jueves, 7 de marzo de 2019

Álvaro y Jorge

En agosto conseguí, tras la firme promesa de no dejar de estudiar ni un solo día, pasar una semana entera en casa de Maribel. A cambio ella vendría en septiembre, a las fiestas de Vega, a la mía. 

Estaba feliz. Maribel salía con sus hermanos y cuando me presentaron a la “pandilla” casi me da un síncope. Resulta que Jesús era muy amigo —jugaban en el mismo equipo universitario de rugby— de uno de los hermanos de Jorge. Ellos iban por las tardes a las fiestas y quedábamos. Nos juntábamos muchos jóvenes de distintas edades, entre ellos mi hermano Pedro, y nos separábamos en grupos heterogéneos. Jorge se unió al nuestro y creo que no pude ser más feliz. Maribel de vez en cuando me daba un codazo, porque decía que se me ponía cara de gilipollas cuando él hablaba. A ella le parecía un tío aburrido y no entendía mi encoñamiento. Pero era de lo más interesante. Había leído mucho y entendía de casi todo. A mi amiga le parecía que todos esos “conocimientos de pupitre” no valían para nada, que lo que realmente importaba era la experiencia en la vida y que Jorge, ella estaba segura, no sabía ni sonarse solito, no como sus hermanos, tan fuertes y animados. Espléndidos y rumbosos, siempre nos invitaban y ella, que no estaba muy segura de cuál de los hermanos le gustaba más, decidió perder la virginidad ese verano con el primero que lo intentase. Y acabó follando con los tres. 

Pasábamos la mayor parte del día en los coches de choque. La verdad es que no había mucho que hacer. Nos acercábamos a los toros, bebíamos “cortos” de cerveza y por la noche bailábamos en la plaza mayor, donde solía tocar un conjunto patético, que hacía versiones deplorables de los grandes éxitos del momento. 

Preferíamos los coches de choque porque ponían mejor música. El dueño era un hombre enorme, casi un gigante que, o era mudo, o se lo hacía. Su hijo era un retrasado de unos quince años, grande como su padre y que siempre nos sonreía a las chicas, lo que nos producía muy mal rollo. 

Una tarde se acercó y me dio un algodón dulce. “Un degalito de Blas” me dijo con su lengua gorda y torpe. Yo pegué un respingo y reculé con cara de asco. Jorge, cariacontecido, me dijo que lo cogiera y le dio las gracias. Blas, el niño con síndrome de Down, esperó abatido mi respuesta y Maribel le gritó que se fuera. Yo no sabía qué hacer, por un lado me daba pena, pero por otro le tenía miedo y asco. Así se lo dije a Jorge, que se fue enfadado, diciendo que parecía mentira, que qué manera de humillar a un pobre subnormal, que si me creía mejor que él. A partir de ese día Maribel comenzó a llamarle “mosén Jordi”, que era como llamaban en Cataluña a los curas. 
A la tarde siguiente estábamos con cara de pocos amigos, apoyadas en la barandilla de los coches y Jesús y Arturo nos preguntaron que qué nos pasaba y Maribel se lo contó. Nos dijeron que no hiciésemos ni caso, que era muy raro y comentaron entre risas que aún se meaba en la cama y nos fuimos con ellos a tirar con la escopeta. Allí estaba Jorge, solo, saludó sin mirar y siguió a lo suyo. Intenté hablar con él, explicarle, pero me dijo que menuda decepción se había llevado conmigo y no le volví a ver en el resto de las fiestas. 
Intenté olvidarle, lo hice con todas mis fuerzas, incluso dejé que Jesús, el hermano mayor de Maribel me besara, pero no podía dejar de pensar en él. 

Volví a Vega, que preparaba, la primera semana de septiembre sus propias fiestas patronales. 
Dispusimos la habitación de detrás para mis hermanas y Maribel y yo ocupamos la que yo compartía con ellas. 

