sábado, 27 de abril de 2019

Angelita

Al morir mi abuela mi madre entró en depresión. 
Jamás había desfallecido, siempre estaba de buen humor, sonriente y dispuesta a hacer cualquier favor a quien pasara por la puerta de mi casa. Todo el mundo la quería, incluso las dos cotillas del pueblo, que hablaban pestes de Críspula, pero que en lo referente a su hija nunca dijeron nada malo. Porque nadie podía murmurar de Angelita “La Rápida”, la mujer que andaba dando saltitos, sin pararse a hablar para que nadie le preguntase porqué tenía la cara marcada, los brazos con moratones de los dedos de su marido, las espinillas con mataduras de sus patadas… La mujer a la que jamás, nadie escuchó una mala palabra, la que se tiró todos los años del mundo recluida en la cárcel por un crimen que no había cometido, la que dejó un grato recuerdo en presas y carceleras, la que cosió con amor un vestido de seda rojo para que pudiese ejercer de puta su amiga María “La Puñales”, la gitana asesina más famosa de los sesenta, la que mató con sus propias manos a tres payos para vengar el crimen de su amado, el padre del hijo que nunca llegó a nacer… 
Mi madre querida, dejó de bajar al gabinete de costura y se metió en la cama sin ganas de hacer nada, no quería comer, no quería vestirse, no quería salir de su cuarto que permanecía a oscuras, con las cortinas corridas durante días y días. No quería vivir… 
Nos preocupamos muchísimo. No sabíamos qué hacer porque ni siquiera don Ignacio era capaz de levantarle el ánimo, y eso que lo intentaba, porque no dejó de visitarla ni un solo día, por la mañana y por la tarde. 

viernes, 26 de abril de 2019

Chelo Vidal

El inspector Vidal aparecía algunas tardes paseando por Vega. Se acababa de jubilar y no podía perdonarse no haber conseguido resolver el crimen de Manoli. 

Como no tenían hilo del que tirar, nos dijeron que los casos no estaban relacionados. Además de Manoli había dos niñas más que habían sido asesinadas. 

El segundo cadáver era de Rosa Mari, una adolescente que vivía en Ocaña y que estudiaba en el instituto conmigo. La conocía de habernos cruzado alguna vez por las escaleras entre clase y clase. Ella tenía catorce años cuando la mataron y yo diecisiete. Tenía cierto parecido con Manoli, era menuda, de pelo rizado. Y el azar hizo que Jorge y yo encontrásemos el cadáver tras el entierro de doña Cristina. Algo que aún me causa pesadillas. No puedo borrar de mi cabeza la imagen del pie sobresaliendo del barro, y el zapato de tacón que Rosa Mari, seguramente, estrenaba el día de las fiestas. No puedo evitar imaginarme a la niña arreglándose en casa de alguna amiga, robando la barra de labios de su madre, ensayando peinados y probando sombras de ojos. Me perturba suponer cómo fueron sus últimos momentos, porque en las noticias no ahorraron detalles sobre su muerte, los locutores de los telediarios enumeraban los “signos evidentes de agresión sexual, abrasiones en la zona interna de los muslos, distorsión de miembros, zonas del cuero cabelludo arrancadas…”, todo sin inmutarse, sin sentir el escalofrío que recorría nuestras espaldas al escuchar la forma salvaje en la que Rosa Mari había encontrado la muerte a la vuelta de la esquina de su casa. 

La última niña era de Noblejas y se llamaba María Jesús, pero todos la llamaban Chus. También había desaparecido en ferias y su cadáver estuvo enterrado casi cinco años. Como el de Rosa Mari, apareció por casualidad al excavar la tierra, cuando se preparaban los cimientos de unas casas que construía mi hermano Pedrito. Pedro, le llamaban ahora, porque era rico. 

miércoles, 24 de abril de 2019

Críspula

Nunca supimos de qué murió mi abuela. Era muy vieja y su deterioro era cada vez más evidente. Se estaba quedando ciega y lo asumió como algo inherente al paso del tiempo, no le dio demasiada importancia y consiguió vivir con ello y engañarnos a todos. Nunca dijo que no veía. Notábamos que nos tocaba mientras hablaba, que iba andando palpando las paredes y con un brazo en alto, lo que provocaba las risas de los niños que decían que se había vuelto falangista y ella les llamaba mocosos irrespetuosos y tiraba zapatillas al aire, pero ya sin la fuerza de los años en los que mis hermanas y yo las esquivábamos por chiripa. Achacábamos todas esas goteras a los estragos de la edad, pero mi abuela se moría, ella lo sabía y no dijo nada. 


