lunes, 15 de abril de 2019

Infierno

Tras la actuación triunfal en las fiestas de mi pueblo Jorge no dejó de llamarme. Vivía con su padre en Madrid, no tenía trabajo ni parecía que estuviese buscándolo, por lo que cada dos por tres me esperaba para acompañarme en la hora que tenía para comer, o después de trabajar, para ir a tomar algo. Al principio me sentía muy halagada. Siempre había estado sola, los hombres iban y venían, pero nunca tuve una pareja estable hasta que llegó él. 

En Navidades me invitó a esquiar a Suiza. Me molestó muchísimo esa invitación porque yo apenas veía a mi hijo y estaba deseando que llegase el fin de semana o las vacaciones para estar con él. Estaba claro que para Jorge el niño no contaba y le dije que ni sabía esquiar ni iba a dejar a mi hijo solo en navidades. Entonces reparó en que tenía un niño y decidió que debería ejercer de padre, porque nunca le veía, es más yo procuraba que no coincidiesen nunca, porque Nachete no estaba cómodo con él. Pero la verdad es que Jorge era su progenitor y comencé a facilitar un contacto que era demasiado artificial. Mi hijo no lo veía como a un padre, Jorge tenía una empatía cero y nunca estuvo muy seguro de que Nachete fuese su hijo. Forcé una situación incómoda y siempre tendré remordimientos por ello. 
Mi niño era un crío excepcional. Ya sé que me puede el amor de madre, pero es que era tan cariñoso y tan bueno que muchas veces me daba rabia porque los otros niños se aprovechaban de él. Todos sus primos le adoraban, tanto los de mi familia como los de la de su padre, especialmente los hijos de Maricris, que –a pesar de que el matrimonio me odiaba– los niños eran un encanto y nos llevábamos muy bien. 
Nachete era un niño delgadito, de pelo castaño y ojos claros, que –según Críspula– había heredado del abuelo Ángel. Como él, tenía esa mirada entre soñadora y de sorpresa y, como su bisabuelo, era un ser extraordinario. En realidad tenía el aspecto de su padre, alto y espigado, Maricris decía que no se parecía a ellos, era verdad, porque el mismo Jorge no se parecía nada a sus hermanos. El porte y los ademanes de mi hijo eran clavados a los de su padre, que muchas veces parecía un cura, y –tal vez por eso– muchas tiparracas de mi pueblo decían que Nachete era hijo de don Ignacio. 
Tras las vacaciones decidí que tal vez sería bueno que padre y hijo coincidiesen de vez en cuando. Jorge insistía en reconocerlo legalmente y le dije que debíamos esperar un tiempo prudencial, para preguntar al niño qué quería y tuvimos la primera discusión gorda. 
Estábamos en un bar de copas, por la noche. Y Jorge me levantó la voz, me gritó que lo que le faltaba, tener que estar a expensas de un mocoso, que si realmente él era el padre porqué no podía ver a su hijo y a mí se me encendió de nuevo el resorte de alerta. Recordé, una vez más, el día que en la casa de los López-Bravo, el abuelo de mi hijo me extendió un cheque para que me deshiciese de él. Recordé el entierro de su abuela, cuando toda la familia me dio la espalda y reviví el día que Jorge dudó de su paternidad. No quise discutir, no merecía la pena. Cogí el bolso y la chaqueta y me fui a mi casa. A los pocos días me llamó para disculparse, pero yo ya estaba muy decepcionada y le dije que me dejase en paz y que nunca iba a consentir que mi hijo llevase sus apellidos. Al día siguiente me enviaron un ramo de rosas descomunal al despacho, con una tarjeta de Jorge en la que me pedía sus más sinceras disculpas y yo le perdoné. Esa misma noche durmió en mi casa y tuvimos sexo salvaje. Me resultaba incomprensible porque hasta ese día nuestros polvos habían sido extraños, como si él careciese de la experiencia necesaria para saber qué había que hacer y yo tuviese que ir explicándole cada paso que debía dar. Esa noche follamos a lo loco y tuve la sensación –cuando casi me ahoga con la almohada sin darse cuenta, en el momento de su orgasmo— de que había rabia soterrada, pero deseché esa idea absurda y decidí no volver a pensar en ello. 
Ese verano nos fuimos dos semanas a la playa y el niño se lo pasó en grande. Jorge me prometió que se comportaría como un padre y que esperaría a que mi hijo fuese lo suficientemente mayor para decidir si quería llevar sus apellidos, y en septiembre se vino a vivir conmigo. 
Durante dos años convivimos como un matrimonio. Es más, a los tres meses teníamos rutinas de parejas viejunas, apenas follábamos, y cuando lo hacíamos era después de una discusión, casi no salíamos y yo me aburría miserablemente. 

