viernes, 22 de febrero de 2019

Mi padre



Tras la muerte del mulero mi abuela volvió a su casita y comenzó a ganarse la vida haciendo arreglos de ropa.
Consiguió quedarse con la máquina de coser y una pensión de viudedad exigua, que apenas le llegaba al día quince. 
Empezó haciendo composturas, que cobraba a precio de oro porque decía que una mujer que no supiese coser un botón o arreglar un bajo, debería pagarlo con creces. Era muy moderna, pero a veces le salía la vena decimonónica y no había quien la aguantara. Para mi abuela una mujer que no fuese limpia, ordenada y recogidita, no valía para nada. Ella era limpia como los chorros del oro, limpia hasta la saciedad, limpia, relimpia, tan, tan limpia, que yo pensaba que era una enfermedad que tenía que hacerse mirar.

Mi madre se casó enseguida y, a pesar del aborto, tuvo a su primer hijo antes de un año. Comenzó a parir como una coneja. Pero cada vez estaba más flaca y demacrada. 
Con el tercer hijo, mi hermano Pedrito, no tuvo leche ya que se había vuelto a quedar embarazada en la cuarentena, tuvo un aborto espontáneo y se le retiró. Mi hermano casi se muere, pero le salvó la vida Ángela, que una noche, desesperada de oír el llanto del niño y las voces de su padre en el dormitorio, impidiendo a mi madre salir a calmar al bebé, salió a la calle, descalza y desesperada, y una vecina, recién parida, le llamó y se puso el niño a la teta y así consiguieron que Pedro saliese adelante. Pero a los dos años mi madre se volvió a quedar embarazada, y esta vez de gemelas, mis hermanas Isabel y Manuela.


Mi padre le metía unas palizas de órdago. Era raro el día que no tenía un ojo morado o el labio partido. Mi madre lo asumía en silencio, pensó que era la factura que tenía que pagar por tener casa y comida y estar “a salvo”, creía que tener un marido guardia civil absolvía a su madre de posibles encontronazos con la justicia, porque en el fondo de su alma sabía que su padrastro no había muerto envenenado con el zotal que él mismo había manipulado. No quería preguntar, no quería saber, pero pensaba que aguantar en silencio el martirio diario al que le sometía su marido era un salvoconducto para su familia. 


Salía muy poco a la calle, y siempre que lo hacía procuraba no pararse a hablar con las vecinas y agachaba la cabeza para no mostrar las marcas de las palizas. Y en Urda comenzaron a llamarla “La Rápida” porque, decían, caminaba como el expreso Madrid-Toledo, sin escalas.


Mi padre era un tío canijo, que no tenía ni media hostia. El típico acomplejado que le hacía la pelota a sus jefes, el que siempre convidaba en la taberna y que reía las gracias de los amigotes, que no lo eran, pero que se dejaban invitar. Y que –una vez que llegaba a casa y cerraba la puerta– era un auténtico déspota, que escatimaba dinero y comida a sus hijos, les obligaba a llamarle “el amo” y les avergonzaba en la calle contando a los extraños que se habían meado en la cama.

Tal vez por ese motivo se casó con mi madre, una mujer pequeña y delgada, sin ningún atractivo físico.


Mi madre nació víctima. Creció con la extraña idea de que no valía nada, que cualquiera podía pisotear su cuerpo y su alma. Hasta que en la cárcel de Yeserías despertó, por obra y gracia de María “La Puñales” la gitana que le abrió los ojos y le enseñó que si te calzan una hostia debes devolverla con intereses, carrerilla y la mano abierta.
Fue una mujer a la que la vida maltrató de manera que tenía que haber sido una amargada, pero no es así. Fue de una generosidad y una belleza moral tan grande que todo el mundo guarda un bonito recuerdo de ella. Yo la adoraba y siempre que escucho aquello de: 

Que bonita que es mi niña,
que bonita cuando duerme.
Que parece una amapola
entre los trigales verdes.

