jueves, 28 de marzo de 2019

Nachete

En octubre comencé a trabajar en la fábrica de vaqueros y en enero me despidieron porque le calcé dos hostias al encargado, harta de que me acosase por los pasillos o en el almacén.
Mi hermana me dijo que aprendiese a escribir a máquina para poderme enchufar en su oficina. Me pasé el resto del embarazo con el “Método Caballero”, aporreando una Olivetti Lettera 46 que me había proporcionado don Ignacio.
Él no me reprochó nada, no me dijo que había hecho nada malo y fue mi gran apoyo durante ese período horrible, donde me señalaban por la calle, como si fuese una apestada.
En el pueblo se corrió la voz de que iba a tener un nieto de don Mateo o “vete a saber de quién…” y muchas se alegraron de que pasease mi panza sola, sin un marido a mi lado, porque decían que yo tenía muchos pajaritos en la cabeza, que me creía mejor que las otras chicas, que igual me habría pensado que era uno de ellos, tanto ir a la casa de los señores, montarme en los coches de los niños López-Bravo como su fuese una reina. Y que, mira, tanta tontería y ahora está preñada y más sola que la una.
Y las murmuraciones, mi estado, mi soledad, todo eso me hacía sufrir. Estaba tan triste… Rememoraba cada día a todas horas las últimas palabras de Álvaro, “eres más zorra de lo que pensaba”. Era mala y tenía que pagar un justo castigo a mi maldad.

lunes, 25 de marzo de 2019

El "problemilla"

Mi abuela estuvo toda la mañana fuera. Pensábamos que se había ido a Madrid, pero cuando Ángela llamó a mediodía para decir que ese fin de semana no podía venir porque tenía un viaje de trabajo, nos confirmó que no estaba con ella. 

Críspula volvió cuando ya estábamos comiendo y me dijo que al día siguiente teníamos que ir a ver a don Mateo, que nos esperaba en su casa. Yo puse el grito en el cielo y bramé que porqué tenía que meterse en mis asuntos y ella, alzando la voz más que yo, me contestó que ahora esos asuntos eran de las dos familias, y si no, que me hubiese cerrado de patas a tiempo. 

Esa noche tampoco pegué ojo y por la mañana, muy pronto, el chófer de don Mateo aparcó el cochazo en nuestra puerta a esperar que saliésemos mi abuela y yo. Críspula le dijo a mi madre que mejor que no viniese, pero ella se negó a quedarse en casa, “es mi hija, que no se te olvide”, y fuimos las tres, en comandita, como tres idiotas, a ver al “señorito” del pueblo, no sabía yo muy bien a qué. 

Cuando entramos en la casa que conocía tan bien, nos hicieron esperar en la entrada un buen rato. Yo era muy joven, pero supe de inmediato que esa espera no era algo inocente ni necesario. Estaba tan nerviosa que no podía ni tragar la saliva. En el despacho se oía a don Mateo hablar por teléfono y a lo lejos, en la cocina, voces de los chicos, que –seguramente– estuviesen desayunando. Me levanté y me asomé al pasillo, esperando ver aparecer a Jorge, mientras mi madre, sentadita en el borde de una silla y retorciéndose las manos, me susurraba un “¿Qué haces? Siéntate y estate quieta”. 

Oí el vozarrón de don Ataúlfo en lo alto de la escalera que me decía, “no se moleste señorita, Jorge no está ya aquí, anoche viajó a Madrid y esta mañana, muy pronto, ha tomado un avión a Suiza para proseguir sus estudios”. Y sentí la mayor humillación que nadie nunca haya podido experimentar. 
Mientras bajaba, renqueando y tapándose la comisura de los labios con el eterno pañuelo de batista, se abrieron las dos puertas del despacho, inmenso, señorial e intimidatorio de los señores de mi pueblo.

jueves, 21 de marzo de 2019

Predictor

Jorge insistía en que estudiase mucho, pero ese curso también me quedaron las matemáticas para septiembre. 

