viernes, 1 de marzo de 2019

Manolita

Manolita, la esposa del alcalde, era una mujer fantástica, siempre alegre y de buen humor, con una risa contagiosa que había puesto a su marido, en más de una ocasión, en serios apuros durante la misa de los domingos. Había veces que se oía una carcajada ahogada y se le saltaban las lágrimas del esfuerzo por disimular cuando oía cantar a las viejas. 
Siempre me decía lo que había ganado la misa del domingo conmigo. Y cuando marché a Madrid la que más notó mi ausencia fue ella. 



Manolita arrastraba una historia terrible. La guerra golpeó a su familia, y a ella misma, de una forma brutal, pero nunca, jamás salió un reproche de su boca. Con más motivos que nadie para odiar, Manolita le dio la vuelta a su tragedia y —aunque nunca olvidó a su familia asesinada— se entregó en cuerpo y alma a su nueva vida, a su familia, a su marido, a sus hijos y a todas y cada una de las gentes necesitadas de Vega de Tajo. Su marido decía que su casa parecía el Hostal de Tócame Roque. Siempre había un plato de comida de más para quien lo necesitase. Durante la terrible posguerra su huerto producía para medio pueblo y nunca nadie necesitó pedir ayuda, porque ella estaba allí antes que nadie, apoyando, alimentando, consolando a quien lo necesitase. 



Ella fue la que dirigió en la sombra la cadena de solidaridad con mi familia, cuando mi abuela y mis hermanos volvieron a Vega, tras la encarcelación de mi madre. Por las noches dejaban comida, muebles y ropa en la puerta de la casa y así mi familia pudo subsistir. 



Manolita no habría podido superar la muerte de sus hermanos en el frente nacional, el asesinato de su padre, ante sus ojos, por nueve falangistas a pocos días del fin de la puta guerra, ni su violación ni la de su madre y su hermana pequeña, una cría, que se suicidó al día siguiente ahogándose en el río; si no hubiese sido por Domingo, su querido esposo, el que día tras día acudía a su casa a pedirle que se casara con él, que no dejó que murmuraciones ni cotilleos le hiciesen abandonar la ardua tarea de convencer a Manolita para que fuese su compañera. Que olvidó que su mujer tuvo que abortar porque uno de sus tres violadores la había dejado embarazada y no estaba dispuesta a cargar con un hijo fruto de la barbarie y el salvajismo. Que estuvo a su lado siempre, a todas horas, que guardó abstinencia durante años para no herir a su esposa amada. Y que, siendo ya abuelos, lloró junto a su mujer, el día que ambos, durante el viaje de sus bodas de oro, visitaron la Tate Gallery, en Londres y Manolita tuvo un ataque de ansiedad ante el cuadro de “Ofelia muerta”. 
Era una mujer menuda por la que parecía que no pasaban los años. Lista y curiosa, había conseguido acabar la carrera universitaria, solamente para demostrarse a sí misma que era capaz de hacer algo que de jovencita le daba vértigo. Además, como esposa del alcalde, debía tener un mínimo de preparación y cultura y no hacer el ridículo en las reuniones del partido, en Madrid. Mi hermana trabajó en su casa de criada cuando apenas era una niña. Ángela es abogada gracias a Manolita, que se sacó el bachiller a distancia con ella. Las dos estudiaban a ratos, entre limpiezas y comidas. Manolita estudió Magisterio y mi hermana Derecho. Manolita no ejerció jamás. Mi hermana es una abogada de prestigio con bufete propio y el orgullo de todo mi pueblo. Bueno, de casi todo, porque siempre están las envidiosas de turno, pero como dice mi cura, “quien te envidia te hace valioso, quien te critica te hace importante”. 

Domingo Esquinas, fue alcalde de mi pueblo durante muchísimos años. Cuando llegó la democracia se afilió a UCD, porque creyó que era el “menos malo”, ya que de la clase política se fiaba muy poco. 

Había luchado en la Guerra Civil con los nacionales. El caso es que siendo apenas un mocoso se encontró con un Mauser a la espalda y enrolado en no sabía muy bien qué, junto a los hermanos de Manolita, sus amigos del alma, a los que fue viendo morir en el transcurso de la dichosa guerra. 

Y cuando volvió a su pueblo, ganador, no se sintió ni orgulloso ni feliz, como el resto de sus compañeros. Retornó con el corazón en un puño, solo y cansado, con el pelo infestado de piojos, la piel reseca como los lagartos y el espíritu devastado por el agotamiento; e intuyó que ya no volvería a ser el niño feliz y despreocupado que marchó de Vega de Tajo a “liberar España de rojos y ateos”. La guerra le había transformado en un hombre serio, responsable e infeliz. De camino a casa se preguntaba que para qué todo aquello, que si toda esa lucha fraternal había servido para algo más que separar definitivamente a las dos Españas irreconciliables, las dos Españas que se hundían en el barro mientras no dejaban de luchar a garrotazo limpio, como en el cuadro de Goya. 

