lunes, 18 de marzo de 2019

Mis hermanos

El primer día de vacaciones de Semana Santa, el Viernes de Dolores, me encontré por la calle con Jorge. 

Iba caminando con un perro y con aspecto despistado. Me dio un vuelco el corazón cuando le vi a lo lejos. 
Intenté respirar hondo para que no se notase mi nerviosismo, sabía que me había puesto roja como un tomate, era algo que no podía evitar y que me hacía sufrir. Cuando estábamos a menos de dos pasos él se percató de mi presencia y se puso pálido, hizo como que le decía algo al perro que caminaba pegado a sus piernas y yo me paré delante de ambos y dije un “¡Hola!” que intenté que sonara lo más aséptico posible. 
Jorge levantó la cara y me miró con aspecto compungido. Me contestó con otro “hola” que, como el mío, intentaba ser alegre, pero le salió una voz ronca y nerviosa, que me tranquilizó porque estaba tan nervioso como yo. 
Le pregunté por su abuelo y por los estudios y comenzamos una charla insustancial. Cuando ya no sabíamos qué decir, e intuyendo que se iba y no ahondábamos en el tema, le espeté que todavía le estaba esperando, que si todas sus promesas eran tan falsas, más que nada para saber a qué atenerme. Agachó la cabeza y me pidió perdón con un hilo de voz. Me dijo que esa mañana habían tenido una bronca terrible durante el desayuno y se le habían quitado las ganas de salir a la calle, además tenía que preparar la maleta y se le hacía tarde. Le contesté que en mi casa había teléfono, que me podía haber llamado, escrito una carta, mandado recado con alguien… algo, lo que fuese, pero algo. Y me despedí con un chulesco: “pues eso, que adiós, ¡eh!…”. 
Seguí caminando, me latían las sienes y tenía el corazón en la boca, cuando escuché a mis espaldas un “¡espera no te vayas así!”, me giré y Jorge me tomó de la mano y me llevó al paseo de los olmos donde me explicó qué había pasado la mañana en la que me dejó plantada. 
Durante el desayuno él dijo que tenía que acercarse al pueblo para despedirse de mí y le pidió el coche a su madre. Sus hermanos comenzaron a pitorrearse, canturreando que Jorgito tenía novia, que se había enamorado de una paleta del pueblo haciéndole burla, lo que le provocó una ira tremebunda –tanta– que llegó a las manos con Álvaro, al que partió el labio de un puñetazo. Algo inverosímil ya que su hermano era mucho más fuerte. En un momento de ofuscación le espetó que él también se había acostado conmigo y que yo me había tirado a los otros hermanos y a los de Maribel, que era otro pingo como yo. Y Jorge se encerró en su cuarto hasta que su padre les llamó para meterse en el coche y volver a Madrid. 
Me indigné y mis palabras fluyeron, como si no fuese yo quien hablaba, sino don Ignacio, y recité el mismo discurso que él me había dicho apenas unos meses antes. 
           –Eso no es cierto, pero ¿y si lo fuera? ¿qué? ¿qué tienes tú que objetar al respecto? Es mentira que me haya “tirado”, como decís los de Madrid, a todos los hombres de tu familia. Solamente lo hice con Álvaro, y me arrepiento. ¿Y sabes por qué? Porque sois unos niñatos engreídos, que os creéis mejores que los demás. Sois unos niños caprichosos, mimados, que no sabéis el valor de las cosas porque os lo han dado todo hecho. Estáis acostumbrados a tener todo con un chasquido de los dedos y no valoráis nada, porque os creéis que los que no pertenecemos a vuestra clase social somos menos que vosotros. Me repugnáis tú y toda tu santa familia. No soy un pingo, pero si lo fuese es algo que a ti no te debería importar porque no soy nada tuyo. Hago con mi vida lo que quiero y tú no eres quién para criticarme porque soy mejor que tú –me iba calentando por momentos–. Si querías saber si era virgen y pura haber preguntado, pero no pidas lo que no eres capaz de dar, y, sobre todo, no prometas amor eterno si luego vas a salir por patas. No te necesito para nada. Me gustabas mucho, es más, pensé que estaba enamorada de ti, pero no mereces la pena. Cualquier paleto de este pueblo, a los que tú y tus hermanos despreciáis, es más digno de pasear a mi lado que tú. 

