domingo, 19 de mayo de 2019

La red oscura

Cuando Laura y Nachete venían a verme eran como un soplo de aire fresco en casa. Mi hermano parecía que se comportaba ante su sobrino, al que quería con todo su corazón, pero aún así, muchas veces metía la pata y mi hijo discutía con él a voces, porque no podía entender que su tío, que había sido como un padre para él, hubiese cambiado de esa forma tan radical. Pedro siempre se había ocupado de saber cómo estaba, cómo iba con los estudios, cuando tenía un rato libre venía a buscarle para llevarle al cine o al parque de atracciones, porque Nachete era su favorito y no lo disimulaba. Mi hijo no tenía un padre como referente y él se convirtió en esa figura que debería haberse tomado la molestia de saber que había un niño por el mundo con sus genes. 

Y Pedro, ahora, era un desconocido para nosotros. No volvió a trabajar nunca más y malvivía con una paga que le daba mi madre para sus gastos, porque no tenía ni para un paquete de tabaco. Y cada vez que mi pobre madre le daba dinero a escondidas, él se mofaba de ella y le decía que cuándo le iba a subir la propinilla de los domingos. 
Uno de esos domingos Ángela escuchó el comentario y esperó el momento para hablar con él. Le dijo que no debía seguir así, que necesitaba hacer algo en la vida, que no podía tirarse los días mano sobre mano, esperando a que mamá le diese dinero para gastárselo en el bar. Porque eso era otra, Marishka se negaba a invitarle. El negocio también era de ella, llevaba la contabilidad a rajatabla y los domingos le hacía las cuentas y tenía que pagar, por lo que el resto de la semana Pedro andaba al acecho, a ver quién le invitaba, como un desgraciado. 

miércoles, 15 de mayo de 2019

Laura Pazyamor

En el año 2010 me despidieron del bufete de abogados. Me sorprendí lo justo y necesario, porque era un despido anunciado. Yo no había hecho nada, al contrario, siempre había trabajado como una mala bestia, incluso algún sábado tuve que ir a echar unas horas porque mi jefe me lo pedía como un favor personal y yo racaneaba tiempo a mi hijo, entonces un niño pequeño que apenas veía a su madre, para trabajar unas horas que no me pagaban, ni siquiera me agradecían, porque lo que comenzó siendo un favor, acabó convirtiéndose en una obligación. 

Todo comenzó con mi viaje a Blanes, cuando mi madre tuvo la depresión. Mi jefe no se tomó muy bien que me cogiese las vacaciones en un momento en el que el bufete había mucho trabajo. Pero yo no era más que una simple secretaria, no era indispensable, mi cometido se limitaba a teclear en el ordenador, llevarle la agenda y ponerle un café cuando llegaba. Pero con ese afán de convertirme en “imprescindible” para que valorasen mi labor, comencé a realizar tareas que no me correspondían. Para empezar lo de llevarle un café al despacho en cuanto entraba por la puerta. Las otras secretarias me decían que porqué no se lo ponía él, que la cafetera no daba calambre, que mi trabajo era otro, que no me pagaban para hacer de camarera y que yo era gilipollas. Y tenían razón. Porque además de servir cafés, a él o a sus visitas, también le reservaba habitaciones en hoteles por horas, en lugares discretos, donde se llevaba a sus conquistas. Compraba ramos de flores que enviaba a su mujer y a sus amantes. Le recordaba los cumpleaños de sus suegros, sus hijos, incluso el de su esposa, a la que yo creía conocedora de las salidas de tiesto de su maridito. 

miércoles, 8 de mayo de 2019

Pedro

Tras la muerte de mi abuela mi hermano Pedrito se empeñó en que teníamos que ir a vivir a la casa que había comprado para mi madre. Era un caserón muy parecido al que nos había cedido el ayuntamiento, porque sabía de sobra que ni Angelita ni mi abuela, se hubiesen mudado a una casa como la que él se estaba construyendo en las afueras, el “chalete” como comenzaron a llamarlo los del pueblo. Era la franja junto al río donde muchos años antes de que nosotros naciésemos se levantaban corrales y gallineros y donde mi abuelo se construyó la casa que vio crecer a mi madre y que la abuela vendió para pagar a un abogado. “Las casitas de los maestros” las llamaban entonces. Esa zona ahora estaba muy valorada, porque era el único rincón con un poco de encanto, y con la moda del turismo rural se levantaron edificaciones muy parecidas a las que habían inventado mi abuelo y sus compañeros, construcciones de una planta, de piedra y un gran ventanal frontal, vigas de madera y jardincitos muy cuidados cercanos al río. “Arquitectura ecológica” lo llamaban ahora, y yo no podía dejar de sonreírme. 

viernes, 3 de mayo de 2019

Jesús Monzón Gutiérrez

Fui a esperarla a la estación de cercanías, tan distinta a la que fue en nuestra adolescencia, cuando cogíamos el tren a escondidas para pasear por Aranjuez y escapar un poco, solamente un poco, de la rutina de Vega. 

Nos abrazamos en el andén y le pedí perdón por no haberme enterado de la muerte de su madre. Me llamó idiota y con los ojos brillantes, a punto de derramarse en lágrimas, me dijo que ella tampoco había hecho mucho que dijésemos para saber de mí. 
Maribel pasó dos días en mi casa y hablamos y hablamos sin parar y nos pusimos al día en confesiones nocturnas. La primera noche mi amiga me confesó que nunca había conseguido tener un orgasmo con ningún hombre, ni siquiera con Pol. 
Tras la mala experiencia en Ferias, cuando no éramos más que dos niñas inexpertas y asustadas, no volvió a tener ningún tipo de contacto sexual. Era guapa. Era lista. Era lo que a cualquier hombre con dos dedos de frente le hubiese gustado tener en la cama, en su casa y en su vida. Sin embargo los tíos ni se le acercaban. Y ella sabía el motivo. No le gustaba el sexo y, eso, los hombres lo olían a distancia. 
No me podía creer lo que me contaba porque para mí el sexo era necesario como el agua, con o sin pareja. Pero la primera experiencia sexual había sido tan traumática para mi amiga que dejó de sentir curiosidad por todo lo relativo a los hombres. 
Me dijo que yo, en cambio, atraía a los tíos precisamente porque llevaba escrito en la cara que era una calentorra. A ver, no lo dijo así, tan explícitamente, pero lo dejó entrever. Y era algo que ya me había dicho, muchos años antes Álvaro, a quien no podía evitar evocar, porque nunca me entendí sexualmente con nadie tan bien como con él. 

sábado, 27 de abril de 2019

Angelita

Al morir mi abuela mi madre entró en depresión. 
Jamás había desfallecido, siempre estaba de buen humor, sonriente y dispuesta a hacer cualquier favor a quien pasara por la puerta de mi casa. Todo el mundo la quería, incluso las dos cotillas del pueblo, que hablaban pestes de Críspula, pero que en lo referente a su hija nunca dijeron nada malo. Porque nadie podía murmurar de Angelita “La Rápida”, la mujer que andaba dando saltitos, sin pararse a hablar para que nadie le preguntase porqué tenía la cara marcada, los brazos con moratones de los dedos de su marido, las espinillas con mataduras de sus patadas… La mujer a la que jamás, nadie escuchó una mala palabra, la que se tiró todos los años del mundo recluida en la cárcel por un crimen que no había cometido, la que dejó un grato recuerdo en presas y carceleras, la que cosió con amor un vestido de seda rojo para que pudiese ejercer de puta su amiga María “La Puñales”, la gitana asesina más famosa de los sesenta, la que mató con sus propias manos a tres payos para vengar el crimen de su amado, el padre del hijo que nunca llegó a nacer… 
Mi madre querida, dejó de bajar al gabinete de costura y se metió en la cama sin ganas de hacer nada, no quería comer, no quería vestirse, no quería salir de su cuarto que permanecía a oscuras, con las cortinas corridas durante días y días. No quería vivir… 
Nos preocupamos muchísimo. No sabíamos qué hacer porque ni siquiera don Ignacio era capaz de levantarle el ánimo, y eso que lo intentaba, porque no dejó de visitarla ni un solo día, por la mañana y por la tarde. 

viernes, 26 de abril de 2019

Chelo Vidal

El inspector Vidal aparecía algunas tardes paseando por Vega. Se acababa de jubilar y no podía perdonarse no haber conseguido resolver el crimen de Manoli. 

Como no tenían hilo del que tirar, nos dijeron que los casos no estaban relacionados. Además de Manoli había dos niñas más que habían sido asesinadas. 

El segundo cadáver era de Rosa Mari, una adolescente que vivía en Ocaña y que estudiaba en el instituto conmigo. La conocía de habernos cruzado alguna vez por las escaleras entre clase y clase. Ella tenía catorce años cuando la mataron y yo diecisiete. Tenía cierto parecido con Manoli, era menuda, de pelo rizado. Y el azar hizo que Jorge y yo encontrásemos el cadáver tras el entierro de doña Cristina. Algo que aún me causa pesadillas. No puedo borrar de mi cabeza la imagen del pie sobresaliendo del barro, y el zapato de tacón que Rosa Mari, seguramente, estrenaba el día de las fiestas. No puedo evitar imaginarme a la niña arreglándose en casa de alguna amiga, robando la barra de labios de su madre, ensayando peinados y probando sombras de ojos. Me perturba suponer cómo fueron sus últimos momentos, porque en las noticias no ahorraron detalles sobre su muerte, los locutores de los telediarios enumeraban los “signos evidentes de agresión sexual, abrasiones en la zona interna de los muslos, distorsión de miembros, zonas del cuero cabelludo arrancadas…”, todo sin inmutarse, sin sentir el escalofrío que recorría nuestras espaldas al escuchar la forma salvaje en la que Rosa Mari había encontrado la muerte a la vuelta de la esquina de su casa. 

