martes, 26 de febrero de 2019

Amparo Montoliú

Amparo Montoliú era una activista en la clandestinidad que había estado varias veces detenida. No era demasiado importante dentro de la lucha obrera, por lo que pasaba algunas noches en el cuartelillo o en las dependencias policiales y volvía a salir, con o sin cargos. El caso es que nunca estuvo mucho tiempo en la cárcel. 


Ignacio se enamoró perdidamente de aquella mujer fuerte, mucho más fuerte que él, que estaba de vuelta de muchas cosas y que había dejado a un niño en manos de una abuela que no quería saber nada de aquella hija descarriada que prefería andar entre hombres a quedarse en su casa cuidando de su familia, como cualquier mujer decente. 

Amparo había apuntado maneras desde niña. No le gustaba el “orden establecido” y se negó a ser una mujer recatada, como todas las de su familia. Virtuosas y amargadas. Mujeres cuya única expectativa era casarse con el animal de turno para pasarse el día metidas en casa, limpiando mierda, cocinando pucheros y pariendo mano de obra barata. Se negó en rotundo y con quince años se escapó de su casa, un cuchitril en Sant Joan les Fonts, donde malvivía con sus padres y sus cinco hermanos. 

Su padre trabajaba en una fábrica de papel. La que, cuando el aire soplaba del este, apestaba su barrio. La fábrica donde le explotaron toda su vida miserable y donde sus hermanos acabaron trabajando y dando las gracias por haber tenido la suerte de ser contratados. 

Amparo marchó a París. Su familia nunca supo muy bien cómo se las había apañado para conseguir dinero para el viaje, contactos para establecerse y cojones suficientes para, siendo solamente una cría, dar ese paso que a cualquier adulto le produciría —como mínimo— un ataque de vértigo. 

lunes, 25 de febrero de 2019

Ignacio Urrutia

Ignacio Urrutia era el hombre más guapo que jamás habían visto las calles de Vega de Tajo. 

Llegó una brumosa mañana de octubre, con su maletita de cartón, sus dos mudas de ropa y con la extraña idea de pasar desapercibido en un pueblo, donde los pecados de su antecesor no iban a dejar de pasarle factura, antes o después. 

Mi hermana mayor, Ángela, se puso muy nerviosita cuando vio a don Ignacio por primera vez —yo aún estaba en la cárcel con mi madre— y cuchicheó con una risita ahogada lo mucho que se parecía a Cary Grant, pero ella lo llamaba Gary, porque no leía revistas ni sabía nada del mundo, la pobre, todo el día trabajando en casa del alcalde y por las noches estudiando para sacar el bachiller. El caso es que desde ese primer día le comenzaron a llamar don “Garigran” y con ese mote se quedó de por vida. 

Ignacio Urrutia se hizo cura porque no se esperaba otra cosa de él. Su madre, Lucía Ibáñez era una mujer muy religiosa, que tuvo la mala suerte de enamorarse perdidamente de un republicano, que murió en la batalla del Ebro sin haberse dignado a hacerle una mujer decente y casarse por la iglesia. Y por eso, por haberse dejado llevar por la intransigencia de su amado, encomendó a Dios a su único hijo, nacido del pecado y de un arrebato lúbrico –inexplicable– ya que nunca más volvió a sentir atracción por algún hombre. 
Ignacio Urrutia Olazábal era, como su hijo, un hombretón alto y bien plantado, con la sonrisa encantadora, inigualable e innata de los hombres de la familia y que se perdió con el último Urrutia, su hijo Ignacio, el cura de mi pueblo. 

Cuando cumplí seis años me mandaron a casa desde Yeserías, lo que había sido mi hogar hasta ese momento. Y no dejé de llorar. Echaba de menos a mi madre, me sentía una extraña con mi abuela y mis hermanos, casi no comía y comenzaron a preocuparse seriamente por mi salud. 

Don Ignacio venía todos los días a verme, no me hablaba, solamente se sentaba a mi lado, mientras yo suspiraba, y charlaba con mi abuela o con alguno de mis hermanos mayores, si estaban en casa, ignorándome por completo. Así durante cuatro meses. 

De repente un día no apareció, había hecho un viaje relámpago para visitar a su madre que estaba enferma, y yo le pregunté a Ángela que por qué hoy no había venido. Incomprensiblemente le echaba de menos. Mi hermana sonrió y me explicó que don Ignacio estaba fuera, porque había ido a ver a su mamá, que estaba malita y yo, muy extrañada, le pregunté que si los curas tenían mamá. 

viernes, 22 de febrero de 2019

Mi padre



Tras la muerte del mulero mi abuela volvió a su casita y comenzó a ganarse la vida haciendo arreglos de ropa.
Consiguió quedarse con la máquina de coser y una pensión de viudedad exigua, que apenas le llegaba al día quince. 
Empezó haciendo composturas, que cobraba a precio de oro porque decía que una mujer que no supiese coser un botón o arreglar un bajo, debería pagarlo con creces. Era muy moderna, pero a veces le salía la vena decimonónica y no había quien la aguantara. Para mi abuela una mujer que no fuese limpia, ordenada y recogidita, no valía para nada. Ella era limpia como los chorros del oro, limpia hasta la saciedad, limpia, relimpia, tan, tan limpia, que yo pensaba que era una enfermedad que tenía que hacerse mirar.

