lunes, 22 de abril de 2019

Manoli

Los años posteriores a mi separación los viví como una liberación. Por increíble que parezca me sentía una mujer emancipada, no tenía que dar explicaciones, ni correr a casa desde el trabajo, podía salir y entrar sin sentirme culpable… qué tonta había sido, cómo había desperdiciado dos años de mi vida viviendo sometida, dejándome ganar espacio día a día, parecía mentira que yo, una mujer independiente, joven y guapa, en pleno siglo XX, hubiese vegetado al lado de un hombre que no me merecía, como lo habían hecho antes mi madre y mi abuela. Pero lo mío no tenía perdón de Dios. Yo había podido elegir, yo era libre, y –sin embargo– había escogido vivir dominada y sumisa. 

Ese año solamente fui el fin de semana de las fiestas, a mi pueblo, apenas los dos días grandes y salí muy poco. 
El Ayuntamiento había contratado a una banda bastante famosa, de las que salían en televisión y ese año hubo un espectáculo pirotécnico de aúpa. Domingo Esquinas hijo, se gastó más de lo que debía en esas fiestas, pero a nadie le pareció mal. Eran buenos tiempos, todavía no habíamos despertado de la resaca del año ’92, de la Expo, de los Juegos Olímpicos, el AVE… Ya no éramos los paletos de Europa que marchaban a buscarse la vida a Alemania o Suiza, con la maleta cerrada con cuerdas y un par de mudas. Ya jugábamos en primera división y aquella locura de nuevos ricos nos afectó a todos. 
Hacía casi diez años que no desaparecía ninguna niña, ni en mi pueblo ni en los de los alrededores, lo que hizo que los asesinatos se recordasen como algo lejano que no nos incumbía. No se había encontrado al culpable, o los culpables y los únicos que no se rendían eran la familia de Pascual, que de cuando en cuando escribía a los periódicos y llamaba a las radios y televisiones para que el caso de su niña no se archivase y quedase en un amargo recuerdo sin autor que pagase por su crimen. 

El padre no pudo soportar la pena y pasó de ser un hombre prudente y cabal, recto con su familia y religioso como el que más, a tirarse horas en el bar, sentado junto a la barra con un chato de vino o una copa de coñac, todos los días, mañana, tarde y noche; murmurando frases ininteligibles y rumiando venganzas inimaginables. Se convirtió en el borrachín del pueblo. Un borracho triste que provocaba lástima en los primeros años de su progresivo deterioro, pero que con el tiempo molestaba a los parroquianos, porque tanta pena, tanto sufrimiento, al final, acaban siendo incómodos. 
La única que parecía comprender a Pascual era Marishka, que no consentía ni una sola burla ni comentario contra el pobre hombre que se marchitaba año tras año, en la barra del bar. 
Los dos mantenían conversaciones con monosílabos, ininteligibles para el resto de la humanidad y se regodeaban de su propia tragedia, cada uno en la suya. Muchas noches compartían una botella de licor, se miraban a los ojos y apuraban el vaso, brindando nadie sabía porqué. 
El tiempo es cruel con los recuerdos. Manoli se convirtió en “aquella niña que iba a mi clase y que apareció muerta…” Su fotografía, la que hacía llorar a nuestras madres y abuelas, incluso a nosotras, cuando aparecía por televisión se fue desdibujando, como si el recuerdo de aquel crimen horrendo fuese un lastre para nuestras vidas, como si pensar en las niñas muertas fuese un freno para la alegría que nos merecíamos, porque eran buenos tiempos, tiempos de prosperidad y progreso, tiempos de salir a beber y a bailar y no queríamos que la sombra de Manoli oscureciese nuestras vidas, así que decidimos, todos, incluidos su madre y sus hermanos, no recordar, no pensar, vivir el momento y hacer como que no veíamos ni escuchábamos a Pascual, sentado en su taburete arrimado a la barra del bar de mis cuñados, por la mañana, por la tarde y por la noche. 
Incluso la madre, que desmejoró a pasos agigantados, decidió que tenía otros hijos a los que repartir su amor y desvelos, que no podía parar su vida por el recuerdo de la hija muerta, y dedicó un rato los domingos por la mañana, después de misa de doce, a visitar la tumba de Manoli, donde hablaba en voz alta con su niña, le contaba lo acontecido la semana anterior, lloraba hasta que le dolía el pecho y volvía a casa, a sus quehaceres, a sus otros hijos, con la conciencia serena y templada, como si esa visita consoladora apaciguase el ánimo de venganza que había obsesionado su vigilia y su sueño durante años. 

Pero la desmemoria duró lo que tardó en desaparecer otra chica en un pueblo cercano a Vega, durante sus fiestas. 

Era el año 96 y la niña apenas contaba quince abriles cuando desapareció. Esta vez encontraron el cuerpo pasado casi un lustro, por casualidad, cuando excavaban la tierra para construir unos pisos de protección oficial en las afueras de mi pueblo, y el inspector Vidal, a punto de jubilarse, se juró a sí mismo que tenía que encontrar al asesino, porque estaba convencido de que no andaba muy lejos y antes o después daría con él, aunque ya no formase parte del Cuerpo Nacional de Policía.

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