Hablábamos de los libros que íbamos leyendo, de mi profesora, doña Matilde, de su maldita carrera de derecho, que se le había atravesado desde el primer día, porque él quería estudiar filosofía, pero su madre le convenció para que se matriculara en “algo tangible con lo que te puedas ganar la vida” y se daba contra las paredes porque le resultaba cada día más aburrida y tediosa la carrera. “Menos mal que te tengo a ti”, me decía mientras hundía su cara en mi pelo y yo, algunas veces, me preguntaba si hacía bien en estar con él, porque no conseguíamos ninguna complicidad en la cama. 
Al contrario que su hermano, Jorge era muy torpe. El primer día no consiguió tener una erección y yo, espantada, pensé que era porque no le gustaba lo suficiente. Si que había leído en algunas revistas juveniles, de las que seguía siendo adicta, que algunos chicos se ponían tan nerviosos la primera vez, que no eran capaces de hacer nada. Jorge era virgen, por lo que supuse que era eso. Además no dejaba de decirme cuánto le gustaba, lo guapa que era y el buen tipo que tenía. “¿No estoy un poco gorda?” le preguntaba una y otra vez, y él se moría de risa, porque pensaba, lo creía en serio, que yo era la mujer más hermosa de la faz de la tierra. 

La verdad es que era un poco culona. Tenía las caderas muy anchas y un culazo enorme que, a pesar de estar siempre haciendo régimen y deporte, conseguía disimular a duras penas. 
Pero a Jorge le encantaba. Él era muy delgado y en la cama yo tenía la sensación de estar con un niño. Apenas tenía vello y sus manos, de arcángel, me recordaban a las del cura. 
Nada que ver con su hermano Álvaro, que, muy a mi pesar, siempre estaba presente en mis pensamiento cuando Jorge y yo hacíamos el amor. Nunca me excité tanto como cuando el hermano me quitó la ropa, despacio, en el coche de su madre. Álvaro era un hombre hecho y derecho. A pesar de ser un año más joven, tenía un cuerpo recio y bien proporcionado, era deportista y se notaba. Cuando me rodeó con sus brazos musculosos y fuertes, cuando le tuve encima, no pude evitar sentirme una mujer deseada, me vi sexy y guapa, no como con Jorge, que nunca supe a qué atenerme. 
Jamás se lo dije. No me lo habría perdonado y lo resolví creyendo que yo era una calentorra y que me ponían los sinvergüenzas, que no era buena y que debería desechar esos pensamiento impuros y concentrarme en que Jorge fuese capaz de echarme un polvo como Dios manda. 
A fuerza de intentarlo fuimos cogiéndole el tranquillo y en verano, cuando ya su familia se había instalado en la casa y nos teníamos que buscar la vida para encontrar un sitio donde amarnos, Jorge fue capaz de penetrarme sin haber eyaculado al instante. Pero lo hizo sin condón, porque –decía– que le “cortaba el rollo”. 

lunes, 18 de marzo de 2019

Mis hermanos

El primer día de vacaciones de Semana Santa, el Viernes de Dolores, me encontré por la calle con Jorge. 