Un sábado de mayo, la víspera del día de la madre, me levanté y no escuché el cacharreo habitual en la cocina. Críspula siempre madrugaba y lo primero que hacía, toda la vida fue así, era poner la cafetera al fuego. Esa mañana no olía a café recién hecho ni a pan tostado. Extrañada me asomé al patio y vi que el fantasma de mi abuelo Ángel había vuelto y esperaba sentado debajo de la higuera. Esta vez no modelaba madera con su navajita. Estaba repeinado, como los niños cuando salen de casa hacia la escuela, se apoyaba en un bastón de madera de fresno que él había tallado con las caritas de todos los niños de la familia y había envejecido –de pronto– todos los años del mundo. Ahora ya sí tenía la edad que hubiese tenido si no le hubiesen fusilado al alba, un mes de febrero del año 38. Me acerqué hacia él y le besé en la mejilla, fría como una madrugada. Me dijo que venía a buscar a mi abuela, que se marchaban y no pude reprimir las lágrimas. Me besó en la frente, susurró que era igualita que ella y comenzó a caminar, despacito, con andares de viejo, apoyado en el bastón, hacia la casa. Y conforme se alejaba iba dejando una estela azulada, como el polvo de hadas de los cuentos que nos contaba mi madre. Y me senté bajo la higuera a llorar. 

lunes, 22 de abril de 2019

Manoli

Los años posteriores a mi separación los viví como una liberación. Por increíble que parezca me sentía una mujer emancipada, no tenía que dar explicaciones, ni correr a casa desde el trabajo, podía salir y entrar sin sentirme culpable… qué tonta había sido, cómo había desperdiciado dos años de mi vida viviendo sometida, dejándome ganar espacio día a día, parecía mentira que yo, una mujer independiente, joven y guapa, en pleno siglo XX, hubiese vegetado al lado de un hombre que no me merecía, como lo habían hecho antes mi madre y mi abuela. Pero lo mío no tenía perdón de Dios. Yo había podido elegir, yo era libre, y –sin embargo– había escogido vivir dominada y sumisa. 

Ese año solamente fui el fin de semana de las fiestas, a mi pueblo, apenas los dos días grandes y salí muy poco. 
El Ayuntamiento había contratado a una banda bastante famosa, de las que salían en televisión y ese año hubo un espectáculo pirotécnico de aúpa. Domingo Esquinas hijo, se gastó más de lo que debía en esas fiestas, pero a nadie le pareció mal. Eran buenos tiempos, todavía no habíamos despertado de la resaca del año ’92, de la Expo, de los Juegos Olímpicos, el AVE… Ya no éramos los paletos de Europa que marchaban a buscarse la vida a Alemania o Suiza, con la maleta cerrada con cuerdas y un par de mudas. Ya jugábamos en primera división y aquella locura de nuevos ricos nos afectó a todos. 

viernes, 19 de abril de 2019

Aurora

Una tarde, cuando salía del despacho, me encontré por casualidad con la hermana pequeña de Jorge, que se alegró al verme de forma excesiva. Y me extrañó. Mucho… 

Aurora era un año más joven que yo. Sus hermanos la trataban como a una niña pequeña, algo que me resultaba chocante, porque no había tanta diferencia de edad entre ellos. Pero según Jorge, era porque Aurora era un poco “retrasadita”. 
Siempre había congeniado con Alba, que era del 65, como yo, pero tras mi convivencia con el hermano se hizo un oscuro y espeso silencio. Ni Álvaro, ni ella volvieron a llamarme. Lo de Álvaro era comprensible, porque nuestra relación era exclusivamente sexual, pero lo de Alba no lo comprendí hasta esa tarde que me tomé un café con la hermana pequeña, que no era deficiente mental, ni por asomo. 

miércoles, 17 de abril de 2019

Separación

Un jueves por la noche que vino conmigo al Strawberry nos encontramos con Maribel. 

