lunes, 11 de marzo de 2019

Doña Matilde

En tercero de BUP me aficioné a la lectura por obra y gracia de doña Matilde; yo, que era burra y medio analfabeta, que lo único que leía era el “Super Pop” y los tebeos de “Esther y su mundo”. 

Había elegido la opción A que era la de letras: literatura, latín, griego y matemáticas. No te quitabas las putas matemáticas aunque quisieras, pero por lo menos las de nuestra opción eran, decían, más fáciles. 
Doña Matilde era la profesora de literatura. En segundo no me había llamado mucho la atención esa asignatura, entre otras cosas porque la impartía un fraile dominico, que se ajustaba al temario y sus clases consistían básicamente en memorizar autores, fechas y obras. 
Pero la nueva profesora era distinta. Era una mujer de mediana edad, pequeñita, con la cara redonda, que me recordaba enormemente a mi madre y a mi hermana Ángela, con voz de niña pequeña y muy, muy despistada. Era muy torpe, se le caía el borrador, se le rompían las tizas y, aunque en un principio parecía que iba a ser la profe a la que íbamos a tomar el pelo todo el curso, se hizo respetar desde el primer día, con su pequeña estatura y su vocecita nos puso firmes antes de media hora de clase. 

Y lo logró sin dar una sola voz, sin echar a nadie del aula, solamente hablándonos como si fuésemos adultos y, sobre todo y lo más importante: era una profesora preparada, que se sabía su asignatura al dedillo y le gustaba, le encantaba. Nos hablaba de tal o cual obra, con el ejemplar en la mano, que acariciaba como si fuese un tesoro. Tenía un respeto reverencial por los libros y no soportaba ver como algunos los pintarrajeaban o doblaban las hojas. 

Nos contaba de qué iba la obra que teníamos que leer (cuando vimos la lista de lecturas obligatorias entramos en pánico porque era prácticamente imposible leerse todo aquello durante un curso), y mandaba a algún alumno que leyese algún párrafo para toda la clase, y tenía el don de elegir el más entretenido y dejarnos con la miel en los labios en el momento más interesante, por lo que llegábamos a casa deseando pillar el libro. 

Y yo me convertí en una lectora empedernida. Pero me volvieron a quedar las matemáticas para septiembre, un clásico en mi vida. 

Fue la impulsora de la revista del insti. Nos contó que cuando ella era estudiante se hacían otras cosas, además de asistir a las clases y que nos debíamos tomar el curso como un aprendizaje para el futuro, que debíamos plantearnos qué hacer con nuestras vidas, ya mismo, que la edad adulta estaba a la vuelta de la esquina. 

Era deprimente escuchar a mis colegas, cuando eran preguntados, sobre sus aspiraciones y ambiciones. La mayoría de los chicos seguirían los pasos de su padre, ganadero, lechero o agricultor y las chicas se conformaban con pescar novio y casarse. Cuando nos preguntó a Maribel y a mí se quedó maravillosamente sorprendida. “¡Bien!” exclamó con un gritito de complacencia “veo que hay alguien que quiere hacer otras cosas” y nos invitó a realizar esas “otras cosas”. 

Maribel se dedicó, ese primer mes de curso, a hacer caricaturas de los profesores y yo a escuchar discos en su casa e intentar imitar a Gloria Gaynor, berreando a pleno pulmón “Never can say goodbye”. 

Hubiésemos perecido de aburrimiento si doña Matilde no nos hubiera puesto manos a la obra. Creamos, con su ayuda, un taller de teatro, un grupo de debate y la revista, que contó con la inestimable colaboración de Maribel, como dibujante, y ese nombramiento fue consecuencia de una visita a la sala de profesores, castigada, porque el profesor de filosofía (otro fraile dominico, más pesado que un testigo de Jehová) le había pillado haciendo una caricatura. Doña Matilde no pudo reprimir la risa y, cuando mi amiga volvió a la siguiente clase, comentó con el resto de los profesores lo bien dotada que estaba la señorita Monzón para el dibujo y, sobre todo y especialmente, la mala baba que tenía la jodía niña. 

