jueves, 14 de marzo de 2019

El inspector Vidal

Antes de acabar las fiestas, entre Año Nuevo y Reyes un policía vino a casa a tomarnos declaración. Era el inspector Vidal y venía de Madrid. 
Aceptó de buen grado el café que le ofreció mi abuela y se repantingó en una de las sillas de la cocina. No se quitó la gabardina que estaba húmeda por la lluvia y se notaba que había dormido vestido, por las arrugas del traje y la sombra oscura del cuello de su camisa, que alguna vez había sido blanca. En el pueblo le llamaban Colombo, pero la única semejanza con el policía de la tele era la gabardina, que ni siquiera era igual a la de Peter Falk. 

El inspector Vidal era un hombre muy alto y muy flaco, con la cara picada de viruela, bigotito de facha y el pelo engominado. Tenía un aspecto muy sucio y desgalichado, tal vez debido a la cara llena de cicatrices, unas debido a un acné furibundo y otras, tal vez, a peleas callejeras. La más evidente era una que le recorría parte de la mejilla hasta la barbilla, producida –seguramente– por un navajazo. El caso es que, a pesar de su aspecto, siempre olía a colonia cara y lucía unas manos impecables, con las uñas bien recortadas y limpias. Anotaba todo lo que le explicábamos en un cuadernito moleskine, con una pluma Mont Blanc, que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta con mimo y cuidado. “Es que es un regalo de mis hijos”, comentó esa mañana, como excusándose, y descubrimos —porque se le soltó la lengua— que era viudo y tenía tres hijos adolescentes al cuidado de una tía materna que hacía las veces de madre, y yo imaginaba que, también, de esposa. 

Apuntó varias cosas y antes de marcharse nos enseñó una bolsa de plástico precintada. Era el osito de peluche que le había regalado a Blas, lleno de barro y de costras sospechosas. Cuando lo vi me tapé la boca con la mano y me preguntó que si lo había visto antes. Le expliqué que se lo había regalado yo y el motivo y no pude evitar echarme a llorar. Entonces comenzó a interrogarme sobre cosas de los feriantes y yo no supe contestar, pero le pregunté que si eran los culpables, que si habían sido ellos los asesinos de Manoli, y él se limitó a encogerse de hombros y contestó que todo estaba bajo secreto de sumario. Me preguntó por Jorge, que si éramos novios y yo, avergonzada, le dije que no, que solamente habíamos coincidió esa noche de fiestas, porque sus hermanos y el mío salían en pandilla, pero que no me relacionaba con esa familia y él me dijo que mejor, que esos niñatos solamente se querían aprovechar de las chicas del pueblo, que luego si te he visto no me acuerdo, que no me dejara seducir por ellos, que no eran más que unos superficiales. 
En febrero los telediarios abrieron con la noticia de que la roulotte de unos feriantes, padre e hijo, había sido atacada por unos desconocidos que la habían prendido fuego y ellos habían perecido en el incendio. 

Nos quedamos de piedra. Pascual era muy bestia pero no nos imaginábamos que fuese capaz de algo así. Se hizo la ley del silencio en el pueblo, nadie sabía nada y nadie decía nada, pero yo estaba convencida de que habían sido ellos los que habían linchado a Blas y a su padre. Independientemente de que fuese o no culpable, como mínimo se merecía un juicio justo. 

Después de las Navidades no nos quitamos de la cabeza la visita del policía a mi casa. El hecho de que el osito de peluche que le regalé a Blas hubiese aparecido junto al cadáver de Manoli, a pesar de que estaba bajo secreto de sumario, se conoció a las pocas semanas. 

Yo no se lo había contado a nadie más que a Maribel. En mi casa lo sabía mi familia, y ese secreto, susurrado en voz baja, fue pasando de unos a otros, como un virus. Se propagó por mi pueblo y por los de los alrededores, como una enfermedad contagiosa, sin pausa. Nadie decía nada, pero todos lo sabían. Se comenzó a tramar algo en secreto entre los hombres, que creo –estoy convencida– estalló la noche que pegaron fuego a la caravana de los feriantes con ellos dentro. 

Don Ignacio nunca se lo explicó pero los donativos para los pobres se incrementaron por aquellos días un 100%. Sin embargo la culpabilidad no se podía lavar con obras de caridad y nadie, absolutamente nadie dijo ni pio sobre el linchamiento del pobre Blas. 
Se abrió una, otra, investigación. Volvieron a preguntar dónde estábamos la noche de los hechos y con quién. Todos tenían una coartada y se cerró el asunto sin ninguna detención. Tampoco creo que la policía estuviese muy por la labor de esclarecer los hechos. 
Pero eso son suposiciones mías. 

Mientras tanto, la presencia del inspector Vidal comenzó a ser una rutina en las calles de Vega y los alrededores.

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