Casi no nos veíamos ya. Ella había estudiado Bellas Artes, había aprobado una oposición y vivía en Barcelona, la ciudad que adoraba. Acababa de conocer a un chico de Girona muy guapo que ese día le acompañaba. Nos alegramos tanto de vernos que no dejamos de hablar, beber y reír, hasta que –a las tantas– me di cuenta de que Jorge se había ido sin despedirse. Y entré en pánico. 
Llegué a casa y mientras abría la puerta intentando no hacer ruido, reparé en que en los últimos tiempos, cada vez que metía el llavín en la cerradura me palpitaba el corazón porque no sabía si Jorge iba estar de buen humor o enfadado porque yo había hecho algo mal y su manera de castigarme era el silencio. Se tiraba días sin dirigirme la palabra y me desesperaba tanto, que al final le acababa pidiendo perdón por algo que no era consciente de haber dicho, hecho, o por lo que él creía que yo había pensado o sugerido. El caso es que desde que vivíamos juntos yo estaba cambiando, vivía con miedo a molestarle y comencé a pedir permiso para todo, en mi propia casa. 
Me metí en la cama de puntillas, sin hacer ruido, sin haberme lavado los dientes ni desmaquillarme, temblando por si se despertaba y la posible bronca. Pero él estaba dormido y respiraba tranquilo. 
El viernes me levanté con dolor de cabeza y el cuerpo abotargado. Jorge había hecho café y me preparó unas tostadas. Parecía que no pasaba nada, pero yo sabía que antes o después me iba a echar en cara que no le hiciese caso la noche anterior y me tirase horas hablando con mi amiga, una tía que –estaba segura– le caía fatal porque Maribel era el tipo de mujer que Jorge odiaba, guapa, lista, desenvuelta y feliz. 
Me recordó que el sábado era el cumpleaños de su sobrino, el niño pequeño de Maricris y que había fiesta en la casa del pueblo, que iban todos los hermanos y que contaban con Nachete. No me acordaba y tuve que ir a comprar un regalo al niño en mi hora de comida, y salimos a pasar el fin de semana a “la mansión”. 

lunes, 15 de abril de 2019

Infierno

Tras la actuación triunfal en las fiestas de mi pueblo Jorge no dejó de llamarme. Vivía con su padre en Madrid, no tenía trabajo ni parecía que estuviese buscándolo, por lo que cada dos por tres me esperaba para acompañarme en la hora que tenía para comer, o después de trabajar, para ir a tomar algo. Al principio me sentía muy halagada. Siempre había estado sola, los hombres iban y venían, pero nunca tuve una pareja estable hasta que llegó él. 

En Navidades me invitó a esquiar a Suiza. Me molestó muchísimo esa invitación porque yo apenas veía a mi hijo y estaba deseando que llegase el fin de semana o las vacaciones para estar con él. Estaba claro que para Jorge el niño no contaba y le dije que ni sabía esquiar ni iba a dejar a mi hijo solo en navidades. Entonces reparó en que tenía un niño y decidió que debería ejercer de padre, porque nunca le veía, es más yo procuraba que no coincidiesen nunca, porque Nachete no estaba cómodo con él. Pero la verdad es que Jorge era su progenitor y comencé a facilitar un contacto que era demasiado artificial. Mi hijo no lo veía como a un padre, Jorge tenía una empatía cero y nunca estuvo muy seguro de que Nachete fuese su hijo. Forcé una situación incómoda y siempre tendré remordimientos por ello. 
Mi niño era un crío excepcional. Ya sé que me puede el amor de madre, pero es que era tan cariñoso y tan bueno que muchas veces me daba rabia porque los otros niños se aprovechaban de él. Todos sus primos le adoraban, tanto los de mi familia como los de la de su padre, especialmente los hijos de Maricris, que –a pesar de que el matrimonio me odiaba– los niños eran un encanto y nos llevábamos muy bien. 
Nachete era un niño delgadito, de pelo castaño y ojos claros, que –según Críspula– había heredado del abuelo Ángel. Como él, tenía esa mirada entre soñadora y de sorpresa y, como su bisabuelo, era un ser extraordinario. En realidad tenía el aspecto de su padre, alto y espigado, Maricris decía que no se parecía a ellos, era verdad, porque el mismo Jorge no se parecía nada a sus hermanos. El porte y los ademanes de mi hijo eran clavados a los de su padre, que muchas veces parecía un cura, y –tal vez por eso– muchas tiparracas de mi pueblo decían que Nachete era hijo de don Ignacio. 

