jueves, 4 de abril de 2019

El testamento

Fue un jueves. Acababa de llegar a casa, tras recoger a mi hijo de la de la vecina que lo cuidaba el tiempo que yo trabajaba. Me costaba lo mismo que la guardería y yo prefería que el niño estuviese a cargo de una persona y no en una clase donde si lloraba nadie le hacía caso y que, seguramente, alguno mayor, pre-delincuente juvenil, le pegaría. 

Cuando sonó el teléfono y al otro lado de la línea alguien me dijo que doña Cristina estaba ingresada y requería urgentemente la presencia de su nieto mayor, me quedé de piedra. Pregunté que con quién hablaba y que si se trataba de una broma pesada. Don Mateo, con voz trémula me dijo que no, que no era ninguna broma, que su mujer se estaba muriendo y quería ver a su nieto, que me había llamado por respeto a su última voluntad, que si por él hubiese sido no lo habría hecho. 
Cuando bajé del taxi que me llevó a la clínica me temblaban las piernas. En la antesala de la habitación estaba parte de la familia y Maricris, al verme llegar dijo entre dientes que qué poca vergüenza tenían algunas. Su marido le puso una mano en el hombro y le dijo que no se pasara. Don Mateo me abrió la puerta para que entrase en la habitación y me encontré de sopetón con Jorge, que salía, con los ojos rojos y la cara descompuesta, del brazo de una mujer que parecía mucho mayor que él, “debe ser su prometida” pensé. 
Llevaba a mi hijo en brazos, que atemorizado, escondía su cabecita en mi cuello. Maricris entró detrás de mi y Nachete se asustó más aún. Le daban miedo los extraños y —los niños son muy listos— entre esa gente poco amigable no se sentía seguro. Su abuela estaba en la cama, con una bomba de morfina enganchada a la vía del brazo, con los ojos cerrados y expresión de paz. En los últimos tiempos los dolores le habían contraído el semblante, siempre tenía unas ojeras moradas terribles y de cuando en cuando se encogía debido al sufrimiento de su metástasis ósea. 
Ahora irradiaba paz, estaba muy pálida, pero las ojeras habían desaparecido y había rejuvenecido diez años. Nachete al ver a su abuela sonrió y doña Cristina abrió los ojos e hizo lo mismo, su nieto le echó los brazos y ella me indicó que le tumbase a su lado en la cama. Dije que tenía miedo de que le arrancase alguna vía y ella extendió los brazos hacia mi hijo, sin decir nada. El niño se acurrucó a su lado y se quedó quietecito. La zorra de Maricris masculló entre dientes que lo que le faltaba por ver y salió de la habitación haciendo todo el ruido del que fue capaz. Yo intentaba no llorar. Los hijos de doña Cristina fueron saliendo despacio y en silencio, nos quedamos don Mateo y yo, sin saber qué decir o hacer, mientras el corazón de la abuela de mi hijo dejaba de latir poco a poco. 

Cuando salí al pasillo Maricris montó el cirio. Comenzó a gritarme que no tenía vergüenza ni decoro, que era una muerta de hambre y que no les iba a sacar un duro, que qué me había pensado, que a saber de dónde había salido ese niño que no se parecía a ninguno de ellos; y mi hijo comenzó a llorar. Busqué con la mirada a Jorge, le pedí que cogiese a mi hijo en brazos y me quité la chaqueta. Mientras su hermana seguía emitiendo alaridos retrocedí un poco y, cogiendo carrerilla, le calcé una hostia que la tiré al suelo. Recogí a mi hijo, que berreaba como un condenado, de los brazos de su padre y fui hacia el ascensor mientras escuchaba a mis espaldas a una enfermera decir que vaya gentuza, que tan estiraditos que parecían cuando llegaron al hospital, pero que vaya numerito, peor que los gitanos de Pan Bendito. 
A doña Cristina la enterraron en el panteón familiar del cementerio del pueblo. El féretro salió de la iglesia después de la misa corpore insepulto y yo me emperré en ir. Mi abuela me decía que parecía que tenía ganas de montar otro numerito, que dejase en paz a la familia de mi hijo, que me quedase en casa, en mi casa de Madrid, que qué coño pintaba allí, vestida de negro, como si fuese uno de ellos… pero no hice caso y me acerqué al cementerio. Me quedé en la puerta, mirando desde la distancia a la familia de Jorge. 
Era noviembre y no había parado de llover en casi dos meses. Parecía que el tiempo daba una tregua y un tímido sol de otoño, que solamente brilló el tiempo justo para dar sepultura a doña Cristina, bañó las lápidas que resplandecían entre el vapor del agua caída y el verdín de años, siglos, de rezos y letanías, flores marchitas y lágrimas saladas. 
Todos me vieron menos él, y el marido de Maricris la cogió del brazo para que no se acercase a mí. Yo no había ido con idea de nada, solamente necesitaba dar el último adiós a la abuela de mi hijo, la única que lo había aceptado y a la que tanto quise tan poco tiempo. No quería líos, sabía que no era bienvenida, que les molestaba mi presencia, así que no me acerqué en ningún momento; pero aunque fuese desde lejos, sabían que estaba allí y mi sola presencia era una auténtica pesadilla para esa familia. 

