martes, 19 de febrero de 2019

Paco "El Mulero"



Cuando Críspula se vio sola y desamparada no lloró. Era una mujer práctica y se encerró en sí misma, dándole vueltas a lo que debería o no debería hacer para salir adelante. Se olvidó de que tenía una hija que gimoteaba por los rincones la ausencia de su padre adorado, el mejor padre que ninguna niña podría tener, odiando a los vencedores por haber asesinado a un hombre tan bueno, tan solidario y tan querido por los vecinos. Vecinos que también fueron fusilados o huyeron a Francia de noche, con lo puesto. Mi madre se quedó sin amigas, todas se habían ido del pueblo. Solamente quedaron las que pertenecían al bando nacional, que sufrieron los estragos de la guerra tanto o más que ella. 


Angelita jugaba sola, a imaginarse que su papá le contaba el cuento de la “buena pipa que nunca se acaba”, mientras revisaba si alguna gallina había puesto o escarbaba la tierra y recogía algún nabo o patata que crecía a pesar de los malos tiempos, de la posguerra terrible y de su espantosa soledad.

Y un buen día Críspula decidió quitarse el luto y salir al pueblo a contonearse. Casi no comían, apenas les daba el sol, porque se pasaban muchas horas encerradas, durmiendo abrazadas en la cama de matrimonio que ahora a Críspula se le hacía enorme. Porque añoraba a su marido, lamentaba no haberle dicho en vida cuánto le quería, las discusiones estúpidas por cosas sin sentido. Habría dado su propia vida por él. Pero estaba sola, peor que sola, tenía una niña de la que hacerse cargo y no podía con su mala estrella. Así que decidió que había llegado la hora de buscarse otro marido que las mantuviese y amparase. Y dicho y hecho se fue andando hasta el pueblo a dejarse ver.

Aunque estaba mucho más delgada, era una mujer rotunda, de formas vertiginosas y ella lo sabía y se sacaba partido. Se arregló el único vestido decente que no había sido arrasado por las polillas, se apretó el cinturón hasta que le dolió el talle de jovencita que el embarazo no había conseguido deteriorar y marchó, caminando despacio, hasta la panadería de Esperanza.
Ya había tenido unas palabras, recién llegada al pueblo, con Manolito, el dueño de la única tasca de mala muerte que había en el pueblo, y que era muy aficionado a piropear a las mozas y no tan mozas, cuando pasaban cerca de su establecimiento, que como estaba pegado a la panadería, era algo muy habitual. Esa afición le venía de su padre, y la heredó su hijo Manolillo, pero parece que la cosa paró en esa generación porque esa afición no la compartieron sus nietos gemelos. 
Al ser lisonjeada mi abuela, al paso por el bar, en vez de acelerar la marcha y agachar la cabeza, como hacían el resto de mujeres, se paró en seco, dio media vuelta y con los brazos en jarras le espetó: “¿Nos conocemos de algo, pollo?”. A lo que el mesero, que no se esperaba esa reacción, se limpió las manos en el delantal mugriento, bajó los ojos y se metió dentro del bar. Los tres parroquianos que también estaban en la puerta hicieron lo mismo, pero sin disimular una risita sibilina. A partir de entonces a mi abuela le pusieron el mote de “La Brava” y nadie se atrevió a meterse con ella nunca más. Pero Paco “el mulero” uno de los tres feligreses, se enamoró perdidamente de Críspula.


Cuando comenzó a dejarse ver, la madre de Paco acababa de morir. Él era el menor de cuatro hermanos, todos varones, y a la muerte del padre, como era el pequeño y el único soltero, se quedó al cuidado de la madre. 
Serapia era una mujer menuda y enfermiza, nunca había sido capaz de hacer nada por sí misma, solamente parir cuatro criaturas descomunales, como su progenitor, con gran esfuerzo y riesgo de su vida. Nunca les perdonó ser tan grandes y no dejaba de reprocharlo mañana, tarde y noche, hasta que consiguió que el mulero dejase de dormir con ella e intimar, para alivio de la diminuta esposa. Tenía un poder fascinante sobre los hombres de su familia, de manera que siempre se hacía lo que ella deseaba, no por imposición, sino de forma que tras la larga letanía de lamentos y quejas, su marido y sus hijos accedían a todo lo que a ella se le antojase.

No le gustaban sus nueras, pero accedió a que sus hijos contrajesen matrimonio porque eran muchos y ya le molestaba cocinar para tanta gente, además los hombres manchaban muchísimo y ella no tenía salud para tanto ajetreo. Pero con el pequeño, en vista de que si se casaba iba a meter en casa a alguna lagarta, no lo puso nada fácil. Paco tuvo tres novias y a las tres dejó plantadas con los argumento más peregrinos, dirigidos —desde la sombra— por su mamá. El caso es que no casó porque ella no quiso. Así que cuando murió y Críspula apareció por la calle, como un sol de mayo, no se lo pensó dos veces y le pidió matrimonio.


