jueves, 14 de febrero de 2019

El abuelo Ángel.



Ángel era el hijo de Manuela, la encargada de la cerillería donde trabajaba mi abuela. 
Manuela era madre soltera y dio a luz en plena calle un 30 de junio de 1898, el mismo día que comenzaba el sitio de Baler, en Filipinas. Pero de eso ella no tenía ni idea, porque era analfabeta y durante su corta vida no había hecho otra cosa que fregar platos en el merendero de su padre, en las Ventas del Espíritu Santo. Allí acudían soldados rasos, criadas, modistillas, dependientes y algún que otro pollo pera, y los conductores de los coches fúnebres, vestidos con una ridícula librea, paraban a la vuelta del cementerio a darse un merecido refrigerio, donde no faltaban las chuletas y el vino de Valdepeñas.

En la puerta del merendero rezaba un cartel que ponía: “Mejor se está en este que en el Este”, que en un arrebato de humor andaluz, se le había ocurrido a su padre, Pepito el Cordobés, muy chistoso y ocurrente con sus clientes, pero que, de puertas adentro era un auténtico animal.


Manuela era la hija mayor. Su madre había muerto en el parto y Pepito decidió, en el mismo cementerio, que buscaría otra mujer porque necesitaba que alguien se hiciese cargo de la niña recién nacida y ayuda en el merendero, pero esta vez iba a buscar a una jaca sanota que le diese hijos, futura mano de obra, no como su primera esposa, una tísica que no pudo soportar el esfuerzo de dar a luz.


Y Manuela se crió con su madrastra. La trataba como a uno más, si bien los niños, en cuanto aprendían a ponerse en pie, ayudaban en la venta y Manuela comenzó a lavar platos subida a una banqueta con apenas tres años.

A los quince, con una tetitas incipientes y unas pocas curvas, un pollo pera comenzó a rondarla. Le decía lo guapa que era, que qué ojos, que qué cabello, que qué ardor le entraba en cuanto ella aparecía atravesando la puerta… el caso es que –como relataba la misma Manuela– antes de que pudiera darse cuenta, tenía una polla dentro. 

Fue solamente una vez, ella casi ni se enteró, pero se quedó embarazada y el pollo, empleado de una tienda en la Plaza Mayor, casado y con tres hijos, dijo que él no tenía nada que ver con el asunto, y –de mutuo acuerdo– su padre y su madrastra la echaron de casa.

Estuvo vagando por las calles del centro varios días, durmiendo donde podía, escondiéndose en portales, antes de que el sereno, a las diez en punto, echase la llave. Comía lo poco que podía robar y que su estómago, ahora muy delicado, era capaz de digerir. Vendió tabaco y cerillas en el cuchitril de la entrada de un café, porque al dueño le dio lástima de aquella chiquilla con un bombo incipiente tan parecida a su hija. 

Cuando comenzó a hacer buen tiempo y las noches eran tibias, se iba a dormir a las puertas del jardín botánico, con unas putas de tercera que había conocido en la calle. Allí dio a luz, ayudada por dos de ellas y tuvo la “buena suerte” de que en el momento en que su hijo daba el primer berrido, dos señores que caminaban por la acera oyeron el barullo de putas, niño y parturienta. Uno de ellos era un periodista y escritor. Al día siguiente publicó una columna en “El Imparcial” explicando, en un artículo lleno de adjetivos inútiles y con frases pomposas –al estilo de la época– lo acontecido la madrugada del día anterior. Pero también se interesó por Manuela durante toda la vida y consiguió que la contratasen en “La Fosforera” de Carabanchel, gracias a la intermediación de un amigo suyo, pariente de la familia que lo regentaba.


Manuela trabajaba como una mula, con su niño envuelto en trapos en un capacho, a sus pies, respirando el aire contaminado de la fábrica y amamantándole en cuanto abría la boca para llorar. Pero no le importaba. Era feliz con su chiquitín. Nunca había tenido muñecos y ahora, su hijo, lo era. Surgió un sentimiento extraño en ella, la ternura. Se deshacía de amor cuando el niño la miraba y le cantaba despacito por las noches, aspirando su olor a pan caliente, en el cuarto que tenía alquilado en la calle Libertad, cerca de la fábrica. Ahorraba casi todo lo que ganaba y cuando el niño fue un poco mayor lo dejaba al cargo de una vecina, que aprovechaba para pedir limosna con Ángel, porque –eso decían todos– era un angelito, con su pelito rubio, sus ojitos azules y esa carita de asombro que solamente perdió ante el pelotón de fusilamiento, en el año 38.


Ángel comenzó a ir a un colegio de curas gracias a la filantropía de don Francisco Íñiguez, el periodista que tuteló a mi abuelo hasta que acabó sus estudios y se hizo maestro de escuela. 
Ángel estaba absolutamente convencido de que la enfermedad de este país era el analfabetismo y se dedicó, en cuerpo y alma, a que sus niños rebuznasen lo menos posible. Era un idealista y se afilió a la CNT. Ambas cosas le costaron la vida.

Se enamoró perdidamente de mi abuela y cuando le destinaron a un pueblecito de Toledo le pidió que le acompañase. No se casaron, porque él decía que no necesitaba firmar ningún papel para estar seguro de sus sentimientos. Pero cuando mi abuela se quedó embarazada, le pidió que por lo menos —ya que el tema de la iglesia les daba urticaria— le “hiciese una mujer decente” y accediese a casarse por lo civil. 


