miércoles, 6 de marzo de 2019

Maribel


Ese mismo año yo había comenzado a estudiar segundo de BUP y como habían cerrado el instituto por falta de alumnado, nos teníamos que ir al del pueblo de al lado, que era más grande y tenía de todo, hasta una cárcel, donde estuvieron presos Miguel Hernández y “El Lute”… 
Con el curso ya comenzado, cerca de las navidades, apareció una alumna nueva, Maribel, la hija del director del penal. Esa mañana yo llegaba con la hora pegada y al pasar por delante de la puerta del director, que estaba abierta, don Manuel me llamó por mi apellido y me pidió que acompañase a “la señorita Monzón” a mi clase y que le pusiera al tanto de todo lo relativo a nuestro curso. 
Isabel Monzón era una chica muy alta, como yo. Bastante desgarbada, rubia con el pelo muy largo y con pinta de hippie ¡Y llevaba vaqueros de marca! Los chicos le pusieron de mote Janis Joplin. 
Su aspecto chocaba absolutamente con el de las muchachas de pueblo del instituto. 
Aunque el hecho de que estudiasen ya era un tanto a su favor, la mayoría se vestía como señoras de cuarenta años y aparentaban esa edad por los gustos pasados de moda y la forma de pensar. 

Yo no tenía amigas, porque era un espíritu libre, iba a mi bola y me repelían las niñas de mi entorno, con las que no tenía ni pizca de afinidad. Además el hecho de ser la hija de una ex convicta no ayudaba lo más mínimo.

Maribel se hizo amiga íntima, en realidad la única que he tenido a lo largo de mi vida. Andaba muy deprimida porque, por el trabajo de su padre —el “puto carcelero”, como decía— iban y venían por toda España y no conseguía asentarse en ningún sitio. Su última residencia había sido en Barcelona, su padre había sido director de la Cárcel Modelo y allí dejó a su novio, en realidad al chico por el que bebía los vientos, amigo de uno de sus hermanos mayores, pero que —para ser sinceros— ignoraba de la existencia de mi amiga. 

Un día me invitó a comer a su casa. Yo lo hacía en la de una señora, viuda, que preparaba un menú diario a los estudiantes del instituto que vivían fuera y que no tenían tiempo de ir a comer a casa. Entonces no se estilaba lo del horario intensivo y teníamos clase por la mañana y por la tarde. 
Mi abuela siempre remugaba de por qué narices no lo hacíamos todo junto, que por qué no se entraba antes y se salía un poco más tarde y así se ahorraban viajes y comidas. Y cuando mi hijo comenzó a ir al instituto, de 8 a 3, me acordaba de ella y de cuánta razón tenía. 
Los viernes —nunca entendí el motivo— hacía potaje. Yo lo odiaba. Era la comida típica de vigilia. Entonces se llevaba a rajatabla lo de no comer carne los viernes y esas cosas absurdas, pero lo del potaje se suponía que era cosa de la semana santa de los cojones, pero la buena señora nos lo encasquetaba todos los viernes, con frío o con calor, en semana santa o en navidades. 

Ese día lo comenté en voz alta a la hora del recreo, mientras examinaba el interior del bocadillo, esperando en vano que no fuese de chóped y Maribel me dijo que me fuese con ella a comer a su casa. Le dije que ni hablar, que qué pensaría su madre, y sin avisar encima, que no y que no. Pero insistió tanto que fui y su madre no solo no puso el grito en el cielo, sino que me preguntó si me gustaba lo que había, que si no, me hacía otra cosa. Y yo alucinaba. Y me comí un plato de macarrones con chorizo, con copete, que me supieron a gloria y de segundo (porque en casa de Maribel no existía, como en la mía, eso de “plato único”) unos boquerones fritos con ensalada de escarola, riquísima, y de postre fruta, pero tenían una fuente con fruta de todo tipo, no como en mi casa, que era naranja en invierno, manzana en verano y plátano siempre. Me puse morada y luego, de camino al instituto me arrepentí de no haber parecido una chica fina y elegante y haber comido como un gorrión, que era lo que se suponía hacían las muchachas distinguidas. 