No puedo evitar emocionarme, porque esa canción me la susurraba al oído cuando yo era apenas un bebé y vivía con ella en Yeserías.
Heredé su voz dulce y el sentido del ritmo musical. Creo que ensanché pulmones los dos primeros años en casa de mi abuela, porque no paré de berrear llamando a mi mamá. Soy cantante, de las del montón, y no me da para vivir.

Cuando mi abuela cayó enferma, pasó una temporada en Urda, en la casa-cuartel donde vivía su hija. Entonces se percató de lo que le pasaba a su niña del alma, a la que no pudo salvar de las garras del mulero y que le había puesto en bandeja al hijo de satanás del civilón. Y no dudó en comenzar a preparar sopitas de leche con cabezas de cerillas. 
No pudo soportar, la tarde luminosa que se encerró con su hija en el baño, ver la espalda llena de moretones, los brazos con señales de dedos, las piernas con golpes y magulladuras… 
Nunca se perdonó la mala vida que le habían dado los hombres a su hija y por eso hizo lo que hizo.
Recuerdo cuando, ya muy vieja y medio ciega, lloraba en el patio hablando con el fantasma de su primer marido, que —decía— se sentaba debajo de la higuera, modelando con su navajilla animalitos de madera, a esperar a que ella muriese para irse juntos no sabía muy bien dónde. 

Todos pensábamos que chocheaba, hasta que una madrugada, en la que yo no podía dormir por las preocupaciones que me atormentaban, me encontré a mi abuelo Ángel sentado debajo del árbol. Le reconocí porque estaba exactamente igual que en la fotografía, la única que se salvó de los estragos de la guerra, en la que posaba junto a sus alumnos en la puerta de la escuela. Me miró con sus tiernos ojos azules y me dijo lo mucho que me parecía a mi abuela. Comenzaba a amanecer con esa luz mágica de la primavera y caía una lluvia tierna que empapaba su ropa y sentí que mi corazón se conmovía y entonces, y solamente entonces, conseguí comprender a mi abuela. Sus asesinatos no habían sido más que un acto de amor, no una simple venganza como yo siempre había pensado. 

Con la muerte de mi padre se abrió una investigación y esta vez sí que se descubrió el motivo de la muerte: envenenamiento por fósforo. Y la que pagó el pato fue mi madre, que dijo que había sido ella la asesina. Contó todos los pormenores de su desgraciada existencia, pero el tribunal, que se tomó aquello como un atentado a la autoridad (mi padre era sargento de la guardia civil), la condenó a muchos años, a pesar de su estado de buena esperanza, de la caterva de hijos pequeños que tenía en casa y de que mi abuela hubiese contratado a un abogado de Madrid, como si eso fuese una garantía de profesionalidad. El caso es que tuvo que vender su casa, porque el letrado le sacó todo el dinero que tenía, entre recursos y apelaciones, que no sirvieron para nada.


A la vuelta a Vega tuvieron que ir a vivir a un cuchitril inmundo donde se hacinaban como animales. Mis hermanos mayores, Mariano y Ángela tomaron las riendas y sacaron a mi familia adelante, porque mi abuela lo único que hacía era ir contando por el pueblo que la asesina era ella y se peleó con el cura, en plena misa de doce, porque no sé qué lectura hizo el día que llegaron de Urda, derrotados y pobres de solemnidad, y que el representante de la iglesia hiciese sangre con ellos era algo que no podía soportar.
Parece ser que mi abuela se enfrentó al cura, amenazándole con que si tocaba a alguno de sus nietos le iba a partir la crisma contra la pila bautismal, una reliquia de los tiempos de los Reyes Católicos, de piedra durísima, mortal de necesidad.

El año que a mi madre le concedieron la libertad, fueron a esperarla a la puerta de la cárcel mi abuela y mis hermanos mayores, Ángela y Mariano. Don Ignacio pagó de su bolsillo un taxi y se quedó en casa con nosotros hasta que llegaron. Algunas mujeres del pueblo, que también recibieron a mi madre, habían puesto una sábana en la puerta con la frase “Bienvenida Vecina”, un periodista nos pidió permiso para hacernos fotos y entrevistar a mi abuela. Y cuando llegaron, mi madre no dejó de llorar y abrazarnos. 