Mi hijo seguía en el pueblo con mi madre, que estuvo de acuerdo conmigo en que de momento era lo mejor. Pero los fines de semana se venía a la casa de los López-Bravo y convivía con su familia paterna. Para mí era una auténtica tortura. No soportaba a Maricris, que ya tenía cuatro hijos, y el rencor acumulado de años era tan evidente que una tarde su marido me preguntó que porqué me empeñaba en importunarles, que si no era suficiente que Jorge se “hubiese hecho cargo” de su hijo, que mi presencia era algo que se les indigestaba y que si no era mejor que me mantuviese alejada de la mansión. Sí, dijo mansión, como suena. Yo estaba ensayando en el porche, algo que a mi cuñada le ponía histérica, porque decía que le producía jaqueca el ruido (ruido, si) de la guitarra, y basta que lo dijese para que yo me empeñase en tocar a la hora de la siesta. Le contesté que si se creía que él, un figurín del barrio de Salamanca, que lo único que había hecho en la vida era sacarse en siete años una carrerita en el CEU y aparearse con la heredera del reino y cargarla de hijos, se creía mejor que yo. Yo, que era capaz de salir adelante sola, sin ayuda de nadie. Que me ganaba cada puta cucharada de comida que me metía en la boca. Que no recibía ni una miserable peseta para la manutención de mi hijo, de su padre. Que mantenía a Jorge porque ni tenía trabajo ni aportaba a la economía familiar, que vivía a mi costa porque no había cobrado ni un duro de la herencia del abuelo, o por lo menos era lo que él decía; que me dejase en paz y que si les molestaba mi presencia que procurasen no ir todos los fines de semana a la “puta mansión” y coincidir conmigo, que yo tenía tanto derecho como él a estar allí. Y no me moví de mi silla. Seguí tocando la guitarra conteniendo toda la rabia que llevaba acumulando días, meses y años, mientras Jorge le daba un capón al niño porque no era capaz de aprender a tirarse de cabeza. 
Era verdad que Jorge vivía a mi costa. Se metió en mi casa sin casi hacer ruido y cuando me quise dar cuenta vivíamos en pareja. Al principio me parecía bien. Era el padre de mi hijo y yo le quería. Llegamos a un acuerdo y el contacto con el niño iba a ser progresivo. Nachete se había criado sin padre y ahora, de repente, encontrarse con él iba a ser complicado. Mi hermana me había convencido de que no le debía criar sin la figura paterna. Yo era imbécil y le hice caso a todo el mundo y no escuché mi voz interior que me decía que tuviese cuidado, que Jorge iba mandando señales muy peligrosas y se estaba haciendo fuerte. 
Nunca le pedí nada, pero el lechuguino le fue con el rollo de que yo me quejaba porque no aportaba en la economía doméstica. Maricris les tenía a todos aleccionados para que me hiciesen la vida imposible y así perderme de vista. 
Cuando llegamos a casa me encontré un sobre con dinero en la mesilla y cuando le pregunté que para qué era, me contestó, muy molesto, que para que no fuese largando por ahí que era un puto mantenido. Le conté la verdad de la conversación con su cuñado y cambió de tono. Dijo que su hermana era una bruja que me tenía envidia. Y ahí quedó todo. 

Los fines de semana que pasábamos con mi hijo al niño le sentaban como un tiro. Cuando le dejaba los domingos por la noche en casa de mi madre llegaba muy nervioso y le costaba conciliar el sueño. Mi madre y mi abuela se comenzaron a preocupar seriamente cuando a Nachete le salieron pupas y granitos por todo el cuerpo. El médico no le dio importancia y dijo que era algo que había comido y le había sentado mal. Pero el mal estaba ahí, la figura paterna le producía un estrés terrible y nadie –excepto mi abuela– supimos intuirlo. 
Mi hijo tenía miedo de su padre. Al principio le hizo ilusión lo de tener un papá como el resto de los niños de su colegio, fuimos de vacaciones a la playa juntos y fue un mes estupendo. Jorge era tan infantil como él y jugaban juntos, montaban en barca, comían helados y reían. Porque el padre, cuando quería era encantador. Pero había mañanas que se levantaba con el gesto torcido, se mantenía en silencio y teníamos que andar de puntillas para no molestarle. Se encerraba en la habitación a leer y no bajaba a la playa ni salía a comer. Nachete me preguntaba que qué habíamos hecho para que no nos hablase y no sabía qué decir, intentaba justificarle con excusas tontas, pero mi hijo era muy listo y desviaba la mirada cuando yo le contaba alguna milonga, para que no me diese cuenta de que no se lo estaba creyendo. En el fondo yo pensaba que era porque no encontraba trabajo, se estaba divorciando o echaba de menos a su madre. 