Doña Matilde nos salvó de la culpabilidad, el malestar y la desazón que nos produjo, tanto a mi amiga como a mí, nuestro primer encuentro sexual. Si bien yo supe parar a tiempo, ella no. Mi primera y única relación con Álvaro no fue forzada, yo no le quería pero si quise follar con él, no fue todo lo satisfactoria que yo esperaba, pero fue culpa mía por decirle que yo también me había corrido. Sin embargo Maribel se arrepintió en cero-coma. En cuanto se vio con las bragas bajadas y a Arturo encima le pidió que parase. Él le dijo que si era una calientapollas o qué, que le había puesto a cien por hora y que no pensase que iba a parar. Y no paró. Y cuando Maribel llegó a su casa esa noche se metió en le baño a llorar, disimulando, para que nadie le preguntase qué le pasaba, porque no le tenía que pasar nada, decía ella, porque había querido irse en el coche con Arturo y cuando una chica se mete en un coche con un tío que se la lleva al río, sabe a qué va, ¿o no?, se repetía una y mil veces, como si eso, insistir una y mil veces sobre el asunto, hiciese que al final acabara creyéndoselo. Y luego el hermano, que le dijo exactamente lo mismo que a mí. Y ella no supo, no se atrevió a negarse. Y la violaron dos, tres, cuatro veces, durante las fiestas, las de mi pueblo y las del suyo. Pero no era, no éramos conscientes de eso. Nos habían utilizado, nos habían forzado, pero nosotras pensábamos que una violación siempre iba asociada a los moratones, las magulladuras, las palizas e incluso –como le había pasado a Manoli– la muerte. 

Maribel era una tía que aparentaba ser muy fuerte, con una gran personalidad y a la que parecía que le resbalaba todo. Pasaba de lo que dijesen de ella, de murmuraciones y comentarios, tan propios de pueblo; parecía que estaba a otro rollo, y eso, a mí me encantaba. 

En casa la frase típica era, “no grites, a ver qué van a pensar los vecinos”, “así no sales a la calle, qué van a decir”, “pero qué pensará don Ignacio…”. Esos dichos me repateaban desde que era una cría, así que intenté imitarla en eso y en todo lo demás. Para empezar adelgacé muchísimo porque quería ser como las chicas modernas. Maribel y las hermanas de Jorge eran muy delgadas, demasiado a ojos de mi madre y mi abuela, pero tenían una elegancia que yo no poseía. Tenía un cuerpo “de escándalo” para los paletos, pero ese cuerpo exorbitante no era más que un compendio de culo, tetas y caderas. Me molestaba que me piropeasen, me parecía una falta de respeto y, como mi abuela en su momento, me encaraba a los mozos y les contestaba barbaridades. En Vega me llamaban “La Bravita”. 

Pero esa fortaleza y ese poderío de mi amiga se vino abajo tras el verano. Se quedó flaquísima, le bailaban los vaqueros que heredé y que, si no hubiese sido por ese motivo, me habría hecho muy feliz. Y su madre andaba preocupadísima. Una tarde me pilló por banda y, entre susurros, me preguntó qué le ocurría a su hija, que la veía fatal. Le dije que añoraba mucho a sus amigas de Barcelona y que no se acababa de hacer al pueblo. Su madre respiró tranquila y me comentó el bien que le hacía nuestra amistad, lo que se alegraba que hubiésemos hecho tan buenas migas y que, al fin y al cabo esas cosas pasaban, las amistades de la adolescencia nunca llegaban más allá. Le dije que yo iba a ser amiga de su hija siempre, hasta que fuésemos viejas y se echó a reír. “Eso sería estupendo, hija mía, pero la vida da muchas vueltas”. Y era verdad, la vida, mi vida, dio muchas, muchísimas vueltas, pero todas en círculo. 