Iba caminando con un perro y con aspecto despistado. Me dio un vuelco el corazón cuando le vi a lo lejos. 
Intenté respirar hondo para que no se notase mi nerviosismo, sabía que me había puesto roja como un tomate, era algo que no podía evitar y que me hacía sufrir. Cuando estábamos a menos de dos pasos él se percató de mi presencia y se puso pálido, hizo como que le decía algo al perro que caminaba pegado a sus piernas y yo me paré delante de ambos y dije un “¡Hola!” que intenté que sonara lo más aséptico posible. 
Jorge levantó la cara y me miró con aspecto compungido. Me contestó con otro “hola” que, como el mío, intentaba ser alegre, pero le salió una voz ronca y nerviosa, que me tranquilizó porque estaba tan nervioso como yo. 
Le pregunté por su abuelo y por los estudios y comenzamos una charla insustancial. Cuando ya no sabíamos qué decir, e intuyendo que se iba y no ahondábamos en el tema, le espeté que todavía le estaba esperando, que si todas sus promesas eran tan falsas, más que nada para saber a qué atenerme. Agachó la cabeza y me pidió perdón con un hilo de voz. Me dijo que esa mañana habían tenido una bronca terrible durante el desayuno y se le habían quitado las ganas de salir a la calle, además tenía que preparar la maleta y se le hacía tarde. Le contesté que en mi casa había teléfono, que me podía haber llamado, escrito una carta, mandado recado con alguien… algo, lo que fuese, pero algo. Y me despedí con un chulesco: “pues eso, que adiós, ¡eh!…”. 
Seguí caminando, me latían las sienes y tenía el corazón en la boca, cuando escuché a mis espaldas un “¡espera no te vayas así!”, me giré y Jorge me tomó de la mano y me llevó al paseo de los olmos donde me explicó qué había pasado la mañana en la que me dejó plantada. 
Durante el desayuno él dijo que tenía que acercarse al pueblo para despedirse de mí y le pidió el coche a su madre. Sus hermanos comenzaron a pitorrearse, canturreando que Jorgito tenía novia, que se había enamorado de una paleta del pueblo haciéndole burla, lo que le provocó una ira tremebunda –tanta– que llegó a las manos con Álvaro, al que partió el labio de un puñetazo. Algo inverosímil ya que su hermano era mucho más fuerte. En un momento de ofuscación le espetó que él también se había acostado conmigo y que yo me había tirado a los otros hermanos y a los de Maribel, que era otro pingo como yo. Y Jorge se encerró en su cuarto hasta que su padre les llamó para meterse en el coche y volver a Madrid. 
Me indigné y mis palabras fluyeron, como si no fuese yo quien hablaba, sino don Ignacio, y recité el mismo discurso que él me había dicho apenas unos meses antes. 

jueves, 14 de marzo de 2019

El inspector Vidal

Antes de acabar las fiestas, entre Año Nuevo y Reyes un policía vino a casa a tomarnos declaración. Era el inspector Vidal y venía de Madrid. 
Aceptó de buen grado el café que le ofreció mi abuela y se repantingó en una de las sillas de la cocina. No se quitó la gabardina que estaba húmeda por la lluvia y se notaba que había dormido vestido, por las arrugas del traje y la sombra oscura del cuello de su camisa, que alguna vez había sido blanca. En el pueblo le llamaban Colombo, pero la única semejanza con el policía de la tele era la gabardina, que ni siquiera era igual a la de Peter Falk. 

El inspector Vidal era un hombre muy alto y muy flaco, con la cara picada de viruela, bigotito de facha y el pelo engominado. Tenía un aspecto muy sucio y desgalichado, tal vez debido a la cara llena de cicatrices, unas debido a un acné furibundo y otras, tal vez, a peleas callejeras. La más evidente era una que le recorría parte de la mejilla hasta la barbilla, producida –seguramente– por un navajazo. El caso es que, a pesar de su aspecto, siempre olía a colonia cara y lucía unas manos impecables, con las uñas bien recortadas y limpias. Anotaba todo lo que le explicábamos en un cuadernito moleskine, con una pluma Mont Blanc, que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta con mimo y cuidado. “Es que es un regalo de mis hijos”, comentó esa mañana, como excusándose, y descubrimos —porque se le soltó la lengua— que era viudo y tenía tres hijos adolescentes al cuidado de una tía materna que hacía las veces de madre, y yo imaginaba que, también, de esposa. 