Jorge parecía paralizado, no se atrevía a mirarme a los ojos y me volvió a pedir perdón con la cabeza gacha. Me mintió y dijo que él si era virgen, que le avergonzaba confesarlo, porque sus hermanos se mofaban de su timidez con las chicas. Y que tenía razón, que él no era nadie para indagar sobre mi pasado, que no me había preguntado porque no quería saber, es más, que le daba igual si yo lo era o no; pero que le causaba un tormento atroz el saber que su hermano, al que odiaba con toda su alma, me hubiese hecho el amor. 
Cuando oí esa frase, “hacer el amor”, sentí una ternura infinita hacia él. Le contesté que no había sido amor, que estaba muy triste porque él no me hacía ni caso y que me dejé llevar, no sabía muy bien porqué, y acabé en el coche de su madre, con las bragas bajadas y Álvaro encima. 

          –Llámalo como quieras, pero no digas que es amor.

Y Jorge me miró con cara de cordero degollado y me dijo que él si me amaba, que me quería como nunca pensó que pudiera hacerlo, que se había enamorado de mí, tanto, tantísimo, que hasta le dolía el corazón. 
Y nos besamos tiernamente. 

Nos hicimos novios. Jorge se escapaba los fines de semana y comenzamos una relación extraña, nos escondíamos de nuestras familias, mentíamos y quedábamos a espaldas del resto de conocidos. 
Nos veíamos en su habitación, en la finca que permanecía durante esa época vacía. Solamente vivían, en una casita aparte, los guardeses, que hacían como que no se percataban de nuestra presencia. 
En mi casa me decían que estaba más rara que rara. Mi madre me preguntó una tarde si me había enamorado, que me notaba distraída, como si estuviera en Babia y yo no contesté, le sonreí y ella lo dio por hecho. Lo que no se imaginaba era de quién. 

Afortunadamente la que si estaba desatenta era mi abuela. Desde que la habían entrevistado, cuando le dieron la libertad a mi madre, se había hecho famosa. Salió en “El País Semanal” y desde entonces la llamaban de muchas asociaciones y estaba medio metida en política. Frankie, el famoso director de cine de La Movida, se había interesado por su historia y le había pedido permiso para rodar una película ambientada en nuestro pueblo. El fin de semana, tras el 23F acudieron a la manifestación contra los golpistas y él la invitó a la fiesta de aniversario del pub de su amiga, Jimena García de la Fuente, el famoso Strawberry Fields y se fue con mi hermana Ángela, a ver si pillaba un novio de Madrid, que se olía que bebía los vientos por el cura. Críspula estaba todo el día de casa a Madrid y de Madrid a casa. Le había comprado un coche de segunda mano a mi hermana, que le hacía de chófer y acudían juntas a todos los saraos a los que invitaban a mi abuela. 
Le pedí que me llevase a la fiesta del Strawberry, pero se negó, porque yo era muy pequeña para ir a esos sitios y lo que tenía que hacer era estudiar y dejarme de tonterías. 

Allí mi hermana conoció a la de Jimena, Alejandra, y al novio de esta última, que acababa de sacar unas oposiciones a notarías. Se cayeron muy bien y le dieron un contacto para trabajar de pasante en un prestigioso bufete. Ángela había acabado derecho con muy buenas notas, consiguió el trabajo y fue ascendiendo hasta que se asoció con Alejandra y montaron un bufete, G&G Asociadas que se hizo célebre por llevar casos de divorcios de gente famosa, pero que también ayudaban a una asociación feminista y lo hacían de forma totalmente altruista, sin cobrar absolutamente nada, lo que les valió el reconocimiento internacional y fueron muy premiadas. Mi hermana lo hacía en homenaje a mi madre, porque seguramente, si hubiese tenido la suerte de contar con un mínimo apoyo, mi abuela no se hubiese visto abocada a hacer lo que hizo. 