viernes, 12 de abril de 2019

Marishka

Apareció una noche, cuando el bar estaba a punto de cerrar. Pidió “algo fuerte” para beber y trabajo para vivir. 

El padre de los Manolos acababa de fallecer y entre los dos hermanos se apañaban bien y no necesitaban a nadie, pero Marishka –con un manejo admirable de palabrotas que transformaba en música angelical con su acento ruso– les dijo que el local tenía mierda para aburrir y que se ofrecía a dejarlo como los chorros del oro en tres días, que si cumplía su palabra le dejasen trabajar en el bar a cambio de comida, un lugar para poder dormir y las propinas. 

Mis cuñados no podían salir de su asombro cuando vieron la cochambre que había acumulada de décadas de dejadez. Marishka desmontó la cocina y se deshizo de los aparatos que no funcionaban y del menaje agrietado y mugriento. 

En tres días le dio la vuelta al bar y consiguió que la mitad de los parroquianos que tenían cuentas pendientes se pusieran al día. 

Era muy borde. Medía casi dos metros y aunque estaba delgada tenía una fuerza descomunal capaz de coger en volandas al borracho pendenciero de la noche y ponerle de patitas en la calle. Y mientras lo hacía, preguntaba con su sonrisa encantadora de dientes perfectos, si quería que lo acompañase a casa para explicarle a su mujer que se había mareado un poco, con el consiguiente pitorreo del resto de clientes, que –ahora– pasaban más tiempo en el bar, solo para admirar a la “potra de los Urales” que era una tía borde, pero con su carita de niña, su melena rubio platino, el acento exótico y lo rebuena que estaba se lo perdonaba todo. 


miércoles, 10 de abril de 2019

Moon River

Con la muerte de don Ataúlfo hubo un intento de acercamiento de la familia de mi hijo. 

El abogado de los López-Bravo le envió una carta a mi hermana en la que ponía en conocimiento de la letrada que estaban dispuestos a retomar las conversaciones sobre la herencia de mi hijo, paralizadas debido a la obcecación de la parte contraria. 


–Vamos, que te están llamando burra, más que burra–. Comentó mi hermana entre risas. 


Yo no estaba dispuesta a dar mi brazo a torcer. No quería que Jorge reconociese al niño y le diese sus apellidos. Eso daría pie a que mi hijo tuviese que pasar fines de semana alternos y parte de las vacaciones con él y con su mujer. Si no eran capaces de tener hijos propios no iban a apoderarse del mío. 
Mi hermana me decía que era más tozuda que la abuela –que era la única que, en eso, solamente en eso, me daba la razón– y que no debería privar al niño de tener contacto con su familia, porque al fin y al cabo él era un López-Bravo, por mucho que me pesase, y si no, que hubiese tomado precauciones y no haberme dejado preñar, que parecía tonta. 

Nunca le conté el motivo por el que una noche, solo una, Jorge y yo follamos sin condón. Nuestras relaciones sexuales eran muy complicadas. Yo no tenía experiencia y creía que la cosa no funcionaba por mi culpa, porque tenía el culo gordo o porque acababa, después de varias horas metida en el coche con las ventanillas subidas, oliendo a sudor y a Jorge le daba asco y por eso era incapaz de hacer nada. Me atribuía lo que no me correspondía, era él, que tenía problemas de erección, de autoestima o yo qué coño sé. El caso es que solamente fue capaz de realizar el acto sexual por completo cuando lo hicimos a pelo. Me dijo que él controlaba, que se retiraría a tiempo, pero no fue así y eyaculó dentro. Y como yo debía ser una coneja, me quedé embarazada. 
Luego, con el tiempo, cuando su hermano le gritó que también me había acostado con él, se creyó –a pies juntillas– que era imposible dejar a una mujer embarazada a la primera, a la vista estaba, que con la suya era incapaz de hacerlo, que llevaban intentándolo ni se sabe y no había manera. Yo también le había gritado que no era el padre de Nachete y pasaron los años convencido de que mi hijo no era suyo. 