Apuntó varias cosas y antes de marcharse nos enseñó una bolsa de plástico precintada. Era el osito de peluche que le había regalado a Blas, lleno de barro y de costras sospechosas. Cuando lo vi me tapé la boca con la mano y me preguntó que si lo había visto antes. Le expliqué que se lo había regalado yo y el motivo y no pude evitar echarme a llorar. Entonces comenzó a interrogarme sobre cosas de los feriantes y yo no supe contestar, pero le pregunté que si eran los culpables, que si habían sido ellos los asesinos de Manoli, y él se limitó a encogerse de hombros y contestó que todo estaba bajo secreto de sumario. Me preguntó por Jorge, que si éramos novios y yo, avergonzada, le dije que no, que solamente habíamos coincidió esa noche de fiestas, porque sus hermanos y el mío salían en pandilla, pero que no me relacionaba con esa familia y él me dijo que mejor, que esos niñatos solamente se querían aprovechar de las chicas del pueblo, que luego si te he visto no me acuerdo, que no me dejara seducir por ellos, que no eran más que unos superficiales. 

lunes, 11 de marzo de 2019

Doña Matilde

En tercero de BUP me aficioné a la lectura por obra y gracia de doña Matilde; yo, que era burra y medio analfabeta, que lo único que leía era el “Super Pop” y los tebeos de “Esther y su mundo”. 

Había elegido la opción A que era la de letras: literatura, latín, griego y matemáticas. No te quitabas las putas matemáticas aunque quisieras, pero por lo menos las de nuestra opción eran, decían, más fáciles. 
Doña Matilde era la profesora de literatura. En segundo no me había llamado mucho la atención esa asignatura, entre otras cosas porque la impartía un fraile dominico, que se ajustaba al temario y sus clases consistían básicamente en memorizar autores, fechas y obras. 
Pero la nueva profesora era distinta. Era una mujer de mediana edad, pequeñita, con la cara redonda, que me recordaba enormemente a mi madre y a mi hermana Ángela, con voz de niña pequeña y muy, muy despistada. Era muy torpe, se le caía el borrador, se le rompían las tizas y, aunque en un principio parecía que iba a ser la profe a la que íbamos a tomar el pelo todo el curso, se hizo respetar desde el primer día, con su pequeña estatura y su vocecita nos puso firmes antes de media hora de clase. 

Y lo logró sin dar una sola voz, sin echar a nadie del aula, solamente hablándonos como si fuésemos adultos y, sobre todo y lo más importante: era una profesora preparada, que se sabía su asignatura al dedillo y le gustaba, le encantaba. Nos hablaba de tal o cual obra, con el ejemplar en la mano, que acariciaba como si fuese un tesoro. Tenía un respeto reverencial por los libros y no soportaba ver como algunos los pintarrajeaban o doblaban las hojas. 

Nos contaba de qué iba la obra que teníamos que leer (cuando vimos la lista de lecturas obligatorias entramos en pánico porque era prácticamente imposible leerse todo aquello durante un curso), y mandaba a algún alumno que leyese algún párrafo para toda la clase, y tenía el don de elegir el más entretenido y dejarnos con la miel en los labios en el momento más interesante, por lo que llegábamos a casa deseando pillar el libro. 

Y yo me convertí en una lectora empedernida. Pero me volvieron a quedar las matemáticas para septiembre, un clásico en mi vida. 

jueves, 7 de marzo de 2019

Álvaro y Jorge

En agosto conseguí, tras la firme promesa de no dejar de estudiar ni un solo día, pasar una semana entera en casa de Maribel. A cambio ella vendría en septiembre, a las fiestas de Vega, a la mía. 

Estaba feliz. Maribel salía con sus hermanos y cuando me presentaron a la “pandilla” casi me da un síncope. Resulta que Jesús era muy amigo —jugaban en el mismo equipo universitario de rugby— de uno de los hermanos de Jorge. Ellos iban por las tardes a las fiestas y quedábamos. Nos juntábamos muchos jóvenes de distintas edades, entre ellos mi hermano Pedro, y nos separábamos en grupos heterogéneos. Jorge se unió al nuestro y creo que no pude ser más feliz. Maribel de vez en cuando me daba un codazo, porque decía que se me ponía cara de gilipollas cuando él hablaba. A ella le parecía un tío aburrido y no entendía mi encoñamiento. Pero era de lo más interesante. Había leído mucho y entendía de casi todo. A mi amiga le parecía que todos esos “conocimientos de pupitre” no valían para nada, que lo que realmente importaba era la experiencia en la vida y que Jorge, ella estaba segura, no sabía ni sonarse solito, no como sus hermanos, tan fuertes y animados. Espléndidos y rumbosos, siempre nos invitaban y ella, que no estaba muy segura de cuál de los hermanos le gustaba más, decidió perder la virginidad ese verano con el primero que lo intentase. Y acabó follando con los tres. 