Jorge se apoyaba en su novia. Lloraba desconsoladamente y cuando bajaron el féretro con unas cuerdas no pudo reprimir un alarido histérico, incómodo, femenino; y su familia se revolvió avergonzada mirándose unos a otros de reojo. 
Álvaro, que se había percatado de mi presencia al instante, miró hacia donde yo estaba y Jorge, siguiendo su mirada me vio. Dejó de llorar y se deshizo del abrazo de su novia-madre. Cuando los vecinos comenzaron a dar pésames, estrechar manos y emocionarse con la familia, que en fila recibía las condolencias, Jorge se dirigió a mi y sin decir palabra, me abrazó llorando pidiéndome perdón. Me acompañó a mi casa y por el camino, la carretera sin arcén donde hacía tres años descubrimos que yo esperaba un hijo suyo, paró un coche, bajó el cristal de la ventanilla y su hermana mayor le ordenó subir al auto y dejarse de dar el numerito, que ya estaba bien, que parecía mentira… y Jorge, por primera vez en su vida, mandó a su puta familia a tomar por culo y siguió caminando a mi lado. 

Se había casado, estaba en último año de carrera, trabajaba en el bufete del padre de su mujer y no había dejado de arrepentirse —ni un solo día— de su asquerosa vida. 
Mientras caminábamos, uno al lado del otro, como cuando fuimos novios un corto y caluroso verano, se hizo un silencio incómodo. Siempre acabábamos así, no entendía muy bien el por qué, pero mis conversaciones con Jorge degeneraban en silencios embarazosos, que tratábamos de solventar con frases manidas y estúpidas sobre el tiempo, mis vaqueros o su corte de pelo. 

De repente algo llamó mi atención. Había, a pocos metros de la carretera, un zapato. No sé muy bien por qué me resultó extraño. Me fui acercando extrañada de la forma ilógica de ese zapato en medio del campo, y conforme me iba aproximando, me di cuenta de que tenía un pie dentro y parte del tobillo que seguía hacía la pantorrilla, enterrado en el barro. Cuando me percaté de qué era lo que realmente estaba viendo grité y llamé a Jorge, que, espantado, dijo que teníamos que irnos. Le contesté que si estaba tonto, que teníamos que ir a la Guardia Civil y eché a correr. Él me siguió sin mucho afán. Llegamos al cuartelillo sin aliento y nos subieron al Jeep para que les indicásemos dónde estaban los restos que habíamos encontrado por casualidad. Hicieron una inspección ocular y nos mandaron a casa hasta que el juez levantase el cadáver, para tomarnos declaración, más tarde. 
Jorge se quedó en casa, ante la sorpresa de mi madre, que no sabía si llamarle de tú o de usted. Mi abuela tuvo el morro torcido todo el día. Mis hermanas se miraban con sorpresa, sin decir ni palabra y cuando mi madre le invitó a quedarse a comer le sorprendió —más si cabe— que aceptase. Ella se justificaba a cada momento por no tener una comida más rica, un mantel más nuevo o una vajilla más moderna, hasta que mi abuela le mandó callar y le dijo que parecía tonta. 

Después de comer apareció un número de la Guardia Civil que nos acompañó al cuartelillo, donde el inspector Vidal nos esperaba para tomarnos declaración. “Vaya, vaya” —dijo con una sonrisa amarillenta– “la parejita otra vez”. No estuvimos mucho tiempo, declaramos por separado y a mí me preguntó si por fin el padre se había hecho cargo de la criatura, le contesté que no estaba muy segura, que el padre de mi hijo era una persona absolutamente impredecible, pero que, en todo caso, yo era capaz de ser padre y madre a la vez, y no necesita a alguien que no era capaz de sacar la cara, no por mí, sino por su hijo, porque el niño era suyo, yo no tenía ninguna duda. Me dijo que la vida era muy dura y que me veía muy madura y muy mujer y que me merecía algo mejor que el “sinsustancia”. 
Jorge se tiró toda la tarde jugando con su hijo, que miraba atónito a todas partes preguntándose quién era ese señor que había aparecido, como de la nada, y a quién no había visto en su vida. 
A las ocho y media, mientras bañábamos —entre los dos— a Nachete, sonó el teléfono y dieron recado de que tenía que estar al día siguiente, a las doce de la mañana, en la casa de los López-Bravo para la lectura del testamento. Al cuarto de hora un coche paró en la puerta de casa y la hermana pequeña de Jorge preguntó por él. Su mujer estaba histérica y Álvaro y Aurora salieron a buscarle donde —imaginaban— había pasado todo el día. 