La última niña era de Noblejas y se llamaba María Jesús, pero todos la llamaban Chus. También había desaparecido en ferias y su cadáver estuvo enterrado casi cinco años. Como el de Rosa Mari, apareció por casualidad al excavar la tierra, cuando se preparaban los cimientos de unas casas que construía mi hermano Pedrito. Pedro, le llamaban ahora, porque era rico. 

miércoles, 24 de abril de 2019

Críspula

Nunca supimos de qué murió mi abuela. Era muy vieja y su deterioro era cada vez más evidente. Se estaba quedando ciega y lo asumió como algo inherente al paso del tiempo, no le dio demasiada importancia y consiguió vivir con ello y engañarnos a todos. Nunca dijo que no veía. Notábamos que nos tocaba mientras hablaba, que iba andando palpando las paredes y con un brazo en alto, lo que provocaba las risas de los niños que decían que se había vuelto falangista y ella les llamaba mocosos irrespetuosos y tiraba zapatillas al aire, pero ya sin la fuerza de los años en los que mis hermanas y yo las esquivábamos por chiripa. Achacábamos todas esas goteras a los estragos de la edad, pero mi abuela se moría, ella lo sabía y no dijo nada. 


Un sábado de mayo, la víspera del día de la madre, me levanté y no escuché el cacharreo habitual en la cocina. Críspula siempre madrugaba y lo primero que hacía, toda la vida fue así, era poner la cafetera al fuego. Esa mañana no olía a café recién hecho ni a pan tostado. Extrañada me asomé al patio y vi que el fantasma de mi abuelo Ángel había vuelto y esperaba sentado debajo de la higuera. Esta vez no modelaba madera con su navajita. Estaba repeinado, como los niños cuando salen de casa hacia la escuela, se apoyaba en un bastón de madera de fresno que él había tallado con las caritas de todos los niños de la familia y había envejecido –de pronto– todos los años del mundo. Ahora ya sí tenía la edad que hubiese tenido si no le hubiesen fusilado al alba, un mes de febrero del año 38. Me acerqué hacia él y le besé en la mejilla, fría como una madrugada. Me dijo que venía a buscar a mi abuela, que se marchaban y no pude reprimir las lágrimas. Me besó en la frente, susurró que era igualita que ella y comenzó a caminar, despacito, con andares de viejo, apoyado en el bastón, hacia la casa. Y conforme se alejaba iba dejando una estela azulada, como el polvo de hadas de los cuentos que nos contaba mi madre. Y me senté bajo la higuera a llorar. 

lunes, 22 de abril de 2019

Manoli

Los años posteriores a mi separación los viví como una liberación. Por increíble que parezca me sentía una mujer emancipada, no tenía que dar explicaciones, ni correr a casa desde el trabajo, podía salir y entrar sin sentirme culpable… qué tonta había sido, cómo había desperdiciado dos años de mi vida viviendo sometida, dejándome ganar espacio día a día, parecía mentira que yo, una mujer independiente, joven y guapa, en pleno siglo XX, hubiese vegetado al lado de un hombre que no me merecía, como lo habían hecho antes mi madre y mi abuela. Pero lo mío no tenía perdón de Dios. Yo había podido elegir, yo era libre, y –sin embargo– había escogido vivir dominada y sumisa. 

Ese año solamente fui el fin de semana de las fiestas, a mi pueblo, apenas los dos días grandes y salí muy poco. 
El Ayuntamiento había contratado a una banda bastante famosa, de las que salían en televisión y ese año hubo un espectáculo pirotécnico de aúpa. Domingo Esquinas hijo, se gastó más de lo que debía en esas fiestas, pero a nadie le pareció mal. Eran buenos tiempos, todavía no habíamos despertado de la resaca del año ’92, de la Expo, de los Juegos Olímpicos, el AVE… Ya no éramos los paletos de Europa que marchaban a buscarse la vida a Alemania o Suiza, con la maleta cerrada con cuerdas y un par de mudas. Ya jugábamos en primera división y aquella locura de nuevos ricos nos afectó a todos. 

viernes, 19 de abril de 2019

Aurora

Una tarde, cuando salía del despacho, me encontré por casualidad con la hermana pequeña de Jorge, que se alegró al verme de forma excesiva. Y me extrañó. Mucho… 

Aurora era un año más joven que yo. Sus hermanos la trataban como a una niña pequeña, algo que me resultaba chocante, porque no había tanta diferencia de edad entre ellos. Pero según Jorge, era porque Aurora era un poco “retrasadita”. 
Siempre había congeniado con Alba, que era del 65, como yo, pero tras mi convivencia con el hermano se hizo un oscuro y espeso silencio. Ni Álvaro, ni ella volvieron a llamarme. Lo de Álvaro era comprensible, porque nuestra relación era exclusivamente sexual, pero lo de Alba no lo comprendí hasta esa tarde que me tomé un café con la hermana pequeña, que no era deficiente mental, ni por asomo. 

miércoles, 17 de abril de 2019

Separación

Un jueves por la noche que vino conmigo al Strawberry nos encontramos con Maribel. 

Casi no nos veíamos ya. Ella había estudiado Bellas Artes, había aprobado una oposición y vivía en Barcelona, la ciudad que adoraba. Acababa de conocer a un chico de Girona muy guapo que ese día le acompañaba. Nos alegramos tanto de vernos que no dejamos de hablar, beber y reír, hasta que –a las tantas– me di cuenta de que Jorge se había ido sin despedirse. Y entré en pánico. 
Llegué a casa y mientras abría la puerta intentando no hacer ruido, reparé en que en los últimos tiempos, cada vez que metía el llavín en la cerradura me palpitaba el corazón porque no sabía si Jorge iba estar de buen humor o enfadado porque yo había hecho algo mal y su manera de castigarme era el silencio. Se tiraba días sin dirigirme la palabra y me desesperaba tanto, que al final le acababa pidiendo perdón por algo que no era consciente de haber dicho, hecho, o por lo que él creía que yo había pensado o sugerido. El caso es que desde que vivíamos juntos yo estaba cambiando, vivía con miedo a molestarle y comencé a pedir permiso para todo, en mi propia casa. 
Me metí en la cama de puntillas, sin hacer ruido, sin haberme lavado los dientes ni desmaquillarme, temblando por si se despertaba y la posible bronca. Pero él estaba dormido y respiraba tranquilo. 
El viernes me levanté con dolor de cabeza y el cuerpo abotargado. Jorge había hecho café y me preparó unas tostadas. Parecía que no pasaba nada, pero yo sabía que antes o después me iba a echar en cara que no le hiciese caso la noche anterior y me tirase horas hablando con mi amiga, una tía que –estaba segura– le caía fatal porque Maribel era el tipo de mujer que Jorge odiaba, guapa, lista, desenvuelta y feliz. 
Me recordó que el sábado era el cumpleaños de su sobrino, el niño pequeño de Maricris y que había fiesta en la casa del pueblo, que iban todos los hermanos y que contaban con Nachete. No me acordaba y tuve que ir a comprar un regalo al niño en mi hora de comida, y salimos a pasar el fin de semana a “la mansión”. 

lunes, 15 de abril de 2019

Infierno

Tras la actuación triunfal en las fiestas de mi pueblo Jorge no dejó de llamarme. Vivía con su padre en Madrid, no tenía trabajo ni parecía que estuviese buscándolo, por lo que cada dos por tres me esperaba para acompañarme en la hora que tenía para comer, o después de trabajar, para ir a tomar algo. Al principio me sentía muy halagada. Siempre había estado sola, los hombres iban y venían, pero nunca tuve una pareja estable hasta que llegó él. 

En Navidades me invitó a esquiar a Suiza. Me molestó muchísimo esa invitación porque yo apenas veía a mi hijo y estaba deseando que llegase el fin de semana o las vacaciones para estar con él. Estaba claro que para Jorge el niño no contaba y le dije que ni sabía esquiar ni iba a dejar a mi hijo solo en navidades. Entonces reparó en que tenía un niño y decidió que debería ejercer de padre, porque nunca le veía, es más yo procuraba que no coincidiesen nunca, porque Nachete no estaba cómodo con él. Pero la verdad es que Jorge era su progenitor y comencé a facilitar un contacto que era demasiado artificial. Mi hijo no lo veía como a un padre, Jorge tenía una empatía cero y nunca estuvo muy seguro de que Nachete fuese su hijo. Forcé una situación incómoda y siempre tendré remordimientos por ello. 
Mi niño era un crío excepcional. Ya sé que me puede el amor de madre, pero es que era tan cariñoso y tan bueno que muchas veces me daba rabia porque los otros niños se aprovechaban de él. Todos sus primos le adoraban, tanto los de mi familia como los de la de su padre, especialmente los hijos de Maricris, que –a pesar de que el matrimonio me odiaba– los niños eran un encanto y nos llevábamos muy bien. 
Nachete era un niño delgadito, de pelo castaño y ojos claros, que –según Críspula– había heredado del abuelo Ángel. Como él, tenía esa mirada entre soñadora y de sorpresa y, como su bisabuelo, era un ser extraordinario. En realidad tenía el aspecto de su padre, alto y espigado, Maricris decía que no se parecía a ellos, era verdad, porque el mismo Jorge no se parecía nada a sus hermanos. El porte y los ademanes de mi hijo eran clavados a los de su padre, que muchas veces parecía un cura, y –tal vez por eso– muchas tiparracas de mi pueblo decían que Nachete era hijo de don Ignacio. 

viernes, 12 de abril de 2019

Marishka

Apareció una noche, cuando el bar estaba a punto de cerrar. Pidió “algo fuerte” para beber y trabajo para vivir. 

