lunes, 4 de marzo de 2019

Los López-Bravo

A don Garigran siempre le llamábamos don Ignacio y de usted. En mi pueblo se tenía un respeto reverencial por las “fuerzas vivas”, el cura, el alcalde, el médico, el boticario… y, por supuesto, por el terrateniente. 

Don Ataúlfo era el rico del pueblo, tenía tierras y ganado y vivía en Madrid. Su hijo único, Mateo, estudió en colegios de prestigio y era ingeniero. Se casó con una mujer muy fina y elegante que enmendó la genética familiar y tuvieron siete retoños, guapos como la madre y simpáticos como el padre. 

El abuelo y el padre eran hombres recios, de barba cerrada y manos anchas, pueblerinos venidos a más, como decía mi abuela, bien vestidos y bien comidos. Sin embargo los nietos salieron a la madre. 



Doña Cristina era una mujer menuda y muy elegante, que paría como una coneja sin que su cuerpo notase los estragos de los numerosos embarazos. 

Yo solamente la veía, las pocas veces que venían al pueblo, en misa. Se sentaban en el primer banco y yo procuraba hacerlo cerca de ellos, porque me fascinaba esa familia. Le pedía a mi abuela que me hiciese vestidos como los de las niñas López-Bravo y de mayor quería ser como doña Cristina. Me obsesioné tanto que, comenzada la adolescencia, cuando pasé de ser una niña larga y desgarbada a convertirme en una copia de mi abuela, que —decían— había sido una mujer de bandera, y reparé en que mi ropa encogía por días en pecho y caderas, dejé de comer para afinar silueta, encoger culo y comencé a llevar una camiseta apretada para disimular los pechos, que eran —para mi gusto— enormes. 

Los nietos de don Ataúlfo pasaban algunas temporadas en la casa señorial de su abuelo, un “hotel” —entonces no se llamaban chalés— en las afueras, rodeado de un bonito jardín que doña Cristina, había diseñado con mimo y del que estaba muy orgullosa. 

Nosotros veíamos a los chavales de don Mateo por el pueblo en fiestas y navidades. Eran muy extrovertidos y salían con los hijos del alcalde y con mi hermano Pedrito, al que acogieron como el “hermano pobre” y les hacía los recados a cambio de una coca-cola o un cigarro de los que vendía sueltos, “la Musma”, una vieja, revieja, que tenía un puestecillo de chucherías en la calle mayor. 

Yo me enamoré perdidamente de Jorge, el cuarto hermano, el hermano distinto, el más alto, el más delgado, el más inteligente, el más culto, pero también el más cobarde y el que estaba tan apegado a su madre que nunca superó su muerte. 
Jorge había pasado una fiebres reumáticas que le habían tenido en cama parte del curso, el año que cumplía trece años, y tuvo que repetir. Quizás por ese motivo se aficionó a la lectura y a otro tipo de pasatiempos, que nada tenían que ver con los de sus hermanos, auténticos deportistas, amantes del aire libre y las actividades que requerían esfuerzo físico. Sin embargo a él no le apasionaba nada de eso, nadaba a duras penas, odiaba el fútbol, el baloncesto y especialmente el rugby, le daban miedo los caballos y decía que correr era de cobardes. Se recluía en casa, apenas salía y desarrolló una personalidad casi enfermiza, a ojos de su padre y abuelo, que pensaban que al niño le estaba amariconando la madre, con tanto mimo, tanta preocupación y tanto taparle con la manta cuando leía “novelitas” en el sofá. Que eso de leer era cosa de mujeres, y no de todas, porque las López-Bravo no cogían un libro ni por las solapas, solamente los obligatorios —y los hojeaban a regañadientes— del curso escolar. Las tres hermanas estudiaron carreras técnicas, porque ninguna salió aficionada a las letras. Don Ataulfo decía que, bueno, que menos mal que solamente uno de siete había salido torcido y, en el fondo de su corazón, lo achacaba a la familia materna. Unos flojos. Muy finos, pero holgazanes y pusilánimes, la única con un poco de sangre en las venas era su nuera, que había parido como una jaca saludable y robusta, sin rechistar, para asombro y admiración del suegro, que no esperaba semejante hazaña de una melindrosa; criada en un caserón sombrío, en uno de los mejores barrios de Madrid, educada por una familia que no dejaba de rememorar la gloria y esplendor pasados, pero que sobrevivían a duras penas con la renta del padre y que comían sopas aguadas en platos con el escudo de la familia y cubiertos de plata, con las iniciales del abuelo conde. 

A Doña Cristina, como era lógico en cualquier madre con dos dedos de frente, le preocupaba la salud de su hijo, entre otras cosas porque los otros niños apenas habían enfermado. Pasaron el sarampión, la varicela y las paperas con resignación estoica, como si se tratase de una fastidiosa cuarentena, en espera de mejorar lo mínimo para poder salir a la calle a jugar. 


Jorge, sin embargo, disfrutaba en casa con los mimos de mamá y de Aurelia, la tata que había criado a todos los López-Bravo, y que se deshacía con Jorge, porque era el único cariñoso y solícito, el único que se dejaba besar y abrazar. Y el niño se crió como una flor de invernadero, hasta que el padre y el abuelo, tras el alta médica, decidieron que tenían que alejarlo de la mala influencia de la mujeres de la casa y le enviaron interno a Suiza, para —en teoría— hacer que recuperase el tiempo perdido en los estudios, debido a su mala salud. 

Jorge volvía a casa en vacaciones, más flaco y más pálido, para preocupación de su madre, pero nunca dijo nada de lo mal que lo pasó en el internado, siendo el blanco de bromas pesadas y auténticas perrerías, que le hicieron odiar el mundo en general y su “clase social” en particular. 



El año que acabó sus estudios y se preparaba para ir a la universidad, al abuelo le dio un derrame cerebral. Apenas se le notaban las secuelas porque se recuperó asombrosamente bien, solamente se apreciaba en la caída del ojo izquierdo y un leve babeo, que disimulaba con un pañuelo de batista bordado con sus iniciales, siempre a mano. Así que decidieron que ese verano lo pasaría la familia reunida en la finca de Vega de Tajo.

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