Mi hijo siguió viviendo con las abuelas en el pueblo y durante el curso siguiente apenas vio a su padre. Parecía que ahora el niño le molestaba y decidí que era mejor dejar espacio y tiempo. Nachete mejoró visiblemente, dejó de mearse en la cama y los granitos y dolores de estómago desaparecieron. 
Yo iba al pueblo los viernes por la tarde y volvía los domingos por la noche. Jorge se quedaba en mi casa, vegetando en el sofá, leyendo o mirando la tele, mientras acumulaba mierda que yo tenía que recoger los domingos antes de acostarme. 
Los jueves solía tocar en algún local y ahora Jorge ya no venía a verme porque le aburrían mis conciertos. 
Al principio era como mi guardaespaldas. Espantaba a todo el que se me acercaba, era un borde con todo bicho viviente y se moría de celos porque todos los hombres, todos sin excepción, querían acostarse conmigo, que por algo sería, que es que hija, vas enseñando el culo y las tetas y si te vistes como una puta no te extrañes que te traten como una puta… y cuando acababa de recitar la retahíla que yo me sabía de memoria, me arrinconaba contra la pared para echarme un polvo salvaje. Un polvo que al principio yo pensaba que era porque le volvía loco y le excitaba, que había madurado y tras el paso por el matrimonio había conseguido mantener relaciones sin eyacular en las sábanas, antes de tiempo. Pero al final me fui dando cuenta que nuestras escasas relaciones sexuales eran violentas y siempre tras una discusión. Recuerdo una vez que me apretó del cuello tanto, que casi me desmayo y por la mañana tuve que maquillarme para tapar las señales de sus dedos. Al mediodía, después de comer, me estaba retocando el maquillaje en el baño y una compañera me preguntó que quién me había hecho “eso”, le comenté con una sonrisa falsa que es que mi novio era muy efusivo y ella levantó una ceja y no dijo nada. Hasta entonces yo estaba completamente convencida de que el sexo tenía que ser frenético e –incluso– algo violento. No conocía otro tipo de relación y creía que me gustaba, pero mis compañeras, en los ratos sueltos entre café y visitas al baño me iban sacando de mi error, “si un tío te marca follando, eso es el comienzo de lo que va a venir a continuación” me decía Rosa. Yo intentaba rebatirla, para –en el fondo– convencerme a mí misma de que no era así, que era sexo impetuoso, ardiente, que qué sabrían ellas de lo que era follar de verdad, secretarias aburridas con vidas planas y sin el más mínimo incentivo, no como yo, que tenía una vida sexual fogosa y vehemente. Pero cuando ella me preguntó si yo me corría o si él hacía algo para conseguir mi orgasmo, tuve que confesar que no. Muy a mi pesar los únicos orgasmos que había tenido en mi vida con un hombre habían sido con Álvaro y alguno esporádico con el desconocido de turno en el baño del Strawberry, pero contaditos con los dedos de una mano. Rosa, que había padecido violencia en su matrimonio y tuvo que salir pitando con su bebé y refugiarse en una casa de acogida me dijo que no me equivocase, que estuviese alerta porque algo en mi relación no funcionaba bien y yo no quería darme cuenta. 
Pero no le hice caso, porque yo no era como ella. Sin embargo dejé de ponerme tacones, minifaldas y escotazos. Y no por miedo. Jorge me decía esas cosas porque me quería, me quería tanto que su instinto de protección le hacía hablar así. Era amor. Se ponía celoso porque me quería. 

Me lo repetía una y otra vez, en la cama, mientras dormíamos espalda contra espalda, a veces con el cuerpo dolorido de sus embestidas y empujones contra la encimera de la cocina o la pared de la ducha. Y me lo llegué a creer, igual que mi madre creyó a pies juntillas que no valía nada, que nadie la quería y que no era más que un cero a la izquierda a la sombra de mi padre.

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