lunes, 8 de abril de 2019

Absolución

En septiembre el pueblo se llenó de policía de paisano, porque esperaban que el asesino volviese a actuar. Había dos cadáveres cuyos asesinatos, probablemente cometidos por la misma persona, estaban sin resolver. Pero no pasó nada. Las niñas ya no iban solas por las calles. Los padres estaban pendientes de sus movimientos y eso, unido al despliegue policial hizo que el asesino se tomase un respiro que duró muchos años, tantos, que pensamos que lo habíamos olvidado. 


Y durante ese tiempo convulso don Ataúlfo falleció, por fin. Arrastraba una mala salud de hierro y una noche de verano, en el transcurso de una discusión familiar durante la cena, se alteró tanto que tuvo una cuarta apoplejía y la palmó, rojo de ira, abotargado y farfullando que había que matar a todos los rojos de este país y no dejar a ninguno vivo. 

Y murió como había vivido, echando espumarajos por la boca, cabreado y odiado por todos, incluida su propia familia. Tal vez la única persona que le profesó algo de cariño fue su nuera, a la única a la que no gritaba, a la que respetaba de un modo que nadie podía comprender, porque era un ser soberbio y arrogante al que le podían las malas formas. 

Doña Cristina se ganó su respeto sin dar gritos, sin insultos, pero no se dejó avasallar jamás, le tenía miedo, pero su orgullo era más fuerte. 

Don Ataúlfo despreciaba a la familia de su nuera. Eran de sangre azul, con mucha tontería y sin un duro. Y para él no tener dinero denotaba vaguería, falta de ideales y motivaciones. Porque, otra cosa no, pero a trabajador no le ganaba nadie. Explotaba a todo el mundo, pero curraba como el que más. Se levantaba al amanecer y se iba el último a casa. También es verdad que nunca tenía prisa por volver al hogar, porque no soportaba a su mujer ni a su hijo, al que sometió a una presión brutal para hacerle un “hombre”. 
Cuando conoció a su futura nuera se le cayó el alma a los pies. La melindrosa era muy guapa, muy fina y muy elegante. Tocaba el piano y tenía unas manos blancas perfectas, pero era estrecha de caderas. No tenía ni culo ni tetas, que estaría muy bien para lucir modelitos de alta costura y pasearse por salones enmoquetados, pero parir, lo que se dice parir, tenía toda la pinta de que ni siquiera le entrase una polla; de alumbrar varones recios, sanotes y viriles, como los de su familia, de eso ya ni se le ocurría opinar. Y sí, la familia era de rancio linaje, alto abolengo, grandes de España, estirpe de sangre azul, por los siglos de los siglos, pero flojos, todos unos flojos, que no servían ni para estafar al más inútil, como habían hecho los López-Bravo, que para eso estaban forrados, porque eran los más listos, ágiles como halcones acechando el momento, la hora, el minuto, el segundo… tenían pasta porque se la sabían ganar. 
Y Doña Cristina, tras la vuelta de viaje de novios, le dijo a su marido que no estaba dispuesta a vivir bajo el mismo techo que su suegro, lo que dio lugar a la primera discusión de recién casados. Era algo que ya se había hablado antes de la boda, ella quería vivir solamente con su marido, del que estaba muy enamorada, pero sabía que llevaba adherida a la chepa, como una lapa, la presencia del padre, y no estaba muy segura que pudiera hacerse con él. Lo que sí tenía clarísimo era que no estaba dispuesta a consentir que le faltase al respeto, temblaba solamente con imaginarse la primera vez que le tuviese que poner firme, porque no era valiente, había sido educada en la sumisión absoluta, las mujeres de su clase social estaban en el mundo para satisfacer los deseos de sus maridos, padres e hijos, lucir resplandecientes y saber manejar al servicio. Nada más. Y ella no estaba muy segura de poder o saber hacerlo. Le fastidiaba la intendencia hogareña. Le daba igual si la casa estaba limpia, recogida y ordenada. Comía lo que fuese, con tal de no tenerse que preocupar de si había huevos en la nevera o si el pescado era lo suficientemente fresco. Ella lo que quería era tocar el piano, escuchar música clásica y leer. Y al fin y al cabo, ser ama de casa no se lo impedía, pero le fastidiaba enormemente tener que ocuparse de cosas mundanas. 
Pero lo que realmente le daba miedo era su suegro y supo, desde el minuto cero, solamente con verle, que iba a ser duro de pelar. 

