martes, 12 de febrero de 2019

Vega de Tajo.


Era una apacible tarde de septiembre, la vendimia había finalizado y el curso acababa de comenzar; tras la resaca de las fiestas, el pueblo se quedaba algo triste, pero ese año aún más, porque una de las hijas de Pascual había desaparecido sin dejar rastro. 

Escuchamos voces en la lejanía. Se abrieron puertas y ventanas. Varios niños llegaban corriendo, como alma que lleva el diablo. Pegaban alaridos, gritando que habían encontrado a la Manoli, muerta, en el río. 

Acababan de descubrir su cadáver, semidesnudo, enredado entre ramas y maleza, donde la corriente se detenía formando una pequeña playa y los chavales se bañaban en verano o cogían cangrejos y tiraban piedras.

El recodo donde había aparecido –ahogada y flotando– Reme, tras ser salvajemente violada durante la guerra civil.

La orilla donde Jorge me juró amor eterno, un amor que apenas duró ese verano aciago, en el que mi pueblo se puso patas arriba, seguramente por la conjunción de los astros, que ese año se alinearon, para nuestra desgracia.
El río hace una ese al encontrarse con mi pueblo y se adentra en la provincia de Madrid, para volver, otra vez a la de Toledo, como si se lo hubiese pensado mejor.

Vega de Tajo no es más que un pueblucho del norte de la provincia de Toledo que se hizo famoso cuando el Oscar a un film de habla no inglesa lo ganó Frankie con “Vega” una película basaba en la vida de mi madre en la cárcel. 

Aunque yo soy de Vega, en realidad nací en la cárcel de Yeserías, como la escritora, pero mi madre sí que cumplía condena, una condena injusta por haber asesinado a mi padre, un sargento de la guardia civil de Urda, Mariano Gómez, que fue envenenado con cabezas de cerillas por mi abuela Críspula, que no pudo soportar que, otra vez, otro hombre, maltratase a su hija del alma.
























2 comentarios:

  1. Pues como que empiezo a leerlo hoy...

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  2. Espero que te guste, lo disfrutes y sigas con la lectura. Gracias por venir.

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