sábado, 27 de abril de 2019

Angelita

Al morir mi abuela mi madre entró en depresión. 
Jamás había desfallecido, siempre estaba de buen humor, sonriente y dispuesta a hacer cualquier favor a quien pasara por la puerta de mi casa. Todo el mundo la quería, incluso las dos cotillas del pueblo, que hablaban pestes de Críspula, pero que en lo referente a su hija nunca dijeron nada malo. Porque nadie podía murmurar de Angelita “La Rápida”, la mujer que andaba dando saltitos, sin pararse a hablar para que nadie le preguntase porqué tenía la cara marcada, los brazos con moratones de los dedos de su marido, las espinillas con mataduras de sus patadas… La mujer a la que jamás, nadie escuchó una mala palabra, la que se tiró todos los años del mundo recluida en la cárcel por un crimen que no había cometido, la que dejó un grato recuerdo en presas y carceleras, la que cosió con amor un vestido de seda rojo para que pudiese ejercer de puta su amiga María “La Puñales”, la gitana asesina más famosa de los sesenta, la que mató con sus propias manos a tres payos para vengar el crimen de su amado, el padre del hijo que nunca llegó a nacer… 
Mi madre querida, dejó de bajar al gabinete de costura y se metió en la cama sin ganas de hacer nada, no quería comer, no quería vestirse, no quería salir de su cuarto que permanecía a oscuras, con las cortinas corridas durante días y días. No quería vivir… 
Nos preocupamos muchísimo. No sabíamos qué hacer porque ni siquiera don Ignacio era capaz de levantarle el ánimo, y eso que lo intentaba, porque no dejó de visitarla ni un solo día, por la mañana y por la tarde. 
Manolita, que también acudía a diario para interesarse por ella, recurrió a un amigo de uno de sus hijos, un psiquiatra de renombre que nos confirmó lo que ya sabíamos, que mi madre tenía una depresión de caballo y que eso solamente se curaba con una medicación que Angelita se negaba a tomar. Si mi abuela lo hubiese oído seguramente habría rezongado que tanto estudiar para esto… 
Así que nos compinchamos para ocultar las medicinas en calditos y purés que le subíamos a su habitación y obligábamos a tomar. Y ella lo hacía porque si no, no nos despegábamos de la cabecera de su cama y lo que quería era quedarse sola para llorar, porque era lo único que le apetecía, llorar y llorar. 
Yo pedí dos meses sin sueldo y mi jefe accedió a desgana porque le prometí que a la vuelta trabajaría diez horas. Reuní a mis hermanos y les dije que yo me hacía cargo de mi madre. Se lo debía y era lo menos que podía hacer por ella. Conseguí, todavía no sé cómo, que se subiese al coche y nos fuimos las dos a la playa. 

Angelita no había viajado jamás. Mientras recorríamos carreteras vacías, dejábamos atrás gasolineras destartaladas y pueblos polvorientos, reparé en que el trayecto más largo que había hecho en su vida había sido el de Vega a Madrid. Mi madre había nacido en la casa de sus abuelos, en General Ricardos y de allí fue a vivir a Vega, volvieron a Madrid durante la guerra y otra vez de vuelta al pueblo, para ir a servir a Urda. Se casó con mi padre en Toledo, hasta que –tras el juicio por su asesinato– la llevaron en el furgón de la Guardia Civil a la cárcel de Yeserías, donde pasó gran parte de su triste existencia. 
Nunca se quejó de lo que le había deparado la vida. Al contrario, como mis hermanas gemelas, se adaptaba a lo que fuese y era feliz con muy poco. Como todas las mujeres que habían vivido la guerra civil y la terrible posguerra, se contentaba con tener algo que poner a la mesa y poco más… su frase preferida era “si mis hijos están bien yo soy feliz”. Recordé el día que en la cocina se confesó y nos dijo que tras el infierno junto a mi padre su estancia en la cárcel le hubiese parecido lo más cercano a la felicidad, si no hubiese sido porque no estaba junto a sus otros hijos. Y sucumbí de congoja. 