A la mañana siguiente me presenté en la casa con mi hijo. Fui recibida con una frialdad brutal por el mayordomo, que nos hizo pasar a un saloncito helado donde esperamos, solos, casi una hora. Nadie se acercó a informarme de nada, yo paseaba nerviosa, sin atreverme a salir al pasillo, mi hijo se había quedado dormido en su sillita, se oían pasos apresurados en el piso de arriba, murmullos en la escalera y sonidos de pisadas amortiguadas por la moqueta. Cuando llevaba una hora esperando salí del cuarto donde me habían recluido, con un mosqueo monumental y —preparada para montar el pollo de mi vida— grité, a pie de escalera, que para qué coño me habían llamado. El mayordomo apareció a mis espaldas rogándome que cuidase las formas en una casa donde se guardaba luto y le mandé a tomar por el puto culo. Entonces se abrió la doble puerta del despacho y don Mateo me invitó a pasar. 
Estaba toda la familia reunida, me explicaron muy amablemente que el notario se retrasaba y guardamos un incómodo silencio, roto por los sollozos de mi hijo, que se había despertado asustado con mis alaridos. 
Casi a las dos, apareció el notario de los cojones, disculpándose por el retraso y explicando que había pinchado y excusándose mil veces más. 
La mujer de Jorge no había dejado de dirigirme miradas asesinas. Era una tipa que aparentaba más de treinta años. Grandona, muy morena, vestida con un traje de chaqueta Chanel, zapatos de medio tacón (de salón los llamaba mi abuela) de señora mayor, collar y pendientes de perlas enormes y el pelo peinado de peluquería. Muy maquillada y con los brillos en frente, nariz y barbilla de las mujeres de piel mixta que no controlan la grasa de la cara. Me la imaginaba sin arreglar, recién levantada, con el pelo negro, negrísimo, pegadito a las sienes y coronilla, grasiento y maloliente, como el coño sin arreglar, con las ingles oscuras y los pelos calibre crin de yegua, sobresaliendo de las bragas de puntilla, uno de esos coños que olían, ese olor indescriptible de algunas mujeres que no era falta de higiene, sino algo glandular, esos coños tipo felpudo, que según Álvaro atraían a los garrulos como su hermano Mateo, que le decía a su novia que no se lavase después de las excursiones en moto y al que pillaron un día olfateando, junto al cesto de la ropa sucia del servicio, unas bragas de una de las criadas. 
No me pegaba nada para Jorge. Tal vez porque en el fondo, sentía unos celos terribles por no tener su categoría, su dinero, su posición y —sobre todo— a Jorge. 

Doña Cristina dejó por escrito la autoría de la paternidad de mi hijo, al que consideraba una parte más de la familia, hasta el punto que recibió parte de una herencia inesperada, que me convirtió en tutora legal, ya que yo tenía la patria potestad exclusiva, al no haber reconocido el padre al niño —que llevaba mis apellidos— y administradora de una fortuna que consistía en el tercio de libre disposición que la abuela había cedido a su nieto mayor, pero ponía como condición que fuese reconocido por el padre y llevase sus apellidos. 
Era todo un lío, yo me arrepentí de no haber ido con mi hermana, que se había ofrecido a hacerlo, pero —como siempre— pensaba que yo era capaz de afrontar eso sola, así que como no sabía qué coño hacer, si firmar el documento que ya estaba redactado, en el que —en nombre de mi hijo— rechazaba esa herencia a cambio de un pastizal. Me negué a hacerlo y me fui, irritada por no haber hecho caso a mi hermana. 
Cuando le enseñé la copia del documento sin firmar me dijo que había hecho bien y se puso en contacto con el abogado de la familia para intentar llegar a un acuerdo, que nunca llegó y estuvimos litigando años. 

El inspector Vidal nos dijo que estuviésemos a su disposición por si tenía que interrogarnos alguna vez más. El cadáver era de la niña desparecida en agosto en las ferias del pueblo de Maribel. Habían pasado más de tres años y debido a las lluvias había aflorado el cuerpo. Pero se decretó secreto de sumario y no supimos nada más. 

Era lo último que me faltaba. Me quedé todo el fin de semana en casa de mi madre y visité a don Ignacio un par de veces para contarle mis cuitas. 
Era la única persona capaz de comprender mi infierno interior. El único que era capaz de ponerse en mi piel —a pesar de ser un hombre— y entender mi angustia, mis ganas de no sabía muy bien qué, mi pena terrible por la muerte de una mujer a la que apenas había conocido, de mi amor por Jorge y mi encoñamiento con Álvaro. Me entendió perfectamente cuando le conté que Jorge me había propuesto dejar a su mujer e irse a vivir conmigo y reconocer a su hijo y darle sus putos apellidos. Me entendió perfectamente cuando le expliqué que le había preguntado que si no aceptaba su proposición, iba a dejar a su mujer de todos modos y —ante su silencio— le eché de mi casa y le grité que no era hijo suyo, sino de su hermano Álvaro y que lo hice, solo por el afán de herirle, de hacerle daño, de causarle el mayor sufrimiento posible, porque en ese instante le odié, le odié tanto que no pude soportar haberle amado con toda mi alma. 
Y rompí a llorar y don Ignacio Urrutia, por primera y última vez en su vida, me abrazó y ese abrazo casto, del más puro y limpio afecto, fue visto por Generosa, que en ese momento entraba en el despacho parroquial, sin llamar, y se quedó de piedra cuando nos vio. 

Y ahí comenzaron, en un tres-dos-uno, los rumores de que Nachete era hijo del cura.

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