Ahora vivíamos en una casa grande y luminosa que nos cedió el ayuntamiento cuando a mi madre le concedieron la libertad. Antes nos hacinábamos en un cuchitril por el que mi abuela pagaba la mitad de su pensión, húmedo y sombrío. La casa nueva era la típica de los pueblos, con un patio interior y las estancias distribuidas en un corredor. Se la cedieron a mi madre en usufructo, porque cuando murió la mujer de don Ataúlfo, la que realmente tenía el dinero porque él se había casado por puro interés; en el testamento cedió varios inmuebles al ayuntamiento para que realizase obra social. Esa casa había estado ocupada por unos frailes, pero como en el transcurso de los años habían ido muriendo, los dos que quedaban, viejos como momias, habían decidido marchar a Madrid, a la central, para que les cuidasen como se merecían, porque aquél caserón se les hacía grande e incómodo. 

Así que en realidad esa casa no era nuestra. Pero nos daba igual. Teníamos mucho espacio y mi madre pudo tener un taller de costura en condiciones. Podía recibir a sus clientas en un sitio decente y estaba la mar de contenta. Mi abuela, sin embargo, echaba de menos su casita, cerca del río, con sus rosales, su huerto y la parra en la puerta de entrada. Se la había vendido a una familia que, aprovechando la desesperación de mi abuela, se hizo con ella por cuatro pesetas y media y pasados unos años, negociaron una venta más que ventajosa a una inmobiliaria que construyó una urbanización de chalés adosados. Así que Críspula, resignada, dispuso en el patio de la cocina un pequeño huerto, que aunque daba algo de verdura, no tenía nada que ver con el que ideó mi abuelo Ángel. Además el patio no tenía muchas horas de sol, porque una higuera inmensa hacía sombra. Mariano dijo de talarla y mi abuela puso el grito en el cielo. Con el tiempo supimos que bajo el árbol charlaba con el fantasma del abuelo. 

Cuando acabó el verano del año 81 yo había dejado de ser virgen por obra y gracia del hermano de Jorge. Seguía enamorada de él, pero en vista de que me ignoraba me dejé querer. Me lo decía Maribel, que yo era tonta, que parecía mentira, con lo buena que estaba, que tenía a todos loquitos, pero a todos, todos, y venga a empeñarme en Jorge, que mira que era rarito, que es que, hija, que parece que te guste sufrir. Y me dejé querer. Me dejé querer tanto que dejé de quererme a mí misma. 

De vuelta a la normalidad, tras las fiestas, un regusto amargo permaneció en mi mente, yo sabía que era porque había hecho algo que —en el fondo— no que apetecía hacer. Me arrepentía hasta el punto que me obligué a jurar que nunca más me volvería a acostar con otro chico que no fuese Jorge. Pero Álvaro no me forzó. Al contrario, fue amable y considerado. Es cierto que yo andaba algo achispada con el cubata al que me había invitado, porque no estaba acostumbrada a beber, pero no hice nada que no quisiera. 

