miércoles, 24 de abril de 2019

Críspula

Nunca supimos de qué murió mi abuela. Era muy vieja y su deterioro era cada vez más evidente. Se estaba quedando ciega y lo asumió como algo inherente al paso del tiempo, no le dio demasiada importancia y consiguió vivir con ello y engañarnos a todos. Nunca dijo que no veía. Notábamos que nos tocaba mientras hablaba, que iba andando palpando las paredes y con un brazo en alto, lo que provocaba las risas de los niños que decían que se había vuelto falangista y ella les llamaba mocosos irrespetuosos y tiraba zapatillas al aire, pero ya sin la fuerza de los años en los que mis hermanas y yo las esquivábamos por chiripa. Achacábamos todas esas goteras a los estragos de la edad, pero mi abuela se moría, ella lo sabía y no dijo nada. 


Un sábado de mayo, la víspera del día de la madre, me levanté y no escuché el cacharreo habitual en la cocina. Críspula siempre madrugaba y lo primero que hacía, toda la vida fue así, era poner la cafetera al fuego. Esa mañana no olía a café recién hecho ni a pan tostado. Extrañada me asomé al patio y vi que el fantasma de mi abuelo Ángel había vuelto y esperaba sentado debajo de la higuera. Esta vez no modelaba madera con su navajita. Estaba repeinado, como los niños cuando salen de casa hacia la escuela, se apoyaba en un bastón de madera de fresno que él había tallado con las caritas de todos los niños de la familia y había envejecido –de pronto– todos los años del mundo. Ahora ya sí tenía la edad que hubiese tenido si no le hubiesen fusilado al alba, un mes de febrero del año 38. Me acerqué hacia él y le besé en la mejilla, fría como una madrugada. Me dijo que venía a buscar a mi abuela, que se marchaban y no pude reprimir las lágrimas. Me besó en la frente, susurró que era igualita que ella y comenzó a caminar, despacito, con andares de viejo, apoyado en el bastón, hacia la casa. Y conforme se alejaba iba dejando una estela azulada, como el polvo de hadas de los cuentos que nos contaba mi madre. Y me senté bajo la higuera a llorar. 

Cuando se levantó mi madre y vio que Críspula no andaba trajinando pensó que se le habían pegado las sábanas. Se asomó a su cuarto diciendo que ya habían pasado las burras de leche y le llamó perezosa. Mi abuela murmuró, sin apenas mover los labios, que no se iba a levantar, que preparase el vestido de la boda de Marianito y los zapatos de charol, que se iba a morir. 

Críspula dejó por escrito sus últimas voluntades. Y una de ellas fue que no la enterrasen. Pidió ser incinerada y que sus cenizas se esparciesen en la cuneta donde fue fusilado su primer marido, porque ella nunca pudo llevarle flores o llorar al pie de su tumba como las otras viudas. A mi abuelo Ángel le fusilaron al amanecer contra la tapia del cementerio y nunca se supo qué hicieron con su cuerpo, seguramente enterrado deprisa y mal, en alguna cuneta cercana. Los nacionales se quejaban, muerto Franco, de que a los rojos les había dado ahora por enterrar a sus muertos, como si fuesen católicos, apostólicos y romanos, que qué manía les había entrado, si, total, eran ateos, qué más les daba dónde se pudriesen los cuerpos de sus familiares. Y eso era algo que a mi abuela le hacía hervir la sangre, que ya era –de por sí– caliente. Tuvo unos años muy reivindicativos, de echarse a la calle, de recoger firmas y de tratar de dar un entierro digno a los rojos fusilados y olvidados en cunetas. Pero lo único que consiguió fue soliviantarse y ser acusada de querer sacarse unas perrillas a costa de su marido muerto. 
Así que el cuerpo de mi abuela fue incinerado y las cenizas esparcidas en el campito contiguo al cementerio, donde se alzaban unos pisos de una urbanización desierta, construida por mi hermano que fue el inicio de su ruina. 

Críspula había organizado su sepelio unos meses antes del fallecimiento. Por alguna razón que nadie supo nunca, ella adivinó el día exacto de su muerte y lo dejó todo “atado y bien atado”. 
Organizó cómo y en qué sitio exacto debían ser arrojadas sus cenizas, quién debía hacerlo –por alguna razón que nunca supe, fui yo– y las palabras que mi hermana mayor tuvo que leer. A trompicones y muy emocionada Ángela recitó lo siguiente: 

Se le vio, caminando entre fusiles, 
por una calle larga, 
salir al campo frío, 
aún con estrellas de la madrugada. 
Mataron a Federico 
cuando la luz asomaba. 
El pelotón de verdugos 
no osó mirarle la cara. 
Todos cerraron los ojos; 
rezaron: ¡ni Dios te salva! 
Muerto cayó Federico 
—sangre en la frente y plomo en las entrañas— 
... Que fue en Granada el crimen 
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada. 