El padre de los Manolos acababa de fallecer y entre los dos hermanos se apañaban bien y no necesitaban a nadie, pero Marishka –con un manejo admirable de palabrotas que transformaba en música angelical con su acento ruso– les dijo que el local tenía mierda para aburrir y que se ofrecía a dejarlo como los chorros del oro en tres días, que si cumplía su palabra le dejasen trabajar en el bar a cambio de comida, un lugar para poder dormir y las propinas. 

Mis cuñados no podían salir de su asombro cuando vieron la cochambre que había acumulada de décadas de dejadez. Marishka desmontó la cocina y se deshizo de los aparatos que no funcionaban y del menaje agrietado y mugriento. 

En tres días le dio la vuelta al bar y consiguió que la mitad de los parroquianos que tenían cuentas pendientes se pusieran al día. 

Era muy borde. Medía casi dos metros y aunque estaba delgada tenía una fuerza descomunal capaz de coger en volandas al borracho pendenciero de la noche y ponerle de patitas en la calle. Y mientras lo hacía, preguntaba con su sonrisa encantadora de dientes perfectos, si quería que lo acompañase a casa para explicarle a su mujer que se había mareado un poco, con el consiguiente pitorreo del resto de clientes, que –ahora– pasaban más tiempo en el bar, solo para admirar a la “potra de los Urales” que era una tía borde, pero con su carita de niña, su melena rubio platino, el acento exótico y lo rebuena que estaba se lo perdonaba todo. 


miércoles, 10 de abril de 2019

Moon River

Con la muerte de don Ataúlfo hubo un intento de acercamiento de la familia de mi hijo. 

El abogado de los López-Bravo le envió una carta a mi hermana en la que ponía en conocimiento de la letrada que estaban dispuestos a retomar las conversaciones sobre la herencia de mi hijo, paralizadas debido a la obcecación de la parte contraria. 


–Vamos, que te están llamando burra, más que burra–. Comentó mi hermana entre risas. 


Yo no estaba dispuesta a dar mi brazo a torcer. No quería que Jorge reconociese al niño y le diese sus apellidos. Eso daría pie a que mi hijo tuviese que pasar fines de semana alternos y parte de las vacaciones con él y con su mujer. Si no eran capaces de tener hijos propios no iban a apoderarse del mío. 
Mi hermana me decía que era más tozuda que la abuela –que era la única que, en eso, solamente en eso, me daba la razón– y que no debería privar al niño de tener contacto con su familia, porque al fin y al cabo él era un López-Bravo, por mucho que me pesase, y si no, que hubiese tomado precauciones y no haberme dejado preñar, que parecía tonta. 

Nunca le conté el motivo por el que una noche, solo una, Jorge y yo follamos sin condón. Nuestras relaciones sexuales eran muy complicadas. Yo no tenía experiencia y creía que la cosa no funcionaba por mi culpa, porque tenía el culo gordo o porque acababa, después de varias horas metida en el coche con las ventanillas subidas, oliendo a sudor y a Jorge le daba asco y por eso era incapaz de hacer nada. Me atribuía lo que no me correspondía, era él, que tenía problemas de erección, de autoestima o yo qué coño sé. El caso es que solamente fue capaz de realizar el acto sexual por completo cuando lo hicimos a pelo. Me dijo que él controlaba, que se retiraría a tiempo, pero no fue así y eyaculó dentro. Y como yo debía ser una coneja, me quedé embarazada. 
Luego, con el tiempo, cuando su hermano le gritó que también me había acostado con él, se creyó –a pies juntillas– que era imposible dejar a una mujer embarazada a la primera, a la vista estaba, que con la suya era incapaz de hacerlo, que llevaban intentándolo ni se sabe y no había manera. Yo también le había gritado que no era el padre de Nachete y pasaron los años convencido de que mi hijo no era suyo. 

lunes, 8 de abril de 2019

Absolución

En septiembre el pueblo se llenó de policía de paisano, porque esperaban que el asesino volviese a actuar. Había dos cadáveres cuyos asesinatos, probablemente cometidos por la misma persona, estaban sin resolver. Pero no pasó nada. Las niñas ya no iban solas por las calles. Los padres estaban pendientes de sus movimientos y eso, unido al despliegue policial hizo que el asesino se tomase un respiro que duró muchos años, tantos, que pensamos que lo habíamos olvidado. 


Y durante ese tiempo convulso don Ataúlfo falleció, por fin. Arrastraba una mala salud de hierro y una noche de verano, en el transcurso de una discusión familiar durante la cena, se alteró tanto que tuvo una cuarta apoplejía y la palmó, rojo de ira, abotargado y farfullando que había que matar a todos los rojos de este país y no dejar a ninguno vivo. 

Y murió como había vivido, echando espumarajos por la boca, cabreado y odiado por todos, incluida su propia familia. Tal vez la única persona que le profesó algo de cariño fue su nuera, a la única a la que no gritaba, a la que respetaba de un modo que nadie podía comprender, porque era un ser soberbio y arrogante al que le podían las malas formas. 

Doña Cristina se ganó su respeto sin dar gritos, sin insultos, pero no se dejó avasallar jamás, le tenía miedo, pero su orgullo era más fuerte. 

Don Ataúlfo despreciaba a la familia de su nuera. Eran de sangre azul, con mucha tontería y sin un duro. Y para él no tener dinero denotaba vaguería, falta de ideales y motivaciones. Porque, otra cosa no, pero a trabajador no le ganaba nadie. Explotaba a todo el mundo, pero curraba como el que más. Se levantaba al amanecer y se iba el último a casa. También es verdad que nunca tenía prisa por volver al hogar, porque no soportaba a su mujer ni a su hijo, al que sometió a una presión brutal para hacerle un “hombre”. 
Cuando conoció a su futura nuera se le cayó el alma a los pies. La melindrosa era muy guapa, muy fina y muy elegante. Tocaba el piano y tenía unas manos blancas perfectas, pero era estrecha de caderas. No tenía ni culo ni tetas, que estaría muy bien para lucir modelitos de alta costura y pasearse por salones enmoquetados, pero parir, lo que se dice parir, tenía toda la pinta de que ni siquiera le entrase una polla; de alumbrar varones recios, sanotes y viriles, como los de su familia, de eso ya ni se le ocurría opinar. Y sí, la familia era de rancio linaje, alto abolengo, grandes de España, estirpe de sangre azul, por los siglos de los siglos, pero flojos, todos unos flojos, que no servían ni para estafar al más inútil, como habían hecho los López-Bravo, que para eso estaban forrados, porque eran los más listos, ágiles como halcones acechando el momento, la hora, el minuto, el segundo… tenían pasta porque se la sabían ganar. 

jueves, 4 de abril de 2019

El testamento

Fue un jueves. Acababa de llegar a casa, tras recoger a mi hijo de la de la vecina que lo cuidaba el tiempo que yo trabajaba. Me costaba lo mismo que la guardería y yo prefería que el niño estuviese a cargo de una persona y no en una clase donde si lloraba nadie le hacía caso y que, seguramente, alguno mayor, pre-delincuente juvenil, le pegaría. 

Cuando sonó el teléfono y al otro lado de la línea alguien me dijo que doña Cristina estaba ingresada y requería urgentemente la presencia de su nieto mayor, me quedé de piedra. Pregunté que con quién hablaba y que si se trataba de una broma pesada. Don Mateo, con voz trémula me dijo que no, que no era ninguna broma, que su mujer se estaba muriendo y quería ver a su nieto, que me había llamado por respeto a su última voluntad, que si por él hubiese sido no lo habría hecho. 
Cuando bajé del taxi que me llevó a la clínica me temblaban las piernas. En la antesala de la habitación estaba parte de la familia y Maricris, al verme llegar dijo entre dientes que qué poca vergüenza tenían algunas. Su marido le puso una mano en el hombro y le dijo que no se pasara. Don Mateo me abrió la puerta para que entrase en la habitación y me encontré de sopetón con Jorge, que salía, con los ojos rojos y la cara descompuesta, del brazo de una mujer que parecía mucho mayor que él, “debe ser su prometida” pensé. 
Llevaba a mi hijo en brazos, que atemorizado, escondía su cabecita en mi cuello. Maricris entró detrás de mi y Nachete se asustó más aún. Le daban miedo los extraños y —los niños son muy listos— entre esa gente poco amigable no se sentía seguro. Su abuela estaba en la cama, con una bomba de morfina enganchada a la vía del brazo, con los ojos cerrados y expresión de paz. En los últimos tiempos los dolores le habían contraído el semblante, siempre tenía unas ojeras moradas terribles y de cuando en cuando se encogía debido al sufrimiento de su metástasis ósea. 
Ahora irradiaba paz, estaba muy pálida, pero las ojeras habían desaparecido y había rejuvenecido diez años. Nachete al ver a su abuela sonrió y doña Cristina abrió los ojos e hizo lo mismo, su nieto le echó los brazos y ella me indicó que le tumbase a su lado en la cama. Dije que tenía miedo de que le arrancase alguna vía y ella extendió los brazos hacia mi hijo, sin decir nada. El niño se acurrucó a su lado y se quedó quietecito. La zorra de Maricris masculló entre dientes que lo que le faltaba por ver y salió de la habitación haciendo todo el ruido del que fue capaz. Yo intentaba no llorar. Los hijos de doña Cristina fueron saliendo despacio y en silencio, nos quedamos don Mateo y yo, sin saber qué decir o hacer, mientras el corazón de la abuela de mi hijo dejaba de latir poco a poco. 

