lunes, 25 de febrero de 2019

Ignacio Urrutia

Ignacio Urrutia era el hombre más guapo que jamás habían visto las calles de Vega de Tajo. 

Llegó una brumosa mañana de octubre, con su maletita de cartón, sus dos mudas de ropa y con la extraña idea de pasar desapercibido en un pueblo, donde los pecados de su antecesor no iban a dejar de pasarle factura, antes o después. 

Mi hermana mayor, Ángela, se puso muy nerviosita cuando vio a don Ignacio por primera vez —yo aún estaba en la cárcel con mi madre— y cuchicheó con una risita ahogada lo mucho que se parecía a Cary Grant, pero ella lo llamaba Gary, porque no leía revistas ni sabía nada del mundo, la pobre, todo el día trabajando en casa del alcalde y por las noches estudiando para sacar el bachiller. El caso es que desde ese primer día le comenzaron a llamar don “Garigran” y con ese mote se quedó de por vida. 

Ignacio Urrutia se hizo cura porque no se esperaba otra cosa de él. Su madre, Lucía Ibáñez era una mujer muy religiosa, que tuvo la mala suerte de enamorarse perdidamente de un republicano, que murió en la batalla del Ebro sin haberse dignado a hacerle una mujer decente y casarse por la iglesia. Y por eso, por haberse dejado llevar por la intransigencia de su amado, encomendó a Dios a su único hijo, nacido del pecado y de un arrebato lúbrico –inexplicable– ya que nunca más volvió a sentir atracción por algún hombre. 
Ignacio Urrutia Olazábal era, como su hijo, un hombretón alto y bien plantado, con la sonrisa encantadora, inigualable e innata de los hombres de la familia y que se perdió con el último Urrutia, su hijo Ignacio, el cura de mi pueblo. 

Cuando cumplí seis años me mandaron a casa desde Yeserías, lo que había sido mi hogar hasta ese momento. Y no dejé de llorar. Echaba de menos a mi madre, me sentía una extraña con mi abuela y mis hermanos, casi no comía y comenzaron a preocuparse seriamente por mi salud. 

Don Ignacio venía todos los días a verme, no me hablaba, solamente se sentaba a mi lado, mientras yo suspiraba, y charlaba con mi abuela o con alguno de mis hermanos mayores, si estaban en casa, ignorándome por completo. Así durante cuatro meses. 

De repente un día no apareció, había hecho un viaje relámpago para visitar a su madre que estaba enferma, y yo le pregunté a Ángela que por qué hoy no había venido. Incomprensiblemente le echaba de menos. Mi hermana sonrió y me explicó que don Ignacio estaba fuera, porque había ido a ver a su mamá, que estaba malita y yo, muy extrañada, le pregunté que si los curas tenían mamá. 

A su vuelta pasó por nuestra casa y me trajo una muñequita de trapo, típica de allí, vestida de rojo y blanco, con un delantal y un pañuelico a la cabeza. 

A la muñeca le pusimos de nombre Lucía, que era como se llamaba su madre. Para el resto de la familia trajo una torta de txantxigorri, que eran las tortas de chicharrones de toda la vida, pero es que en Navarra se llamaban a las cosas de forma diferente. Y a mí me encantaba. Nunca perdió su acento y nos partíamos de risa cuando llamaba morroskos a los coloretes que nos salían a los chavales en invierno, por el frío, o txiki a los críos que corrían por la calle. 

Y yo le comencé a querer. Fue para mí la figura paterna que nunca tuve y hacía todo lo que me mandaba, solamente por el gusto de verle feliz. Fue lo más parecido a tener padre. 

Don Ignacio nunca tocaba a los niños. Sabía que tenía que tomar distancia física para evitar malentendidos y a mí solamente me abrazó una vez, cuando creíamos que estábamos solos, pero alguien lo vio y desde entonces se murmuraba que era el padre de mi hijo. 

Para el padre Urrutia era algo que le costaba un triunfo. Mantener distancia física, no establecer contacto con las personas que amaba, le producía una sensación de vacío que solamente era capaz de verbalizar en los cuadernos que escribía por las noches en la soledad de su habitación. Cuando los leí pude comprobar, con una mezcla de lástima y de orgullo, que a mí me adoraba. El amor más puro que nunca pudo sentir por alguien. Se afligía de mi mala suerte, y rezaba para que alguien fuese capaz de quererme como yo me merecía. 