lunes, 8 de abril de 2019

Absolución

En septiembre el pueblo se llenó de policía de paisano, porque esperaban que el asesino volviese a actuar. Había dos cadáveres cuyos asesinatos, probablemente cometidos por la misma persona, estaban sin resolver. Pero no pasó nada. Las niñas ya no iban solas por las calles. Los padres estaban pendientes de sus movimientos y eso, unido al despliegue policial hizo que el asesino se tomase un respiro que duró muchos años, tantos, que pensamos que lo habíamos olvidado. 


Y durante ese tiempo convulso don Ataúlfo falleció, por fin. Arrastraba una mala salud de hierro y una noche de verano, en el transcurso de una discusión familiar durante la cena, se alteró tanto que tuvo una cuarta apoplejía y la palmó, rojo de ira, abotargado y farfullando que había que matar a todos los rojos de este país y no dejar a ninguno vivo. 

Y murió como había vivido, echando espumarajos por la boca, cabreado y odiado por todos, incluida su propia familia. Tal vez la única persona que le profesó algo de cariño fue su nuera, a la única a la que no gritaba, a la que respetaba de un modo que nadie podía comprender, porque era un ser soberbio y arrogante al que le podían las malas formas. 

Doña Cristina se ganó su respeto sin dar gritos, sin insultos, pero no se dejó avasallar jamás, le tenía miedo, pero su orgullo era más fuerte. 

Don Ataúlfo despreciaba a la familia de su nuera. Eran de sangre azul, con mucha tontería y sin un duro. Y para él no tener dinero denotaba vaguería, falta de ideales y motivaciones. Porque, otra cosa no, pero a trabajador no le ganaba nadie. Explotaba a todo el mundo, pero curraba como el que más. Se levantaba al amanecer y se iba el último a casa. También es verdad que nunca tenía prisa por volver al hogar, porque no soportaba a su mujer ni a su hijo, al que sometió a una presión brutal para hacerle un “hombre”. 
Cuando conoció a su futura nuera se le cayó el alma a los pies. La melindrosa era muy guapa, muy fina y muy elegante. Tocaba el piano y tenía unas manos blancas perfectas, pero era estrecha de caderas. No tenía ni culo ni tetas, que estaría muy bien para lucir modelitos de alta costura y pasearse por salones enmoquetados, pero parir, lo que se dice parir, tenía toda la pinta de que ni siquiera le entrase una polla; de alumbrar varones recios, sanotes y viriles, como los de su familia, de eso ya ni se le ocurría opinar. Y sí, la familia era de rancio linaje, alto abolengo, grandes de España, estirpe de sangre azul, por los siglos de los siglos, pero flojos, todos unos flojos, que no servían ni para estafar al más inútil, como habían hecho los López-Bravo, que para eso estaban forrados, porque eran los más listos, ágiles como halcones acechando el momento, la hora, el minuto, el segundo… tenían pasta porque se la sabían ganar. 

jueves, 4 de abril de 2019

El testamento

Fue un jueves. Acababa de llegar a casa, tras recoger a mi hijo de la de la vecina que lo cuidaba el tiempo que yo trabajaba. Me costaba lo mismo que la guardería y yo prefería que el niño estuviese a cargo de una persona y no en una clase donde si lloraba nadie le hacía caso y que, seguramente, alguno mayor, pre-delincuente juvenil, le pegaría. 