Cuando salí al pasillo Maricris montó el cirio. Comenzó a gritarme que no tenía vergüenza ni decoro, que era una muerta de hambre y que no les iba a sacar un duro, que qué me había pensado, que a saber de dónde había salido ese niño que no se parecía a ninguno de ellos; y mi hijo comenzó a llorar. Busqué con la mirada a Jorge, le pedí que cogiese a mi hijo en brazos y me quité la chaqueta. Mientras su hermana seguía emitiendo alaridos retrocedí un poco y, cogiendo carrerilla, le calcé una hostia que la tiré al suelo. Recogí a mi hijo, que berreaba como un condenado, de los brazos de su padre y fui hacia el ascensor mientras escuchaba a mis espaldas a una enfermera decir que vaya gentuza, que tan estiraditos que parecían cuando llegaron al hospital, pero que vaya numerito, peor que los gitanos de Pan Bendito. 

lunes, 1 de abril de 2019

Rakel Springfield

También vinieron a verme Maribel y su madre. Desde que dejé de estudiar apenas coincidíamos. Habían estado en mi casa un par de veces, porque ellas no me dejaron de lado, pero a su padre le habían nombrado inspector en la dirección general y ahora vivían en Madrid. 

Con el dinero que me había dado la abuela del niño me alquilé un pequeño apartamento y me quedé a vivir en el barrio de mi hermana. Mi madre y mi abuela pusieron el grito en el cielo, pero lo tenía muy claro. No iba a volver al pueblo, donde no tenía ningún futuro laboral, a pasear al bastardo de los caciques y ser la comidilla de las vecinas amargadas. 
Doña Cristina vino a casa en semana santa a ver al niño y mi madre le dijo que yo vivía en Madrid, le dio mi teléfono y me llamó al día siguiente para vernos. Visitaba al niño de vez en cuando y cada vez tenía peor aspecto, parecía enferma pero no me atrevía a preguntar. Siempre le traía algún juguete o ropa y tomábamos café mientras ella le tenía en brazos, decía que lo iba a malcriar pero que no podía evitarlo. 

En el despacho de mi hermana me contrataron de recepcionista. Lo único que tenía que hacer era atender la centralita y las visitas. Le cogí el tranquillo en un par de horas para alegría y alborozo de los dos socios principales, que estaban hartos de la anterior, que se hacía un lío al pasar las llamadas. En menos de un mes estaba haciendo más cosas, porque se dieron cuenta de que escribía a máquina con una rapidez increíble y me ascendieron a secretaria de don César, el socio más joven. 
Me gustaba trabajar. Me sentía útil. Con lo que ganaba podía pagar a una señora que cuidaba a mi hijo y mi pequeño apartamento, con lo que el dinero que me había dado doña Cristina estaba casi sin tocar. Lo dejé para tener un colchón por si venían tiempos difíciles, que vinieron. Me sentía completamente feliz, no necesitaba nada más, pasaba los fines de semana con el niño y siempre tenía alguien con quién quedar a comer o tomar algo. Comencé a ir los jueves por la noche al Strawberry Fields con Maribel. Estudiaba Bellas Artes y vivía con su familia en Ventas, muy cerca de mi casa. 
La señora que cuidaba a Nachete, como acabamos llamando al niño, se podía quedar a dormir los jueves y comencé a salir al principio uno al mes, y luego todos. 
La dueña del Strawberry era una borde. Yo era consciente de que le caía mal, en general le caíamos mal todas las tías, y a Maribel, no entiendo muy bien porqué, le cogió un asco que no podía evitar disimular, me imagino que como mi amiga era guapa y ella no, eso le producía taquicardia, como a muchas mujeres acomplejadas que se creen que tenemos que competir en vez de apoyarnos. Jimena acabó madurando y con el transcurso de los años se le cambió el carácter, a pesar de que la vida no es que se portara muy bien con ella. 
Había leído reportajes en periódicos y revistas sobre el bar de moda, hablaban de Jimena como una jovencísima empresaria de éxito, nos vendían que era un genio de las finanzas; pero había montado el pub con el dinero de su familia, su madre –que había muerto cuando ellas eran niñas– era una sueca riquísima y su papá el presidente del Tribunal Supremo, así que menos milongas, que con tantas facilidades seguro que cualquiera era una joven promesa. En realidad la Movida Madrileña, de la que tanto se hablaba y se sigue hablando, no fue más que eso, cuatro niñatos con dinero que nada más que hacían beber y drogarse. La fauna del Strawberry era de lo más variopinta, pero en general se juntaban todos los niños pijos del barrio de Argüelles, compañeros de colegio de Jimena, universitarios disfrazados de “modernos”. Los músicos eran todos más malos que la tos. Hacían furor un trío con una cantante, íntima de Jimena, con voz gangosa de coro de colegio, que fueron el no va más de los ochenta. Yo les daba mil vueltas, pero ni era rica, ni tenía padrinos ni tiempo para perder en los antros de moda “promocionándome”. 
Muchas noches me encontraba con Frankie, que estaba preparando –con Elena Ayllón–el guión de la peli sobre mi madre. Cuando supo que yo era la nieta de Críspula me puso en un altar y no dejaba de presentarme gente interesante, eso decía él, porque todos eran unos auténticos soplapollas. 
Hasta que un día se enteró de que yo cantaba y me propuso que me subiese al escenario al jueves siguiente. Y yo creí que iba a dar el campanazo, por mi voz maravillosa y potente y porque estaba muy guapa. La maternidad me había sentado muy bien, estaba delgada –la verdad es que me cuidaba muchísimo– y tenía esa capacidad para que los tíos babeasen a mi paso mientras yo me hacía la distraída, como si no me enterase. Me gustaba sentirme admirada, me dejaba halagar, llevaba a los tíos al límite, les calentaba como si fuese una pervertida y alguna vez que fui sola acabé follando en el baño o en el coche de algún desconocido. 

jueves, 28 de marzo de 2019

Nachete

En octubre comencé a trabajar en la fábrica de vaqueros y en enero me despidieron porque le calcé dos hostias al encargado, harta de que me acosase por los pasillos o en el almacén.
Mi hermana me dijo que aprendiese a escribir a máquina para poderme enchufar en su oficina. Me pasé el resto del embarazo con el “Método Caballero”, aporreando una Olivetti Lettera 46 que me había proporcionado don Ignacio.
Él no me reprochó nada, no me dijo que había hecho nada malo y fue mi gran apoyo durante ese período horrible, donde me señalaban por la calle, como si fuese una apestada.
En el pueblo se corrió la voz de que iba a tener un nieto de don Mateo o “vete a saber de quién…” y muchas se alegraron de que pasease mi panza sola, sin un marido a mi lado, porque decían que yo tenía muchos pajaritos en la cabeza, que me creía mejor que las otras chicas, que igual me habría pensado que era uno de ellos, tanto ir a la casa de los señores, montarme en los coches de los niños López-Bravo como su fuese una reina. Y que, mira, tanta tontería y ahora está preñada y más sola que la una.
Y las murmuraciones, mi estado, mi soledad, todo eso me hacía sufrir. Estaba tan triste… Rememoraba cada día a todas horas las últimas palabras de Álvaro, “eres más zorra de lo que pensaba”. Era mala y tenía que pagar un justo castigo a mi maldad.

lunes, 25 de marzo de 2019

El "problemilla"

Mi abuela estuvo toda la mañana fuera. Pensábamos que se había ido a Madrid, pero cuando Ángela llamó a mediodía para decir que ese fin de semana no podía venir porque tenía un viaje de trabajo, nos confirmó que no estaba con ella. 

Críspula volvió cuando ya estábamos comiendo y me dijo que al día siguiente teníamos que ir a ver a don Mateo, que nos esperaba en su casa. Yo puse el grito en el cielo y bramé que porqué tenía que meterse en mis asuntos y ella, alzando la voz más que yo, me contestó que ahora esos asuntos eran de las dos familias, y si no, que me hubiese cerrado de patas a tiempo. 

Esa noche tampoco pegué ojo y por la mañana, muy pronto, el chófer de don Mateo aparcó el cochazo en nuestra puerta a esperar que saliésemos mi abuela y yo. Críspula le dijo a mi madre que mejor que no viniese, pero ella se negó a quedarse en casa, “es mi hija, que no se te olvide”, y fuimos las tres, en comandita, como tres idiotas, a ver al “señorito” del pueblo, no sabía yo muy bien a qué. 

Cuando entramos en la casa que conocía tan bien, nos hicieron esperar en la entrada un buen rato. Yo era muy joven, pero supe de inmediato que esa espera no era algo inocente ni necesario. Estaba tan nerviosa que no podía ni tragar la saliva. En el despacho se oía a don Mateo hablar por teléfono y a lo lejos, en la cocina, voces de los chicos, que –seguramente– estuviesen desayunando. Me levanté y me asomé al pasillo, esperando ver aparecer a Jorge, mientras mi madre, sentadita en el borde de una silla y retorciéndose las manos, me susurraba un “¿Qué haces? Siéntate y estate quieta”. 

Oí el vozarrón de don Ataúlfo en lo alto de la escalera que me decía, “no se moleste señorita, Jorge no está ya aquí, anoche viajó a Madrid y esta mañana, muy pronto, ha tomado un avión a Suiza para proseguir sus estudios”. Y sentí la mayor humillación que nadie nunca haya podido experimentar. 
Mientras bajaba, renqueando y tapándose la comisura de los labios con el eterno pañuelo de batista, se abrieron las dos puertas del despacho, inmenso, señorial e intimidatorio de los señores de mi pueblo.

jueves, 21 de marzo de 2019

Predictor

Jorge insistía en que estudiase mucho, pero ese curso también me quedaron las matemáticas para septiembre. 