Mi madre se casó enseguida y, a pesar del aborto, tuvo a su primer hijo antes de un año. Comenzó a parir como una coneja. Pero cada vez estaba más flaca y demacrada. 
Con el tercer hijo, mi hermano Pedrito, no tuvo leche ya que se había vuelto a quedar embarazada en la cuarentena, tuvo un aborto espontáneo y se le retiró. Mi hermano casi se muere, pero le salvó la vida Ángela, que una noche, desesperada de oír el llanto del niño y las voces de su padre en el dormitorio, impidiendo a mi madre salir a calmar al bebé, salió a la calle, descalza y desesperada, y una vecina, recién parida, le llamó y se puso el niño a la teta y así consiguieron que Pedro saliese adelante. Pero a los dos años mi madre se volvió a quedar embarazada, y esta vez de gemelas, mis hermanas Isabel y Manuela.

jueves, 21 de febrero de 2019

Las cuñadas de Críspula.



Cuando Angelita llegó a la casa de su padrastro, con el corazón encogido e intuyendo que su madre tenía algo que ver con esa muerte repentina, se encontró un espectáculo que nunca pudo olvidar. 
El cadáver del mulero, de cuerpo presente, estaba en medio del salón, encima de una mesa enorme y con cuatro cirios alumbrando la caja de madera abierta. No parecía Paco, tenía una expresión rara y el color de su cara era gris como el cemento.

Los hermanos del mulero le habían indicado a Críspula que como la casa era de los padres y no habían arreglado papeles cuando murió “mamá”, ella tenía que irse, a lo que mi abuela les contestó que contaba con ello, que no se preocupasen que tenía todo preparado para volver a su antigua casa. Los hermanos de Paco eran tan primarios y bestias como él, no tenían ninguna simpatía por Críspula ni por su hija, en realidad les daba igual lo que su hermano hiciese con su vida, eran muy despegados y desde el día de la boda no habían tenido ningún tipo de contacto, salvo que se encontraran, de pascuas a ramos, en el bar de Manolito.

martes, 19 de febrero de 2019

Paco "El Mulero"



Cuando Críspula se vio sola y desamparada no lloró. Era una mujer práctica y se encerró en sí misma, dándole vueltas a lo que debería o no debería hacer para salir adelante. Se olvidó de que tenía una hija que gimoteaba por los rincones la ausencia de su padre adorado, el mejor padre que ninguna niña podría tener, odiando a los vencedores por haber asesinado a un hombre tan bueno, tan solidario y tan querido por los vecinos. Vecinos que también fueron fusilados o huyeron a Francia de noche, con lo puesto. Mi madre se quedó sin amigas, todas se habían ido del pueblo. Solamente quedaron las que pertenecían al bando nacional, que sufrieron los estragos de la guerra tanto o más que ella. 


Angelita jugaba sola, a imaginarse que su papá le contaba el cuento de la “buena pipa que nunca se acaba”, mientras revisaba si alguna gallina había puesto o escarbaba la tierra y recogía algún nabo o patata que crecía a pesar de los malos tiempos, de la posguerra terrible y de su espantosa soledad.

Y un buen día Críspula decidió quitarse el luto y salir al pueblo a contonearse. Casi no comían, apenas les daba el sol, porque se pasaban muchas horas encerradas, durmiendo abrazadas en la cama de matrimonio que ahora a Críspula se le hacía enorme. Porque añoraba a su marido, lamentaba no haberle dicho en vida cuánto le quería, las discusiones estúpidas por cosas sin sentido. Habría dado su propia vida por él. Pero estaba sola, peor que sola, tenía una niña de la que hacerse cargo y no podía con su mala estrella. Así que decidió que había llegado la hora de buscarse otro marido que las mantuviese y amparase. Y dicho y hecho se fue andando hasta el pueblo a dejarse ver.

jueves, 14 de febrero de 2019

El abuelo Ángel.



Ángel era el hijo de Manuela, la encargada de la cerillería donde trabajaba mi abuela. 
Manuela era madre soltera y dio a luz en plena calle un 30 de junio de 1898, el mismo día que comenzaba el sitio de Baler, en Filipinas. Pero de eso ella no tenía ni idea, porque era analfabeta y durante su corta vida no había hecho otra cosa que fregar platos en el merendero de su padre, en las Ventas del Espíritu Santo. Allí acudían soldados rasos, criadas, modistillas, dependientes y algún que otro pollo pera, y los conductores de los coches fúnebres, vestidos con una ridícula librea, paraban a la vuelta del cementerio a darse un merecido refrigerio, donde no faltaban las chuletas y el vino de Valdepeñas.

