jueves, 28 de marzo de 2019

Nachete

En octubre comencé a trabajar en la fábrica de vaqueros y en enero me despidieron porque le calcé dos hostias al encargado, harta de que me acosase por los pasillos o en el almacén.
Mi hermana me dijo que aprendiese a escribir a máquina para poderme enchufar en su oficina. Me pasé el resto del embarazo con el “Método Caballero”, aporreando una Olivetti Lettera 46 que me había proporcionado don Ignacio.
Él no me reprochó nada, no me dijo que había hecho nada malo y fue mi gran apoyo durante ese período horrible, donde me señalaban por la calle, como si fuese una apestada.
En el pueblo se corrió la voz de que iba a tener un nieto de don Mateo o “vete a saber de quién…” y muchas se alegraron de que pasease mi panza sola, sin un marido a mi lado, porque decían que yo tenía muchos pajaritos en la cabeza, que me creía mejor que las otras chicas, que igual me habría pensado que era uno de ellos, tanto ir a la casa de los señores, montarme en los coches de los niños López-Bravo como su fuese una reina. Y que, mira, tanta tontería y ahora está preñada y más sola que la una.
Y las murmuraciones, mi estado, mi soledad, todo eso me hacía sufrir. Estaba tan triste… Rememoraba cada día a todas horas las últimas palabras de Álvaro, “eres más zorra de lo que pensaba”. Era mala y tenía que pagar un justo castigo a mi maldad.


Una tarde que salía a pasear con mi hermana Ángela, se cruzaron con nosotras Generosa y Sita y al llegar a nuestra altura, cuando sabían que íbamos a oír lo que decían, una le comentó a la otra que qué poca vergüenza, paseando el bombo como si me sintiese orgullosa de algo. Yo agaché la cabeza, harta de oír los mismas críticas un día tras otro. En otros tiempos habría montado un pollo en medio de la calle, sin importarme el qué dirán, pero entonces no tenía fuerzas, no me atrevía y sí que me avergonzaba de mi tripa, ahora tan evidente.
Ángela se encaró con ellas. Se puso en jarras impidiendo que siguiesen avanzando y las puso a caldo. A Sita la llamó vieja seca, que estaba amargada porque, a pesar de haberse entrometido en el matrimonio de Manolito, que a otra se le caería la cara de vergüenza, y conseguir que su mujer le echase de casa, aún así no había logrado que le hiciese un hijo y que eso la tenía tan resentida que no hacía otra cosa que echar mierda sobre las demás mujeres, que parecía mentira, con lo que había sido ese pueblo de solidario y ahora ellas dos –la seca y la sacristana, que ni su hijo la quería tener en casa y se había tenido que ir a vivir con las monjas a cambio de limpiarle el culo a las más viejas del convento– no se acostaban sin haber despellejado a alguien; que eso, que vaya dos tiparracas, que cómo tenían el santo cuajo de meterse con una niña, que eso es lo que era yo, una cría engañada por el señorito del pueblo, que para hacer un bombo se necesitaban dos y que el padre se había ido de rositas, abandonado a su futuro hijo sin hacerse cargo de nada y dejándome sola y sin recursos.
Mi hermana, como mi madre, era un ser pacífico que jamás levantaba la voz y apenas discutía con nadie y, si lo hacía, era con una tranquilidad pasmosa y nunca la vi fuera de sus casillas, como ese día. Me sorprendió, pero a la vez me sentí orgullosa de mi familia.
Llegó a casa fuera de sí y dijo que me iba a vivir a con ella a Madrid, que me sacaba de este pueblo inmundo, por lo menos hasta que diese a luz.