Hablábamos de los libros que íbamos leyendo, de mi profesora, doña Matilde, de su maldita carrera de derecho, que se le había atravesado desde el primer día, porque él quería estudiar filosofía, pero su madre le convenció para que se matriculara en “algo tangible con lo que te puedas ganar la vida” y se daba contra las paredes porque le resultaba cada día más aburrida y tediosa la carrera. “Menos mal que te tengo a ti”, me decía mientras hundía su cara en mi pelo y yo, algunas veces, me preguntaba si hacía bien en estar con él, porque no conseguíamos ninguna complicidad en la cama. 
Al contrario que su hermano, Jorge era muy torpe. El primer día no consiguió tener una erección y yo, espantada, pensé que era porque no le gustaba lo suficiente. Si que había leído en algunas revistas juveniles, de las que seguía siendo adicta, que algunos chicos se ponían tan nerviosos la primera vez, que no eran capaces de hacer nada. Jorge era virgen, por lo que supuse que era eso. Además no dejaba de decirme cuánto le gustaba, lo guapa que era y el buen tipo que tenía. “¿No estoy un poco gorda?” le preguntaba una y otra vez, y él se moría de risa, porque pensaba, lo creía en serio, que yo era la mujer más hermosa de la faz de la tierra. 

La verdad es que era un poco culona. Tenía las caderas muy anchas y un culazo enorme que, a pesar de estar siempre haciendo régimen y deporte, conseguía disimular a duras penas. 
Pero a Jorge le encantaba. Él era muy delgado y en la cama yo tenía la sensación de estar con un niño. Apenas tenía vello y sus manos, de arcángel, me recordaban a las del cura. 
Nada que ver con su hermano Álvaro, que, muy a mi pesar, siempre estaba presente en mis pensamiento cuando Jorge y yo hacíamos el amor. Nunca me excité tanto como cuando el hermano me quitó la ropa, despacio, en el coche de su madre. Álvaro era un hombre hecho y derecho. A pesar de ser un año más joven, tenía un cuerpo recio y bien proporcionado, era deportista y se notaba. Cuando me rodeó con sus brazos musculosos y fuertes, cuando le tuve encima, no pude evitar sentirme una mujer deseada, me vi sexy y guapa, no como con Jorge, que nunca supe a qué atenerme. 
Jamás se lo dije. No me lo habría perdonado y lo resolví creyendo que yo era una calentorra y que me ponían los sinvergüenzas, que no era buena y que debería desechar esos pensamiento impuros y concentrarme en que Jorge fuese capaz de echarme un polvo como Dios manda. 
A fuerza de intentarlo fuimos cogiéndole el tranquillo y en verano, cuando ya su familia se había instalado en la casa y nos teníamos que buscar la vida para encontrar un sitio donde amarnos, Jorge fue capaz de penetrarme sin haber eyaculado al instante. Pero lo hizo sin condón, porque –decía– que le “cortaba el rollo”. 

lunes, 18 de marzo de 2019

Mis hermanos

El primer día de vacaciones de Semana Santa, el Viernes de Dolores, me encontré por la calle con Jorge. 

Iba caminando con un perro y con aspecto despistado. Me dio un vuelco el corazón cuando le vi a lo lejos. 
Intenté respirar hondo para que no se notase mi nerviosismo, sabía que me había puesto roja como un tomate, era algo que no podía evitar y que me hacía sufrir. Cuando estábamos a menos de dos pasos él se percató de mi presencia y se puso pálido, hizo como que le decía algo al perro que caminaba pegado a sus piernas y yo me paré delante de ambos y dije un “¡Hola!” que intenté que sonara lo más aséptico posible. 
Jorge levantó la cara y me miró con aspecto compungido. Me contestó con otro “hola” que, como el mío, intentaba ser alegre, pero le salió una voz ronca y nerviosa, que me tranquilizó porque estaba tan nervioso como yo. 
Le pregunté por su abuelo y por los estudios y comenzamos una charla insustancial. Cuando ya no sabíamos qué decir, e intuyendo que se iba y no ahondábamos en el tema, le espeté que todavía le estaba esperando, que si todas sus promesas eran tan falsas, más que nada para saber a qué atenerme. Agachó la cabeza y me pidió perdón con un hilo de voz. Me dijo que esa mañana habían tenido una bronca terrible durante el desayuno y se le habían quitado las ganas de salir a la calle, además tenía que preparar la maleta y se le hacía tarde. Le contesté que en mi casa había teléfono, que me podía haber llamado, escrito una carta, mandado recado con alguien… algo, lo que fuese, pero algo. Y me despedí con un chulesco: “pues eso, que adiós, ¡eh!…”. 
Seguí caminando, me latían las sienes y tenía el corazón en la boca, cuando escuché a mis espaldas un “¡espera no te vayas así!”, me giré y Jorge me tomó de la mano y me llevó al paseo de los olmos donde me explicó qué había pasado la mañana en la que me dejó plantada. 
Durante el desayuno él dijo que tenía que acercarse al pueblo para despedirse de mí y le pidió el coche a su madre. Sus hermanos comenzaron a pitorrearse, canturreando que Jorgito tenía novia, que se había enamorado de una paleta del pueblo haciéndole burla, lo que le provocó una ira tremebunda –tanta– que llegó a las manos con Álvaro, al que partió el labio de un puñetazo. Algo inverosímil ya que su hermano era mucho más fuerte. En un momento de ofuscación le espetó que él también se había acostado conmigo y que yo me había tirado a los otros hermanos y a los de Maribel, que era otro pingo como yo. Y Jorge se encerró en su cuarto hasta que su padre les llamó para meterse en el coche y volver a Madrid. 
Me indigné y mis palabras fluyeron, como si no fuese yo quien hablaba, sino don Ignacio, y recité el mismo discurso que él me había dicho apenas unos meses antes. 

jueves, 14 de marzo de 2019

El inspector Vidal

Antes de acabar las fiestas, entre Año Nuevo y Reyes un policía vino a casa a tomarnos declaración. Era el inspector Vidal y venía de Madrid. 
Aceptó de buen grado el café que le ofreció mi abuela y se repantingó en una de las sillas de la cocina. No se quitó la gabardina que estaba húmeda por la lluvia y se notaba que había dormido vestido, por las arrugas del traje y la sombra oscura del cuello de su camisa, que alguna vez había sido blanca. En el pueblo le llamaban Colombo, pero la única semejanza con el policía de la tele era la gabardina, que ni siquiera era igual a la de Peter Falk. 

El inspector Vidal era un hombre muy alto y muy flaco, con la cara picada de viruela, bigotito de facha y el pelo engominado. Tenía un aspecto muy sucio y desgalichado, tal vez debido a la cara llena de cicatrices, unas debido a un acné furibundo y otras, tal vez, a peleas callejeras. La más evidente era una que le recorría parte de la mejilla hasta la barbilla, producida –seguramente– por un navajazo. El caso es que, a pesar de su aspecto, siempre olía a colonia cara y lucía unas manos impecables, con las uñas bien recortadas y limpias. Anotaba todo lo que le explicábamos en un cuadernito moleskine, con una pluma Mont Blanc, que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta con mimo y cuidado. “Es que es un regalo de mis hijos”, comentó esa mañana, como excusándose, y descubrimos —porque se le soltó la lengua— que era viudo y tenía tres hijos adolescentes al cuidado de una tía materna que hacía las veces de madre, y yo imaginaba que, también, de esposa. 

Apuntó varias cosas y antes de marcharse nos enseñó una bolsa de plástico precintada. Era el osito de peluche que le había regalado a Blas, lleno de barro y de costras sospechosas. Cuando lo vi me tapé la boca con la mano y me preguntó que si lo había visto antes. Le expliqué que se lo había regalado yo y el motivo y no pude evitar echarme a llorar. Entonces comenzó a interrogarme sobre cosas de los feriantes y yo no supe contestar, pero le pregunté que si eran los culpables, que si habían sido ellos los asesinos de Manoli, y él se limitó a encogerse de hombros y contestó que todo estaba bajo secreto de sumario. Me preguntó por Jorge, que si éramos novios y yo, avergonzada, le dije que no, que solamente habíamos coincidió esa noche de fiestas, porque sus hermanos y el mío salían en pandilla, pero que no me relacionaba con esa familia y él me dijo que mejor, que esos niñatos solamente se querían aprovechar de las chicas del pueblo, que luego si te he visto no me acuerdo, que no me dejara seducir por ellos, que no eran más que unos superficiales. 

lunes, 11 de marzo de 2019

Doña Matilde

En tercero de BUP me aficioné a la lectura por obra y gracia de doña Matilde; yo, que era burra y medio analfabeta, que lo único que leía era el “Super Pop” y los tebeos de “Esther y su mundo”. 

Había elegido la opción A que era la de letras: literatura, latín, griego y matemáticas. No te quitabas las putas matemáticas aunque quisieras, pero por lo menos las de nuestra opción eran, decían, más fáciles. 
Doña Matilde era la profesora de literatura. En segundo no me había llamado mucho la atención esa asignatura, entre otras cosas porque la impartía un fraile dominico, que se ajustaba al temario y sus clases consistían básicamente en memorizar autores, fechas y obras. 
Pero la nueva profesora era distinta. Era una mujer de mediana edad, pequeñita, con la cara redonda, que me recordaba enormemente a mi madre y a mi hermana Ángela, con voz de niña pequeña y muy, muy despistada. Era muy torpe, se le caía el borrador, se le rompían las tizas y, aunque en un principio parecía que iba a ser la profe a la que íbamos a tomar el pelo todo el curso, se hizo respetar desde el primer día, con su pequeña estatura y su vocecita nos puso firmes antes de media hora de clase. 

