jueves, 21 de marzo de 2019

Predictor

Jorge insistía en que estudiase mucho, pero ese curso también me quedaron las matemáticas para septiembre. 

Hablábamos de los libros que íbamos leyendo, de mi profesora, doña Matilde, de su maldita carrera de derecho, que se le había atravesado desde el primer día, porque él quería estudiar filosofía, pero su madre le convenció para que se matriculara en “algo tangible con lo que te puedas ganar la vida” y se daba contra las paredes porque le resultaba cada día más aburrida y tediosa la carrera. “Menos mal que te tengo a ti”, me decía mientras hundía su cara en mi pelo y yo, algunas veces, me preguntaba si hacía bien en estar con él, porque no conseguíamos ninguna complicidad en la cama. 
Al contrario que su hermano, Jorge era muy torpe. El primer día no consiguió tener una erección y yo, espantada, pensé que era porque no le gustaba lo suficiente. Si que había leído en algunas revistas juveniles, de las que seguía siendo adicta, que algunos chicos se ponían tan nerviosos la primera vez, que no eran capaces de hacer nada. Jorge era virgen, por lo que supuse que era eso. Además no dejaba de decirme cuánto le gustaba, lo guapa que era y el buen tipo que tenía. “¿No estoy un poco gorda?” le preguntaba una y otra vez, y él se moría de risa, porque pensaba, lo creía en serio, que yo era la mujer más hermosa de la faz de la tierra. 

La verdad es que era un poco culona. Tenía las caderas muy anchas y un culazo enorme que, a pesar de estar siempre haciendo régimen y deporte, conseguía disimular a duras penas. 
Pero a Jorge le encantaba. Él era muy delgado y en la cama yo tenía la sensación de estar con un niño. Apenas tenía vello y sus manos, de arcángel, me recordaban a las del cura. 
Nada que ver con su hermano Álvaro, que, muy a mi pesar, siempre estaba presente en mis pensamiento cuando Jorge y yo hacíamos el amor. Nunca me excité tanto como cuando el hermano me quitó la ropa, despacio, en el coche de su madre. Álvaro era un hombre hecho y derecho. A pesar de ser un año más joven, tenía un cuerpo recio y bien proporcionado, era deportista y se notaba. Cuando me rodeó con sus brazos musculosos y fuertes, cuando le tuve encima, no pude evitar sentirme una mujer deseada, me vi sexy y guapa, no como con Jorge, que nunca supe a qué atenerme. 
Jamás se lo dije. No me lo habría perdonado y lo resolví creyendo que yo era una calentorra y que me ponían los sinvergüenzas, que no era buena y que debería desechar esos pensamiento impuros y concentrarme en que Jorge fuese capaz de echarme un polvo como Dios manda. 
A fuerza de intentarlo fuimos cogiéndole el tranquillo y en verano, cuando ya su familia se había instalado en la casa y nos teníamos que buscar la vida para encontrar un sitio donde amarnos, Jorge fue capaz de penetrarme sin haber eyaculado al instante. Pero lo hizo sin condón, porque –decía– que le “cortaba el rollo”. 

En agosto, tras dos retrasos, me hice la prueba del embarazo que dio positivo y entré en pánico. 
Jorge se fue a Madrid a comprar un Predictor. No quería hacerlo en la farmacia del pueblo, como era obvio, y yo menos aún. 

Nos fuimos a la carretera en su coche y a cinco kilómetros de mi pueblo esperamos (en un silencio que se podía masticar, mientras sonaba en la radio “Hard to say I’m sorry” de Chicago), el resultado en una barrita mojada con mi pis. Y se manifestó en forma de dos líneas azules, confirmando, en cinco minutos, mi preñez. Cuando miré a Jorge vi el terror en su cara, levantó la vista y murmuró, “a ver cómo se lo digo a mi madre”. Lo dijo en una décima de segundo y ese instante, esa partícula de tiempo apenas perceptible, fue como un relámpago que me abrió los ojos.