A mi abuela el mulero no le gustaba nada en absoluto, aunque —la verdad— el panorama era desolador, casi no quedaban hombres y los tres o cuatro “candidatos” eran una calamidad. 
Paco intentó llevársela en más de una ocasión a la era, para meterla mano y Críspula aguantó, apelando a que era una mujer decente, así que al mulero no le quedó otra que casarse para conseguir que mi abuela accediese a abrirse de piernas.
Contrajeron nupcias enseguida. Tuvieron que pasar, madre e hija, por el bochorno de tener que ser bautizadas, hacer la comunión y aleccionadas, en un cursillo de tres meses, por el cura del pueblo, ya que como esposa e hija de rojo, no habían recibido ningún sacramento y eso, don Tomás, no lo podía permitir.

Fueron, en un viaje de novios de dos días –mientras mi madre se quedaba a cargo de Paca “la churrera”– a un Madrid “liberado” por los nacionales. Y mi abuela recordó con muchísima aflicción, los tiempos de la guerra, junto a su marido, cuando la calle de Conde Peñalver se llamaba Avenida de Rusia y los establecimientos, parapetados tras sacos, exhibían el aviso de “sigue la venta en el interior”, las furgonetas pintadas con carteles en los que se podía leer “Cultura Popular”… todo eso había desaparecido y Madrid le pareció una ciudad triste y gris. Las mujeres andaban deprisa, con un misal en la mano y el velo en la cabeza, dando zancadas para llegar pronto a casa, porque era indecente deambular, solas, por las calles. Los hombres de bigotito fino y pelo engominado, campaban a sus anchas, henchidos de orgullo, no sabía mi abuela de qué, dueños y señores de las sucias calles, que ahora eran suyas. 
En el Parque del Oeste, el monumento al doctor Federico Rubio conservaba los impactos —innumerables— de los proyectiles de la batalla de Madrid y a mi abuela se le hacía un nudo en la garganta al pensar que, probablemente, alguna de esas balas las hubiese disparado su marido y le pedía, en silencio, perdón.

Paco le daba asco. No podía soportar que le pusiera la mano encima, pero accedía porque sabía que era el precio que tenía que pagar para que su hija tuviese un futuro medianamente decente. 
Afortunadamente, tras la guerra, no les habían rapado la cabeza ni les habían hecho beber aceite de ricino, como a otras tantas compañeras de rojos que fueron fusilados. En Vega de Tajo las mujeres habían sufrido las tropelías de ambos ejércitos y en un pacto oculto, que no necesitó de reuniones secretas, ni siquiera hablarlo, decidieron que ellas se tenían que proteger y se estableció una especie de rueda de solidaridad, secreta, que ningún hombre supo nunca, pero que evitó la inquina y brutalidad que vivieron otras —en otros pueblos y ciudades— menos afortunadas.

Mi abuela consultó con María, unos días antes de su boda, triste como un entierro, qué debía hacer para no quedarse embarazada. Una cosa era tener que soportar al mulero noche tras noche, y otra darle hijos. A eso no estaba dispuesta. 

El remedio consistió en medio limón exprimido, introducido en la vagina a modo de diafragma, lavados con agua de poleo y perejil y —según “La curandera”, lo más importante— concentrarse durante el coito en que ningún maldito espermatozoide pasara la barrera del limón. Algo tan peregrino resultó ser eficaz y Críspula nunca se volvió a quedar embarazada. Soportaba las embestidas del mulero cada vez peor y a los seis meses de matrimonio comenzó a poner excusas, noche tras noche, para no intimar con su marido. Se le revolvía el estómago después de la cena, solamente con pensar que se tenía que acostar con él.
Paco, tras varias semanas de ruegos y súplicas, dejó de aparearse con mi abuela. Se quedaba escuchando la radio por la noche y se acostaba mucho más tarde. Críspula se hacía la dormida y pasaban la noche dándose la espalda en la cama. Ella pensó que se iba de putas o que se follaba las gallinas, en ningún momento se imaginó lo que estaba ocurriendo a pocos metros de su alcoba.


Una mañana, muy temprano, se encontró con su hija en el lavadero del patio. Mi madre restregaba las sábanas de su cama con furia y mi abuela pensó que le había venido la regla y por eso estaban manchadas de sangre. Pero no era así. El mulero la había violado por primera vez y lo seguiría haciendo, sistemáticamente, noche tras noche durante un año. Angelita comenzó a vivir en el terror más absoluto, no se atrevió a decir nada a nadie, por miedo a que su padrastro le rebanase el cuello a su madre, como le había prometido la primera vez que se metió en su cama.
Críspula estaba muy preocupada con su hija, a la que veía cada día más flaca y cetrina. Y una tarde, cuando Paco pasó a su lado y ella pegó un respingo, mi abuela comenzó a atar cabos. Indagó en la ropa y advirtió que hacía dos meses que su hija no lavaba los paños que se usaban entonces cuando tenían el período. 

