viernes, 19 de abril de 2019

Aurora

Una tarde, cuando salía del despacho, me encontré por casualidad con la hermana pequeña de Jorge, que se alegró al verme de forma excesiva. Y me extrañó. Mucho… 

Aurora era un año más joven que yo. Sus hermanos la trataban como a una niña pequeña, algo que me resultaba chocante, porque no había tanta diferencia de edad entre ellos. Pero según Jorge, era porque Aurora era un poco “retrasadita”. 
Siempre había congeniado con Alba, que era del 65, como yo, pero tras mi convivencia con el hermano se hizo un oscuro y espeso silencio. Ni Álvaro, ni ella volvieron a llamarme. Lo de Álvaro era comprensible, porque nuestra relación era exclusivamente sexual, pero lo de Alba no lo comprendí hasta esa tarde que me tomé un café con la hermana pequeña, que no era deficiente mental, ni por asomo. 
Fuimos a un pub que estaba en la misma esquina del despacho. Era el típico del centro donde se podía desayunar, comer y por las tardes, después del horario de oficina, tomarse una cerveza o una copa tempranera. A última hora estaba lleno de tíos que remoloneaban antes de ir a casa, no fuese que les tocase ocuparse de la cena o bañar niños. Me ponían enferma cuando hablaban de “la parienta” en plan despectivo, todas eran unas histéricas porque no daban abasto con la casa, el trabajo y los niños, mientras ellos, con sus camisitas planchadas, sus corbatitas de Hermés a juego con los calcetines y sus trajes de Hugo Boss con la raya del pantalón impecable, tomaban copitas antes de llegar a casa y encontrarse a los niños a punto de meterse en la cama con los deberes hechos y la cena preparada. “Yo es que no sé de qué se queja la tía, si tiene una panchita que viene a limpiar los martes y los jueves…” 
Algo estábamos haciendo mal, muy, muy mal... y en eso me tenía que incluir. Ahora, con la lejanía de los dos meses de separación me daba cuenta de lo gilipollas que había sido con Jorge. Yo, que me las daba de moderna y liberada, corría a casa después de tirarme algunos días más de diez horas en la oficina para ponerle la cena y tender la ropa que llevaba en la lavadora desde las siete de la mañana, con un diez por ciento de cosas mías. Él apenas salía de casa pero se cambiaba varias veces al día. Yo era la que ponía la lavadora antes de salir escopetada mientras él se quedaba en la cama; porque no era capaz de hacer nada con la excusa de que era mi casa y no quería inmiscuirse. Si le encargaba algo, algo sencillo, como que pusiera dos patatas a hervir y un huevo, para hacer una ensalada, me encontraba que, o no se había acordado o –aún peor– la olla requemada, esperando mi llegada en la pila, porque se le había olvidado que lo tenía en el fuego. 
Jorge decía que trabajaba en el turno de oficio, pero se tiraba horas sentado en el sofá y no era capaz ni de abrir la puerta si llamaba el cartero para dejar algún certificado, no hacía la cama, no limpiaba, no aportaba. Nada de nada. Y yo, no fuese que la tuviésemos, callaba y hacía todo, cada día más harta, más irritada, con una mala hostia que me producía taquicardias, pero que no era capaz de verbalizar con nadie y menos con él. Porque en el fondo le tenía miedo. Y muchos años después, cuando se lo contaba a alguien, ponían cara de asombro, incluso se dibujaba alguna sonrisa de incredulidad, porque yo, una mujerona de armas tomar, no daba el perfil de mujer maltratada, además, ¿pero te llegó a pegar alguna vez?, pues no, nunca llegó a las manos, fue mucho más sutil que todo eso, porque se vistió con un halo de hombre encantador, lo parecía de puertas afuera, fingía que bebía los vientos por mi, pero cuando estábamos solos tenía unos cambios de humor inexplicables que siempre, por hache o por be, eran culpa mía. 
Y si que era culpa mía, por no pararle los pies, por no ponerle las cosas claritas, por haber consentido vivir ese tiempo alejada de mi hijo, en el fondo para intentar protegerle de su propio padre, culpa mía haber sido tonta, que es que eres tonta, hija… tonta, retonta, más que tonta, tonta del culo… 