Cuando sonó el teléfono y al otro lado de la línea alguien me dijo que doña Cristina estaba ingresada y requería urgentemente la presencia de su nieto mayor, me quedé de piedra. Pregunté que con quién hablaba y que si se trataba de una broma pesada. Don Mateo, con voz trémula me dijo que no, que no era ninguna broma, que su mujer se estaba muriendo y quería ver a su nieto, que me había llamado por respeto a su última voluntad, que si por él hubiese sido no lo habría hecho. 
Cuando bajé del taxi que me llevó a la clínica me temblaban las piernas. En la antesala de la habitación estaba parte de la familia y Maricris, al verme llegar dijo entre dientes que qué poca vergüenza tenían algunas. Su marido le puso una mano en el hombro y le dijo que no se pasara. Don Mateo me abrió la puerta para que entrase en la habitación y me encontré de sopetón con Jorge, que salía, con los ojos rojos y la cara descompuesta, del brazo de una mujer que parecía mucho mayor que él, “debe ser su prometida” pensé. 
Llevaba a mi hijo en brazos, que atemorizado, escondía su cabecita en mi cuello. Maricris entró detrás de mi y Nachete se asustó más aún. Le daban miedo los extraños y —los niños son muy listos— entre esa gente poco amigable no se sentía seguro. Su abuela estaba en la cama, con una bomba de morfina enganchada a la vía del brazo, con los ojos cerrados y expresión de paz. En los últimos tiempos los dolores le habían contraído el semblante, siempre tenía unas ojeras moradas terribles y de cuando en cuando se encogía debido al sufrimiento de su metástasis ósea. 
Ahora irradiaba paz, estaba muy pálida, pero las ojeras habían desaparecido y había rejuvenecido diez años. Nachete al ver a su abuela sonrió y doña Cristina abrió los ojos e hizo lo mismo, su nieto le echó los brazos y ella me indicó que le tumbase a su lado en la cama. Dije que tenía miedo de que le arrancase alguna vía y ella extendió los brazos hacia mi hijo, sin decir nada. El niño se acurrucó a su lado y se quedó quietecito. La zorra de Maricris masculló entre dientes que lo que le faltaba por ver y salió de la habitación haciendo todo el ruido del que fue capaz. Yo intentaba no llorar. Los hijos de doña Cristina fueron saliendo despacio y en silencio, nos quedamos don Mateo y yo, sin saber qué decir o hacer, mientras el corazón de la abuela de mi hijo dejaba de latir poco a poco. 

Cuando salí al pasillo Maricris montó el cirio. Comenzó a gritarme que no tenía vergüenza ni decoro, que era una muerta de hambre y que no les iba a sacar un duro, que qué me había pensado, que a saber de dónde había salido ese niño que no se parecía a ninguno de ellos; y mi hijo comenzó a llorar. Busqué con la mirada a Jorge, le pedí que cogiese a mi hijo en brazos y me quité la chaqueta. Mientras su hermana seguía emitiendo alaridos retrocedí un poco y, cogiendo carrerilla, le calcé una hostia que la tiré al suelo. Recogí a mi hijo, que berreaba como un condenado, de los brazos de su padre y fui hacia el ascensor mientras escuchaba a mis espaldas a una enfermera decir que vaya gentuza, que tan estiraditos que parecían cuando llegaron al hospital, pero que vaya numerito, peor que los gitanos de Pan Bendito. 

lunes, 1 de abril de 2019

Rakel Springfield

También vinieron a verme Maribel y su madre. Desde que dejé de estudiar apenas coincidíamos. Habían estado en mi casa un par de veces, porque ellas no me dejaron de lado, pero a su padre le habían nombrado inspector en la dirección general y ahora vivían en Madrid. 

Con el dinero que me había dado la abuela del niño me alquilé un pequeño apartamento y me quedé a vivir en el barrio de mi hermana. Mi madre y mi abuela pusieron el grito en el cielo, pero lo tenía muy claro. No iba a volver al pueblo, donde no tenía ningún futuro laboral, a pasear al bastardo de los caciques y ser la comidilla de las vecinas amargadas. 
Doña Cristina vino a casa en semana santa a ver al niño y mi madre le dijo que yo vivía en Madrid, le dio mi teléfono y me llamó al día siguiente para vernos. Visitaba al niño de vez en cuando y cada vez tenía peor aspecto, parecía enferma pero no me atrevía a preguntar. Siempre le traía algún juguete o ropa y tomábamos café mientras ella le tenía en brazos, decía que lo iba a malcriar pero que no podía evitarlo. 

