lunes, 25 de marzo de 2019

El "problemilla"

Mi abuela estuvo toda la mañana fuera. Pensábamos que se había ido a Madrid, pero cuando Ángela llamó a mediodía para decir que ese fin de semana no podía venir porque tenía un viaje de trabajo, nos confirmó que no estaba con ella. 

Críspula volvió cuando ya estábamos comiendo y me dijo que al día siguiente teníamos que ir a ver a don Mateo, que nos esperaba en su casa. Yo puse el grito en el cielo y bramé que porqué tenía que meterse en mis asuntos y ella, alzando la voz más que yo, me contestó que ahora esos asuntos eran de las dos familias, y si no, que me hubiese cerrado de patas a tiempo. 

Esa noche tampoco pegué ojo y por la mañana, muy pronto, el chófer de don Mateo aparcó el cochazo en nuestra puerta a esperar que saliésemos mi abuela y yo. Críspula le dijo a mi madre que mejor que no viniese, pero ella se negó a quedarse en casa, “es mi hija, que no se te olvide”, y fuimos las tres, en comandita, como tres idiotas, a ver al “señorito” del pueblo, no sabía yo muy bien a qué. 

Cuando entramos en la casa que conocía tan bien, nos hicieron esperar en la entrada un buen rato. Yo era muy joven, pero supe de inmediato que esa espera no era algo inocente ni necesario. Estaba tan nerviosa que no podía ni tragar la saliva. En el despacho se oía a don Mateo hablar por teléfono y a lo lejos, en la cocina, voces de los chicos, que –seguramente– estuviesen desayunando. Me levanté y me asomé al pasillo, esperando ver aparecer a Jorge, mientras mi madre, sentadita en el borde de una silla y retorciéndose las manos, me susurraba un “¿Qué haces? Siéntate y estate quieta”. 

Oí el vozarrón de don Ataúlfo en lo alto de la escalera que me decía, “no se moleste señorita, Jorge no está ya aquí, anoche viajó a Madrid y esta mañana, muy pronto, ha tomado un avión a Suiza para proseguir sus estudios”. Y sentí la mayor humillación que nadie nunca haya podido experimentar. 
Mientras bajaba, renqueando y tapándose la comisura de los labios con el eterno pañuelo de batista, se abrieron las dos puertas del despacho, inmenso, señorial e intimidatorio de los señores de mi pueblo.

Don Mateo nos invitó a pasar y yo sentí náuseas. 
El padre y el hijo se sentaron a un lado de una mesa enorme y nos indicaron que lo hiciésemos en el otro. Las sillas de manera noble, tapizadas de cuero me hacían sudar, pero eran nervios y más que nervios, pura indignación. 
Don Mateo comenzó a hablar dirigiéndose a mi abuela, que con todo lo brava que era y la fama que se había echado de mujer temeraria y audaz, ahora se encogía como un gusano en el despacho de los señoritos. 

–Como le dije ayer, hoy me he puesto en contacto con un gran amigo, es el jefe del servicio de ginecología del hospital de La Paz, es tocólogo y se ha ofrecido a liberarnos del “problemilla”. 

Abrió un cajón y sacó dos sobres. En uno, según nos iba indicando, estaba la dirección de la consulta particular del doctor, en la calle General Mola. Mi madre dijo que ya no se llamaba así, que ahora era la calle Príncipe de Vergara, y don Mateo le contestó, con una sonrisa prepotente, que ellos siempre la llamarían como “antes”. 
Dentro del sobre iba una carta dirigida al doctor, que ya estaba informado del “asunto” dándole, de nuevo, las gracias por su colaboración. 
En el otro había un cheque para mí. Con eso me pagaban las “molestias” y se aseguraban mi silencio. Ponían a nuestra disposición el coche con el chófer y nos aseguraron que la “intervención” era algo muy sencillo que no requería hospitalización, excepto varios días de reposo, pero que en todo caso, cualquier complicación que pudiese surgir, que no dudásemos en volver a la consulta del doctor que ellos corrían con todos los gastos. 

