viernes, 26 de abril de 2019

Chelo Vidal

El inspector Vidal aparecía algunas tardes paseando por Vega. Se acababa de jubilar y no podía perdonarse no haber conseguido resolver el crimen de Manoli. 

Como no tenían hilo del que tirar, nos dijeron que los casos no estaban relacionados. Además de Manoli había dos niñas más que habían sido asesinadas. 

El segundo cadáver era de Rosa Mari, una adolescente que vivía en Ocaña y que estudiaba en el instituto conmigo. La conocía de habernos cruzado alguna vez por las escaleras entre clase y clase. Ella tenía catorce años cuando la mataron y yo diecisiete. Tenía cierto parecido con Manoli, era menuda, de pelo rizado. Y el azar hizo que Jorge y yo encontrásemos el cadáver tras el entierro de doña Cristina. Algo que aún me causa pesadillas. No puedo borrar de mi cabeza la imagen del pie sobresaliendo del barro, y el zapato de tacón que Rosa Mari, seguramente, estrenaba el día de las fiestas. No puedo evitar imaginarme a la niña arreglándose en casa de alguna amiga, robando la barra de labios de su madre, ensayando peinados y probando sombras de ojos. Me perturba suponer cómo fueron sus últimos momentos, porque en las noticias no ahorraron detalles sobre su muerte, los locutores de los telediarios enumeraban los “signos evidentes de agresión sexual, abrasiones en la zona interna de los muslos, distorsión de miembros, zonas del cuero cabelludo arrancadas…”, todo sin inmutarse, sin sentir el escalofrío que recorría nuestras espaldas al escuchar la forma salvaje en la que Rosa Mari había encontrado la muerte a la vuelta de la esquina de su casa. 

La última niña era de Noblejas y se llamaba María Jesús, pero todos la llamaban Chus. También había desaparecido en ferias y su cadáver estuvo enterrado casi cinco años. Como el de Rosa Mari, apareció por casualidad al excavar la tierra, cuando se preparaban los cimientos de unas casas que construía mi hermano Pedrito. Pedro, le llamaban ahora, porque era rico. 

El inspector Vidal, en contra de las teorías de sus superiores, estaba convencido de que en los tres casos el asesino era el mismo. Y el día que se jubilaba, cuando apareció el cadáver de la niña de Noblejas enterrado en las afueras de Vega, aulló en la Jefatura Superior de Policía y le gritó a su jefe que el asesino era el mismo y que llevaban lustros perdiendo un tiempo precioso, tanto, que el crimen de Manoli ya había prescrito. 

En el año 91 el inspector Vidal era comisario, pero nosotros le seguíamos llamando inspector. Se llamaba Alberto, pero solamente lo sabíamos Marishka y yo. Pasaba muchos domingos en mi pueblo. Iba a misa, se quedaba a comer, paseaba y charlaba con quien se le pusiera a tiro. A última hora de la tarde, antes de volver a Madrid no dejaba de visitar a Marishka. Habían hecho muy buenas migas y decían las malas lenguas que estaban liados, pero no era cierto. El comisario le había solucionado el problema de su documentación muchos años antes y ella le guardaba agradecimiento, simpatía y mucho respeto. Gracias a la información que ella aportó dieron con la trama de trata de blancas rusa y detuvieron a los proxenetas. Desde entonces eran grandes amigos y se admiraban mutuamente. 
Él sabía que a la rusa no se le escapaba ni media y le tiraba de la lengua acerca de los parroquianos, mientras hacían apuestas sobre quién era o podría ser el asesino de las niñas. Marishka decía que estaba convencida de que era algún feriante, pero el comisario no lo tenía tan claro. El que las adolescentes siempre desapareciesen en fiestas parecía el guión de una novela negra barata, pero era muy significativo que los cuerpos de las tres hubiesen aparecido en Vega. 

–Es alguien del pueblo. Estoy convencido. Habría que hacer una prueba de ADN masiva y seguro que lo encontrábamos. Menudo descubrimiento. Si hubiésemos tenido eso en mis tiempos… 
–No gente de aquí. Asesino nunca haría eso, sería tonto traer cuerpo y cavar hoyos. Es un hombre de feria. Hombres de feria van, vienen, es difícil cazar hombre de feria. 
–Que no, que si fuese un feriante se ampliaría el círculo de agresiones. No ha habido ninguna en el espacio de tiempo de las de las tres niñas. Yo creo que habría que hacer una prueba de ADN a todos los hombres. 
–¿Y por qué no habéis hecho ya?– preguntó Marishka mientras secaba vasos y no le quitaba ojo a Pascual que se tambaleaba en su taburete. 
–Porque es algo nuevo, antes no se conocía. Y como si fuese tan fácil… En primer lugar tiene que aprobarlo el juez y las muestras se tienen que obtener con el consentimiento de la persona a quien se las vamos a tomar, no es tan sencillo… 
–Que sea voluntario. 
–¿Cómo? ¿Publicamos un bando? Anda que la rusa… 
–Tú habla cura. Cura convence a la gente. 