En el despacho de mi hermana me contrataron de recepcionista. Lo único que tenía que hacer era atender la centralita y las visitas. Le cogí el tranquillo en un par de horas para alegría y alborozo de los dos socios principales, que estaban hartos de la anterior, que se hacía un lío al pasar las llamadas. En menos de un mes estaba haciendo más cosas, porque se dieron cuenta de que escribía a máquina con una rapidez increíble y me ascendieron a secretaria de don César, el socio más joven. 
Me gustaba trabajar. Me sentía útil. Con lo que ganaba podía pagar a una señora que cuidaba a mi hijo y mi pequeño apartamento, con lo que el dinero que me había dado doña Cristina estaba casi sin tocar. Lo dejé para tener un colchón por si venían tiempos difíciles, que vinieron. Me sentía completamente feliz, no necesitaba nada más, pasaba los fines de semana con el niño y siempre tenía alguien con quién quedar a comer o tomar algo. Comencé a ir los jueves por la noche al Strawberry Fields con Maribel. Estudiaba Bellas Artes y vivía con su familia en Ventas, muy cerca de mi casa. 
La señora que cuidaba a Nachete, como acabamos llamando al niño, se podía quedar a dormir los jueves y comencé a salir al principio uno al mes, y luego todos. 
La dueña del Strawberry era una borde. Yo era consciente de que le caía mal, en general le caíamos mal todas las tías, y a Maribel, no entiendo muy bien porqué, le cogió un asco que no podía evitar disimular, me imagino que como mi amiga era guapa y ella no, eso le producía taquicardia, como a muchas mujeres acomplejadas que se creen que tenemos que competir en vez de apoyarnos. Jimena acabó madurando y con el transcurso de los años se le cambió el carácter, a pesar de que la vida no es que se portara muy bien con ella. 
Había leído reportajes en periódicos y revistas sobre el bar de moda, hablaban de Jimena como una jovencísima empresaria de éxito, nos vendían que era un genio de las finanzas; pero había montado el pub con el dinero de su familia, su madre –que había muerto cuando ellas eran niñas– era una sueca riquísima y su papá el presidente del Tribunal Supremo, así que menos milongas, que con tantas facilidades seguro que cualquiera era una joven promesa. En realidad la Movida Madrileña, de la que tanto se hablaba y se sigue hablando, no fue más que eso, cuatro niñatos con dinero que nada más que hacían beber y drogarse. La fauna del Strawberry era de lo más variopinta, pero en general se juntaban todos los niños pijos del barrio de Argüelles, compañeros de colegio de Jimena, universitarios disfrazados de “modernos”. Los músicos eran todos más malos que la tos. Hacían furor un trío con una cantante, íntima de Jimena, con voz gangosa de coro de colegio, que fueron el no va más de los ochenta. Yo les daba mil vueltas, pero ni era rica, ni tenía padrinos ni tiempo para perder en los antros de moda “promocionándome”. 
Muchas noches me encontraba con Frankie, que estaba preparando –con Elena Ayllón–el guión de la peli sobre mi madre. Cuando supo que yo era la nieta de Críspula me puso en un altar y no dejaba de presentarme gente interesante, eso decía él, porque todos eran unos auténticos soplapollas. 
Hasta que un día se enteró de que yo cantaba y me propuso que me subiese al escenario al jueves siguiente. Y yo creí que iba a dar el campanazo, por mi voz maravillosa y potente y porque estaba muy guapa. La maternidad me había sentado muy bien, estaba delgada –la verdad es que me cuidaba muchísimo– y tenía esa capacidad para que los tíos babeasen a mi paso mientras yo me hacía la distraída, como si no me enterase. Me gustaba sentirme admirada, me dejaba halagar, llevaba a los tíos al límite, les calentaba como si fuese una pervertida y alguna vez que fui sola acabé follando en el baño o en el coche de algún desconocido.