Don Ataúlfo tenía aspecto de labrador. Vestía ropa inglesa que compraba en el extranjero, pero su pelo amarillento del sol, las arrugas y el color aceitunado, delataban su vida al aire libre, algo que detestaba su familia, que se levantaba a mediodía, no salía de su palacete hasta bien entrada la tarde y que trasnochaban hasta el amanecer. 
La familia de doña Cristina le apodó “el agricultor”, estaba forrado, pero era un paleto. Y ella intuyó que tras la fachada de hombre duro, hecho a sí mismo, tras la cortina de altanería y el escudo de arrogancia, se escondía una falta absoluta de amor. Y, a pesar de no estar dispuesta a pasarle ni media, se hizo el propósito de darle al padre de su marido, un poquito de ese afecto que a ella le sobraba y que repartió toda su vida entre criados y vecinos, pero nunca a sus hijos, a excepción de Jorge, su ojito derecho. 

Nunca consiguió vivir con su propia familia. Tras anunciar que estaba embarazada de su primer hijo, un embarazo que se produjo nada más llegar del viaje de novios –como estaba mandado– y mientras esperaban a que finalizasen las obras de su casa de María de Molina, al suegro le dio el primer patatús. Fue una angina de pecho, le pusieron un stern, pero se proporcionó la excusa perfecta para no realizar esa mudanza que ni al padre ni al hijo les apetecía lo más mínimo. 

La casa de los López-Bravo era enorme. Un piso señorial en la calle Miguel Ángel, muy cerca del palacete de la familia de doña Cristina. El suegro no entendía muy bien la perra que le había entrado a su nuera con irse a vivir a otra casa. “El casado casa quiere” le decía ella, pero él, con la mejor de sus sonrisas, le recordaba lo cerquita que estaba de sus padres, lo grande, enorme, que era esa mansión con servicio, y —lo que le llegó al alma— ¿cómo le iban a dejar solito, ahora que estaba enfermo? Así que el joven matrimonio desechó la idea de mudarse y se quedaron a vivir, para siempre, con don Ataúlfo. 

Cuando nació Maricris, tras casi dos días de contracciones y penalidades, el suegro confirmó que su nuera era una mujer brava, a pesar de su apariencia frágil. Y tras seguir alumbrando niños y niñas, a diestro y siniestro, no pudo dejar de sentir un aprecio muy profundo por la melindrosa. 

Una tarde de verano, tras pasar dos meses en la playa, los niños jugaban en la piscina de la finca. Había un jaleo de voces infantiles y adolescentes. Las risas y las bromas daban paso a momentos de quietud en los que los mayores contaban historias terroríficas a los más pequeños. Armonía perfecta. Siete niños sanos, fuertes, felices y amorosos. Incluso Jorge, que había salido a la melindrosa, jugaba feliz con sus hermanos. Y don Ataúlfo no pudo por menos que decirle a doña Cristina lo bien que lo había hecho. Y ella le contestó que era cosa de dos, que su hijo —del que seguía, a pesar de que nunca se lo puso fácil, profundamente enamorada— también tenía algo que ver en el proceso de sacar adelante a una familia numerosa. Pero el suegro sabía que todo el mérito era de ella y, por primera vez en su vida, dio las gracias. Le dio las gracias por saber llevar a su hijo, que –hasta que no la conoció– era un tarambana, incapaz de centrarse en nada, que sacó la carrera en casi diez años, y que pensó que se le echaba a perder, porque no tenía idea de lo que era pasar calamidades y creía que el dinero caía del cielo. Doña Cristina no dijo nada, porque lo sabía y le estrechó una mano que él apretó en señal de agradecimiento. 