Me subió al coche y fuimos al rincón donde iban las parejitas a meterse mano, junto al río. Mientras me decía cuánto le gustaba, me desabrochaba la camisa y me subía la falda, yo sucumbí a sus halagos y sentí cosas que ya había sentido antes, en solitario, en el baño de mi casa, porque no tenía intimidad en la habitación compartida. Y le dejaba que lamiese mis pezones, que separase mis piernas y acariciase mi sexo húmedo y abierto, consumido por el deseo, excitado por sus palabras al oído que avivaban mi pasión y reclinó el asiento para ponerse encima, yo ya casi sin ropa, con las bragas en los tobillos, el sujetador en la cintura y el sexo preparado para sentir un placer inmenso, y él con los pantalones bajados y la mirada perdida, me llamó por mi nombre y dijo que se iba a correr. 
Mientras se quitaba el condón me preguntó si yo también, y le dije que sí, pero era mentira, y mentí por vergüenza, para que no pensara que era mi primera vez y que no tenía ni idea de cómo se follaba. Y cuando llegué a casa, lavé a escondidas las bragas manchadas de sangre y me masturbé dos veces en el baño, porque me gustaba muchísimo el sexo, me gustaba estar con un hombre, me producía placer ver en qué se convertían cuando me tocaban, cómo me deseaban y creí firmemente que tenía mucho poder. Pero estaba tan equivocada… 
Al día siguiente el otro hermano, Arturo, también intentó llevarme al río. Le dije que de qué iba y me contestó que de qué iba yo, que si pensaba que era la novia de su hermano, que la que echa un polvo echa dos, que joder con las de pueblo que solo pensáis en cazar a uno de Madrid… y me pillé un rebote descomunal. Estaba claro que no nos tomaban en serio, que pensaban que estábamos para salir en estampida, con las bragas en la mano, a su llamada, que con un ligero movimiento de cabeza y una sonrisa, teníamos que acudir, radiantes y agradecidas a su reclamo a cambio de un cubata. Como Maribel, que en cuanto un hermano, el que fuese, le hacía una señal, desaparecía con él y volvían al rato, ella despeinada y con el rímel corrido y él con hambre y sed. Y yo no estaba dispuesta a ser la fulana de nadie, así que me negué y los hermanos dejaron de ser amables conmigo. 

El último día de fiestas, durante los fuegos artificiales, Jorge se dejó ver. Vino a saludarme, sonriendo, como si no supiese que yo me había convertido en una golfa por culpa de su hermano, y estuvimos juntos casi toda la noche. 

Fuimos al tiro al blanco y yo gané un osito de peluche. Le dije, “ven”, le cogí de una mano y le llevé corriendo a los coches de choque, que estaban a punto de cerrar, porque era muy tarde. Blas, el niño con síndrome de Down, sonrió cuando nos vio llegar y nos dijo, con su media lengua, que al día siguiente tenían que madrugar mucho porque se iban a las fiestas de Yepes. Le regalé el peluche y le pedí perdón por el incidente con Maribel. Miró a Jorge y le dijo: “vaya con tu chica, al final sí que es maja, me gusta más que la otra…” y soltó una carcajada. Su padre silbó y salió corriendo, torpemente, para ayudarle. Y no le volvimos a ver más. 
Me quedé pensando un rato en quién sería “la otra”, pero me olvidé de ello enseguida. 

Jorge me llevó al rincón junto al río, donde días después aparecería la hija del lechero muerta, y se declaró formalmente. Nos besamos mucho, pero no pasó nada más. Jorge me acompañó a casa, me besó tímidamente y quedamos en vernos a la mañana siguiente, porque ellos se iban después de comer a Madrid. Pero no apareció. Yo pensé que estaría buscando, junto con la mayor parte del pueblo, a la chica desaparecida la noche anterior, pero no era así, se había ido sin despedirse. 

Lloré mucho, no entendía nada y Maribel tampoco es que ayudase. El primer día de clase hablamos del verano y le dije que me sentía un putón desorejado. Ella tampoco se sentía muy bien que digamos. Se había acostado con los hermanos para intentar olvidar a su novio catalán, que en julio se presentó en Tossa de Mar con una novia que se había echado en la universidad. Así que decidimos que ningún hombre nos merecía. Encima, a la semana y pico de comenzar las clases apareció Manoli muerta. Y en los periódicos y telediarios dieron toda clase de detalles escabrosos sobre su muerte: “Murió asfixiada y presentaba golpes que le provocaron traumatismo craneoencefálico, facial y cervical, fracturas múltiples craneales y faciales, hemorragia cerebral traumática y fractura laríngea”. 

Y surgió una especie de psicosis; las chicas dejamos de ir solas y los hombres hablaban en voz baja, acusando a algún feriante de la salvaje agresión.

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