Y cuando entró por la puerta de su casa, la que recordaba más grande, más luminosa, más blanca, y su madre le recibió con lágrimas en los ojos, solamente con mirarla, supo que algo muy grave había ocurrido. Entonces decidió que debía hacer algo bueno por su pueblo y por su gente, y se presentó para alcalde. Visitó a don Ataúlfo, al que le habían restituido las tierras incautadas durante la guerra, ya que era un personaje muy influyente dentro del Movimiento, para comunicarle su decisión y éste no puso ningún impedimento, es más, le apoyó públicamente, ya que Domingo Esquinas era un joven que se había ganado el respeto en el frente, no parecía tener dobleces y –lo que era más importante– se le estimaba en el pueblo. El cacique habló con el Gobernador Civil y se le nombró alcalde en mayo del año 40. Más adelante, con la Ley de bases de Régimen local de 1945 no tuvo ningún problema en conseguir los tres tercios –familiar, sindical y corporativo– y fue el alcalde de Vega de Tajo más longevo y querido. 

Domingo Esquinas era un “buen mozo”, muy alto y fuerte, pretendido por las chicas de su pueblo que no podían evitar un suspiro cuando le veían caminar a grandes zancadas, paseando por el pueblo, haciendo recados, trabajando las tierras del padre, que murió el día que él tomaba la primera comunión, y sacando adelante su casa. 

A pesar de su apariencia, grande, fuerte, y con una simpatía a raudales, Domingo era un niño muy tímido y emotivo. Su madre lo supo siempre y le enseñó a reprimir esa sensiblería en público, recordándole, todas las mañanas, cuando acudía a despertarle con un beso amoroso, que vivían en un pueblo de garrulos y animales, que ni se le ocurriese llorar mirando la puesta de sol, que eso lo hiciese en casa, a su lado. Y así fue como sobrevivió a la pandilla de malas bestias que eran los niños de su colegio. Chavales cuyo entretenimiento principal era maltratar perros callejeros, apedrear a los del pueblo vecino y cargarse gorriones con el tirachinas. Y eso, a él le ponía enfermo. 

Siempre esperaba a Manolita en la puerta del colegio para marchar juntos a sus casas, muy próximas. Y cuando nadie les veía le cogía de la mano. 
Los tres hermanos mayores de Manolita querían a Domingo como si fuese de la familia. Los padres habían sido muy amigos y al quedar el niño huérfano le acogieron y ayudaron. Eran gente buena, sencilla y humilde. De las que ya no quedan. 

Por aquellos días Don Ignacio acababa de enterrar a su madre y estaba profundamente deprimido. Adelgazó muchísimo y, aunque jamás dejó a un lado sus quehaceres en la parroquia, se le notaba ausente, como si tuviese la mente en otra cosa, en algo que le mortificaba hasta el punto de no dejarle dormir por las noches, en las que se le podía ver paseando o corriendo por el sendero del río, como si fuese un trastornado. 
La única que supo intuir su tristeza, porque él no daba la mínima pista sobre su estado de ánimo, fue Manolita. 

Todas las mañanas le llevaba un trozo de bizcocho “riquísimo, pruébelo que me acaban de dar la receta” o unos “churritos calentitos, que pasaba por aquí y había pensado que quizás le apeteciesen unos pocos”. A mediodía casi siempre le invitaba a comer a su casa, que ya no era una jaula de grillos, como antaño, porque los chicos se habían independizado y se habían quedado solos y les echaba tanto de menos que no sabía cocinar para dos y siempre le sobraba comida. Las tardes siempre las pasaba en la parroquia, ayudando en las actividades programadas para el fin de semana y le acompañaba a visitar a vecinos enfermos o necesitados, en realidad a los pocos que aún le dejaban entrar en sus casas, porque don Ignacio, ahora, no era bien recibido en todas. 

Manolita tenía una risa contagiosa que alegraba los corazones, regocijaba las almas y espantaba a los pájaros y el padre Urrutia acabó enamorándose perdidamente. Fue algo paulatino, no se dio cuenta hasta que una tarde que ambos doblaban ropa usada y la metían en cajas, se tocaron las manos sin querer y el sintió un terremoto de emociones que creía olvidadas. 
Jamás dijo nada. Nunca dio pie a nuevos contactos. Guardó en silencio ese amor imposible que solamente dejó reflejado en sus escritos nocturnos, en páginas y páginas dedicadas a la mujer más buena, más generosa, más noble y espléndida que jamás conoció. 

Y ella murió sin saberlo. 
Como debía ser. 



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