Pero esa buena sintonía duró hasta el día en el que el abuelo y el padre decidieron que Jorge debía ir interno a un colegio suizo. Doña Cristina rogó, lloró y suplicó, pero nadie la tomó en cuenta y su hijo querido, el más tímido, el que se asustaba con su propia sombra, el que necesitaba más cariño, más amor y más comprensión, iba a pasar tres años lejos de su familia, en medio de los Alpes suizos, donde tendría que estudiar como un cabrón y hacer deporte, esquiar, nadar y montar a caballo, algo que al niño le horrorizaba. Y todo eso a más de 1.500 kilómetros de su madre. Nunca lo perdonó y dejó de hablar durante esos tres años. Cada vez que Jorge volvía a casa en vacaciones le decía que estaba bien, pero ella sabía que no era cierto. El niño estaba cada día más flaco, el padre decía que era porque estaba dando el estirón, pero Jorge sufrió como un condenado el tiempo que estuvo interno, entre niños de la crème de la crème, tan vacuos y estúpidos como su hermana Maricris. Y ese tiempo que convivió con lo “mejorcito” de las sociedades europeas le valió para madurar, acercarse a las doctrinas marxistas y odiar a todo bicho viviente, menos a su madre y a Aurelia, su tata adorada, a la que quiso más que a su propia familia. 
Y ese odio soterrado, el rencor hacia toda humanidad sin excepciones, se multiplicó el día que murió su queridísima madre. 
Durante la enfermedad no podía verla sufrir. Le atormentaba su silueta, tumbada en el sofá del salón, a oscuras, escuchando música con los ojos cerrados y la frente contraída por el dolor. El dolor intenso, que se agudizaba por las noches en las que su madre rabiaba y paseaba por la galería acristalada de la cocina intentando no despertar a nadie, no molestar, no hacer ruido… 
Y Jorge procuraba no mirarla a los ojos, no cruzarse con ella por los pasillos, no hablar, porque un reproche inmenso, infinito y sordo, se había instalado en su mirada. Y sabía que iba a dirigido a él. Y una noche que su madre estaba sentada en la cocina, a oscuras, se topó con ella sin querer, porque Jorge y su mujer no se habían mudado aún al ático de la calle Hermanos Bécquer, que su esposa había aportado al matrimonio. Y doña Cristina le confesó que veía a su nieto con regularidad y le llamó cobarde, le recriminó que no hubiese sido capaz de afrontar su paternidad con valentía, que no se hubiese puesto el mundo por montera y se casase conmigo y no la pija que su abuelo le puso en bandeja y que él, como un cordero sumiso, aceptase esa relación sin rechistar, sin inmutarse, sin parpadear, que no hubiese tenido los arrestos suficientes para haberse independizado y no haber aceptado ser un triste pasante en el bufete de su suegro. Y Jorge lloró y pidió perdón y su madre le abrazó como cuando era un niño asustado y recordó que ella misma había sido incapaz de abandonarles –a pesar de haberlo intentado durante años– por pura cobardía. 