El primer número de la revista del instituto salió en diciembre y tuvo muchísimo éxito. El último día de clase, antes de las vacaciones, hicimos una representación teatral que fue de traca. Sobre un texto escrito por toda la clase en el que se daban cita todos y cada uno de los tópicos de esas fechas, acabábamos alumnos y profesores, en el escenario cantando “We kill the world” de Boney M, donde yo me lucía cantando los solos. El caso es que los profesores se vinieron arriba y acabamos coreando el final como auténticos posesos, con la ovación de padres y familiares que abarrotaron el salón de actos del instituto. 

A partir de entonces Maribel y yo pasamos a ser las chicas más populares. No era gran cosa, pero nos consolaba algo la tristeza permanente en la que malvivíamos. 

Mi amiga tuvo accesos de llanto incontrolado todas las navidades. Decía que no sabía qué coño le pasaba, pero se sentía fatal. Yo no sabía qué hacer y se lo conté a don Ignacio una tarde que ensayábamos la misa del gallo. Por entonces yo me había hecho atea y así se lo hice saber al cura. No era más que una pose, porque me gustaba ser distinta e ir contracorriente, cosas de la edad, decía él, pero sigo siendo atea convencida. Me dijo que si me quería confesar y le respondí que los ateos no nos confesábamos, que no necesitábamos lavar nuestras culpas, porque las asumíamos y creíamos a pies juntillas que lo mal hecho permanece, no nos valía lo del arrepentimiento y demás monsergas propias de las religiones, opio del pueblo, que a lo hecho pecho y punto pelota. Don Ignacio sonrió y me dijo que le recordaba a una amiga que había tenido en su juventud en Barcelona. 

Le conté el problema de Maribel, de lo que me preocupaba porque la quería con todo mi corazón, la quería tanto y sufría con su tristeza hasta hacerla mía. 

El padre Urrutia me habló muy clarito por primera vez en mi vida. Me dijo que siempre me había tratado como a una niña, pero veía que ya me podía hablar como a la persona adulta que era. Me contó que el tema del sexo él no lo veía como lo defendía la santa madre iglesia, que era muy santa y muy madre, pero que en ese aspecto estaba absolutamente desfasada y que él, como cura y como “pastor de almas” tenía que ponerse en el lugar de sus feligreses y no condenar al fuego eterno, sino intentar comprender el porqué de sus conductas, reconducirlas y no criticarlas. 

Me dijo que por desgracia el papel de la mujer, y más en un pueblo como el mío, estaba a años luz de lo que sería justo y correcto en una sociedad civilizada. Me habló del terrible asesinato de Manoli, que muchos hombres sentían que podían hacer uso de cualquier mujer por el hecho de ir sola de noche, por llevar la falda corta o por haberle mirado de forma que él considerase provocativa, cuando –seguramente– esa chica estuviese pensando qué había para cenar en casa. Que la verdadera libertad consistía en que una mujer pudiese elegir si se acostaba con un hombre, o no, sin que ese hombre la llamase puta por hacerlo o frígida por rechazarlo. Que por desgracia una mujer tenía que vivir como la sociedad le imponía y si no, se convertía en una apestada, como las Marías, las brujas, que eran mujeres que vivían su vida al margen de todos, pero que no eran bienvenidas en casi ninguna casa, porque llevaban en la frente la señal de la estigmatización, eran supuestamente libres, pero esa libertad tenía un contrapunto absolutamente injusto, no podían ganarse el sustento porque nadie las contrataba, solamente podían vivir de la caridad y de los “trabajitos” que todos conocían, pero que nadie comentaba y del que se hacía uso a escondidas y de noche. 

Me dijo que estuviese al lado de mi amiga, que no me separase de ella, que le diese todo mi apoyo, porque algún día, antes o después se olvidaría del episodio de las fiestas pasadas y que debíamos pensar que valíamos más que esos chicos de ciudad, ricos y caprichosos; acostumbrados a tener todo con un chasquido de sus dedos, niñatos que no sabían el valor de las cosas, del esfuerzo que requería tener dinero, trabajo e, incluso, amor. Que apechugásemos con lo que habíamos hecho, pero que debíamos poner límites a ese tipo de relaciones porque, por desgracia, nosotras no podíamos cambiar la sociedad, machista por los siglos de los siglos, que Franco llevaba muerto seis años, que vivíamos en democracia, pero que la mente masculina seguía encallada en las cavernas. Y que si queríamos acostarnos con desconocidos, por lo menos, que les obligásemos a utilizar condón. 
Y me dejó absolutamente descolocada. Le miré con los ojos abiertos como platos y estalló en una carcajada. 
–¿Quieres la absolución, hija mía?– dijo entre risas. 
Y reímos hasta que nos dolió la barriga. Generosa se asomó a la sacristía y cuando vio que estábamos los dos solos, el padre Urrutia le dijo que no interrumpiese una confesión. Cuando cerró la puerta nos volvimos a desternillar de risa. 