Y después nos dirigimos, en un silencio extraño, mirando al suelo y con la sensación de habernos dejado algo olvidado, al bar de mis cuñados, donde mi abuela había dejado todo pagado para que comiésemos y brindásemos, según sus propias palabras, “por la Tercera República”. 

Había acudido muy poca gente del pueblo, ya que mi abuela se había granjeado auténticos odios, capitaneados por la panadera y la sacristana, que no podían soportar que la película basada en su vida fuese premiada con un Oscar, que saliese en la tele, en periódicos y revistas y que las murmuraciones y chismorreos le resbalasen como la lluvia. 
Aunque no hubo ceremonia religiosa, don Ignacio estuvo apoyándonos con su incondicional presencia, así como Manolita y su familia, aunque su hijo, el nuevo alcalde, no acudió como tal, sino como amigo. 
Frankie llegó de Madrid, acompañado de Jimena, Alejandra y Elena Ayllón. Esta última muy desmejorada y con un pañuelo en la cabeza porque le estaban dando quimioterapia. 
Cuando Elena me dio el pésame no pude evitar abrazarla. Era una mujer menuda y bajita. Muy guapa, a pesar de estar –ahora– en el chásis, pálida y ojerosa. Sentí lo mismo que cuando de pequeña cogía un pajarito, un temblor casi imperceptible, esa sensación de que si apretaba un poco, podría quebrar sus huesos frágiles y pequeños, una ternura maternal extraña, ya que yo era más joven que ella, pero, eso sí, mucho más grande y pesada. 
La conocía de coincidir en el Strawberry Fields. Jimena y ella eran amigas íntimas. Y de la tarde que vinieron a mi casa para recabar información de María “la Puñales”. 

Elena tenía dos hijos, el mayor un adolescente muy problemático y el pequeño un niño encantador con Síndrome de Down. Se había divorciado de un gilipollas que le ponía los cuernos con una ex azafata de Tele5, de las que salían en su tiempo haciendo de Mama Chicho. Un auténtico cabronazo, que intentó sacarle la pasta durante el divorcio, retransmitido en vivo y en directo en las páginas de la prensa del corazón, de las que yo era adicta. 
Jimena nunca se había casado con su pareja, un sueco guapísimo que había muerto en accidente de coche cuando la hija de ambos era un bebé de pocos meses. Michelle era una preciosidad. Había venido con su madre, así como el niño pequeño de Elena, Juanito, y ambos, por no se qué extraña razón, porque no me gustan los niños, no se separaron de mí. Eran dos críos encantadores. La niña muy tímida, y Juanito un auténtico torbellino que no paró hasta que –después de haber averiguado que yo era cantante– consiguió que sacase mi guitarra y les dedicase una canción. Canté “Michelle” y la niña, abriendo mucho los ojos corrió a abrazar a su madre, mientras Juanito daba saltitos y palmaditas en silencio, sin acordarse de que se estaba haciendo pis y acabó mojando sus pantalones. 

Recordé la tarde que aparecieron por casa. Acababa de morir el padre de Jimena y la madrastra les confesó que él había juzgado a María “La Puñales” y que muchos años después, había sido su cliente, porque la gitana se había convertido en una de las putas más solicitadas del pijerío madrileño. Querían más información a través de mi madre y aparecieron Frankie, Jimena y Elena en casa. 
Por aquella época yo sentía muchos celos de casi todas las mujeres. Especialmente de las niñatas como ellas, que se habían encontrado con todo resuelto en la vida. Niñas de “familia” a las que odiaba porque en el fondo, muy en el fondo, tanto que no era capaz de verbalizarlo, yo hubiese querido ser una de ellas. 

Cuando se fueron hice un comentario cargado de maldad y mi abuela me contestó que no me equivocase, que ninguna de las dos había tenido una vida fácil, que tenían dinero, pero nada más, para empezar ambas se habían quedado huérfanas de madre siendo niñas y ninguna de ellas había tenido una familia que las amparase como la mía lo había hecho conmigo. Me conminó a utilizar el cerebro y no formar parte del “contubernio francomachista” como ella lo llamaba, que consistía fundamentalmente en dividirnos para que compitiésemos entre nosotras, a ser nuestras propias enemigas, a que buscásemos –por inercia– la que nos podría hacer sombra por ser más guapa, más alta y más elegante. A ver como rivales a las mujeres libres, independientes y que caminaban solas por la calle. A alegrarnos cuando se las rapó y paseó de manera abominable, como ejemplo y escarnio. Que aprendiese de las mujeres de Vega de Tajo, de Manolita que a pesar de ser vencedora, cristiana y la mujer del alcalde, tras la guerra no consintió nada de eso en su pueblo. 
“No entres en ese juego sucio, Anita, debemos ser la Resistencia, ahora podemos ser libres, hemos dejado atrás tiempos terribles y no debemos consentir que se repitan.” 

Intenté grabarme a fuego las palabras llenas de sabiduría de mi abuela. Pero no podía evitar la punzada de celos que sometía a fuerza de repetirme, una y otra vez, que yo era mejor que ellas, cuando una Maricris cualquiera se cruzaba en mi camino. 



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