Maribel tenía tres hermanos. Los dos mayores estudiaban en Madrid, internos en residencias universitarias y el pequeño, ella era la tercera, todavía iba al colegio. 

Jesús, el mayor, estaba en casa porque se había roto la tibia y el peroné jugando al rugby. Era un chaval guapísimo, y me puse roja como una manzana cuando se levantó, ayudándose de las muletas, a darme dos besos, que era como se saludaban los chicos de Madrid. 


Los padres de Maribel estaban encantados con nuestra amistad, porque cuando le dijeron que se marchaban de Barcelona a un pueblo de mala muerte de Toledo, a mi amiga se le vino el mundo encima. Le encantaba vivir en Barcelona. Aunque ellos eran de Madrid, nunca se sintió “charnega”, como llamaban a los de fuera. En el colegio había la típica rivalidad, sobre todo cuando jugaban el Barça y el Madrid, pero nada que le supusiera un sufrimiento. Le gustaba Cataluña, era como estar en Europa, vivir en el siglo veinte, en una ciudad cosmopolita. En el instituto las clases no eran meros recordatorios, además de memorizar les invitaban a pensar y a tener espíritu crítico, a buscar información y a sopesarla. Y de repente, de la noche a la mañana se encontró vegetando en el pueblo más retrógrado de la España más rancia y trasnochada que uno pudiera imaginar. 

Maribel se carteaba con las amigas del alma que dejó allí. Tenía una carpeta con papel de cartas decorado, con florecitas en un costado de las cuartillas y el mismo diseño en los sobres. 
Escribía con pluma estilográfica y tenía una caligrafía bellísima. Todas esas peculiaridades, que yo envidiaba con toda mi alma, eran tomadas como extravagancias y caprichos de “niña pija” en nuestro instituto. Mi amiga era muy original y con una personalidad apabullante, que provocaba recelo en las chicas y temor en los chicos. Al principio caía mal. En realidad, hasta pasadas las vacaciones de semana santa, todo el mundo le hizo el vacío. Hasta que comenzaron a conocerla y al año siguiente fue la chica más popular del instituto, lo fue tanto que yo sentí unos celos espantosos. 

Ese verano me invitó a salir varias veces con ella. Su madre venía a recogerme a mi pueblo y me quedaba a dormir en su casa. Era la única madre que conducía y que tenía coche propio. Era pintora y estaba un poco loca y a mí me encantaba, me gustaban todos, incluso el padre, que parecía muy serio. 

A mi abuela no le hacía ni pizca de gracia, pero mi madre por aquel entonces ya vivía en casa y tras conocer a la de Maribel accedió encantada a que yo me quedase en casa de mi compañera, porque era la primera vez que tenía una amiga, hasta entonces había sido una niña solitaria y retraída, como ella a mi edad y no podía soportar ver el retrato de su infancia tristísima en su hija. 

Maribel y su familia veraneaban en el mes de julio. Ese lapso de mi vida fue espantoso. Me habían quedado dos en junio y mi abuela y mi madre me hacían estudiar todas las mañanas. Las tardes se me hacían interminables así que mi abuela –que me odiaba–decidió que debía comenzar a ayudar en el gabinete de costura. 

En la adolescencia me volví una cerda y tenía mi cama —compartíamos habitación Isabel, Manuela y yo— atestada de ropa, apuntes y revistas, lo que le provocaba urticaria. Nunca lo recogía y les prohibía a mis hermanas mayores que lo hiciesen. Y cuando volvía de clase los viernes, me encontraba que había vaciado mi parte del armario y el caos en mi cama llegaba casi al techo. Me amenazaba con no salir en todo el fin de semana y había veces que pasaba de todo (tampoco es que tuviese con quién) y me tiraba todo el sábado metida en la habitación, mirando el techo y pensando que mi abuela era una bruja. 
Pero desde que me había hecho amiga de Maribel ya sí que quería salir y procuraba no enfurecerla demasiado, porque la que cortaba el bacalao en casa era ella. Era como un padrastro. 