Yo nunca había preguntado el motivo de que mi madre estuviese en la cárcel, porque lo sabía. 
De pequeña iba a un colegio de monjas que había en mi pueblo. Eran clarisas, monjas de clausura, pero algunas daban clases en el colegio a niñas de hasta catorce años, que era cuando se acababa la EGB. Mis hermanas habían ido al colegio, es más, yo coincidí con las gemelas varios años, pero ellas dejaron de estudiar porque no les gustaba y prefirieron quedarse en casa cosiendo y esperar a que sus novios acabasen la mili para casarse. Por supuesto que en contra de la opinión de mi abuela, que se hacía cruces de a quién habían salido las niñas estas, que parecían tontas, pudiendo estudiar y no aprovecharlo… y acababa relatando que ella se tuvo que poner a trabajar con diez años en la fábrica de cerillas, que su madre lavaba en el río y las gemelas y yo, en cuanto mencionaba a nuestra bisabuela y los lavaderos del Manzanares comenzábamos a cantar “pero mira como beben los peces en el río…” y Críspula nos acababa tirando una zapatilla que esquivábamos con maestría de futbolista de primera división. 

Siendo muy niña tuve una pelea en el recreo. Yo era bastante impopular y no tenía amigas, por lo que en el patio buscaba a mis hermanas y jugábamos las tres, porque ellas tampoco se relacionaban con las demás. El caso es que mientras nos tirábamos del pelo y nos dábamos mordiscos, la otra niña me dijo que era una guarra asesina como mi familia de mierda. Eso supuso que se llevase aún más guantazos, hasta que sor Cecilia consiguió separarnos. Estuvimos toda la tarde en la capilla, mirándonos de reojo, bajo la vigilancia de la monja y a la hora de salir dijo que nos pidiésemos perdón y nos diésemos un beso. Yo me negué y le dije que había insultado a mi familia. La sor me pidió que se lo explicase con detalle y, muy sorprendida, nos llevó al despacho de la superiora, que no le dio demasiada importancia y nos conminó a rezar el rosario con fe y recogimiento.
A la salida del cole mis hermanas me estaban esperando, ellas eran cuatro años mayores que yo y tampoco sabían nada sobre la historia tremenda de la familia. 
Al llegar a casa me lavaron y peinaron para que mi abuela no se enterase y cuando llegó Ángela le pedimos, entre susurros, que nos contase la verdad.
Ella dulcificó la historia, pero aun así nos sentimos muy mal. Justificó a Críspula pero desde ese día mi tirria hacia mi abuela se hizo más intensa.
Le prometimos no volver a hablar del tema y yo comprendí porqué ninguna niña quería ser mi amiga.

