martes, 26 de febrero de 2019

Amparo Montoliú

Amparo Montoliú era una activista en la clandestinidad que había estado varias veces detenida. No era demasiado importante dentro de la lucha obrera, por lo que pasaba algunas noches en el cuartelillo o en las dependencias policiales y volvía a salir, con o sin cargos. El caso es que nunca estuvo mucho tiempo en la cárcel. 


Ignacio se enamoró perdidamente de aquella mujer fuerte, mucho más fuerte que él, que estaba de vuelta de muchas cosas y que había dejado a un niño en manos de una abuela que no quería saber nada de aquella hija descarriada que prefería andar entre hombres a quedarse en su casa cuidando de su familia, como cualquier mujer decente. 

Amparo había apuntado maneras desde niña. No le gustaba el “orden establecido” y se negó a ser una mujer recatada, como todas las de su familia. Virtuosas y amargadas. Mujeres cuya única expectativa era casarse con el animal de turno para pasarse el día metidas en casa, limpiando mierda, cocinando pucheros y pariendo mano de obra barata. Se negó en rotundo y con quince años se escapó de su casa, un cuchitril en Sant Joan les Fonts, donde malvivía con sus padres y sus cinco hermanos. 

Su padre trabajaba en una fábrica de papel. La que, cuando el aire soplaba del este, apestaba su barrio. La fábrica donde le explotaron toda su vida miserable y donde sus hermanos acabaron trabajando y dando las gracias por haber tenido la suerte de ser contratados. 

Amparo marchó a París. Su familia nunca supo muy bien cómo se las había apañado para conseguir dinero para el viaje, contactos para establecerse y cojones suficientes para, siendo solamente una cría, dar ese paso que a cualquier adulto le produciría —como mínimo— un ataque de vértigo. 

Volvió a su casa apenas cumplidos los veinte, hecha toda una mujer y con un bombo a punto de salir de cuentas. Tuvo un niño al que quiso llamar Lenin, pero que su madre bautizó a escondidas y le puso Jordi, como el abuelo. 

Amparo no aguantó más de seis meses. Iba a limpiar a varias casas, mientras su madre cuidaba al niño, que no dejaba de berrear día y noche. Los abuelos decían que era porque ella era mala madre, pero lo único que pasaba es que Amparo no tenía leche suficiente y el niño se moría de hambre. Harta de reproches, malas caras y de escuchar un día sí y otro también que con lo que ganaba no daba ni para el pan que se comía, se piró de su casa, de la casa de sus padres, porque nunca se había sentido protegida en aquella covacha de tres por dos. 

Trabajó como una mula en Barcelona y enviaba todos los meses la mitad de su sueldo a su madre, que nunca contestó sus cartas. 

Y una tarde que berreaba en un mitin, jaleando a unos trabajadores de una obra subida en una caja de frutas, se enamoró a primera vista, perdidamente, de Ignacio Urrutia, sin saber que era cura y que nunca dejaría de serlo. 

A Ignacio le pasó desapercibida, la veía pero no reparó en ella hasta que una tarde, en una reunión, ella le tiró los tejos sin cortarse un pelo. 

Al principio no supo cómo reaccionar, porque no lo esperaba y tampoco es que le gustase mucho aquella mujer bajita, un poco fondona, con la cara ajada del aire libre, las manos cuarteadas por el trabajo infinito y la sonrisa más encantadora que jamás hubiese visto. Amparo le miró como nadie lo había hecho antes. Le dedicó la mejor de sus sonrisas; una sonrisa blanca, perfecta, provocadora, una sonrisa que estremeció hasta el último de sus músculos. Y esa misma noche se acostaron. Para Ignacio fue la primera vez. Amparo había toreado en mejores plazas, pero no pudo evitar enamorarse de aquel chicarrón tan alto, tan guapo y tan tímido. 

Convivieron varios años. Ignacio pidió la secularización perpetua, con el consiguiente escándalo dentro y fuera del obispado, pero estaba convencido de que debía regularizar su relación con Amparo, a la que consideraba su mujer. 

Si bien, cuando viajaba a Pamplona a visitar a su madre, siempre lo hacía solo. Se ponía el alzacuellos y daba misa o ayudaba al párroco. 