Pasábamos la mayor parte del día en los coches de choque. La verdad es que no había mucho que hacer. Nos acercábamos a los toros, bebíamos “cortos” de cerveza y por la noche bailábamos en la plaza mayor, donde solía tocar un conjunto patético, que hacía versiones deplorables de los grandes éxitos del momento. 

Preferíamos los coches de choque porque ponían mejor música. El dueño era un hombre enorme, casi un gigante que, o era mudo, o se lo hacía. Su hijo era un retrasado de unos quince años, grande como su padre y que siempre nos sonreía a las chicas, lo que nos producía muy mal rollo. 

Una tarde se acercó y me dio un algodón dulce. “Un degalito de Blas” me dijo con su lengua gorda y torpe. Yo pegué un respingo y reculé con cara de asco. Jorge, cariacontecido, me dijo que lo cogiera y le dio las gracias. Blas, el niño con síndrome de Down, esperó abatido mi respuesta y Maribel le gritó que se fuera. Yo no sabía qué hacer, por un lado me daba pena, pero por otro le tenía miedo y asco. Así se lo dije a Jorge, que se fue enfadado, diciendo que parecía mentira, que qué manera de humillar a un pobre subnormal, que si me creía mejor que él. A partir de ese día Maribel comenzó a llamarle “mosén Jordi”, que era como llamaban en Cataluña a los curas. 
A la tarde siguiente estábamos con cara de pocos amigos, apoyadas en la barandilla de los coches y Jesús y Arturo nos preguntaron que qué nos pasaba y Maribel se lo contó. Nos dijeron que no hiciésemos ni caso, que era muy raro y comentaron entre risas que aún se meaba en la cama y nos fuimos con ellos a tirar con la escopeta. Allí estaba Jorge, solo, saludó sin mirar y siguió a lo suyo. Intenté hablar con él, explicarle, pero me dijo que menuda decepción se había llevado conmigo y no le volví a ver en el resto de las fiestas. 

miércoles, 6 de marzo de 2019

Maribel


Ese mismo año yo había comenzado a estudiar segundo de BUP y como habían cerrado el instituto por falta de alumnado, nos teníamos que ir al del pueblo de al lado, que era más grande y tenía de todo, hasta una cárcel, donde estuvieron presos Miguel Hernández y “El Lute”… 
Con el curso ya comenzado, cerca de las navidades, apareció una alumna nueva, Maribel, la hija del director del penal. Esa mañana yo llegaba con la hora pegada y al pasar por delante de la puerta del director, que estaba abierta, don Manuel me llamó por mi apellido y me pidió que acompañase a “la señorita Monzón” a mi clase y que le pusiera al tanto de todo lo relativo a nuestro curso. 
Isabel Monzón era una chica muy alta, como yo. Bastante desgarbada, rubia con el pelo muy largo y con pinta de hippie ¡Y llevaba vaqueros de marca! Los chicos le pusieron de mote Janis Joplin. 
Su aspecto chocaba absolutamente con el de las muchachas de pueblo del instituto. 
Aunque el hecho de que estudiasen ya era un tanto a su favor, la mayoría se vestía como señoras de cuarenta años y aparentaban esa edad por los gustos pasados de moda y la forma de pensar. 

Yo no tenía amigas, porque era un espíritu libre, iba a mi bola y me repelían las niñas de mi entorno, con las que no tenía ni pizca de afinidad. Además el hecho de ser la hija de una ex convicta no ayudaba lo más mínimo.

