Pero el trabajo que le vendieron en Ekaterimburgo, de donde era oriunda, no existía. Al llegar a Madrid, nada más aterrizar en Barajas le metieron en un coche y le llevaron a un puticlub de la carretera de Valencia, donde tuvo que ejercer la prostitución para pagar la deuda que había contraído con sus empleadores, que no eran más que una mafia de trata de blancas. 

Los dos primeros años los vivió con asco y terror. Tanto ella como sus compañeras estaban secuestradas en un caserón en medio de la nada sin opción a salir ni siquiera a tomar el sol por el descampado que rodeaba el club de alterne, plantado en medio de un paisaje desolado, polvoriento y ventoso. 

Los dos siguientes comenzó a planear una fuga que parecía inverosímil, pero ella se había criado en Siberia, tenía los arrestos suficientes para patearse cientos de kilómetros hasta llegar a donde fuese, huir y sobrevivir hasta que nadie se acordase de Natasha Ivanova, su nombre real, ni de su deuda. Desvanecerse, no dejar a su espalda nada ni nadie que fuese capaz de reconocerla. 

Cada dos años las cambiaban de local, pero lo que era habitual es que en septiembre, un político importante de una ciudad cercana a los clubs, contratase a varias chicas para pasar la noche en una casa enorme donde se celebraba una fiesta de final de ferias donde solamente acudían hombres. Hombres poderosos, viejos y muy viciosos. 

Marishka era reclamada todos los años. Era buena, muy buena. Y a los españoles, bajitos, cejijuntos y con la polla pequeña les encantaban las rusas grandes y rubias. 

Desde que había llegado no había dejado de soportar humillaciones, palizas, violaciones sistemáticas que le habían producido amenorrea, dolores crónicos en la zona de la pelvis e infecciones recurrentes de orina. Sufría taquicardias y explosiones de ira que eran sometidas con una buena manta de hostias. 
A los dos años trazó un plan para que nadie sospechase de su propósito de huida. Y el primer paso fue someterse al proxeneta, no dar más problemas y sonreír. Aunque eso le diese auténticas arcadas. 
Fiel a su frase: “no puedes cambiar el pasado pero sí el futuro” ideó un proyecto desesperado porque no podía aguantar más. 
Al llegar el día que tenían que pasar toda la noche en casa del cliente, se preparó un pequeño hatillo con lo imprescindible para subsistir un par de días, que era lo que calculaba que le alejaría lo suficiente del club que ahora habitaba, cercano a la costa levantina. 
Sabía que cuando todos los invitados a la fiesta se retiraban a las habitaciones de la planta superior, el dueño soltaba a los perros en el jardín. 
En la casa no había criados ni camareros, solamente los puteros y las putas, así que Marishka narcotizó a su cliente que tras cuatro magreos cayó profundamente dormido. 
Entonces se puso un chándal negro, se descolgó por la ventana, y caminó campo a través toda la noche. Cuando se intuyeron las primeras luces de la mañana estaba lo suficientemente lejos para que nadie supiese hacia dónde se dirigía. 
Lo lógico era que hubiese tomado rumbo a Valencia para huir en el primer barco que zarpase. Y eso mismo es lo que creyeron sus captores. La buscaron por la costa durante días, incluso se pusieron en contacto con la red rusa por si había vuelto a su casa de Ekaterimburgo, donde desde la muerte de su padre ya nada le unía. 

Marishka había tomado el camino contrario. Dirigió sus pasos hacia el interior y una noche llegó a un pueblo de mala muerte, entró en el único bar y pidió un copazo para quitarse el frío, el miedo y el asco. 


*Arrantzale: pescador 
*Txo: joven grumete











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