–¿Vas a ser padre y lo único que se te ocurre es cómo se lo vas a decir a tu mamá? Yo alucino… 
–A ver, cariño, entiéndelo. No sé cómo nos vamos a apañar con un crío. Somos muy jóvenes y no tenemos ni dinero, ni casa, ni trabajo, ni nada.

Levanté las dos manos con los dedos separados y le pregunté qué veía, sonrió con cara de no entender y dijo que mis manos.

–Dos manos, con cinco dedos en cada una. No me hace falta nada más. Trabajaré y criaré a mi hijo. No te necesito. Adiós. 

Me bajé del coche y comencé a caminar, muy digna, por la orilla de la carretera. Era una secundaria sin arcén, y cuando ya estaba muy lejos del coche oí como arrancaba. Aminoró la marcha cuando llegó a mi lado y me dijo que subiese. De camino a casa no abrimos la boca y cuando paró en la calle lateral donde siempre me dejaba para que nadie nos viese, me dijo que deberíamos hablar en unos días cuando estuviésemos más tranquilos, pero que mientras tanto no comentase nada con nadie. No le contesté, le miré a los ojos pero él no soportó mi mirada y bajó los suyos. 


El 23 de agosto era el cumpleaños de su hermano Álvaro y prepararon una celebración en su casa. Los padres estaban en la playa y tenían permiso para hacer una fiesta que duraba todo el día. 
Yo fui invitada como la acompañante de Jorge, que, en un arranque de valentía, confesó en su casa –dos días antes– que éramos novios. 
Pasamos la mañana en la piscina. Los chicos preparaban una barbacoa y las chicas tomábamos el sol. Solamente Alba y yo nos bañábamos, las otras no querían que se les estropease el peinado. 
A mí no me importaba porque llevaba mi pelo a su aire, recogido con un pañuelo a modo de diadema, muy ochentero. Aunque me pintaba una raya negrísima en los ojos, no iba maquillada y años después descubriría mi gran parecido con Susanna Hoffs, de las Bangles. Yo no era consciente de mi belleza, me sacaba infinidad de faltas, pero era alta y guapa y –sobre todo– tenía algo que yo no sabía qué era, pero que hacía que los tíos babearan a mi paso. Años, muchos años después, el hermano de Jorge me dijo que llevaba un cartel de “peligro” tatuado en mi frente: era una mujer sexy. 
Maribel aceptó venir al cumpleaños porque yo también lo hacía. Ese año no me había invitado a las ferias de su pueblo porque a su padre le habían trasladado y ahora vivían en Madrid. Otra vez había desaparecido, en fiestas, otra chica de la misma edad de Manoli y todos nos preguntábamos si tendría algo que ver con el asesinato de la niña del lechero y esa desaparición llenó de inquietud a propios y extraños. 

Maribel se sentía muy cohibida delante de los hermanos, pero se tomó esa fiesta como un desafío y después de haber acudido y comprobar que para Mateo, Álvaro y Arturo ella no significaba absolutamente nada, se percató de que debía seguir viviendo y olvidar aquel nefasto verano anterior. Los chicos López-Bravo eran amigos de sus hermanos y eso no se podía evitar. 

Yo ya sabía que estaba embarazada pero no se lo había dicho a nadie. Después de la experiencia del osito de peluche, intuía que en cuanto dijese algo, la noticia iba a correr como la pólvora y no me apetecía que supiesen de mi vida. 
Debía hacer algo al respecto, porque antes o después mi bombo iba a delatar mi estado, pero me di dos meses de plazo, porque estaba hecha un lío. Sabía que no podía contar con Jorge, que si seguía adelante con el embarazo, él iba a esconder la cabeza bajo tierra con tal de no darle un disgusto a su madre, pero no me apetecía nada abortar. Era mi hijo, era el fruto del amor, porque yo amaba a Jorge, le quería con toda mi alma, a pesar de cómo era, cobarde y asustadizo como una gallina aprensiva. 
Decidiese lo que decidiese iba a dejar de estudiar y buscar un trabajo. Pero hasta entonces tenía derecho a disfrutar de la vida y decidí no pensar, dejarlo para más adelante, como Escarlata O’Hara. 