Y lo logró sin dar una sola voz, sin echar a nadie del aula, solamente hablándonos como si fuésemos adultos y, sobre todo y lo más importante: era una profesora preparada, que se sabía su asignatura al dedillo y le gustaba, le encantaba. Nos hablaba de tal o cual obra, con el ejemplar en la mano, que acariciaba como si fuese un tesoro. Tenía un respeto reverencial por los libros y no soportaba ver como algunos los pintarrajeaban o doblaban las hojas. 

Nos contaba de qué iba la obra que teníamos que leer (cuando vimos la lista de lecturas obligatorias entramos en pánico porque era prácticamente imposible leerse todo aquello durante un curso), y mandaba a algún alumno que leyese algún párrafo para toda la clase, y tenía el don de elegir el más entretenido y dejarnos con la miel en los labios en el momento más interesante, por lo que llegábamos a casa deseando pillar el libro. 

Y yo me convertí en una lectora empedernida. Pero me volvieron a quedar las matemáticas para septiembre, un clásico en mi vida. 

jueves, 7 de marzo de 2019

Álvaro y Jorge

En agosto conseguí, tras la firme promesa de no dejar de estudiar ni un solo día, pasar una semana entera en casa de Maribel. A cambio ella vendría en septiembre, a las fiestas de Vega, a la mía. 

Estaba feliz. Maribel salía con sus hermanos y cuando me presentaron a la “pandilla” casi me da un síncope. Resulta que Jesús era muy amigo —jugaban en el mismo equipo universitario de rugby— de uno de los hermanos de Jorge. Ellos iban por las tardes a las fiestas y quedábamos. Nos juntábamos muchos jóvenes de distintas edades, entre ellos mi hermano Pedro, y nos separábamos en grupos heterogéneos. Jorge se unió al nuestro y creo que no pude ser más feliz. Maribel de vez en cuando me daba un codazo, porque decía que se me ponía cara de gilipollas cuando él hablaba. A ella le parecía un tío aburrido y no entendía mi encoñamiento. Pero era de lo más interesante. Había leído mucho y entendía de casi todo. A mi amiga le parecía que todos esos “conocimientos de pupitre” no valían para nada, que lo que realmente importaba era la experiencia en la vida y que Jorge, ella estaba segura, no sabía ni sonarse solito, no como sus hermanos, tan fuertes y animados. Espléndidos y rumbosos, siempre nos invitaban y ella, que no estaba muy segura de cuál de los hermanos le gustaba más, decidió perder la virginidad ese verano con el primero que lo intentase. Y acabó follando con los tres. 

Pasábamos la mayor parte del día en los coches de choque. La verdad es que no había mucho que hacer. Nos acercábamos a los toros, bebíamos “cortos” de cerveza y por la noche bailábamos en la plaza mayor, donde solía tocar un conjunto patético, que hacía versiones deplorables de los grandes éxitos del momento. 

Preferíamos los coches de choque porque ponían mejor música. El dueño era un hombre enorme, casi un gigante que, o era mudo, o se lo hacía. Su hijo era un retrasado de unos quince años, grande como su padre y que siempre nos sonreía a las chicas, lo que nos producía muy mal rollo. 

Una tarde se acercó y me dio un algodón dulce. “Un degalito de Blas” me dijo con su lengua gorda y torpe. Yo pegué un respingo y reculé con cara de asco. Jorge, cariacontecido, me dijo que lo cogiera y le dio las gracias. Blas, el niño con síndrome de Down, esperó abatido mi respuesta y Maribel le gritó que se fuera. Yo no sabía qué hacer, por un lado me daba pena, pero por otro le tenía miedo y asco. Así se lo dije a Jorge, que se fue enfadado, diciendo que parecía mentira, que qué manera de humillar a un pobre subnormal, que si me creía mejor que él. A partir de ese día Maribel comenzó a llamarle “mosén Jordi”, que era como llamaban en Cataluña a los curas. 
A la tarde siguiente estábamos con cara de pocos amigos, apoyadas en la barandilla de los coches y Jesús y Arturo nos preguntaron que qué nos pasaba y Maribel se lo contó. Nos dijeron que no hiciésemos ni caso, que era muy raro y comentaron entre risas que aún se meaba en la cama y nos fuimos con ellos a tirar con la escopeta. Allí estaba Jorge, solo, saludó sin mirar y siguió a lo suyo. Intenté hablar con él, explicarle, pero me dijo que menuda decepción se había llevado conmigo y no le volví a ver en el resto de las fiestas. 

miércoles, 6 de marzo de 2019

Maribel


Ese mismo año yo había comenzado a estudiar segundo de BUP y como habían cerrado el instituto por falta de alumnado, nos teníamos que ir al del pueblo de al lado, que era más grande y tenía de todo, hasta una cárcel, donde estuvieron presos Miguel Hernández y “El Lute”… 
Con el curso ya comenzado, cerca de las navidades, apareció una alumna nueva, Maribel, la hija del director del penal. Esa mañana yo llegaba con la hora pegada y al pasar por delante de la puerta del director, que estaba abierta, don Manuel me llamó por mi apellido y me pidió que acompañase a “la señorita Monzón” a mi clase y que le pusiera al tanto de todo lo relativo a nuestro curso. 
Isabel Monzón era una chica muy alta, como yo. Bastante desgarbada, rubia con el pelo muy largo y con pinta de hippie ¡Y llevaba vaqueros de marca! Los chicos le pusieron de mote Janis Joplin. 
Su aspecto chocaba absolutamente con el de las muchachas de pueblo del instituto. 
Aunque el hecho de que estudiasen ya era un tanto a su favor, la mayoría se vestía como señoras de cuarenta años y aparentaban esa edad por los gustos pasados de moda y la forma de pensar. 

Yo no tenía amigas, porque era un espíritu libre, iba a mi bola y me repelían las niñas de mi entorno, con las que no tenía ni pizca de afinidad. Además el hecho de ser la hija de una ex convicta no ayudaba lo más mínimo.

Maribel se hizo amiga íntima, en realidad la única que he tenido a lo largo de mi vida. Andaba muy deprimida porque, por el trabajo de su padre —el “puto carcelero”, como decía— iban y venían por toda España y no conseguía asentarse en ningún sitio. Su última residencia había sido en Barcelona, su padre había sido director de la Cárcel Modelo y allí dejó a su novio, en realidad al chico por el que bebía los vientos, amigo de uno de sus hermanos mayores, pero que —para ser sinceros— ignoraba de la existencia de mi amiga. 

Un día me invitó a comer a su casa. Yo lo hacía en la de una señora, viuda, que preparaba un menú diario a los estudiantes del instituto que vivían fuera y que no tenían tiempo de ir a comer a casa. Entonces no se estilaba lo del horario intensivo y teníamos clase por la mañana y por la tarde. 
Mi abuela siempre remugaba de por qué narices no lo hacíamos todo junto, que por qué no se entraba antes y se salía un poco más tarde y así se ahorraban viajes y comidas. Y cuando mi hijo comenzó a ir al instituto, de 8 a 3, me acordaba de ella y de cuánta razón tenía. 
Los viernes —nunca entendí el motivo— hacía potaje. Yo lo odiaba. Era la comida típica de vigilia. Entonces se llevaba a rajatabla lo de no comer carne los viernes y esas cosas absurdas, pero lo del potaje se suponía que era cosa de la semana santa de los cojones, pero la buena señora nos lo encasquetaba todos los viernes, con frío o con calor, en semana santa o en navidades. 

Ese día lo comenté en voz alta a la hora del recreo, mientras examinaba el interior del bocadillo, esperando en vano que no fuese de chóped y Maribel me dijo que me fuese con ella a comer a su casa. Le dije que ni hablar, que qué pensaría su madre, y sin avisar encima, que no y que no. Pero insistió tanto que fui y su madre no solo no puso el grito en el cielo, sino que me preguntó si me gustaba lo que había, que si no, me hacía otra cosa. Y yo alucinaba. Y me comí un plato de macarrones con chorizo, con copete, que me supieron a gloria y de segundo (porque en casa de Maribel no existía, como en la mía, eso de “plato único”) unos boquerones fritos con ensalada de escarola, riquísima, y de postre fruta, pero tenían una fuente con fruta de todo tipo, no como en mi casa, que era naranja en invierno, manzana en verano y plátano siempre. Me puse morada y luego, de camino al instituto me arrepentí de no haber parecido una chica fina y elegante y haber comido como un gorrión, que era lo que se suponía hacían las muchachas distinguidas. 

lunes, 4 de marzo de 2019

Los López-Bravo

A don Garigran siempre le llamábamos don Ignacio y de usted. En mi pueblo se tenía un respeto reverencial por las “fuerzas vivas”, el cura, el alcalde, el médico, el boticario… y, por supuesto, por el terrateniente. 

Don Ataúlfo era el rico del pueblo, tenía tierras y ganado y vivía en Madrid. Su hijo único, Mateo, estudió en colegios de prestigio y era ingeniero. Se casó con una mujer muy fina y elegante que enmendó la genética familiar y tuvieron siete retoños, guapos como la madre y simpáticos como el padre. 

El abuelo y el padre eran hombres recios, de barba cerrada y manos anchas, pueblerinos venidos a más, como decía mi abuela, bien vestidos y bien comidos. Sin embargo los nietos salieron a la madre. 