Recordó la tarde lluviosa de diciembre, unos días antes de Nochebuena, cuando visitó a don Ignacio, con el que le unía una amistad entrañable, y le pidió confesión. El padre Urrutia le contestó riendo que seguramente pudiese esperar, que estaba convencido de que no había cometido un crimen horrendo que precisase una absolución urgente. Y doña Cristina se echó a llorar y le contestó que no requería confesión por los pecados cometidos, sino por lo que iba a hacer. 
Le contó cuánto quería a un marido infantil e inmaduro que le ponía los cuernos, desde tiempos inmemoriales, con cualquier pelandusca de tres al cuarto. No podía evitar sentir un amor incondicional por el padre de sus hijos. Hijos del amor y de una pasión insólita y extraña, que ninguno de los dos conocía ni esperaba. Un ímpetu que fue apagándose con los años, pero que dio paso al cariño más sincero del mundo. Porque doña Cristina y don Mateo se amaban, a pesar de que él le fue infiel apenas pasados unos años de feliz matrimonio, una infidelidad que le reveló en un rapto de sinceridad que nunca perdonó. Le preguntó que para qué se lo había contado, que si no era capaz de comprender el daño de esa confesión. Preguntó si se había enamorado de la chiquilla con la que había echado un polvo ocasional durante un viaje a Londres con su padre, y cuando su marido le dijo que había sido eso, algo fortuito, sin la menor importancia, ella estalló y le dijo que entendería que se hubiese enamorado de otra, pero que no estaba dispuesta a perdonarle una confesión que lo único que buscaba era limpiar su conciencia, que se hubiese callado, que lo hubiese ocultado, no quería saber nada, que le odiaba y que no volvería a hacer vida marital con él jamás. Se fue de casa durante un fin de semana entero, sin que nadie supiese dónde estaba ni con quién, aunque su marido no podía ni imaginarse que pudiese estar con otro hombre. Pero lo hizo. Se marchó con un amigo de la infancia, también casado, y vivieron un fin de semana extraño, porque no hubo pasión, sino rabia y deseos de venganza. Y el lunes por la mañana, cuando regresó a su casa, le confesó a su marido que había estado en Paris con un amante, que ya estaban en paz y no volvieron a hablar del asunto, hasta que ella le anuncio que estaba encinta y don Mateo le preguntó si era suyo. Lo era, porque el fin de semana en París doña Cristina estaba embarazada de nuevo, pero no se lo dijo a su marido que siempre creyó que era de otro. Aún así, acogió al nuevo hijo como propio, aunque siempre tuvo la mosca detrás de la oreja, porque el niño –la verdad– no se parecía a los demás y con los años pensaba que era más que evidente que no era un López-Bravo, pero nunca dijo nada, ni siquiera a su padre, que jamás hubiese creído su versión, porque su nuera, para él, era como la virgen María, y cualquier duda al respecto de su honra era impensable. 

Y cuando Jorge marchó a estudiar a Suiza, doña Cristina dejó de hablar. No abría la boca más que para arengar a sus otros hijos o al servicio. No volvió a dirigirle la palabra a su marido ni a su suegro hasta que, pasados los tres años de rigor, Jorge volvió a casa, más flaco, más triste, más huidizo. 
Y fue cuando comenzó a dirigir el cotarro familiar y a llevar las cuentas del hogar. Emprendió un plan de ahorro brutal porque en esa casa se despilfarraba a dos manos. Hizo economía de guerra. Se acabaron las tonterías y ella misma iba a la compra al mercado porque –ahora– la que sisaba era ella y no la cocinera. 
Y cuando consideró que tenía una cantidad respetable para huir y comenzar una nueva vida, se vino abajo. ¿Cómo iba a ser capaz de abandonar a su familia? Empezó a urdir mil excusas para posponer una marcha que nunca se produjo. Los niños estaban en una edad muy difícil. Alba y Aurora eran muy pequeñas y necesitaban a su mamá. Y cuando daba vueltas en la cama, presa del insomnio culpable, visualizaba esa casa sin ella, el desbarajuste inicial, sus niños pequeños reclamándola, sobre todo Jorge, tan especial, tan solitario… se imaginaba al cabrón de su suegro metiéndoles internos en colegios infames, caros, pero siniestros, y a su marido buscando una sustituta, a la que, con el paso del tiempo fue poniendo cara y cuando el divorcio se legalizó, la adivinaba sentada a la mesa, poniendo orden y maltratando a sus niños. 

Y se sentía tan culpable por tener esos pensamientos que no dudó, cuando el silencio de tantos años le ahogaba, en ir a confesarse con el padre Urrutia, el único que la podría entender, suponiendo que alguien, alguna vez pudiese hacerlo. 
Y don Ignacio escuchó en silencio aquella confesión a deshoras, íntima y dolorosa y cuando doña Cristina acabó, el cura le cogió ambas manos que estrechó con ternura, solamente le dijo una frase, que pervivió en los recuerdos de la abuela de mi hijo hasta el día de su muerte. 
“Tú no te quieres ir a ninguna parte, si fuera así ya lo habrías hecho.” 

Y le dio la absolución. 















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