Esa mañana hice mi entrada triunfal en la piscina de los López-Bravo. Desde que me quedé preñada tenía un cutis fantástico, luminoso y espléndido; Ángela me había traído ropa de Alejandra, que decía que no sabía qué hacer con tanto trapo de marca, que se compraba sin ton ni son y que luego se aburría y tenía los armarios llenos de cosas que no se ponía pero que estaban impecables y le daba pena tirarlo porque era muy alta y a nadie le servía su ropa. Mi hermana le dijo que me la pasara porque teníamos la misma talla. 
Llevaba unos vaqueros Levi’s y un top blanco, anudado en el cuello con la espalda al aire, que realzaba mis tetas, que –debido al embarazo– parecían las de una actriz porno y dejaba ver mi ombligo y mi tripa, todavía, plana. Nada más llegar, escoltada por Jorge, los otros hermanos dieron un largo silbido y dijeron que qué bien me sentaba el aire de pueblo, que hija mía, cómo te estás poniendo, que da gloria verte. Las novias de Mateo y Arturo andaban por allí cerca y no les hizo ni pizca de gracia oír cómo era piropeada por sus novios. Jorge tenía cara de pocos amigos, así que hice como que no había oído, pero en el fondo me encantaban los halagos, algo que antes me ponía enferma. 

La hermana mayor, Maricris, era un sieso de tía. Estaba con su novio, un lechuguino que trabajaba en la “empresa de papá” y que tenía dos hostias y media. La novia de Mateo era una morenaza con pinta de zorra que no hizo otra cosa que fumar y beber; y Rosita, la de Arturo, una rubia teñida, con las cejas más negras que el sobaco de un grillo, con un biquini mínimo, tan mínimo que delataba sus ingles recién afeitadas en las que clareaban los cañones negros como una noche sin luna, era más simple que el mecanismo de un chupete, mala con avaricia, que en cuanto me vio llegar la tomó conmigo, imagino que porque vio competencia. 
Alba, la hermana que era de la misma edad que Maribel y yo, sin embargo era un tía de puta madre. Yo me llevaba muy bien con ella. En las fiestas pasadas hicimos muy buenas migas y ese día sellamos nuestra amistad para siempre. 
Fuimos las únicas que nos metimos en la piscina. Los chicos se dieron un baño y se fueron rápidamente a preparar la barbacoa. Estuvimos nadando y al salir del agua, cuando yo subía la escalerilla delante de ella dijo: “no me jodas que te matas a hacer sentadillas para tener ese culo, tía”. Le dije que mejor que dijese que me mataba a hacer sentadillas para encogerlo. Me dijo que si estaba loca, que tenía el culo perfecto y la rubia teñida, dijo desde su tumbona.

–Bueno, un poco anchita sí que es la chica. 
–Habló Miss Culo Plano–. Dijo Alba. Y ese día decidí que la amaba.

La verdad es que nos lo estábamos pasando muy bien. Los hermanos de Jorge, que habían sido tan antipáticos conmigo cuando me negué a subir a su coche en las fiestas, estaban encantadores y Álvaro no dejaba de repetir, “mira Jorgito, que parecía tonto…”. 

Después de comer comenzaron a beber y una vez que se quedó la cubitera vacía me acerqué a la cocina a por hielo. Estaba de espaldas a la puerta, en el fregadero que daba al jardín donde hacíamos la sobremesa, cuando oí hablar a Álvaro.

–Pues si, pues si, pues si… Parecía tonto mi hermano, pero resulta que es el más listo de los cuatro.