Pasé el último trimestre en su apartamento del barrio de la Guindalera Dormíamos juntas en la única habitación, en la que había metido una segunda cama que apenas dejaba sitio para la mesilla y una butaca. Estábamos apretadas pero nos acomodamos como pudimos y nunca dejé de agradecerle que me sacara del pueblo. En abril di a luz a mi hijo, un niño guapo y sano.
Desde febrero paseaba sola por las calles de Madrid. Ese invierno fue especialmente cálido, el sol de mediodía me reconfortaba, mi embarazo era absolutamente normal y no padecí ningún malestar, es más, apenas tuve náuseas ni dolores. Solamente echaba de menos a mi familia, incluido don Ignacio. Hasta que no dejé de verlo no fui consciente de cuánto le añoraba y le quería.
Ángela trabajaba muchísimo y apenas nos veíamos. Cuando llegaba a casa, muerta de cansancio, todavía tenía que leer documentos o telefonear a gente. Yo le ayudaba pasando a máquina expedientes, protocolos y archivos. Ella alucinaba de mi rapidez con las teclas.
Había aprendido a tocar el piano y la guitarra de oído, estaba muy dotada para la música y mis dedos eran un portento de agilidad. Me dijo que porqué no estudiaba en el conservatorio, pero mi situación en ese momento no era la ideal para estudios. Iba a ser madre y necesitaba un trabajo para mantener a mi hijo.
Me había tentado ir alguna noche al Strawberry Fields, pero en mi estado no me parecía lo más oportuno ir sola. Un viernes, que mi hermana estaba menos liada se lo propuse y nos acercamos después de cenar. Me presentó a la dueña, la hermana de Alejandra, Jimena García de la Fuente Gustafsson. Era un tía muy alta y muy extravagante. Era la época de La Movida. El bar estaba lleno de gente famosa a la que mi hermana trataba como si conociese de toda la vida y a mí me parecieron todos niños de papá con mucha tontería.

En abril me puse de parto. Comencé a sentirme mal después de cenar y Ángela me llevó a la maternidad de O’Donell donde di a luz a un niño de tres kilos cien gramos, después de toda una noche de contracciones terribles. A pesar de ser tan ancha de caderas me costó lo mío echar la criatura al mundo y me juré que no volvería a tener hijos jamás.
Era un muñequito. Tenía un carita preciosa, redondita y sonrosada. Mi madre dijo que era exacto a mí y le pusimos de nombre Ignacio. Críspula se empeñó en que era igualito que el abuelo y se puso pesadísima con que le llamásemos Ángel, pero por una vez en la vida no se salió con la suya. Mi hijo se inscribió en el Registro Civil con el nombre de Ignacio Gómez y nunca fue bautizado.
Al día siguiente de parir entró en la habitación, que compartía con otras dos mujeres, la madre de Jorge. Me dio un vuelco el corazón. Preguntó si podía pasar y mi madre le dijo que por supuesto.
Miró al bebé y se emocionó. Me preguntó que qué tal estaba y, mientras, mi madre salió de puntillas a la cafetería a tomar algo. Le contesté que muy cansada, pero feliz y me pidió coger al niño en brazos. Se sentó en la silla acunando a su nieto y me dijo que sentía en el alma la posición de su familia para con nosotros. Que ella se había enfrentado a su marido y a su suegro, porque pensaba que yo tenía todo el derecho del mundo a tener a mi bebé y que deberían haber sido más tolerantes, que parecía mentira, tan católicos, apostólicos y romanos y luego, cuando les convenía se pasaban por el forro los mandamientos de la santa madre iglesia, que eran unos hipócritas y –sobre todo– que su hijo tenía que haber dado la cara y no haber salido huyendo como un conejo. Yo no supe qué decir. Jorge me había decepcionado, pero ella no sabía que yo era una zorra que me había acostado con el otro hermano, y que tal vez me merecía ser madre soltera y estar señalada de por vida. Le dije que al fin y al cabo el niño era mío, que yo lo iba a sacar adelante con o sin ayuda de su padre y que ya no me importaba nada más que mi niño. Me preguntó si podría verle con asiduidad, porque era su nieto –sonrió–, su primer nieto. “Maricris está embarazada, ¿lo sabías?”. Yo sabía que se había casado con el lechuguino porque salía en las revistas, pero lo del embarazo no. Y le dije que por supuesto que podría ver al niño cuando quisiera que la puerta de mi casa siempre estaría abierta para ella.

Dejó al niño en la cunita con muchísimo cuidado. “Nunca se te olvida cómo coger a un bebé”, dijo con su encantadora sonrisa y abrió su bolso de cocodrilo y sacó un sobre que puso debajo de mi almohada.

–Por favor no te enfades. Es todo el dinero que tengo. No soy independiente económicamente, pero durante muchos años he sisado lo que he podido, nunca he sabido muy bien para qué… creo que el trabajo que hice con mis hijos se merecía una recompensa. Me gustaría que con ese dinero tú si puedas ser independiente y criar a nuestro niño como se merece. Olvídate de Jorge porque no se va a hacer cargo de nada, le han sorbido el seso su abuelo y la novia con la que se va a casar. Tal vez algún día se de cuenta de lo que ha hecho, pero ahora mismo no quiere oír hablar de ti ni de su hijo. Coge el dinero y sé feliz. O por lo menos inténtalo.

Se secó las lágrimas y se fue.

Yo no supe qué decir y metí el sobre, sin abrirlo en el cajón de la mesilla, a esperar a que viniese mi madre.

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