Mi abuela había heredado de su madre la pulcritud y el gusto por la limpieza y clareaba sábanas, manteles y ropa interior, que lucía blanca como la nieve en las cuerdas de tender. Desde que se habían ido a vivir a la casa del mulero no hizo otra cosa que limpiar, fregar y cocinar, para convertir aquella cuadra en algo parecido a un hogar confortable. Además, mientras se deslomaba no pensaba. 
Pero cuando descubrió que su hija no menstruaba se le encendió el chip que tenía adormecido de tantos meses de asco y sufrimiento. 
Consiguió que le contase el infierno en el que estaba sumida. Lloraron juntas, se abrazaron y Críspula le juró que no iba a consentir que sufriese ni un día más de su vida.
Se la llevó a casa de María para que le hiciese un aborto y le buscó un empleo de criada, con el fin de alejarla de Paco.

En Urda, el juez, recién llegado al pueblo, buscaba ayuda para la señora que tenían empleada y que no daba abasto con la familia de cinco hijos, los padres y una abuela que chocheaba. 
Angelita comenzó a trabajar en aquella casa que era una jaula de grillos, hacía todo lo que le mandaban y más, hasta la extenuación, no fuese que la despidieran y tuviese que volver a su pueblo.
Estaba bajo las órdenes de Hilaria, una mujer oronda, que cocinaba como los ángeles, pero que en cuanto subía dos veces a la planta de arriba, se desfondaba y tenía que parar a tomarse un chupito de anís. Al principio a mi madre le daba un poco de miedo aquella mujer tan grande y con voz y bigote de tenor. Pero Hilaria, haciendo honor a su nombre, era una mujer alegre y cascabelera, que besaba con tal ímpetu que dejaba sordos a los niños, cuando le daban las buenas noches antes de acostarse, y que consiguió que mi madre cogiese los kilos que le faltaban y le confesase el motivo por el que había marchado lejos de su pueblo a trabajar. 

Angelita no volvió hasta el entierro de su padrastro. Era su madre quien iba a visitarla todos los domingos. Comían en un mesón del centro, paseaban por las tardes y merendaban chocolate con churros. Angelita sonreía y su cara recuperó color. En aquellos paseos domingueros un número de la guardia civil reparó en ellas y le pidió relaciones. Se hizo novia de mi padre porque nunca nadie le había mirado a la cara y porque mi abuela le sugirió que lo mejor que les podía pasar era tener a un “civilón” en la familia. Y por segunda vez se volvió a equivocar.
Nunca hablaron de Paco, hasta que una mañana su señora le dijo que le habían mandado recado de que su padrastro había muerto y le daba dos días libres para que acudiese al entierro y acompañase a su madre.

El mismo día que Angelita abortaba, Paco, al llegar a casa y no encontrarse con la niña le pegó a mi abuela. Solamente fue un bofetón que Críspula le devolvió con una furia inaudita, discutieron y el mulero violó a su mujer.
Críspula pasó la noche llorando, dándole vueltas a qué debía hacer para quitarse de en medio a aquél animal, tan grande y tan fuerte. Y cuando comenzaba a clarear se levantó como pudo, con el cuerpo y el alma doloridos y le preparó las primeras sopas de leche con cabezas de cerillas.
Al principio puso muy pocas. Paco se las tomó henchido de orgullo, porque en su casa se hacía lo que él quería y no había como una buena mano de hostias y un polvo para hacer entrar en razón a la mujer más brava de la faz de la tierra.

A los tres días comenzó a sentirse mal, tenía calambres, vomitaba muy raro y un dolor de barriga tremebundo no le permitía ponerse en pie. Críspula se asustó porque él mandó llamar al médico y pensó que la iban a descubrir, porque estaba claro que Paco estaba siendo envenenado. Pero don Marcelino, tras indagar en las labores de los últimos días en el establo, concluyó que el mulero se había pasado echando zotal, que mira que se lo tenía dicho, que había que hacerlo con muchísimo cuidado, ventilando y no a lo bestia, que ya le había pasado varias veces y le conminó a Críspula que le mantuviese en reposo, que bebiese mucha agua y dieta blanda. Mi abuela dejó de darle fósforo una semana, hasta que Paco, muy desmejorado, volvió a salir a la calle. En el bar comenzaron a hacer chascarrillos sobre el furor de “la Brava” en la cama. Así que mi abuela, ahora envalentonada, volvió a sus sopitas de leche aderezadas con cerillas. 

Paco murió, pero la noche de su agonía, Críspula no se separó de su lado y en un momento en el que el mulero recobró la consciencia, mi abuela se acercó a su cara y le dijo, masticando cada palabra, que ella le había envenenado y que ojalá se consumiera en el infierno, junto a la zorra de su madre, que no había limpiado esa casa de mierda en su puta vida, que sabía que había violado a su niña y que por eso le había estado dando sopas con cerillas. Terminó con un “púdrete en el infierno con tu puta madre”, mientras el mulero intentaba, en vano, agarrarla del cuello para estrangularla. Solamente acertó a farfullar un “hija de la gran puta” mientras moría entre espumarajos verdosos.


El médico certificó que se había envenenado con el zotal y Críspula respiró tranquila.

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