Apenas me dio tiempo a girarme porque Álvaro estaba tan cerca de mí, a mi espalda, que casi no me podía mover. Yo llevaba el biquini y un pareo a la cintura. Le pedí que me dejara salir, pero él me pasaba los dedos muy despacio haciendo círculos en el ombligo, mientras me susurraba que qué le había dado que no había podido dejar de pensar en mí desde el día que follamos. Se me doblaban las piernas, notaba que me quedaba sin fuerza y volví a sentir ese calor que no había conocido nunca en la cama con su hermano. Cogió un hielo y comenzó a pasarlo por mis pechos. Se me pusieron los pezones como escarpias y mientras me decía cuánto me deseaba, metió la mano en la braga del biquini y al comprobar que estaba completamente húmeda se volvió loco. Comenzó a lamerme el pecho y el cuello mientras decía que subiésemos a su habitación. Y lo hice. No por despecho, ni para darle una lección a Jorge, que nunca lo supo. Lo hice porque me gustaba lo que me hacía, cómo me sentía con él, porque estaba tan excitada que no veía el momento de sentirle dentro y tener un orgasmo largo, intenso, rabioso y profundo, el orgasmo que jamás había tenido, ni tendría nunca con el padre de mi hijo. 

Cuando nos marchamos, al despedirme con los dos besos de rigor, me susurró al oído que gracias por el regalo, que había sido el mejor de todos. 

Durante las fiestas volví a tener otro encuentro con Álvaro, a espaldas de Jorge, que no se enteraba de nada. Estaba tan preocupado por mi embarazo que no veía más allá de sus narices. Yo cumplía mi tercera falta y tenía que hacer algo al respecto, pero me daba vértigo. Miraba las ofertas de trabajo en el periódico, pero ni tenía experiencia, ni estudios, ni modo de desplazarme. En la fábrica de vaqueros necesitaban mano de obra, pagaban poco, pero era un comienzo, así que me presenté en las oficinas y me cogieron, porque pensaron que sabía coser, ya que el encargado conocía a mi madre. Lo dije en casa, que comenzaba en octubre a trabajar y que dejaba los estudios. A todos les pareció bien, mi abuela me dijo que era una locura colgar ahora los estudios, que porqué no intentaba sacarme las matemáticas me animaba a acabar el bachillerato y luego ya me planteaba si seguir estudiando o trabajar. Y entonces confesé que estaba embarazada. Mi madre se puso pálida y me preguntó si el padre lo sabía y qué iba a hacer al respecto. Le dije que sí lo sabía pero que parecía que la cosa no iba con él y Críspula opinó que lo mejor era abortar, ahora que estaba a tiempo, que cuanto antes mejor. Esa noche estuve dando vueltas en la cama, porque no sabía qué hacer. Mis hermanas me dieron un beso de buenas noches, me pasaron sus manos por las mejillas, como si estuviesen sincronizadas, y me hablaron en voz baja.

–No te preocupes, decidas lo que decidas, nosotras estamos aquí para lo que necesites. Tienes una familia que te quiere y te apoya. No estás sola. Te queremos…

Y me hicieron llorar. 
Me levanté muy pronto y mi abuela ya estaba trajinando en la cocina. Estaba pálida y ojerosa. Como yo, no había pegado ojo en toda la noche. Me puso un café –era la primera vez que me servía– y se sentó a mi lado.

–Ya sé que no es asunto mío, que eres una persona adulta, ya eres mayor de edad y puedes tomar tus propias decisiones. Yo no soy más que una vieja de pueblo, pero hazme caso, por una vez en tu vida escúchame, debes deshacerte de ese crío que lo único que va a hacer es complicarte la vida. Eres muy joven, eres una niña, deberías estar haciendo otro tipo de cosas que criar a un bebé. El padre no va a hacerse cargo de nada y lo sabes. Esa clase de chicos están acostumbrados a que su familia les saque las castañas del fuego y, además, nunca se casará contigo, somos unos apestados, los López-Bravo nunca emparentarán con nosotros. Se irá y volverá con novia, o probablemente casado con una chica de su clase. Quizás si te quiere y está enamorado de ti, pero no luchará por ese amor, es demasiado cobarde para hacerlo y tú lo sabes perfectamente. Se irá lejos y la distancia es el olvido. 
–¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo sabes quién es el padre? 
–El coche que te deja en la bocacalle de atrás es de uno de los niños de don Mateo. No necesito indagar más. 

Y rompí a llorar otra vez. Le dije que no quería deshacerme de mi hijo, que lo amaba por encima de todas las cosas, ya mismo, antes de ver su carita, de acariciar sus manos y de besarlo. 

Lloré como una magdalena, tanto, que acabé vomitando.

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