Ese verano me puso a hilvanar. El gabinete de costura iba cada vez mejor. Desde que mi madre había vuelto a casa comenzaron a recibir cada vez más encargos y cuando le cosió un vestido de comunión a una sobrina de don Domingo, gustó tanto que casi ya no hacían otra cosa. Mi madre tenía unas manos soberbias para la costura y el boca a boca funcionó hasta el punto que incluso señoras de Madrid venían a encargar los vestiditos de comunión de sus niñas. 

A partir de enero los pedidos eran muy numerosos y a veces tenían que contratar a alguna señora para que las ayudara. Mi madre se quedaba muchas noches hasta las tantas cosiendo y por la mañana, apenas había salido el sol ya estaba dale que te pego con la aguja. 
Y a mí me horrorizaba. Eso no era vida. Y menos para una mujer que se había chupado años y años en la cárcel por algo que no había hecho. Y cada día tenía más manía a mi abuela, la culpable de todo. 

Ese mes de julio me comporté como en mi vida. Mi abuela andaba con la mosca detrás de la oreja, porque le resultaba inexplicable mi cambio. Mi madre, la pobre, decía que es que estaba madurando y yo ponía carita de niña buena, porque me estaba preparando para la vuelta de mi amiga de veraneo. En las dos postales que me escribió desde la Costa Brava, me decía que en agosto tenía que ir una semana entera a su casa a pasar las fiestas. 
Me levantaba pronto para ponerme a estudiar bajo la sombra de la higuera, que es donde se estaba más fresco. Cuando mi abuela entraba en la cocina a preparar café y me veía sentadita con mi libro, levantaba una ceja y se acercaba, acechando como una lechuza, para ver si descubría que en realidad estaba leyendo revistas o tonterías. Pero nunca me pilló haciéndolo. 

Después de comer, mientras se escuchaba El consultorio de Elena Francis, en la Inter, y la radionovela de turno, me unía al gabinete de costura y aprendía a hilvanar, sobrehilar y coser botones. Se me daba fatal. Acababa enredando la “hebra de Mari Moco, que cosió siete camisas y aún le sobró un poco” (cómo odiaba la puta cancioncita de mi abuela) o bien se me rompía el hilván, y, casi siempre, el hilo acababa cogiendo un tono pardusco, debido al sudor de mis manos. 
Mi madre y mis hermanas se partían de risa, porque no podían entender que alguien pudiese ser tan sumamente torpe. Pero a mi abuela le enfurecía mi inutilidad con la aguja y el hilo. Don Ignacio, que se pasaba muchas tardes de visita, intentaba defenderme y le decía a mi abuela que no todo el mundo servía para las mismas cosas, que yo tenía otras capacidades y no debía desmerecerlas. 

Porque eso era otra. El cura había descubierto que yo tenía una voz portentosa y se encargó de camelarse a mi abuela para que me dejase cantar en misa de doce. Al principio a Críspula le pareció estupendo y con apenas doce años comencé a cantar en la iglesia. Fue el año en el que a mi madre le concedieron la libertad y a nosotros una casa nueva. Parecía que el azar nos sonreía por primera vez en la vida y mi abuela cruzaba los dedos porque la suerte, la buena suerte, era algo extraño, por inusual y no se fiaba un pelo de la puta vida, que no había dejado de arrearnos durante siglos. 

Años después me dediqué a hacerlo en bares y tugurios, eso ya no le parecía bien y le echaba la culpa a don Ignacio, por meterme pájaros en la cabeza, con lo bien que estaría la niña cosiendo o bordando, como sus hermanas, porque para los estudios la única que parecía que tenía algo de seso era Ángela, que se sacó el bachiller nocturno y luego la carrera de derecho a distancia, mientras trabajaba de criada en casa del alcalde, que eso sí que era mérito y no pegar alaridos hasta las tantas por esos bares de mala muerte, y encima con un niño pequeño, que lo que tenía que hacer era cuidar a mi hijo, que menuda prenda era yo… 

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