Nunca antes lo había pensado. Quizás esa podría ser la única manera de poner luz en el terrible misterio que envolvía los crímenes. 
El comisario sonrió, apuró la copa y le dijo a Marishka que qué coño hacía pudriéndose en el culo del mundo, con lo que valía. Y se fue a su casa a darle una vuelta a la idea y llamar a la mañana siguiente a su hija Chelo, que ahora era la comisaria que ocupaba su puesto. 

Consuelo Vidal se había criado sin madre, que murió al poco de nacer su hermano pequeño. Su tía la soltera se hizo cargo de la casa y vivió el resto de su vida ocupándose de sus sobrinos como si fuesen hijos propios. A Chelo, como la llamaba su familia, siempre le gustaron los uniformes, las pistolas y jugar a policías y ladrones. Y cuando acabó el bachiller se presentó a las oposiciones a la escala básica de Policía Nacional. 
Chelo era una mujer brillante y fue ascendiendo por méritos propios y, también, porque su padre estaba muy considerado en el cuerpo. Y cuando se jubiló, propuso a su hija para su puesto. Quería seguir investigando sobre los crímenes de las tres niñas y con su hija al mando de la investigación lo iba a tener más fácil. 

Cuando le contó la idea de Marishka Chelo no pudo evitar sonreír. Su padre seguía erre que erre con el dichoso caso y ella no dejaba de arrepentirse de haber accedido al ascenso aún a sabiendas de que era obra de su padre. Sabía de sobra que él se había empeñado en que ocupase su puesto para tener información de primera mano sobre las nuevas investigaciones, que en realidad no eran muchas, porque el caso de las tres niñas de Toledo parecía que no le importaba a nadie. 
Sabía que ningún juez iba a autorizar una prueba masiva de ADN y más aún cuando el primer caso ya había prescrito, pero para que su padre estuviese entretenido y no le diese el coñazo, le contestó que vería qué podía hacer y le dio largas. 

Yo había escuchado más de una vez las conversaciones entre Marishka y el comisario y, como él, también estaba convencida de que el asesino era el mismo y vivía entre nosotros. Es más, a veces un pensamiento recurrente aparecía en mi mente, como una descarga, un relámpago que duraba milésimas de segundo y que yo intentaba obviar, pero cuanto más hablaba con la rusa, más volvía a mí esa imagen, que no era otra que la de Jorge maltratándome. 
Los domingos por la tarde, cuando hacía bueno, solía dar un paseo antes de volver a Madrid y me asomaba por el Moon para tomar una cerveza y charlar un rato con Marishka. Muchas veces coincidía con el comisario, pero cuando yo aparecía cambiaban de conversación y me hacían sentir fuera de lugar. 

Ese domingo, cuando Alberto Vidal salió por la puerta me acerqué a la rusa y le pregunté que porqué siempre andaban con lo mismo. Ella se encogió de hombros y dijo distraídamente, con esa forma tan peculiar de hablar, que “hombres jubilados se aburren y hombres aburridos van a bares y beben, si hablan beben más y yo gano más”. Le dije que iba a ser la más rica del cementerio y nos echamos a reír y comenzamos a recordar los buenos tiempos cuando ella comenzaba a trabajar con mis cuñados y tenía a todo el pueblo loquito por sus huesos, y entre recuerdos y sonrisas le pregunté si se acordaba del día de las fiestas que yo canté. Sacó una botella del congelador, puso dos chupitos, brindamos y mirando al techo dijo un “si” larguísimo. 

–Tú quieres saber porqué dije frase enigmática. 
–No he dejado de pensar en eso todos estos años. 

Me refería al “hombre no gusta mujeres” que Marishka me susurró cuando Jorge y yo salíamos del bar. 

–No era nada de maricas. 
–Pues hija, es lo primero que pensé –me tomé el chupito del tirón y dejé el vasito en la barra, dando un golpe, como hacía siempre ella–. Y marica yo creo que no. Un hijo de la grandísima puta, pero marica, no, creo… 
–Jorge es hombre malo. Trata mal a mujeres. Yo lo vi muchos días, muchas noches. No quiere mujeres. Yo conocí hombres así. Odio hombres así. 
–¿Y tú crees…? 
–¿Asesino? 

Marishka nunca se andaba por las ramas. Yo le quería preguntar eso mismo, porque era algo a lo que no dejaba de darle vueltas, pero escucharlo en labios de otra persona me produjo escalofríos y no supe qué contestar. 

–Asesino feriante. Seguro. Jorge niño de papá, nunca se mancharía manos con sangre, ni con tierra. No. Jorge no. Seguro. 

La rusa no era simpática y su forma de hablar no ayudaba. Sin embargo, a su lado me sentía arropada, como cuando llegaba a casa los viernes cuando vivía con Jorge y sentía el calor de mi familia, de mi abuela, con la que no me unía absolutamente nada, con la que no tenía la más mínima afinidad y, sin embargo, echaba tanto de menos desde que ya no estaba con nosotros. 

Marishka puso dos chupitos más y brindamos por nosotras, que éramos unas desgraciadas perdidas en el culo del mundo. 



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