Yo le dejé hablar. Hasta el momento de la aparición del viejo no tenía muy claro si abortar o cargar con el bastardo López-Bravo. Y tras los acontecimientos me lo estaban dejando clarísimo. No pensaba hacerlo. 

–¿Y a usted quién le ha dicho que voy a abortar? 
–¡Uy! ¡Abortar! Qué palabreja más fea, señorita. Digamos que buscamos una solución, lo más beneficiosa para las dos partes. 
–Ya, la solución final, como los nazis. 

Y don Ataúlfo se puso en pie y comenzó a farfullar, lanzando perdigonazos a diestro y siniestro. 

–A ver, señorita, me parece que se está equivocando. En primer lugar si usted pensaba que así iba a cazar a mi nieto se confundía del todo. Él ya tiene novia, una chica deliciosa de una familia estupenda, que no va a dejar por este “pequeño problema”. Si cree que llevando adelante el embarazo va a conseguir algún reconocimiento también se equivoca, no nos van a sacar ni una peseta. Bastante estamos haciendo ya poniéndoles en contacto con el doctor Jiménez, una eminencia que –a pesar de sus firmes creencias– ha accedido a realizar esta “intervención” por el bien de todos. No jueguen con fuego, estamos siendo muy generosos, no tensen más la cuerda. 

Entonces mi abuela se puso de pie y también ella levantó la voz para decir que se metiesen su generosidad y su buen juicio por el ojete, que no queríamos un duro de ellos, que mi familia se bastaba para salir adelante trabajando honradamente diez horas diarias, que su bisnieto nacería y sería querido y amado y viviría en un hogar feliz, rodeado de cariño sincero y que no le iba a faltar de nada, porque para eso estábamos todos a una, echando una mano y que no sabía qué coño hacíamos allí, dejándonos sobornar por dos ladrones de tierras ajenas, fascistas chivatos que habían sido delatores y soplones en la guerra y que, por ese motivo, mi abuelo Ángel había sido fusilado. 
Echó la silla hacia atrás que cayó sobre el respaldo con gran estrépito y dijo, “¡Vámonos de este nido de víboras!, que les aproveche, señores, recuerdos a su nieto, que le cunda en Suiza.”. 

Salimos muy dignas. Una sirvienta estaba en la entrada y nos abrió la puerta con la cabeza gacha, a mi paso sonrió levemente en un gesto de camaradería que agradecí lo que no está escrito. El chófer nos esperaba en el coche, pero pasamos de largo y comenzamos a caminar. Hacía un calor de cojones y teníamos casi una hora de camino, pero yo me sentía feliz. 
Al atravesar la verja de entrada a la casa me di la vuelta para mirar, yo creía que por última vez, aquel edificio tan bonito y alguien corrió unos visillos con prisa. 

Quince minutos después oímos a lo lejos un coche. Era Álvaro que se ofreció a llevarnos. Mi madre y mi abuela se negaron, pero yo les dije que me sentía mal, que por favor subiésemos al coche, porque hacía un calor terrible y la solanera me estaba empezando a marear. 
Al llegar a la puerta de mi casa Álvaro dijo que necesitaba hablar conmigo. Mi abuela le espetó que nos dejasen en paz y yo le dije que él no era como los otros y me quedé en el coche. 

–¿Es mío, verdad? Es hijo mío, dímelo, por favor, necesito saberlo. 

–No, no lo es. Es de tu hermano, estoy segura. 

–¿Cuándo lo hicimos en mi cumpleaños ya estabas preñada? 

–Sí. 

–Eres más zorra de lo que yo pensaba –dijo frunciendo el ceño y con una cara de mala hostia que me asustó–. ¡Pobre Jorge! 

Y me bajé del coche sin decir nada. Me metí en la cama a llorar, ahora ya, segura, absolutamente convencida de que iba a ser madre en abril.

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