Vivía solo. Cuando llegó a Vega de Tajo residía en la casa parroquial –en un cuartito de la planta baja, con acceso a la sacristía– Generosa, la señora que había cuidado durante los últimos diez años al anterior párroco y que él despidió, con todo el tacto que fue capaz, porque no quería dar pie a murmuraciones y cotilleos. La tal Generosa, que no hacía justicia a su nombre, era una tiparraca más vieja que mi abuela y con más verrugas que un sapo. Don Ignacio le dijo que no necesitaba una sacristana viviendo en la parroquia y que él se las apañaba solo, que no necesitaba una criada, que solamente debía ir a la iglesia a cuidar que estuviesen vestidos los altares como correspondía según el oficio, mantener limpia la iglesia y poco más. Le iba a seguir pagando y ella tenía que trabajar menos, pero como tuvo que marchar a casa de su hijo, le sentó como una patada en la barriga y no dejaba de murmurar contra los “curitas modernos”. 

El padre Urrutia había conseguido que los jóvenes de mi pueblo se interesasen por las cosas de la iglesia. Con el anterior nada más que se iba a misa los domingos, entre otras cosas porque si no hacían acto de presencia podían ser acusados de rojos y ateos, y alguna que otra vieja acudía a la parroquia a diario a rezar el rosario. Eso era todo lo que hacía la iglesia. Hasta que llegó él y lo revolucionó todo. Animó a los chavales a apuntarse a un equipo de fútbol en el que él mismo era el entrenador y el “míster”. Jugamos algunas liguillas e, incluso, ganamos más de un partido. Consiguió que los domingos por la tarde se proyectase una película, le costó lo suyo, pero a fuerza de dar la lata, e ir de un lado a otro junto con Manolita a dar el coñazo, lo lograron. Había talleres para quien quisiera aprender y cuando llegó un profesor a dar clases para que las mujeres consiguiesen sacarse el graduado escolar, primero, y el bachiller después, medio pueblo se revolucionó porque las mujeres donde tenían que estar era en la cocina y no aprendiendo tontunas, que desde que había llegado el curita se cenaban sobras recalentadas. 

Tras varias escapadas a Pamplona, don Ignacio decidió traerse a Vega a su madre, que estaba muy enferma, porque no quería que muriese en soledad lejos de él. 

Doña Lucía Ibáñez era una mujer muy delgadita, con el pelo totalmente blanco y una piel tan clara que parecía transparente. 

Cuando la conocí apenas podía caminar. Su hijo la sacaba a pasear cuando hacía buen tiempo, en una silla de ruedas, y se sentaban al sol por las tardes, mientras don Ignacio le recordaba historias de cuando él era pequeño y estudiaba en el seminario. De las tardes de frontón, contra los muros de la parroquia, después de haber merendado el pan con chocolate negro que sabía a tierra y rechinaba los dientes. Ese chocolate que le dejaba un regusto amargo en la garganta y que no era capaz de mitigar ni bebiendo grandes tragos en la fuente de la plaza, esa amargura que no sabía muy bien si era por el chocolate o por el destino escrito desde el día de su nacimiento. Pero eso jamás se lo contó. Nunca le dijo lo que le había costado aceptar un futuro que él no había decidido. Nunca le preguntó que con quién había contado para encomendarle a Dios, a través de la vida eclesiástica, como pago a su pecado, el pecado de haber amado a un hombre ateo, descastado, que no quiso casarse por la iglesia cuando se quedó embarazada y que murió luchando por algo que a ella no le importaba lo más mínimo, por algo, que —en el fondo— se la traía al pairo, es más, se hubiese alegrado de que Franco ganase la guerra y pusiese un poco de orden y disciplina en este país de descerebrados, si no hubiese sido porque su amado Ignacio estaba luchando con el ejército rojo. 

Y su hijo, su hijo querido, creció convencido de que había nacido para ser cura, que no había otra opción. Nunca se planteó no obedecer a su madre, jamás le dio un disgusto. Tomo los hábitos por pura disciplina, para no ver a su madre llorar, porque, al fin y al cabo, ¿no era lo mejor? Y en las noches de verano, cuando el curso había finalizado y le mandaban de vacaciones a su casa y se acostaba de día, porque su madre decía que era la hora de ir a la cama, aunque aún hubiese luz y los chavales anduviesen todavía por las calles, aprovechado que el tiempo estaba templado; entonces miraba al techo cuarteado de su habitación, iluminado por las rendijas de sol que se colaban a través de las contraventanas dejando una estela de polvillo suspendido en el aire y se planteaba huir, desaparecer; fugarse con un hatillo con una muda limpia, cuatro mendrugos de pan y una lata de sardinas, y viajar a Francia o a Alemania y alistarse en el ejército, o los bomberos, o la policía… dondequiera que le admitiesen. Pero nunca fue capaz de tomar decisión alguna, porque era más cómodo —o eso se decía a sí mismo— obedecer y no pasar frío o calor lejos de casa, y ¿cómo le iba a dar ese disgusto a su madre, que no tenía otra meta en la vida que hacer de él un sacerdote? Y cuando cantó misa, Lucía Ibáñez, satisfecha y orgullosa, le dijo que era el día más feliz de su vida. Pero, Ignacio nunca le contó sus pesares, jamás le dio la mínima pista sobre sus vacilaciones y su madre murió —ahogada con la almohada que Ignacio apretó despacio, mientras dormía— convencida de que su hijo amado era un cura de vocación y que nunca, jamás, una sombra de duda había ensombrecido su semblante. 