Lucía Ibáñez nunca supo que su hijo quiso colgar los hábitos. Nunca conoció a Amparo, que esperaba a su amado, al principio con resignación —no precisamente cristiana— pero conforme pasaba el tiempo, veía que aquello no prosperaba, que el teatro continuaba cada vez que Ignacio visitaba a su madre, la mujer castigadora, la beata farsante, la mosquita muerta que no levantaba jamás la voz pero que sufría y sufría y todo el mundo bailaba a su son. La que había hecho toda su puta vida lo que le había salido de su santo coño y luego, tras el examen de conciencia, dolor de los pecados con su consiguiente contrición, se confesaba, hacía propósito de enmienda, soltaba cuatro lagrimitas mientras rezaba el rosario y a vivir. Que en eso consistía principalmente ser católico: hacer lo que a uno le daba la gana, arrepentirse, confesarlo y salir de la iglesia limpio y reluciente, a estrenar. “Un asco todo”, murmuraba Amparo, tumbada en la cama que compartía con Ignacio y que cada año que pasaba se le hacía más pequeña, porque había que hacerle un hueco —aunque fuese ficticio— a la madre castradora. 

Y una noche que dormía sola, esperando la vuelta de Ignacio que había ido a pasar las navidades a Pamplona para que su madre no estuviese sola y la que se quedó sola fue ella; porque si, las fiestas de invierno –como ella lo llamaba– no significaban nada para Amparo, pero no pudo soportar, por primera vez en su vida, una Nochebuena en soledad; decidió viajar al día siguiente para ver a su hijo, que no la reconoció. Y sus padres no la dejaron pasar de la puerta, donde le dijeron que no era bienvenida, que se fuese por donde había venido, que ya no pertenecía a la familia, que se olvidase de ellos. 

Y Amparo volvió a la habitación que compartía con el cura con la sensación de que tanta lucha, tanto deberse al prójimo, tanta mandanga, no era sino una excusa para no afrontar su deber, que no era otro que cuidar de su niño, el fruto del pecado, el hijo sin padre, porque no sabía realmente quién era el progenitor de ese crío que fue engendrado por tres hombres de los que apenas recordaba sus nombres. 

Y mientras fumaba tumbada en la cama, de repente, decidió que se tenía que marchar, que no podía seguir con aquel hombre cobarde que podía llegar a dar su vida por la lucha obrera, pero incapaz de enfrentarse a la madre castradora que había sacrificado la vida del hijo para limpiar sus propios pecados. 

Y cuando Ignacio llegó a la habitación compartida, anhelante, deseando abrazar a su mujer, de besar su cuello, de decirle cuánto la había echado de menos y de confesarle que estaba gestionando su dispensa eclesiástica para poder casarse con ella y adoptar al hijo que vivía con los abuelos y darle sus apellidos; se encontró que la habitación estaba vacía. 
Vacía y helada. 
Amparo se había marchado el día anterior porque no quería despedirse. Porque sabía que si esperaba para hacerlo no sería capaz, no podría soportar la mirada triste, de perro apaleado, de Ignacio y no se iría. Volvería a ser el segundo, el tercer plato en la vida del hombre del que se había enamorado como nunca antes lo había hecho. Le quería, le quería muchísimo, pero no podía quedarse ni un día más a su vera, apartándose a un lado para hacer sitio a su madre, a su iglesia y a sus pobres. Quería más y como sabía que no lo iba a tener se fue, dejando una nota llena de reproches amargos que Ignacio guardó, junto a sus diarios, hasta el día de su muerte, para que yo los leyese. 

Pero Ignacio Urrutia no sucumbió. Visitó al obispo, se confesó arrepentido —esta vez de verdad— de sus numerosos pecados, anuló la petición de secularización, para alivio de sus superiores y se entregó en cuerpo y alma, más en cuerpo y alma que en anteriores ocasiones, a la lucha, al sacrificio, a la entrega al prójimo, porque había nacido para hacer que éste, fuese un mundo mejor, y daba lo mismo vestir sotana, que mono de trabajo o traje y corbata. Iba a hacerlo, o por lo menos a intentarlo. 

Pero nunca dejó de pensar en Amparo, era su último pensamiento cuando iba a dormir y el primero al despertar. 

Incluso muchos, muchos, años después cuando se enamoró perdidamente de Manolita.

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