Desde que andaba tan ocupada en cosas ajenas a nuestra familia a mí me dejó en paz. Era un gran alivio porque me tenía ojeriza, o por lo menos yo lo creía porque no me dejaba vivir Era como un grano en el culo, siempre atenta a cómo me vestía, con quién iba o dejaba de ir, si estudiaba, si no lo hacía, si me duchaba todos los días o si no… 



Un día que se quedó a dormir en Madrid se lo dije a mi madre que me sacó de mi error, Críspula no me odiaba, como yo siempre había creído, al contrario, se preocupaba por mí porque estaba convencida de que era la más vulnerable de la familia. Ángela estaba encarrilada y muy bien encarrilada, era una muchacha encantadora, muy inteligente y con don de gentes, que se había sabido buscar la vida y era capaz de llevar una casa, estudiar y trabajar. Mariano y Pedrito era chicos y, a pesar de que mi abuela era feminista y todos esos rollos, en el fondo sabía que los hombres lo tenían más fácil para andar por el mundo y que ellos no tendrían problemas para salir adelante. El mayor se puso a trabajar, siendo apenas un mocoso, las tierras de Sebastián, que no era un terrateniente, propiamente dicho, pero sí que poseía una gran extensión de tierras y contrataba a chavales jovencitos, como mi hermano, para pagarles una miseria. Pero Mariano se hizo imprescindible, era muy trabajador, como Ángela, y Sebastián le cogió mucho cariño. Tanto que dejó que se hiciese novio de su única hija, Margarita, una pánfila que se quedó huérfana nada más nacer y que se había criado como una princesita, mimada por su padre y que no sabía hacer absolutamente nada. 

Pedrito era otro cantar. Desde crío andaba por el pueblo, junto con el hijo pequeño del alcalde, Domingo, haciendo travesuras. Era muy bajito y delgado, puro nervio y muy alegre y simpático, lo que hacía que todas las chicas se pirraran por él. Nunca se casó, pero tuvo muchas amantes, casi todas casadas. Era un pillo, yo le adoraba y con ese atractivo, esa seducción y ese saber estar y a quién arrimarse, montó un negocio que le hizo rico. 

Y las gemelas eran dos en una. Antes de comenzar a hablar se comunicaban con un cloqueo que a mi abuela Críspula le provocaba risa. “Estas niñas no necesitan a nadie, se hacen compañía la una a la otra”, decía, y lo más curiosos es que se ennoviaron a la vez, de los hijos de Manolillo, el tabernero, también gemelos. Eran la monda. 

Amaba a mis hermanos con locura. Aunque el único efusivo era Pedrito, con los otros tenía una relación fabulosa. Ángela siempre estaba pendiente de mí y las gemelas, aunque parecía que iban a su rollo porque estaban muy unidas y eran inseparables, no me dejaban ni a sol ni a sombra. Como compartíamos dormitorio, los fines de semana, cuando llegaba a casa después de haber estado metida en la cama con Jorge toda la tarde, me preguntaban que quién era mi novio, que se me notaba que había estado con un chico. Yo no quería decir nada, porque él me había dicho que lo debíamos mantener en secreto, pero me dieron tanto la lata e insistieron tantísimo, diciendo que si no lo contaba era porque era un hombre casado o con novia, que si me tenía que esconder era porque estaba haciendo algo malo y cosas así, lo conté. Me dijeron que estaba loca, que un señorito no se iba a casar con una del pueblo y yo les dije que no me quería casar, a lo que pusieron el grito en el cielo y apelaron a mi cordura, porque si no me casaba, ¿qué iba a hacer sola por la vida?. Les pedí que no se lo dijesen a nadie y me prometieron que no lo harían, pero que me replantease esa relación que no llevaba a ninguna parte. Así que, después de dar vueltas y más vueltas en la cama, pensando en lo que me habían dicho mis hermanas, decidí contárselo a don Ignacio, que me preguntó si estábamos realmente enamorados. 

Y fue lo único que necesité saber. Nos queríamos y eso era todo.

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