Aurora y yo nos sentamos en una esquina, intentando que no nos molestase nadie, aún así dos pipiolos trajeados nos pagaron las consumiciones para intentar arrimarse a nuestra mesa. Cuando el camarero se acercó para anunciar pomposamente que “las señoritas están invitadas por los caballeros de la barra” yo le contesté que ni éramos señoritas ni los de la barra caballeros y que hiciese el favor de devolverle el importe de las consumiciones a los pollos aspirantes a yupppies, que podríamos ser sus madres y limpiarles los mocos. 
Comentaron entre ellos, entre risitas y en voz alta, que debíamos ser bolleras y no volvieron a molestar. 
Entonces Aurora me contó que estuvo varias veces a punto de llamarme durante mi relación con su hermano, pero que se lo pensó dos veces, porque no estaba muy segura de si debía inmiscuirse en vidas ajenas y creía que igual yo me lo tomaba a mal, porque parecía muy enamorada de Jorge. 
El día que salí de su casa para no volver más se alegró. Pero, al contario que Maricris, no por perderme de vista, sino porque pensaba que su hermano no nos hacía ningún bien ni a mi –y sobre todo– a su hijo, que vivía en un constante sobresalto cuando su padre estaba a su lado. Y ella adoraba a su sobrino, al que más, porque era un niño triste, que le recordaba a ella de pequeña. 
Me contó todas las perrerías que le hacía Jorge cuando eran chavales. Al principio le interrumpí varias veces, alegando que eran cosas de niños. Pero según iba narrando me di cuenta de que no eran chiquilladas sino actos de un psicópata en ciernes. 
Ella tenía apenas cinco años y su hermano ocho cuando, mientras jugaba bajo uno de los árboles próximos a la piscina, el sauce llorón que su abuela había plantado cuando nació su padre, Jorge pegaba tiros con una carabina de balines que le había cogido a Mateo sin permiso y que tenía absolutamente prohibido utilizar. Los demás hermanos se bañaban, a pocos pasos de donde estaban ellos y ninguno se dio cuenta de que Jorge tenía la escopeta. 
La piscina de la casa estaba en la parte trasera. Se construyó a instancias de doña Cristina, que pensó que sería estupendo que los niños pasaran parte del verano en la finca y la única manera de que no desertasen en la pubertad era la construcción de aquella piscina hermosa, grande y única en varios kilómetros a la redonda. Y eligió ese sitio porque su suegra había plantado un sauce cuando nació don Mateo y ella, que pensó que era una idea maravillosa, hizo lo mismo cada vez que nacía un niño López-Bravo, y la trasera de la casa, con la piscina y un porche espectacular lleno de plantas y sofás con muchos cojines, se convirtió en un lugar de juegos de niños, de fiestas de adolescentes y de reuniones de adultos. 

De repente se escuchó el ruido seco e inconfundible del disparo de la escopeta de aire comprimido. Los hermanos dejaron de jugar y dirigieron sus miradas hacia donde había sonado el tiro. Hubo unos segundos del silencio más absoluto. Y mientras Jorge ponía pies en polvorosa, perseguido por Mateo y Arturo, un pajarito ensangrentado caía –rebotando primero en su cabeza– encima de los cacharritos con los que jugaba, moribundo y dando espasmos, mientras que la niña, tras unos momentos de estupor, aullaba pidiendo auxilio. 
Alba y Maricris la cogieron en brazos y la metieron en casa, mientras la madre, que siempre estaba en la inopia, preguntaba, sin alterar ni la voz, ni la posición, recostada en el porche con un libro en las manos, qué diablos ocurría que si no podía leer ni cinco minutos en paz. 
Jorge se llevó una bronca por parte de su padre, varios puñetazos de sus hermanos y un vasito de zumo de naranja con leche que le subió la tata a su habitación porque el niño se había metido en la cama presa del disgusto. Le contó a su madre que había sido sin querer, que había sido un accidente, que él se había asustado más que su hermana, que sentía en el alma haber matado un pajarito indefenso y la madre, como siempre, le creyó. Ni siquiera se molestó en limpiar a Aurora la cabecita llena de sangre, lo hicieron los hermanos, la abrazaron y le dieron el consuelo que tenía que haber llegado de algún adulto, pero en esa casa ella era el último mono y, a excepción de sus hermanos, que la arropaban como si fuese un bebé, nadie, ni el abuelo, ni el padre, ni los criados, y su madre menos aún, reparaban en que la niña vivía atormentada por el hermano mayor. 
Esa noche, al meterse en la cama, distinguió un olor raro bajo la almohada, y cuando la levantó se encontró con el cadáver del pájaro. Le dio un ataque de histeria y tuvieron que llamar al médico porque le subió la fiebre del sofocón. 