En la puerta del merendero rezaba un cartel que ponía: “Mejor se está en este que en el Este”, que en un arrebato de humor andaluz, se le había ocurrido a su padre, Pepito el Cordobés, muy chistoso y ocurrente con sus clientes, pero que, de puertas adentro era un auténtico animal.


Manuela era la hija mayor. Su madre había muerto en el parto y Pepito decidió, en el mismo cementerio, que buscaría otra mujer porque necesitaba que alguien se hiciese cargo de la niña recién nacida y ayuda en el merendero, pero esta vez iba a buscar a una jaca sanota que le diese hijos, futura mano de obra, no como su primera esposa, una tísica que no pudo soportar el esfuerzo de dar a luz.


Y Manuela se crió con su madrastra. La trataba como a uno más, si bien los niños, en cuanto aprendían a ponerse en pie, ayudaban en la venta y Manuela comenzó a lavar platos subida a una banqueta con apenas tres años.

miércoles, 13 de febrero de 2019

La bisabuela Isabel.



Mi abuela Críspula nació en Madrid. Sus padres habían emigrado a la gran ciudad, buscando un futuro mejor. Marcharon de tierras gallegas y asturianas para malvivir en una ciudad que siempre les fue hostil.
Se conocieron a la orilla del río Manzanares. Isabel era lavandera y Miguel esportillero. 
La ropa que lavaba mi bisabuela era acarreada por los llamados “esportilleros”, que la llevaban en sacos numerados y la repartían entre las mujeres que hacían la colada en el río. 


Miguel había nacido en un pueblecito cerca de Oviedo y, junto a sus padres, había emigrado a la capital. Isabel, en cambio, había llegado sola, andando desde una aldea de La Coruña, cerca de la ría de Muros, con apenas trece años. 


Huérfana de padre, su madre le puso a servir en la casa de los señores de la villa, pero Isabel, después de dos semanas de soportar el asedio del “señorito”, un viejo rubicundo, de patillas y bigotes pelirrojos, que tenía la costumbre de colarse por las noches en las alcobas de las criadas más jóvenes, decidió que a ella no le iba a tocar ni un pelo. Mi bisabuela no tenía ni idea de nada relativo a los hombres y el sexo, pero había sido educada en las creencias de la santa madre iglesia y en el temor al fuego eterno, así que aquello no le gustó nada y se lo dijo a su madre, que se encogió de hombros y le sugirió que atrancase la puerta de la alcoba, pero que ni se le ocurriese decir nada de aquello a su señora. Isabel, por primera vez en su vida, no obedeció a su madre y se lo contó a Doña Rosalía, que no dudó ni un segundo en despedir a esa cría tan resuelta y audaz. Así que mi bisabuela, la mañana que hacía su hatillo con los cuatro trapos de sus pertenencias, robó un candelabro de plata del salón y con lo que consiguió de su venta, marchó a Madrid, no sin antes despedirse de su llorosa madre, que no daba crédito, pero que en ningún momento le quitó la idea de huir a la capital.

martes, 12 de febrero de 2019

Vega de Tajo.


Era una apacible tarde de septiembre, la vendimia había finalizado y el curso acababa de comenzar; tras la resaca de las fiestas, el pueblo se quedaba algo triste, pero ese año aún más, porque una de las hijas de Pascual había desaparecido sin dejar rastro. 

Escuchamos voces en la lejanía. Se abrieron puertas y ventanas. Varios niños llegaban corriendo, como alma que lleva el diablo. Pegaban alaridos, gritando que habían encontrado a la Manoli, muerta, en el río. 

Acababan de descubrir su cadáver, semidesnudo, enredado entre ramas y maleza, donde la corriente se detenía formando una pequeña playa y los chavales se bañaban en verano o cogían cangrejos y tiraban piedras.

El recodo donde había aparecido –ahogada y flotando– Reme, tras ser salvajemente violada durante la guerra civil.

La orilla donde Jorge me juró amor eterno, un amor que apenas duró ese verano aciago, en el que mi pueblo se puso patas arriba, seguramente por la conjunción de los astros, que ese año se alinearon, para nuestra desgracia.
El río hace una ese al encontrarse con mi pueblo y se adentra en la provincia de Madrid, para volver, otra vez a la de Toledo, como si se lo hubiese pensado mejor.

Vega de Tajo no es más que un pueblucho del norte de la provincia de Toledo que se hizo famoso cuando el Oscar a un film de habla no inglesa lo ganó Frankie con “Vega” una película basaba en la vida de mi madre en la cárcel. 

Aunque yo soy de Vega, en realidad nací en la cárcel de Yeserías, como la escritora, pero mi madre sí que cumplía condena, una condena injusta por haber asesinado a mi padre, un sargento de la guardia civil de Urda, Mariano Gómez, que fue envenenado con cabezas de cerillas por mi abuela Críspula, que no pudo soportar que, otra vez, otro hombre, maltratase a su hija del alma.