Cuando le conté a Maribel mi conversación con el cura se quedó alucinada. Primero se enfadó porque yo no era quién para ir contando sus miserias. Pero los enfados le duraban muy poco y al tercer día de no dirigirme la palabra se sentó a mi lado en el recreo y me dijo que se lo había estado pensando y que si, que era cierto lo que decía el cura, que parecía mentira que lo fuese, que quería conocerle y que ya no estaba enfadada conmigo porque entendía que yo lo único que quería era ayudarla. 

Mi amiga vino un par de días a casa y me acompañó a los ensayos de la parroquia, le presenté a don Ignacio y estuvieron hablando más de una hora. 

Cuando llegamos a mi casa no me contó nada, estuvo pensativa y al irnos a la cama, después de dar una vuelta por el pueblo para comprobar que los chicos eran unos garrulos, bestias y más feos que la madre que los parió, me dijo que el “cura ese es un tío raro ¿no?”. A mí no me lo parecía y le pedí que me lo explicase con mas detalle y me contó que le había estado hablando de arte y que entendía una pasada de pintura, de técnicas, artistas, corrientes pictóricas y que había conocido a Antoni Tapies, pero “¿a qué no sabes dónde?” me preguntó con una sonrisa de oreja a oreja, yo le dije que ni idea y me dijo enfebrecida que en una marcha a Montserrat en protesta por el proceso de Burgos y que les detuvieron y estuvieron juntos unos días en la cárcel. “¿De dónde habéis sacado a este tipo? ¡es la polla!” y le contesté que lo habían mandado del obispado porque había habido un problema con el anterior párroco, que era un poco asqueroso. Maribel se declaró admiradora de mi cura y siempre que tenía ocasión de venir a casa me pedía ir a verle. La madre de Maribel también quiso conocer al cura ese del que hablaba tanto su hija, y como todas, se quedó prendada. 

Isabel López de Gracia era pintora. Su hija había heredado la facilidad para el dibujo, pero la madre era increíble. Tenía una habitación enorme, lo que se supone debería ser el salón de la casa, con tres ventanales, que convirtió en su estudio. En su casa se hacía la vida en un cuarto de estar, amplio y cómodo, se negaba a tener la mejor habitación de la casa cerrada a cal y canto y preparada para recibir unas visitas de “postín” que solían ser escasas, porque ellos, que eran muy modernos, se relacionaban con sus amigos de la universidad y las “fuerzas vivas” del pueblo se la pelaban, para horror de su suegra que no entendía cómo su hijo obedecía como un cabestro y pintaba menos que nada en la intendencia casera. Isabel pasaba de su suegra como de comer mierda y hacía oídos sordos cuando ésta se quejaba ante su hijo como si la nuera estuviese en otra habitación. Pero Jesús, el padre de mi amiga, adoraba a su mujer y no estaba dispuesto a que su madre, una viuda aburrida y muy pesada, se entrometiese en su vida conyugal. 

Los padres de Maribel se besaban en la boca. A mí me chocaba muchísimo porque yo entendía que eso eran cosas de novios, que cuando uno se casa ya no se hacían ese tipo de cosas, más que nada por rutina y hartazgo. Nunca había visto a ningunos padres besarse, y menos como lo hacían ellos, como en las películas, comiéndose los morros como adolescentes. Recuerdo haberlo visto un día cuando pasé por delante de su habitación, con la puerta abierta.

Definitivamente eran muy raros.

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