Maribel se hizo amiga íntima, en realidad la única que he tenido a lo largo de mi vida. Andaba muy deprimida porque, por el trabajo de su padre —el “puto carcelero”, como decía— iban y venían por toda España y no conseguía asentarse en ningún sitio. Su última residencia había sido en Barcelona, su padre había sido director de la Cárcel Modelo y allí dejó a su novio, en realidad al chico por el que bebía los vientos, amigo de uno de sus hermanos mayores, pero que —para ser sinceros— ignoraba de la existencia de mi amiga. 

Un día me invitó a comer a su casa. Yo lo hacía en la de una señora, viuda, que preparaba un menú diario a los estudiantes del instituto que vivían fuera y que no tenían tiempo de ir a comer a casa. Entonces no se estilaba lo del horario intensivo y teníamos clase por la mañana y por la tarde. 
Mi abuela siempre remugaba de por qué narices no lo hacíamos todo junto, que por qué no se entraba antes y se salía un poco más tarde y así se ahorraban viajes y comidas. Y cuando mi hijo comenzó a ir al instituto, de 8 a 3, me acordaba de ella y de cuánta razón tenía. 
Los viernes —nunca entendí el motivo— hacía potaje. Yo lo odiaba. Era la comida típica de vigilia. Entonces se llevaba a rajatabla lo de no comer carne los viernes y esas cosas absurdas, pero lo del potaje se suponía que era cosa de la semana santa de los cojones, pero la buena señora nos lo encasquetaba todos los viernes, con frío o con calor, en semana santa o en navidades. 

Ese día lo comenté en voz alta a la hora del recreo, mientras examinaba el interior del bocadillo, esperando en vano que no fuese de chóped y Maribel me dijo que me fuese con ella a comer a su casa. Le dije que ni hablar, que qué pensaría su madre, y sin avisar encima, que no y que no. Pero insistió tanto que fui y su madre no solo no puso el grito en el cielo, sino que me preguntó si me gustaba lo que había, que si no, me hacía otra cosa. Y yo alucinaba. Y me comí un plato de macarrones con chorizo, con copete, que me supieron a gloria y de segundo (porque en casa de Maribel no existía, como en la mía, eso de “plato único”) unos boquerones fritos con ensalada de escarola, riquísima, y de postre fruta, pero tenían una fuente con fruta de todo tipo, no como en mi casa, que era naranja en invierno, manzana en verano y plátano siempre. Me puse morada y luego, de camino al instituto me arrepentí de no haber parecido una chica fina y elegante y haber comido como un gorrión, que era lo que se suponía hacían las muchachas distinguidas. 

lunes, 4 de marzo de 2019

Los López-Bravo

A don Garigran siempre le llamábamos don Ignacio y de usted. En mi pueblo se tenía un respeto reverencial por las “fuerzas vivas”, el cura, el alcalde, el médico, el boticario… y, por supuesto, por el terrateniente. 

Don Ataúlfo era el rico del pueblo, tenía tierras y ganado y vivía en Madrid. Su hijo único, Mateo, estudió en colegios de prestigio y era ingeniero. Se casó con una mujer muy fina y elegante que enmendó la genética familiar y tuvieron siete retoños, guapos como la madre y simpáticos como el padre. 

El abuelo y el padre eran hombres recios, de barba cerrada y manos anchas, pueblerinos venidos a más, como decía mi abuela, bien vestidos y bien comidos. Sin embargo los nietos salieron a la madre. 



Doña Cristina era una mujer menuda y muy elegante, que paría como una coneja sin que su cuerpo notase los estragos de los numerosos embarazos. 

Yo solamente la veía, las pocas veces que venían al pueblo, en misa. Se sentaban en el primer banco y yo procuraba hacerlo cerca de ellos, porque me fascinaba esa familia. Le pedía a mi abuela que me hiciese vestidos como los de las niñas López-Bravo y de mayor quería ser como doña Cristina. Me obsesioné tanto que, comenzada la adolescencia, cuando pasé de ser una niña larga y desgarbada a convertirme en una copia de mi abuela, que —decían— había sido una mujer de bandera, y reparé en que mi ropa encogía por días en pecho y caderas, dejé de comer para afinar silueta, encoger culo y comencé a llevar una camiseta apretada para disimular los pechos, que eran —para mi gusto— enormes. 