Mi abuela fue madre, con veinte años, de una niña esmirriada y cetrina, que se le escurría entre las tetas enormes y que no cogía peso, a pesar de la buena disposición para la maternidad que se suponía que debería tener una mujer tan rotunda como Críspula. Pero no era así y mi madre creció poco, además las calamidades de la guerra no ayudaban en el tema de la alimentación. 
Con diez años Angelita vio cómo daban a su padre paseíllo hasta la tapia del cementerio donde fue fusilado, junto con el alcalde socialista y varios rojos más. Ese día mi madre se convirtió en una mujer adulta y —a pesar de su corta edad– comenzó a entender en qué se había convertido este país de mierda.

Cuando estalló la guerra mi abuelo se presentó en Madrid para sofocar la rebelión, y formó parte de la milicias armadas obreras y campesinas, a las que el gobierno autorizó la entrega de armas. Mi abuela y mi madre le acompañaron y marcharon a vivir a un piso-comuna en el barrio de Salamanca, un caserón magnífico, propiedad de unos condes, incautado por el Régimen y donde vivían familias de milicianos afiliados a la CNT, igual que ellas. Pero aquello debía ser como las kommunalki rusas y mi madre lo recordaba con asco y horror.

Ángel participó en la ofensiva de la batalla de Madrid, en la Ciudad Universitaria y formó parte de una de la “checas” que eran centros de detención y tortura. Primero estuvo en la de Bellas Artes, pero cuando pasó a ser la de Fomento tomó conciencia de las barbaridades que se estaban cometiendo. Le atormentaron las “sacas de presos” y cuando se enteró de que en la Comisaría de Buenavista, Luis Omaña y su segundo de a bordo, Santiago García Imperial, abusaban sexualmente de las mujeres de los detenidos, decidió volverse a Vega de Tajo.

Sus colegas le acusaron de blandengue y traidor. Pero para mi madre y mi abuela fue un alivio volver a la casita del pueblo, un antiguo gallinero que compró Ángel cuando vio el estado penoso en el que se encontraba la del maestro, pegada a la escuela rural. 
Estaba en las afueras del pueblo, en una especie de cerro cerca de la ribera del río, donde el agua formaba pequeñas balsas y los chavales iban en verano a bañarse o a pescar. Era una zona donde antiguamente se alzaban pequeños gallineros, cuadras o pajares. Mi abuelo y unos cuantos vecinos, afines políticamente, compraron por cuatro perras esos cobertizos y los convirtieron en viviendas. Edificaron cinco casas y establecieron una relación de vecindad increíble, eran como los hippies. Se intercambiaban lo que la tierra o sus animales les proporcionaban, apenas comían carne y fueron unos adelantados a su tiempo.
Entre unos cuantos jóvenes del pueblo arreglaron aquellos cuchitriles y los antiguos corrales se convirtieron en viviendas luminosas, espaciosas, calientes en invierno y frescas en verano. 
Críspula plantó rosales en el pequeño sendero de la entrada. Una parra crecía por encima de la puerta principal donde dispuso un cenador para las noches de verano, cuando se reunían para conversar sobre lo divino y lo humano y acabar cantando unas coplas al ritmo de la guitarra y las palmas. 
En la parte posterior, en el terreno que quedaba hasta la orilla del río, idearon un huerto aprovechando los espacios de sol y de sombra, plantando en las fases de luna favorables. El tío Marcial le explicaba a mi abuelo que “las plantas o árboles de fruto se siembran en cuarto creciente, a excepción de las que se espigan que se siembran en cuarto menguante, que las plantas o árboles que cultivamos por sus flores o semillas las sembraremos en cuarto menguante y que es aconsejable sembrar entre luna creciente y luna nueva aquellas plantas que crecen y fructifican sobre la tierra, y entre cuarto menguante y luna nueva las plantas que fructifican bajo tierra, que las semillas que tardan más en germinar se siembran en cuarto menguante y las semillas que germinan pronto se siembran en cuarto creciente”. Y entre sorbo y sorbo de la bota de vino que colgaba mi abuelo en la puerta y los cachos de queso del tío Marcial, dispusieron una huerta muy apañada que, con las cuatro o cinco gallinas del corral y algún que otro conejo, daba de comer a mi familia y a varios vecinos de los alrededores.

Durante la estancia en Madrid mi abuela se hacía cruces de cómo se iba a encontrar su huertecito, al que tanto cariño había cogido. Mi madre nunca entendió por qué ese empeño en seguir a su padre, con lo bien que estaban en el pueblo y no en ese caserón helador, donde se hacinaban como bestias en los dormitorios familias enteras; donde nadie se hacía cargo de la limpieza, porque mi abuela desertó a las pocas semanas de encontrarse bragas por los pasillos, botellas de vino y alguna que otra vomitona de algún borracho que llegaba a las tantas y acompañado por la puta menos digna de todo Madrid. Lo que no sabía Angelita es que mi abuela creía que tras ganar la guerra, a su marido le ascenderían y tendría un puesto relevante en un nuevo gobierno republicano. Pero desechó esa idea absurda, tras los primeros meses de escuchar noche tras noche la misma retahíla: “Cris, yo no puedo con esto, me supera, no soporto tanta indignidad, tanta brutalidad, esta injusticia…”. A mi abuelo Ángel la checa le costó una enfermedad y una mañana, tras discutir con su superior a voces, dimitió y decidió volver a su casa.


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