Doña Cristina era una mujer menuda y muy elegante, que paría como una coneja sin que su cuerpo notase los estragos de los numerosos embarazos. 

Yo solamente la veía, las pocas veces que venían al pueblo, en misa. Se sentaban en el primer banco y yo procuraba hacerlo cerca de ellos, porque me fascinaba esa familia. Le pedía a mi abuela que me hiciese vestidos como los de las niñas López-Bravo y de mayor quería ser como doña Cristina. Me obsesioné tanto que, comenzada la adolescencia, cuando pasé de ser una niña larga y desgarbada a convertirme en una copia de mi abuela, que —decían— había sido una mujer de bandera, y reparé en que mi ropa encogía por días en pecho y caderas, dejé de comer para afinar silueta, encoger culo y comencé a llevar una camiseta apretada para disimular los pechos, que eran —para mi gusto— enormes. 

Los nietos de don Ataúlfo pasaban algunas temporadas en la casa señorial de su abuelo, un “hotel” —entonces no se llamaban chalés— en las afueras, rodeado de un bonito jardín que doña Cristina, había diseñado con mimo y del que estaba muy orgullosa. 

Nosotros veíamos a los chavales de don Mateo por el pueblo en fiestas y navidades. Eran muy extrovertidos y salían con los hijos del alcalde y con mi hermano Pedrito, al que acogieron como el “hermano pobre” y les hacía los recados a cambio de una coca-cola o un cigarro de los que vendía sueltos, “la Musma”, una vieja, revieja, que tenía un puestecillo de chucherías en la calle mayor. 

Yo me enamoré perdidamente de Jorge, el cuarto hermano, el hermano distinto, el más alto, el más delgado, el más inteligente, el más culto, pero también el más cobarde y el que estaba tan apegado a su madre que nunca superó su muerte. 

viernes, 1 de marzo de 2019

Manolita

Manolita, la esposa del alcalde, era una mujer fantástica, siempre alegre y de buen humor, con una risa contagiosa que había puesto a su marido, en más de una ocasión, en serios apuros durante la misa de los domingos. Había veces que se oía una carcajada ahogada y se le saltaban las lágrimas del esfuerzo por disimular cuando oía cantar a las viejas. 
Siempre me decía lo que había ganado la misa del domingo conmigo. Y cuando marché a Madrid la que más notó mi ausencia fue ella. 



Manolita arrastraba una historia terrible. La guerra golpeó a su familia, y a ella misma, de una forma brutal, pero nunca, jamás salió un reproche de su boca. Con más motivos que nadie para odiar, Manolita le dio la vuelta a su tragedia y —aunque nunca olvidó a su familia asesinada— se entregó en cuerpo y alma a su nueva vida, a su familia, a su marido, a sus hijos y a todas y cada una de las gentes necesitadas de Vega de Tajo. Su marido decía que su casa parecía el Hostal de Tócame Roque. Siempre había un plato de comida de más para quien lo necesitase. Durante la terrible posguerra su huerto producía para medio pueblo y nunca nadie necesitó pedir ayuda, porque ella estaba allí antes que nadie, apoyando, alimentando, consolando a quien lo necesitase. 



Ella fue la que dirigió en la sombra la cadena de solidaridad con mi familia, cuando mi abuela y mis hermanos volvieron a Vega, tras la encarcelación de mi madre. Por las noches dejaban comida, muebles y ropa en la puerta de la casa y así mi familia pudo subsistir. 



Manolita no habría podido superar la muerte de sus hermanos en el frente nacional, el asesinato de su padre, ante sus ojos, por nueve falangistas a pocos días del fin de la puta guerra, ni su violación ni la de su madre y su hermana pequeña, una cría, que se suicidó al día siguiente ahogándose en el río; si no hubiese sido por Domingo, su querido esposo, el que día tras día acudía a su casa a pedirle que se casara con él, que no dejó que murmuraciones ni cotilleos le hiciesen abandonar la ardua tarea de convencer a Manolita para que fuese su compañera. Que olvidó que su mujer tuvo que abortar porque uno de sus tres violadores la había dejado embarazada y no estaba dispuesta a cargar con un hijo fruto de la barbarie y el salvajismo. Que estuvo a su lado siempre, a todas horas, que guardó abstinencia durante años para no herir a su esposa amada. Y que, siendo ya abuelos, lloró junto a su mujer, el día que ambos, durante el viaje de sus bodas de oro, visitaron la Tate Gallery, en Londres y Manolita tuvo un ataque de ansiedad ante el cuadro de “Ofelia muerta”. 

martes, 26 de febrero de 2019

Amparo Montoliú

Amparo Montoliú era una activista en la clandestinidad que había estado varias veces detenida. No era demasiado importante dentro de la lucha obrera, por lo que pasaba algunas noches en el cuartelillo o en las dependencias policiales y volvía a salir, con o sin cargos. El caso es que nunca estuvo mucho tiempo en la cárcel. 


Ignacio se enamoró perdidamente de aquella mujer fuerte, mucho más fuerte que él, que estaba de vuelta de muchas cosas y que había dejado a un niño en manos de una abuela que no quería saber nada de aquella hija descarriada que prefería andar entre hombres a quedarse en su casa cuidando de su familia, como cualquier mujer decente. 

Amparo había apuntado maneras desde niña. No le gustaba el “orden establecido” y se negó a ser una mujer recatada, como todas las de su familia. Virtuosas y amargadas. Mujeres cuya única expectativa era casarse con el animal de turno para pasarse el día metidas en casa, limpiando mierda, cocinando pucheros y pariendo mano de obra barata. Se negó en rotundo y con quince años se escapó de su casa, un cuchitril en Sant Joan les Fonts, donde malvivía con sus padres y sus cinco hermanos. 

Su padre trabajaba en una fábrica de papel. La que, cuando el aire soplaba del este, apestaba su barrio. La fábrica donde le explotaron toda su vida miserable y donde sus hermanos acabaron trabajando y dando las gracias por haber tenido la suerte de ser contratados. 

Amparo marchó a París. Su familia nunca supo muy bien cómo se las había apañado para conseguir dinero para el viaje, contactos para establecerse y cojones suficientes para, siendo solamente una cría, dar ese paso que a cualquier adulto le produciría —como mínimo— un ataque de vértigo. 

lunes, 25 de febrero de 2019

Ignacio Urrutia

Ignacio Urrutia era el hombre más guapo que jamás habían visto las calles de Vega de Tajo. 

Llegó una brumosa mañana de octubre, con su maletita de cartón, sus dos mudas de ropa y con la extraña idea de pasar desapercibido en un pueblo, donde los pecados de su antecesor no iban a dejar de pasarle factura, antes o después. 

Mi hermana mayor, Ángela, se puso muy nerviosita cuando vio a don Ignacio por primera vez —yo aún estaba en la cárcel con mi madre— y cuchicheó con una risita ahogada lo mucho que se parecía a Cary Grant, pero ella lo llamaba Gary, porque no leía revistas ni sabía nada del mundo, la pobre, todo el día trabajando en casa del alcalde y por las noches estudiando para sacar el bachiller. El caso es que desde ese primer día le comenzaron a llamar don “Garigran” y con ese mote se quedó de por vida. 

Ignacio Urrutia se hizo cura porque no se esperaba otra cosa de él. Su madre, Lucía Ibáñez era una mujer muy religiosa, que tuvo la mala suerte de enamorarse perdidamente de un republicano, que murió en la batalla del Ebro sin haberse dignado a hacerle una mujer decente y casarse por la iglesia. Y por eso, por haberse dejado llevar por la intransigencia de su amado, encomendó a Dios a su único hijo, nacido del pecado y de un arrebato lúbrico –inexplicable– ya que nunca más volvió a sentir atracción por algún hombre. 
Ignacio Urrutia Olazábal era, como su hijo, un hombretón alto y bien plantado, con la sonrisa encantadora, inigualable e innata de los hombres de la familia y que se perdió con el último Urrutia, su hijo Ignacio, el cura de mi pueblo. 

Cuando cumplí seis años me mandaron a casa desde Yeserías, lo que había sido mi hogar hasta ese momento. Y no dejé de llorar. Echaba de menos a mi madre, me sentía una extraña con mi abuela y mis hermanos, casi no comía y comenzaron a preocuparse seriamente por mi salud. 

Don Ignacio venía todos los días a verme, no me hablaba, solamente se sentaba a mi lado, mientras yo suspiraba, y charlaba con mi abuela o con alguno de mis hermanos mayores, si estaban en casa, ignorándome por completo. Así durante cuatro meses. 

De repente un día no apareció, había hecho un viaje relámpago para visitar a su madre que estaba enferma, y yo le pregunté a Ángela que por qué hoy no había venido. Incomprensiblemente le echaba de menos. Mi hermana sonrió y me explicó que don Ignacio estaba fuera, porque había ido a ver a su mamá, que estaba malita y yo, muy extrañada, le pregunté que si los curas tenían mamá. 

viernes, 22 de febrero de 2019

Mi padre



Tras la muerte del mulero mi abuela volvió a su casita y comenzó a ganarse la vida haciendo arreglos de ropa.
Consiguió quedarse con la máquina de coser y una pensión de viudedad exigua, que apenas le llegaba al día quince. 
Empezó haciendo composturas, que cobraba a precio de oro porque decía que una mujer que no supiese coser un botón o arreglar un bajo, debería pagarlo con creces. Era muy moderna, pero a veces le salía la vena decimonónica y no había quien la aguantara. Para mi abuela una mujer que no fuese limpia, ordenada y recogidita, no valía para nada. Ella era limpia como los chorros del oro, limpia hasta la saciedad, limpia, relimpia, tan, tan limpia, que yo pensaba que era una enfermedad que tenía que hacerse mirar.