Llegamos a un pueblecito de playa de la Costa Brava. Había alquilado una habitación a una payesa que vendía verdura en el mercado de Blanes y que conocí un verano que fui con Jorge. La casa, dos plantas de una construcción de piedra, con habitaciones en el piso superior que alquilaban en verano, estaba en el centro del pueblo, lejos de las urbanizaciones para turistas, y el primer día mi madre no quiso ir a la playa porque me confesó que le daba miedo y que se sentía ridícula en bañador. Accedió a dar un paseo y cenar cualquier cosa en algún sitio abierto, porque estábamos a finales de octubre y los turistas se habían marchado. 
Poco a poco se fue animando y al tercer día conseguí que se pusiera el traje de baño y bajamos a la playa. Hacía calor y el tiempo era increíble. Mi madre comenzó mojándose los pies, hasta que, entre risitas de niña pequeña, una ola le mojó por completo. Sentí una mezcla de lástima y ternura y me entraron ganas de llorar al contemplar su figura de mujer devastada, su pelo corto y escaso, las rodillas huesudas y las manos desfiguradas por una artrosis a la que no daba importancia. Nos dábamos la mano, porque no se atrevía a meterse sola en la orilla, donde el agua apenas le cubría los muslos, y reía por primera vez en meses. 
El poder sanador del agua salada, el sol y el murmullo de las olas… pasamos tres semanas paseando, recogiendo piedras blancas, mirando el horizonte y cobijándonos de las tormentas repentinas y el viento tremendo. 
Angelita, de vez en cuando se sentía culpable por estar todo el día sin hacer nada. Yo le contestaba que ella ya había hecho todo lo que tenía que hacer en la vida y que ya era hora de que descansara, que se merecía ese “no hacer nada” y que se relajara, que el gabinete funcionaba con mis hermanas al frente y el mundo no se iba a parar. Ella me miraba con su sonrisa tímida y no contestaba, pero yo sabía que estaba deseando volver a su casa. 

Unos días antes de nuestro regreso telefoneé a mi amiga Maribel para visitarla a la vuelta, pero no conseguí hablar con ella. Su marido me contó que andaba liadísima con su padre y pasaba la mayor parte del mes en Madrid. La madre había fallecido el año anterior después de una larga enfermedad que se había chupado mi amiga solita, porque sus hermanos habían decidido que era ella la que debía encargarse de todo lo referente a cuidados y atenciones, que era cosa de mujeres, con lo que mi amiga tuvo que abandonar su trabajo pidiendo una excedencia. “Eres funcionaria, tienes un horario cojonudo” le decían sus hermanitos y ella, antes que dejar a su madre en manos de alguien desconocido se arremangó y se chupó consultas, pruebas y estancias hospitalarias que parecía que no tenían fin. Con su padre no podían contar porque comenzaba a dar señales de demencia senil y no solo es que no ayudara nada, sino que muchos días se perdía y tenían que acudir a los vecinos o a la policía para dar con él, porque decía que se iba a dar de comer a los patos al parque y se despistaba y no se acordaba ni de cómo se llamaba. 
Pol, el marido de Maribel, me explicó, con ese acento que yo adoraba, que estaba “fins al capdamunt” de sus cuñados, que se habían desentendido completamente de los padres y que la única que se hacía cargo de ellos era su mujer. Pero “a l'hora del repartiment tots són iguals”… y nos echamos a reír. 
Casi había perdido el contacto con mi amiga y me hice el propósito de retomarlo a mi vuelta a casa. 
Conseguí hablar con ella por teléfono desde Vega y advertí que estaba desbordada. Sus hijos eran adolescentes. Tenía dos niños y una niña, la pequeña, porque su marido dijo que no iba a para hasta que no tuviesen una “nina”. Pol parecía buena gente pero Maribel daba la sensación que estuviese hasta los cojones de su marido. La verdad es que estaba hasta el moño de todo, su marido, sus hijos, sus hermanitos y el mundo en general. 
Me contó que había tenido que pedir una excedencia de dos años para cuidar de sus padres porque sus hermanitos ni estaban ni se les esperaba, que se le acababa el tiempo y debía volver al trabajo y su padre empeoraba a pasos agigantados. Porque al principio era un viejecito amable y despistado, pero que la demencia iba en progresión aritmética y comenzaba a ponerse agresivo cuando menos se esperaba y nadie se hacía con él, solamente ella era capaz de calmarle y reconducirle. A sus hermanos le venía de perlas que Maribel estuviese disponible las veinticuatro horas y les quitaba el marronazo de aguantar al padre, porque estaba insoportable, no les reconocía y, a veces hasta lloraba en silencio, lo que provocaba la angustia de mi amiga y el hartazgo de sus hermanos tan insensibles ahora como cuando les conocí. Jesús, Juan y Pablo delegaban escandalosamente en sus mujeres, que tenían asumido el papel de cuidadoras, como si esa responsabilidad fuese inherente a su sexo. No eran malas, pero don Jesús no era su padre y nadie le trataba con el cariño con el que lo hacía su hija. Más de una noche Maribel tuvo que chuparse dos guardias seguidas porque a la cuñadita que le tocaba noche –cubriendo el turno del hermano– se le “olvidaba” o tenía algún niño malo. 
Mi amiga encontró una residencia cerca de su casa de Barcelona y se llevó a su padre con ella porque tenía que volver a su puesto de trabajo Los hermanitos no hicieron la ola porque se les iba a notar mucho… 

Unos días antes vino a verme a Vega.

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