miércoles, 13 de febrero de 2019

La bisabuela Isabel.



Mi abuela Críspula nació en Madrid. Sus padres habían emigrado a la gran ciudad, buscando un futuro mejor. Marcharon de tierras gallegas y asturianas para malvivir en una ciudad que siempre les fue hostil.
Se conocieron a la orilla del río Manzanares. Isabel era lavandera y Miguel esportillero. 
La ropa que lavaba mi bisabuela era acarreada por los llamados “esportilleros”, que la llevaban en sacos numerados y la repartían entre las mujeres que hacían la colada en el río. 


Miguel había nacido en un pueblecito cerca de Oviedo y, junto a sus padres, había emigrado a la capital. Isabel, en cambio, había llegado sola, andando desde una aldea de La Coruña, cerca de la ría de Muros, con apenas trece años. 


Huérfana de padre, su madre le puso a servir en la casa de los señores de la villa, pero Isabel, después de dos semanas de soportar el asedio del “señorito”, un viejo rubicundo, de patillas y bigotes pelirrojos, que tenía la costumbre de colarse por las noches en las alcobas de las criadas más jóvenes, decidió que a ella no le iba a tocar ni un pelo. Mi bisabuela no tenía ni idea de nada relativo a los hombres y el sexo, pero había sido educada en las creencias de la santa madre iglesia y en el temor al fuego eterno, así que aquello no le gustó nada y se lo dijo a su madre, que se encogió de hombros y le sugirió que atrancase la puerta de la alcoba, pero que ni se le ocurriese decir nada de aquello a su señora. Isabel, por primera vez en su vida, no obedeció a su madre y se lo contó a Doña Rosalía, que no dudó ni un segundo en despedir a esa cría tan resuelta y audaz. Así que mi bisabuela, la mañana que hacía su hatillo con los cuatro trapos de sus pertenencias, robó un candelabro de plata del salón y con lo que consiguió de su venta, marchó a Madrid, no sin antes despedirse de su llorosa madre, que no daba crédito, pero que en ningún momento le quitó la idea de huir a la capital.

Angustias, la cocinera del pazo, le había dado la dirección de una colega que vivía por el Puente de Toledo y allí se dirigió Isabel.

Apenas cumplidos los quince años, tras dos duros inviernos arrodillada a la ribera del Manzanares, aporreando con la pala de madera la ropa sucia de hospitales y del ejército, clareando y blanqueando en agua hirviendo sábanas de enfermos contagiosos, conoció a Miguel, un chico simpático y alegre con el que coincidía en los puestos de bebidas y tenderetes que se montaban los fines de semana a la vera del río.

Se casaron al poco tiempo y fueron a vivir a una chabola del Barrio de las Injurias, entre la Glorieta de Pirámides y la Puerta de Toledo, donde nacieron sus dos hijos mayores, hasta que fueron desalojados en 1906 y se mudaron, con los cuatro cacharros que poseían, a una casa de corredor, cerca de la calle General Ricardos. Allí nació mi abuela Críspula. Los tres hermanos fueron los supervivientes de los siete embarazos de mi bisabuela Isabel, que no dejó de bajar al río a lavar ningún día de su vida, lloviese, helara o bajo un sol de justicia, hasta el año 1926, en el que se canalizó el Manzanares y comenzó a haber agua corriente en las casas.

Cuando los niños eran pequeños los dejaba al cargo de las hermanas de la caridad en el Asilo de Lavanderas, en la Glorieta de San Vicente. Un establecimiento que mandó construir la reina Victoria, consorte de Amadeo de Saboya, para que las mujeres que tenían que ir a ganarse el jornal en el Manzanares o en los lavaderos de la zona, pudiesen dejar a sus niños menores en esa especia de “guardería”, que también servía para asistir a las mujeres que caían enfermas.
Los mayores, o bien quedaban al cargo de algún familiar o acompañaban a sus madres. Aunque lo más normal era que deambularan por las calles con otros golfillos, aprendiendo todo lo malo de los pillos y tunantes de sus barrios.
Los hermanos mayores de Críspula pronto comenzaron a ayudar a su padre trabajando de esportilleros y demandaderos. Y mi abuela comenzó, con apenas diez años, a trabajar en la fábrica de cerillas “La Fosforera” de Carabanchel, en la “cerillería”, donde niñas de su edad elaboraban los troncos de las cerillas, hilando algodón con una solución caliente de talco, estearina y resina. 

O sea, que la afición le venía de lejos…










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