Mi madre se casó enseguida y, a pesar del aborto, tuvo a su primer hijo antes de un año. Comenzó a parir como una coneja. Pero cada vez estaba más flaca y demacrada. 
Con el tercer hijo, mi hermano Pedrito, no tuvo leche ya que se había vuelto a quedar embarazada en la cuarentena, tuvo un aborto espontáneo y se le retiró. Mi hermano casi se muere, pero le salvó la vida Ángela, que una noche, desesperada de oír el llanto del niño y las voces de su padre en el dormitorio, impidiendo a mi madre salir a calmar al bebé, salió a la calle, descalza y desesperada, y una vecina, recién parida, le llamó y se puso el niño a la teta y así consiguieron que Pedro saliese adelante. Pero a los dos años mi madre se volvió a quedar embarazada, y esta vez de gemelas, mis hermanas Isabel y Manuela.

jueves, 21 de febrero de 2019

Las cuñadas de Críspula.



Cuando Angelita llegó a la casa de su padrastro, con el corazón encogido e intuyendo que su madre tenía algo que ver con esa muerte repentina, se encontró un espectáculo que nunca pudo olvidar. 
El cadáver del mulero, de cuerpo presente, estaba en medio del salón, encima de una mesa enorme y con cuatro cirios alumbrando la caja de madera abierta. No parecía Paco, tenía una expresión rara y el color de su cara era gris como el cemento.

Los hermanos del mulero le habían indicado a Críspula que como la casa era de los padres y no habían arreglado papeles cuando murió “mamá”, ella tenía que irse, a lo que mi abuela les contestó que contaba con ello, que no se preocupasen que tenía todo preparado para volver a su antigua casa. Los hermanos de Paco eran tan primarios y bestias como él, no tenían ninguna simpatía por Críspula ni por su hija, en realidad les daba igual lo que su hermano hiciese con su vida, eran muy despegados y desde el día de la boda no habían tenido ningún tipo de contacto, salvo que se encontraran, de pascuas a ramos, en el bar de Manolito.

martes, 19 de febrero de 2019

Paco "El Mulero"



Cuando Críspula se vio sola y desamparada no lloró. Era una mujer práctica y se encerró en sí misma, dándole vueltas a lo que debería o no debería hacer para salir adelante. Se olvidó de que tenía una hija que gimoteaba por los rincones la ausencia de su padre adorado, el mejor padre que ninguna niña podría tener, odiando a los vencedores por haber asesinado a un hombre tan bueno, tan solidario y tan querido por los vecinos. Vecinos que también fueron fusilados o huyeron a Francia de noche, con lo puesto. Mi madre se quedó sin amigas, todas se habían ido del pueblo. Solamente quedaron las que pertenecían al bando nacional, que sufrieron los estragos de la guerra tanto o más que ella. 


Angelita jugaba sola, a imaginarse que su papá le contaba el cuento de la “buena pipa que nunca se acaba”, mientras revisaba si alguna gallina había puesto o escarbaba la tierra y recogía algún nabo o patata que crecía a pesar de los malos tiempos, de la posguerra terrible y de su espantosa soledad.

Y un buen día Críspula decidió quitarse el luto y salir al pueblo a contonearse. Casi no comían, apenas les daba el sol, porque se pasaban muchas horas encerradas, durmiendo abrazadas en la cama de matrimonio que ahora a Críspula se le hacía enorme. Porque añoraba a su marido, lamentaba no haberle dicho en vida cuánto le quería, las discusiones estúpidas por cosas sin sentido. Habría dado su propia vida por él. Pero estaba sola, peor que sola, tenía una niña de la que hacerse cargo y no podía con su mala estrella. Así que decidió que había llegado la hora de buscarse otro marido que las mantuviese y amparase. Y dicho y hecho se fue andando hasta el pueblo a dejarse ver.

jueves, 14 de febrero de 2019

El abuelo Ángel.



Ángel era el hijo de Manuela, la encargada de la cerillería donde trabajaba mi abuela. 
Manuela era madre soltera y dio a luz en plena calle un 30 de junio de 1898, el mismo día que comenzaba el sitio de Baler, en Filipinas. Pero de eso ella no tenía ni idea, porque era analfabeta y durante su corta vida no había hecho otra cosa que fregar platos en el merendero de su padre, en las Ventas del Espíritu Santo. Allí acudían soldados rasos, criadas, modistillas, dependientes y algún que otro pollo pera, y los conductores de los coches fúnebres, vestidos con una ridícula librea, paraban a la vuelta del cementerio a darse un merecido refrigerio, donde no faltaban las chuletas y el vino de Valdepeñas.

En la puerta del merendero rezaba un cartel que ponía: “Mejor se está en este que en el Este”, que en un arrebato de humor andaluz, se le había ocurrido a su padre, Pepito el Cordobés, muy chistoso y ocurrente con sus clientes, pero que, de puertas adentro era un auténtico animal.


Manuela era la hija mayor. Su madre había muerto en el parto y Pepito decidió, en el mismo cementerio, que buscaría otra mujer porque necesitaba que alguien se hiciese cargo de la niña recién nacida y ayuda en el merendero, pero esta vez iba a buscar a una jaca sanota que le diese hijos, futura mano de obra, no como su primera esposa, una tísica que no pudo soportar el esfuerzo de dar a luz.


Y Manuela se crió con su madrastra. La trataba como a uno más, si bien los niños, en cuanto aprendían a ponerse en pie, ayudaban en la venta y Manuela comenzó a lavar platos subida a una banqueta con apenas tres años.

miércoles, 13 de febrero de 2019

La bisabuela Isabel.



Mi abuela Críspula nació en Madrid. Sus padres habían emigrado a la gran ciudad, buscando un futuro mejor. Marcharon de tierras gallegas y asturianas para malvivir en una ciudad que siempre les fue hostil.
Se conocieron a la orilla del río Manzanares. Isabel era lavandera y Miguel esportillero. 
La ropa que lavaba mi bisabuela era acarreada por los llamados “esportilleros”, que la llevaban en sacos numerados y la repartían entre las mujeres que hacían la colada en el río. 


Miguel había nacido en un pueblecito cerca de Oviedo y, junto a sus padres, había emigrado a la capital. Isabel, en cambio, había llegado sola, andando desde una aldea de La Coruña, cerca de la ría de Muros, con apenas trece años. 


Huérfana de padre, su madre le puso a servir en la casa de los señores de la villa, pero Isabel, después de dos semanas de soportar el asedio del “señorito”, un viejo rubicundo, de patillas y bigotes pelirrojos, que tenía la costumbre de colarse por las noches en las alcobas de las criadas más jóvenes, decidió que a ella no le iba a tocar ni un pelo. Mi bisabuela no tenía ni idea de nada relativo a los hombres y el sexo, pero había sido educada en las creencias de la santa madre iglesia y en el temor al fuego eterno, así que aquello no le gustó nada y se lo dijo a su madre, que se encogió de hombros y le sugirió que atrancase la puerta de la alcoba, pero que ni se le ocurriese decir nada de aquello a su señora. Isabel, por primera vez en su vida, no obedeció a su madre y se lo contó a Doña Rosalía, que no dudó ni un segundo en despedir a esa cría tan resuelta y audaz. Así que mi bisabuela, la mañana que hacía su hatillo con los cuatro trapos de sus pertenencias, robó un candelabro de plata del salón y con lo que consiguió de su venta, marchó a Madrid, no sin antes despedirse de su llorosa madre, que no daba crédito, pero que en ningún momento le quitó la idea de huir a la capital.

martes, 12 de febrero de 2019

Vega de Tajo.


Era una apacible tarde de septiembre, la vendimia había finalizado y el curso acababa de comenzar; tras la resaca de las fiestas, el pueblo se quedaba algo triste, pero ese año aún más, porque una de las hijas de Pascual había desaparecido sin dejar rastro. 

Escuchamos voces en la lejanía. Se abrieron puertas y ventanas. Varios niños llegaban corriendo, como alma que lleva el diablo. Pegaban alaridos, gritando que habían encontrado a la Manoli, muerta, en el río. 

Acababan de descubrir su cadáver, semidesnudo, enredado entre ramas y maleza, donde la corriente se detenía formando una pequeña playa y los chavales se bañaban en verano o cogían cangrejos y tiraban piedras.

El recodo donde había aparecido –ahogada y flotando– Reme, tras ser salvajemente violada durante la guerra civil.

La orilla donde Jorge me juró amor eterno, un amor que apenas duró ese verano aciago, en el que mi pueblo se puso patas arriba, seguramente por la conjunción de los astros, que ese año se alinearon, para nuestra desgracia.
El río hace una ese al encontrarse con mi pueblo y se adentra en la provincia de Madrid, para volver, otra vez a la de Toledo, como si se lo hubiese pensado mejor.

Vega de Tajo no es más que un pueblucho del norte de la provincia de Toledo que se hizo famoso cuando el Oscar a un film de habla no inglesa lo ganó Frankie con “Vega” una película basaba en la vida de mi madre en la cárcel. 

Aunque yo soy de Vega, en realidad nací en la cárcel de Yeserías, como la escritora, pero mi madre sí que cumplía condena, una condena injusta por haber asesinado a mi padre, un sargento de la guardia civil de Urda, Mariano Gómez, que fue envenenado con cabezas de cerillas por mi abuela Críspula, que no pudo soportar que, otra vez, otro hombre, maltratase a su hija del alma.