Los nietos de don Ataúlfo pasaban algunas temporadas en la casa señorial de su abuelo, un “hotel” —entonces no se llamaban chalés— en las afueras, rodeado de un bonito jardín que doña Cristina, había diseñado con mimo y del que estaba muy orgullosa. 

Nosotros veíamos a los chavales de don Mateo por el pueblo en fiestas y navidades. Eran muy extrovertidos y salían con los hijos del alcalde y con mi hermano Pedrito, al que acogieron como el “hermano pobre” y les hacía los recados a cambio de una coca-cola o un cigarro de los que vendía sueltos, “la Musma”, una vieja, revieja, que tenía un puestecillo de chucherías en la calle mayor. 

Yo me enamoré perdidamente de Jorge, el cuarto hermano, el hermano distinto, el más alto, el más delgado, el más inteligente, el más culto, pero también el más cobarde y el que estaba tan apegado a su madre que nunca superó su muerte. 

viernes, 1 de marzo de 2019

Manolita

Manolita, la esposa del alcalde, era una mujer fantástica, siempre alegre y de buen humor, con una risa contagiosa que había puesto a su marido, en más de una ocasión, en serios apuros durante la misa de los domingos. Había veces que se oía una carcajada ahogada y se le saltaban las lágrimas del esfuerzo por disimular cuando oía cantar a las viejas. 
Siempre me decía lo que había ganado la misa del domingo conmigo. Y cuando marché a Madrid la que más notó mi ausencia fue ella. 



Manolita arrastraba una historia terrible. La guerra golpeó a su familia, y a ella misma, de una forma brutal, pero nunca, jamás salió un reproche de su boca. Con más motivos que nadie para odiar, Manolita le dio la vuelta a su tragedia y —aunque nunca olvidó a su familia asesinada— se entregó en cuerpo y alma a su nueva vida, a su familia, a su marido, a sus hijos y a todas y cada una de las gentes necesitadas de Vega de Tajo. Su marido decía que su casa parecía el Hostal de Tócame Roque. Siempre había un plato de comida de más para quien lo necesitase. Durante la terrible posguerra su huerto producía para medio pueblo y nunca nadie necesitó pedir ayuda, porque ella estaba allí antes que nadie, apoyando, alimentando, consolando a quien lo necesitase. 



Ella fue la que dirigió en la sombra la cadena de solidaridad con mi familia, cuando mi abuela y mis hermanos volvieron a Vega, tras la encarcelación de mi madre. Por las noches dejaban comida, muebles y ropa en la puerta de la casa y así mi familia pudo subsistir. 



Manolita no habría podido superar la muerte de sus hermanos en el frente nacional, el asesinato de su padre, ante sus ojos, por nueve falangistas a pocos días del fin de la puta guerra, ni su violación ni la de su madre y su hermana pequeña, una cría, que se suicidó al día siguiente ahogándose en el río; si no hubiese sido por Domingo, su querido esposo, el que día tras día acudía a su casa a pedirle que se casara con él, que no dejó que murmuraciones ni cotilleos le hiciesen abandonar la ardua tarea de convencer a Manolita para que fuese su compañera. Que olvidó que su mujer tuvo que abortar porque uno de sus tres violadores la había dejado embarazada y no estaba dispuesta a cargar con un hijo fruto de la barbarie y el salvajismo. Que estuvo a su lado siempre, a todas horas, que guardó abstinencia durante años para no herir a su esposa amada. Y que, siendo ya abuelos, lloró junto a su mujer, el día que ambos, durante el viaje de sus bodas de oro, visitaron la Tate Gallery, en Londres y Manolita tuvo un ataque de ansiedad ante el cuadro de “Ofelia muerta”.