jueves, 21 de febrero de 2019

Las cuñadas de Críspula.



Cuando Angelita llegó a la casa de su padrastro, con el corazón encogido e intuyendo que su madre tenía algo que ver con esa muerte repentina, se encontró un espectáculo que nunca pudo olvidar. 
El cadáver del mulero, de cuerpo presente, estaba en medio del salón, encima de una mesa enorme y con cuatro cirios alumbrando la caja de madera abierta. No parecía Paco, tenía una expresión rara y el color de su cara era gris como el cemento.

Los hermanos del mulero le habían indicado a Críspula que como la casa era de los padres y no habían arreglado papeles cuando murió “mamá”, ella tenía que irse, a lo que mi abuela les contestó que contaba con ello, que no se preocupasen que tenía todo preparado para volver a su antigua casa. Los hermanos de Paco eran tan primarios y bestias como él, no tenían ninguna simpatía por Críspula ni por su hija, en realidad les daba igual lo que su hermano hiciese con su vida, eran muy despegados y desde el día de la boda no habían tenido ningún tipo de contacto, salvo que se encontraran, de pascuas a ramos, en el bar de Manolito.
Las que no podían ver a mi abuela ni en pintura eran las cuñadas, especialmente la mujer del hermano mayor, que durante la boda tuvo que soportar el comentario de su marido –mientras se acariciaba la bragueta y entrecerraba los ojos– de que merecía la pena cargar con la hija de otro, con tal de domar a una jaca como su nueva cuñada, que envidiaba a su hermano y que debía ser glorioso someter a una hembra tan brava. Los otros hermanos estallaron en carcajadas mientras babeaban, hartos de vino y coñac, mirando el culo de la cuñada.
Mi abuela tenía preparado un pequeño baúl con sus pocas pertenencias y le pidió permiso al hermano mayor para llevarse una máquina de coser que Paco le había regalado el día de su cumpleaños y que debía ser muy cara, porque las cuñadas pusieron el grito en el cielo y, mientras los vecinos rezaban el rosario, se dedicaron a abrir cajones y buscar todo lo que recordaban que perteneció a su suegra.

Críspula tragó saliva varias veces, pero cuando una de las cuñadas sugirió que debían abrir el baúl para revisar si mi abuela se llevaba algo que no le pertenecía, ella, cagándose en toda la puta familia del mulero, abrió el baúl y les dijo que mirasen. Entonces la mayor vio el rosario que Paco le había comprado a Angelita el día que ambas tomaron la primera comunión. Tenía la cruz de plata y mi abuela, ya perdido todo atisbo de sentido común lo cogió, lo estrujó con una mano e intentó que se lo tragara. Todas comenzaron a gritar que se había vuelto loca y medio pueblo tuvo que intervenir, mientras las dos mujeres rodaban por el suelo, tirándose del pelo.

Críspula se llevó el rosario, la máquina de coser y cinco mil pesetas que el mulero guardaba debajo de un azulejo de la cocina y que le había visto remover una noche. 

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