Algunos años después, siendo yo adolescente, hubo movida en mi casa. Eran las vacaciones de navidad y yo me había enamorado de Jorge, el nieto del rico de Vega.
Yo esperaba que se dejasen ver por el pueblo, como otras veces, pero ese año no vinieron porque el abuelo estaba ingresado por una recaída. Así que mi mala hostia no tenía límites. 
Mi abuela entró gritando a la cocina porque me había dejado una compresa olvidada en el baño. Había sido yo, efectivamente, pero mi abuela no lo sabía y directamente fue a por mí. Y exploté. Comencé a gritar. A decir que me tenía harta, que siempre persiguiéndome, que no me dejaba respirar, que qué delito había cometido yo naciendo. Y me arreó un bofetón. Y entonces, hecha una furia le dije que por qué no se había suicidado en vez de matar a mi pobre padre, que sobraba en el mundo una asesina como ella, que por su culpa éramos una familia de apestados. Mis hermanas abrieron los ojos como platos. Mi madre estaba parada en la puerta, había acudido al oír los gritos. Pedrito y Mariano acababan de llegar y mi abuela se dio media vuelta y se encerró en su cuarto dando un portazo.
Mi madre entró en la cocina, le dijo a mis hermanos que se sentaran y cerrasen la puerta y con los cinco sentados a su alrededor nos habló.
—Ya va siendo hora de que tratemos el asunto. Vuestra abuela siempre pensó que era mejor correr un tupido velo, pero las cosas hay que aclararlas, os voy a contar toda la historia una sola vez y no quiero, es más os prohíbo, volver sobre el tema.
Y nos relató no solo la historia de nuestro padre, un ser infame, cobarde y violento, que solamente se atrevía a ponerle la mano encima a ella, que en la calle era un ser encantador, complaciente y servicial con sus superiores. También nos explicó, “ya tenéis edad para saber estas cosas” cómo su padrastro abusó de ella durante un año, hasta que quedó embarazada y tuvo que abortar y marchar a servir a Urda. 
Yo le dije que eso no era motivo para matar a nadie. 
—Anita, cariño, ¿tú sabes cómo vivíamos las mujeres entonces? No podíamos ser independientes, no podías trabajar sin autorización de tu marido que administraba tu sueldo, no se podía tener una cuenta en el banco. ¿Denunciar? ¿Dónde? ¿En el cuartelillo de la Guardia Civil, donde trabajaba tu padre? En el mejor de los casos si alguna mujer osaba hacerlo la mandaban a casa, entre risotadas, a que preparase la cena. 
Se acaba de aprobar, por fin, la ley del divorcio, pero entonces te tenías que aguantar con lo que te echasen, si te ponían los cuernos no podías decir ni pío, si tu marido decidía irse ahí te quedabas, con una mano delante y otra detrás. “Algo habrá hecho”, era la frase recurrente. 
A tu abuela no le quedó nada cuando mataron a mi padre, que le mataron por rojo, porque no había hecho absolutamente nada más que ayudar a sus semejantes, que hasta se enfrentó a sus superiores durante la guerra porque no podía con las injusticias, porque las hubo en los dos bandos. 
Nadie es mejor que nadie y tu abuela no es una asesina, es una pobre mujer desesperada que no vio otra salida al infierno que estaba viviendo su hija. Porque me quiere, me quiere tanto que no ha dejado de sentirse culpable ni un segundo desde que ingresé en la cárcel. Y ¿queréis saber qué? Que en la prisión estaba bien. Si no hubiese sido porque estaba lejos de vosotros hubiese sido incluso feliz, no vivía con la losa en el pecho que no me dejaba respirar, mientras esperaba a que vuestro padre llegase a casa para hartarse a darme golpes, no le importaba que estuviese embarazada o vosotros delante, me pegaba hasta que, extenuado, se tiraba en la cama a dormir. Y sí, yo tengo mi parte de culpa por no haber sido capaz de poner límites, por dejar que me humillase hasta el punto de creer que sin él yo no era nada, que no tenía dónde ir, que nadie me quería, que estaba sola, completamente sola, absolutamente sola en la vida. Y me lo repetía todos los días, tantas veces, que me lo creí. Y yo también soy una asesina, porque lo único que deseaba, desde que me despertaba por la mañana hasta que me dormía por la noche, era verle muerto, muerto y enterrado. Y solamente le pido a Dios o al que sea, que nunca paséis por lo mismo. Que os valoréis y os queráis para que nunca nadie, jamás, os haga creer que sois una mierda.

Y rompimos a llorar. Lloramos como nunca lo habíamos hecho, los cinco hermanos juntos, abrazados a mi madre, en un llanto de alivio, sedante, analgésico, que fue como un bálsamo que curó heridas, cicatrizó rencores y nos unió aún más. 













Fue una navidad extraña. Le pedí perdón a mi abuela, que se tiró todas las fiestas como ida, mirándome como si oliese mal. Seguía pensando que era una bruja, pero por amor a mi madre, estaba dispuesta a ser amable con Críspula, a la que —decían— me parecía más cada día.

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