Aurora apartó de mi, para siempre, el ideal de “madre modélica y resignada” que yo tenía de doña Cristina. Le conté que conmigo siempre se había portado muy bien y me contestó que era porque yo la había hecho abuela por primera vez, de su hijo favorito, del único que parecía importarle, el niñito mimado que se acurrucaba en el sofá con ella mientras leía o hacía ganchillo. Ella sabía que era un niño especial, débil y que necesitaba más cariño que los otros y hasta ahí Aurora habría sido capaz de comprender un poquito de mimo de más de su madre, pero lo que no lograba soportar era que el resto de los hermanos fuesen como un cero a la izquierda. Nunca fue capaz de acercase a la cama de ninguno de ellos a besarlos por la noche, a excepción de Jorge, al que despedía con mimos, para envidia y rencor del resto, que la tomaron con el hermano, lo que provocó una relación tensa y odiosa, que no solamente se prolongó a lo largo de su infancia, sino que desembocó en auténtico odio en la edad adulta. 

El abuelo, que si, sería muy bestia, pero que veía lo que pasaba mejor que cualquiera, decidió que había que quitar al niño de en medio. Tras las fiebres reumáticas, que fueron puro gozo para Jorge, arropadito en el sofá, leyendo junto a la madre, centro de todo tipo de atenciones de Aurelia, don Ataúlfo –tras una conversación esclarecedora con su hijo– buscó un internado en Suiza para el niño, a ver si le espabilaban de una puta vez, porque al crío le estaba amariconando la madre, que si, que era una mujer excepcional, madre abnegada y esposa resignada –que por otra parte es como debía de ser– pero tenía ese pequeño defecto, y es que no sabía disimular que Jorge era su ojito derecho. 

Y los años que Jorge estuvo en Lausana, en un colegio prestigioso a pie del lago Leman, doña Cristina dejó de hablar en casa. Nunca les perdonó la decisión de enviar a su hijo querido lejos de ella, y lo extendió al resto de sus hijos, a los que ya, definitivamente, ignoró para siempre. 
No solo no hablaba, sino que dispuso un plan feroz de ahorro, nadie nunca supo porqué ni para qué, y comenzó a escatimar no solo caprichos y antojos inútiles, sino que hubo un momento en que, si no llega a ser por las quejas de la cocinera al abuelo, hubiesen estado comiendo sopa aguada y traseros de pollo guisado de por vida. Todos pensaron que fue una forma de castigarles por lo que pudiese estar sufriendo Jorge, y contribuyó definitivamente al odio entre hermanos. 
Volvió a hablar cuando Jorge regresó a casa por fin, excelentemente preparado para ir a la universidad, pero muy triste y flaco. Ese verano todo fueron mimos y regalos y al año siguiente, el primero en la Facultad de Derecho, Jorge desapareció durante las fiestas de Navidad y no dio señales de vida hasta la víspera de Reyes. 
Nunca supieron qué hizo, donde estuvo ni con quién. Retiraron la denuncia que habían interpuesto y nadie fue capaz de sonsacarle. 

Jorge era un ser taciturno y solitario, no se le conocían amigos y sus hermanos le habían dejado por imposible, aunque nunca dejaron de vigilarle para que no martirizase a su hermana. 
Aurora, en el fondo, sentía lástima, porque al fin y al cabo eran familia y algunas veces intentó un acercamiento inútil. Y lo único que consiguió fueron burlas y algún que otro pescozón disimulado. Jorge la odiaba. No sabía porqué, pero era así y lo tenía asumido, su hermano era un grano en el culo que tenían que sufrir todos los hermanos, porque para ellos la familia era lo más importante, eran una piña a pesar de ser tan distintos y de tener ideas tan diferentes. 
Me despedí de ella con dos besos y con la promesa de comer otro día juntas y conocer a su pareja, un escritor quince años mayor que ella, súper interesante, según sus propias palabras. 

De camino a casa, completamente descolocada por mi conversación con Aurora, reparé en que Jorge tenía la extraña costumbre de desaparecer durante días. De hecho, en el tiempo que vivimos juntos lo hizo un par de veces y nunca quiso hablar sobre el tema, por más que yo intenté sonsacarle, creyendo que se veía con otra mujer. Aurora me dijo –cuando se lo comenté–que no creía que fuese ese el motivo, pero que desde luego su hermano hacía cosas muy raras e inexplicables y que se compadecía de la mujer que lo tuviese a su lado, porque vaya tela aguantar a su hermanito.

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