Cuando le destinaron a una parroquia de los suburbios de Barcelona, ella quiso ir con él, pero Ignacio le dijo que de momento mejor que fuese él solo, para ver cómo se podía acomodar y luego, si le parecía correcto, hacerla llamar. Pero nunca lo hizo. Pasaron varios años de trabajo duro. Ignacio se implicó en la lucha obrera, trabajaba como un animal ayudando a construir chabolas, canalizar aguas, abrir fuentes y pelearse con concejales y alcaldes. 

Y en una de las marchas reivindicativas conoció a Amparo. 

Durante los cinco meses que Lucía Ibáñez vivió con su hijo, éste desmejoró visiblemente. Todo el mundo lo achacó a que el padre Urrutia padecía por ver a su madre postrada, tan débil, tan poca cosa, siempre dependiente de su hijo, sin poder ni siquiera levantarse de una silla sin ayuda. Y así era, Ignacio no podía soportar ver a su madre sufrir de ese modo. Los médicos de Pamplona le habían pronosticado pocos meses de vida, no podían asegurar el tiempo que le quedaba, pero no era mucho. Al cura esos cinco meses se le hicieron eternos. Siempre había predicado que los sufrimientos, tanto de cuerpo como de espíritu, fortalecían el alma y acortaban el camino al cielo. Pero ahora, cuando los sentía casi en carne propia, porque lo que le dolía a su madre también le dolía a él, no estaba tan seguro de que la vía al paraíso tuviese que pasar, ineludiblemente, por un maratón de calamidades y sufrimientos que podían aliviarse con medicamentos o, incluso, acelerando una muerte segura y cercana. Pero cuando estos pensamientos venían a su cabeza se daba una ducha fría y salía a correr durante horas. 

Mi madre y Manolita iban todas las mañanas a echarle una mano. Don Ignacio les decía que no hacía falta, pero sí que hacía. Aquella casa era un desastre. Aunque el cura se manejaba muy bien en las tareas domésticas, el cuidado de una mujer enferma le superaba y él no podía dejar de lado sus obligaciones diarias, que eran muchas. En el mes de junio Ignacio Urrutia estaba absolutamente desesperado. Su madre padecía unos dolores terribles y el médico le recetó unos calmantes a base de morfina que en un principio le dejaron grogui, pasaba casi todo el día durmiendo y parecía que no sufría. Pero en los pocos momentos que estaba despierta se le soltaba la lengua y no dejaba de decir incongruencias, largar tacos brutales y cagarse en Dios. 

Y una mañana, en un rapto de lucidez, Lucía Ibáñez le pidió a su hijo que la ayudase a morir, que no podía soportar más tiempo ese calvario, que no aguantaba que le diesen de comer, que le limpiasen el culo, ser un estorbo, una molestia, una atadura para él y para el mundo. Ignacio la mandó callar y le dijo que ese era el peor de los pecados. Le confesó y le dio ración doble de calmantes. Salió a correr, como si le persiguiesen hordas de perros rabiosos y cuando llegó a casa y vio a su madre llorar como una niña, negándose a comer el puré que Angelita le daba, cucharadita a cucharadita, como si fuese un bebé, con paciencia infinita y un amor inexplicable, se metió en el baño, lloró en la ducha y le pidió perdón al Dios al que su madre le había encomendado tras su nacimiento, por lo que iba a hacer. Esa noche la drogó y —con todo el cariño del mundo— la ahogó con la almohada hasta que dejó de respirar. 

A Lucía Ibáñez la enterraron en el cementerio de mi pueblo, en un nicho corriente y moliente y su hijo Ignacio nunca fue a llevarle flores. 

En los meses posteriores a la muerte de su madre, el cura paseaba taciturno durante horas o se iba a correr por los campos en mitad de la noche. 

En el pueblo decían que no podía soportar haberse quedado solo, pero la realidad era que la culpabilidad no le dejaba descansar. Había hecho lo que le había pedido, habían descansado todos, ella, él, mi madre y Manolita, pero don Ignacio no podía soportar haber tomado esa tremenda decisión que —ahora— tanto le pesaba. Nunca dijo nada a nadie, porque sabía que nunca, nadie comprendería el porqué de su acción y durante el resto de su vida vivió mortificado con la losa que cargó hasta el día de su muerte. 






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